lunes, diciembre 11, 2017

LA VÍCTIMA EN EL ALTAR


Si es policía, debe usted defendernos de un terrorista mostrando exquisitos modales. Es muy feo sacar la pistola, y le hace sospechoso de ser de los malos. Si da usted un azote en el culo a su hijo, es un criminal. Y si su hijo tiene la astucia suficiente, y la tendrá porque ya se ocupan en el colegio de ello, le denunciará. Y a poco que el niño ponga cara de niño. O sea, de pobre víctima maltratada por el malvado adulto que es usted, tendrá muchos problemas: quizá peligre la patria potestad. Si su mujer pone cara de pena en la comisaría y declara que le dio una bofetada o le insultó con alguna palabra gruesa, échese a temblar. No insista en que aquello es mentira, no insista en que no sucedió. La prueba definitiva es el llanto inconsolable de su propia mujer. ¡Le parece poco! La imagen del rostro entristecido de su esposa pululando por las redes sociales y por la televisión es la nueva verdad. Todo el que tenga ojos lo verá. Para atender a las palabras hay al menos que saber leer. Para pensar, hay que saber razonar un poco. Pero las imágenes hablan a todos por sí mismas con abrumadora objetividad. El lenguaje verbal está finiquitado y la razón ha caducado. El rostro lloroso del inocente es capaz de refutar cualquier tesis doctoral.
Occidente se forjó en gran medida gracias a la víctima. Si se piensa usted ateo o anticristiano, pero siempre está usted con la víctima, es cristiano por occidental; a su pesar. Los pobres toros, las pobres focas, las pobres mujeres, los pobres niños, los pobres refugiados, los pobres homosexuales, los pobres hombres que quieren ser mujeres, las pobres mujeres que quieren ser hombres, los pobres que se sienten una cosa y son otra, los pobres que quieren votar y no les dejan. Pero si se queda solo en eso será usted,  además, un cristiano bobalicón o desnortado que no sabe que lo es. Y de repente se encontrará diciendo cosas como que los que comen carne son cómplices de los asesinos de animales o que un policía siempre es más malvado que quien no lo es. Porque, como decía Chesterton, lo propio de los nuevos tiempos es que andan pululando por ahí muchas ideas cristianas, pero incontroladas y enloquecidas. Pero eso no importa ya. ¿Qué quería decir Chesterton en el fondo? ¿Quién era? ¿Un escritor?¡Seguro que no era de fiar! A otra cosa pues. Las palabras solo importan a unos pocos. Algunos pocos que nos entretenemos en escribirlas –también leerlas- y a otros pocos que a veces las leen. Actividades banales, como contar estrellitas en una noche de verano. Pasatiempo de cuatro gatos sin ninguna trascendencia. Si Marx viviese en nuestra época aprendería a ser un excelente actor y un experto fotógrafo. Tantos libros escritos, y tan gordos, ¿para qué? Leer es ya cosa de otro tiempo. Pensar no se lleva. La frase de nuestro Marx moderno diría: “¡llorones del mundo, unios!”. Cabe en un twit. Tan solo estas palabras, acompañadas debidamente con la foto del barbudo Marx sumido en un llanto inconsolable, podrían cambiar el mundo.
Quizá estos planteamientos buenistas que cebamos desde hace décadas traigan malas consecuencias. Me temo que sí, que muy probablemente traerán consecuencias nefastas para todos. Porque el buenismo alimenta el odio como la gasolina al fuego y necesita siempre identificar a los malísimos, que obviamente siempre son los otros. Pero ya encontraremos malvados a los que echar la culpa. Vaya eligiendo al suyo. Rajoy es candidato, pero hay otros, hay muchos: un malvado a la medida para cada uno. Nuestro futuro dolor será soportable si podemos echarle las culpas a alguien. Los hombres no queremos paz, decía Unamuno, queremos paz en la guerra y guerra en la paz. Porque hay algo que duele más que el dolor: el aburrimiento. Y Occidente se aburre soberanamente. Igual que el niño consentido que todo lo tiene.
El ideal de los nuevos estados ya no es el padre, sino la madre, porque reprime siempre con más ternura. Queremos una ama y no un amo, queremos una Estada y no un Estado. Está mejor visto el pellizco de monja, que puede hacerse a la vez con una sonrisa pícara -a menudo siniestra-; que el bofetón del cura autoritario. Es preferible el agobio del consejo reiterado, el “es por tu bien” que nos susurran las truculentas imágenes en las cajetillas de tabaco, la represión sutil y psíquica, la policía del pensamiento. Preferimos todo ello al anticuado policía encargado de guardar el orden y la ley. Preferimos ser nuestros propios policías, con pantalones vaqueros, tatuajes y pendientes. Ciudadanos guays, libres y modernos que cuidan de que nadie piense de forma peligrosa, que nadie diga lo inconveniente, que nadie se atreva a sacar la bandera equivocada. Y, lo que es más importante, que se autocensure implacablemente para no incomodar a un enigmático otro siempre presente, pero que nadie acaba de ver.
En esta tensión soterrada, guerra silenciosa al fin, gana quien más pena da. Y como la pena es un inobservable, que dicen los psicólogos conductistas, es la conducta que a ella se asocia lo que vale: ojos húmedos, cejas arqueadas, llanto y lágrimas. Estas son las nuevas armas. La imagen lo es todo: prueba indiscutible y fundadora de derechos. Y, cómo no, fundadora de soberanía y de nuevos estados. Llore usted y ganará. A muchos independentistas catalanes les está yendo muy bien. El nuevo presidente de la República catalana será, sin duda, Oriol Junqueras: gordo, bizco, feo, desaliñado y siempre a punto de verter una lágrima. ¿Cómo no compadecerse de él? El icono moderno de la victima elevado al altar. Y al trono.
  Artículo publicado el 3 de octubre de 2017 en Periodista Digital

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