miércoles, julio 18, 2018

DEL ESTADO DEL BIENESTAR AL ESTADO DEL MALESTAR

Con la independencia de EE.UU y la Revolución francesa surge el Estado liberal. A partir de 1833 nos referimos a él como Estado de Derecho. en virtud de la expresión acuñada por el jurista alemán Robert Von Mohl. El Estado tenía una presencia mínima y limitada en la sociedad civil, y las libertades individuales y la igualdad ante la ley eran los valores incuestionables que se debían proteger.

A finales del siglo XIX, en la Alemania de Bismarck, el Estado interviene en la sociedad aplicando criterios de justicia social. No obstante, esta intervención se intensifica en la República de Weimar durante la década de los veinte del pasado siglo. Fue en ese período cuando Hermann Heller, otro eminente jurista germano, utiliza por primera vez la expresión Estado social de Derecho.

Tras la Segunda Guerra Mundial la intervención del Estado en asuntos sociales aumenta significativamente en Europa occidental. El Estado social de Derecho pasa a denominarse entonces Estado del Bienestar. Los parias de la tierra, antaño famélica legión, se convirtieron en próspera clase media con escasas veleidades revolucionarias. Los principios básicos del originario Estado liberal, aunque continuamente cuestionados por influyentes minorías estatistas, eran más o menos respetados por todos. Hoy la situación es distinta.

La última crisis ha logrado empobrecer a gran parte de la clase media. No obstante, los oficialmente necesitados de ayudas han dejado de ser los económicamente más débiles. Nuevos colectivos, designados previamente como inocentes víctimas por sus progresistas mentores, son ahora los que deben ser protegidos independientemente de su nivel de ingresos.




Del Estado del Bienestar hemos pasado al Estado de Malestar
Foto Josh Wilburne

La administración no es capaz de subvencionar un empaste dental a un trabajador desempleado, pero es sumamente generosa con organizaciones neofeministas y elegetebistas que hacen del activismo y de las ayudas públicas su modus vivendi. La clase política es cada vez más corrupta y está desacreditada; pero el Estado, conducido por esa misma clase política corrupta y desacreditada, es paradójicamente el nuevo dios objeto de nuestras plegarias

La reflexión racional es sustituida por la empatía; por lo que el legislador no necesita ya un juicio ponderado, solo un buen corazón: en nombre de los buenos sentimiento se cuestiona la presunción de inocencia, se impone la discriminación positiva y se consagra la desigualdad ante la ley. Cualquier deseo es susceptible de convertirse en derecho, basta con que sea insistentemente reclamado en los medios de comunicación y en la plaza del pueblo.

En la sociedad todo se politiza y, en consecuencia, se genera continuamente conflicto, desconfianza y resentimiento: ceder el paso a una mujer o regalar una muñeca a una niña levanta sospechas; discutir con la novia, roza la ilegalidad. Si tales sucesos ocurren en el espacio público te convierten en objeto de inquisitivas miradas que pueden acabar en delación. Quizá usted no se había dado cuenta todavía, pero el viejo Estado del Bienestar es ya de facto un Estado del Malestar.


¿Hemos tocado fondo? Los antiguos griegos decían que hace falta llegar a lo pésimo para que comience lo óptimo, pero la lógica del picador nos dice otra cosa bien distinta: tocar fondo nunca está garantizado y siempre se puede cavar un poco más.

Reconocer que un frondoso paisaje natural es un bien digno de ser protegido no debería implicar que las plantas tengan derechos. Pero por ese camino vamos. A este respecto Dave Foreman, cofundador de Earth First!, llegó a decir: «La Tierra tiene cáncer, y ese cáncer es el hombre». Mutatis mutandis con los movimientos animalistas en boga. Pasaremos de asumir que no debemos maltratar a los animales, a considerar asesino al conductor que atropella una ardilla que cruza inesperadamente la calzada.

Entretanto, los lobbies ecologistas y animalistas también habrán de ser alimentados por el Erario Público. De modo que es muy probable que el Estado siga engordando a costa de nuestra hacienda y de nuestras libertades. Y no es en absoluto descartable que el Estado mismo, en un acto de suprema justicia, bondad y empatía, llegue a decretar la aniquilación de la Humanidad por el bien del Universo.

Bertrand de Jouvenel advertía en Sobre el poder, una de sus obras más representativas, que el Estado en Occidente tiene una peligrosa tendencia a cristalizar en un Estado Minotauro: poderosa máquina de legislar que, como el Minotauro mítico, exige continuamente sacrificios humanos.

Si no logramos salir del laberinto es inevitable que se cumplan los peores pronósticos: en nombre del  bien, la igualdad, los nuevos derechos y la opinión de moda un nuevo totalitarismo con rostro amable conseguirá finalmente convertirnos en esclavos voluntarios. Pero todo esto será probablemente mañana. Afortunadamente lo pésimo no ha llegado todavía. Ergo, disfrutemos mientras podamos del Estado del … Malestar.

Publicado en Disidentia el 23 de abril de 2018

martes, mayo 22, 2018

EL SENTIMENTALISMO POLÍTICO: GENERADOR DE ENEMIGOS



El sentimentalismo político: generador de enemigos
Los individuos propensos a asumir riesgos en beneficio de los otros no son premiados por la evolución. Su número descenderá progresivamente, pues un alto porcentaje morirá joven y sin descendencia. Sin embargo, las tribus con más miembros capaces de sacrificarse por sus compañeros aumentarán las posibilidades de sobrevivir, expandirse y crecer.

Según la teoría de la evolución esta selección grupal vendría a explicar la existencia del sentimiento altruista en la especie humana. El científico Richard Dawkins elaboró en los años setenta una argumentación más detallada apelando al gen egoísta. Que los padres sean capaces de dar la vida por los hijos es una actitud generosa y desinteresada, pero un biólogo evolutivo solo verá en ello la salvaguarda de la carga genética presente en los progenitores; es decir, un egoísmo de grupo

Resulta entonces que nuestro natural sentimiento altruista es directamente proporcional a la proximidad en el parentesco. En condiciones primitivas los humanos somos muy altruistas con los parientes cercanos, menos con los lejanos y nada con las otras tribus. No obstante, las tribus vecinas no nos son indiferentes. En realidad sentimos hacia los otros una instintiva hostilidad que viene a ser el inevitable reverso del apego hacia los nuestros. De modo que los sentimientos morales cálidos, que parecen tener una base biológica, tienen también su sombra: los extraños, dentro o fuera de la tribu, son una peligrosa amenaza de la que conviene defenderse.
Dado el potencial destructivo que conlleva la aparición de la inteligencia humana, fue imprescindible un ardid evolutivo capaz de paliar esta tendencia al conflicto que ponía en peligro a la especie. Apareció entonces el chivo expiatorio: un individuo designado previamente como causa de todos los males era ritualmente sacrificado. El luctuoso acontecimiento actuaba como una eficaz vacuna contra la violencia mimética, que diría René Girard. El beneficio era grande: se apaciguaba el malestar colectivo y se cohesionaba afectivamente la tribu. El grupo se mostraba entonces mejor preparado para posibles combates contra el enemigo exterior. Cuando las comunidades se hicieron más grandes y complejas la cohesión emocional entre sus miembros se debilitó, y el papel apaciguador del rito sacrificial fue sustituido por el Derecho generado por la costumbre y por el compromiso de respetar los pactos con las comunidades vecinas. El último capítulo de este proceso de enfriamiento sentimental de la política fue la creación del moderno Estado de Derecho y el Derecho internacional.
En las sociedades abiertas actuales apelar a los sentimientos desde la política resulta entonces una regresión no exenta de peligros. Utilizar estrategias primitivas para situaciones nuevas suele producir malas consecuencias. Amar a los miembros de la familia o de la tribu es normal, pues el verdadero amor hacia los otros es siempre el amor a los cercanos. Pero cuando un político proclama un amor desinteresado a muchos, incluidos los lejanos; es otra cosa distinta al amor mismo. ¡Cuánto mejor el político que respeta verdaderamente a los ciudadanos más allá de efusivas proclamas amorosas! No se puede amar cálidamente a un extenso colectivo cuya mayoría de miembros no conocemos personalmente; y cuando un líder político lo proclama con manifiesta afectación, evidencia su impostura y nos acerca un poco más al infierno. Sentimientos y política son el cóctel perfecto para la tragedia.
Si cierto es que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, no menos cierto es que en tiempos modernos demasiadas veces los cálidos sentimientos han sido excusas para las peores matanzas. El amor de Robespierre a los virtuosos citoyens inauguró el Terror que guillotinó a miles de sospechosos conspiradores, el amor a la Humanidad de los bolcheviques resultó inseparable del hostigamiento a los designados como burgueses y el amor a la raza aria que Hitler profesó, fue proporcional al esfuerzo por aniquilar a los judíos. En todos los casos los verdugos se definieron a sí mismos como víctimas y, en todos los casos, la ancestral y oscura necesidad del chivo expiatorio apareció secularizada en forma de crimen colectivo. En las tribus primitivas la víctima sacrificada actuaba como un fármaco curativo y apaciguador; pero, como bien sabían los antiguos griegos, el pharmakon se puede convertir fácilmente en veneno. Tan solo depende de cuánto, cuándo y cómo se suministre.
Hoy la emotividad política es epidemia, y gran parte de la tarea política es identificar a las victimas que, por decreto, habrán de ser merecedoras de nuestra compasión ―también de una parte significativa de nuestros impuestos―: una pléyade de políticos, periodistas y opinadores las exhiben diariamente desde los medios de comunicación; por lo que, a estas alturas, nadie ignora ya quienes son. Pero identificadas las víctimas quedan identificados también los enemigos: chivos expiatorios colectivos y desacralizados dispuestos a ser sacrificados por sus bondadosos e inocentes verdugos
¿Quiénes son estos enemigos candidatos al sacrificio en el altar de lo políticamente correcto? Quizá la pregunta produzca cierta desazón entre mis lectores. Y alguno habrá que se diga a sí mismo: ¿seré acaso yo? Tranquilícese; si usted no se considera español, no tiene aspecto caucásico, no es católico, hombre, ni heterosexual no tiene motivos para preocuparse.

Publicado en Disidentia el 22 de mayo de 2018

sábado, mayo 12, 2018

HACIA LA UTOPÍA LIBERTICIDA A TRAVÉS DE LA INCOHERENCIA

Para Aristóteles el hombre es un zōon politikon: un animal social que vive en una comunidad regida por leyes que surgen de las palabras. Con las palabras dialogamos con nosotros mismos sobre lo que está bien o mal. Y también razonamos conjuntamente sobre lo que es justo y conveniente para la Ciudad. Aristóteles insiste en la diferencia: si bien los animales tiene voz, no tienen palabra. La voz comunica emociones, estados de ánimo o deseos; pero es incapaz de expresar la justicia o ser expresión de libertad. Por eso un hombre con voz, pero sin palabra; perdería su capacidad de juzgar y se alejaría de su propia humanidad.
En la antigua Atenas, Sócrates ponía en evidencia las contradicciones de sus adversarios dialécticos porque sabía las inevitables consecuencias: asumir una incoherencia es el primer paso para asumir las demás; y cuando la incoherencia se convierte en moda, la capacidad crítica cesa y la palabra desfallece. En griego el término barbaros significa balbuceante, alguien que emite sonidos incomprensibles. Sin palabras para conversar en el ágora y pensar con los otros sobre lo bueno y lo justo no habría ya ciudadanos, sino bárbaros: seres dotados de voz, pero sin juicio y sin logos.  

Hoy las voces apenas dejan oír las palabras, Sócrates está muerto y el pensamiento no goza de buena salud. El principio de no contradicción es abucheado mientras la incoherencia es aplaudida: estrellas de cine la reivindican, profesores universitarios la enseñan y un ejercito de opinadores mediáticos la repiten machaconamente en prensa, radio y televisión. Es obvio que va ganando, pero reconozcamos que juega con ventaja: partidos políticos y sindicatos la apadrinan. Durante mucho tiempo fue patrimonio del tonto del pueblo y era tolerada por la mayoría con compasiva condescendencia. Pero hoy está normalizada porque es ya de casi todos: oración matutina y pan nuestro de cada día.

Los hombres del siglo V no sabían que estaban viviendo el fin del Imperio romano. Tampoco yo sé gran cosa. En cualquier caso, por lo que pudiese ocurrir con lo que hemos dado en llamar Civilización occidental, me dispongo a dar testimonio. Como el rubio replicante de Blade Runner, extraordinaria película de  Ridley Scott, he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto a marxistas internacionalistas y solidarios justificar la secesión de una de las regiones más ricas de España; a feministas que en nombre de la igualdad real entre los sexos defienden la real desigualdad legal entre hombres y mujeres; a amantes de los animales llamar asesino a un torero y tratar con exquisito respeto al imán que degüella un cordero en plena calle; a políticos catalanes que en aras de la civilización prohíben la tauromaquia y defienden el correbous; a ateos muy anticristianos amistosamente complacientes con el Islam.
He visto  a miembras y portavozas hablar con periodistas masculinos que sin embargo no eran periodistos, y a hombres con vulva defensores de la libertad de expresión que no toleran que alguien diga que los niños tienen pene. Y todas estas cosas no se perderán conmigo como lágrimas en la lluvia, porque son la misma lluvia que nos cala hasta los huesos. Mañana las seguiremos viendo y oyendo en entrevistas televisivas, en declaraciones publicas, en la peluquería del barrio y en el bar de la esquina. Nadie sabe hasta cuando. Luego vendrá una oscura Edad Media saturada de emoticonos… o quizá un luminoso Renacimiento. ¿Quién sabe? Todavía la decisión depende en algún grado de nosotros.
Para llevar razón hacen falta dos cosas: ser coherente y llevar razón. Quienes cabalgan contradicciones, abanderan la incoherencia y se placen en propagarla por la ciudad no llevan razón; pero tampoco la buscan. Les basta la fe en un nuevo hombre y en un nuevo mundo: la nueva vieja utopía de siempre. Los postmodernos profetas que la anuncian se inspiran en Gramsci, paradójico marxista que pensaba que la ideología podía modificar las relaciones de producción; pero siguen a pies juntillas las once reglas básicas de la propaganda de Goebbels.
Sentar en la misma mesa a Marx, Gramsci y Goebbels tiene algo de irónico y, en cierto modo, es una incongruencia; pero si el fin es la utopía todo está permitido y las incongruencias son especialmente bienvenidas. El plan es conocido: ahogar la palabra en un mar de contradicciones es lo primero ―en eso estamos ahora―. Identificar y neutralizar a los malos, lo segundo. Después, basta con que gobiernen los buenos para que florezca el cielo en la Tierra. El Estado es Dios, el mundo es simple y la solución fácil. Habrá paz, amor, sonrisas, flores, multitud de velitas encendidas y osos de peluche para todos.
Pero si vence la utopía habrá sido a costa de la palabra y, entonces, todo estará perdido. Porque, aunque abunden los osos de peluche, sin la palabra no hay libertad y tampoco podría haber justicia; y el aristotélico zōon politikon, expulsado del ágora y acomodado ya en su nuevo paraíso, se habrá convertido en un animal de rebaño.

Publicado el 12 de marzo de 2018 en Disidentia

domingo, mayo 06, 2018

EL ENEMIGO SE CONSTRUYE A TRAVÉS DEL LENGUAJE

Para Aristóteles la polis es una comunidad de amigos que debaten libremente en el ágora sobre cuestiones que incumben a todos. Una de las mayores representantes de la tradición que inaugura Aristóteles es la politóloga Hannah Arendt: allí donde no hay libertad de pensamiento ni de expresión, no hay política.
La libertad en Arendt sirve de fundamento a concepciones políticas parlamentarias o republicanas, pero Carl Schmitt es el referente de una tradición distinta que a veces desemboca en formas totalitarias. Para Schmitt lo político se define por la dualidad amigo-enemigo. No es una deliberación libre y amistosa, sino confrontación entre grupos antagónicos donde el acuerdo es sustituido por el poder y la decisión.
El enfrentamiento entre amigo y enemigo, y la consiguiente consagración del enemigo como categoría política, tuvo siempre una buena acogida entre los partidarios de Marx, a pesar de las veleidades que el propio Schmitt tuvo con el nazismo. En cualquier caso, es evidente que la lucha de clases encajaba bien en el esquema del jurista alemán. Sin embargo, con el auge de las clases medias y la caída del Muro de Berlín, las grandes batallas protagonizadas por la clase obrera comenzaron a parecer algo del pasado. Todo hacía pensar que el enemigo estaba abocado a morir en el próspero Estado del bienestar, pero logró sobrevivir. Fue Ernesto Laclau, cuyas ideas están hoy omnipresentes en los populismos de izquierdas de Hispanoamérica y España, quien más empeño puso en rehabilitarlo, señalarlo y reconstruirlo. En una de sus obras más conocidas, La razón populista, nos dio las instrucciones para ello.
Para Laclau el enemigo se construye a la par que se fomentan identidades real o imaginariamente agraviadas. Los grupos agraviados pueden ser incongruentes entre sí, pero eso importa poco: tal diversidad habrá de acomodarse en una totalidad a la que se denominará pueblo; y bajo el significante pueblo, todos los gatos son pardos. De modo que el pueblo no es una realidad dada; y no son, desde luego, los trabajadores o los proletarios del siglo XIX. Se articula desde el discurso ideológico incluyendo en él a grupos muy heterogéneos. La parte de la sociedad que se queda fuera del pueblo es el enemigo a batir. Vencido éste, será el momento de apropiarse del Estado: el cielo anhelado del poder que algunos quieren tomar por asalto.
El procedimiento para crear grupos agraviados es relativamente sencillo y tiene mucho que ver con el lenguaje, pero antes debemos asumir con Laclau que las palabras carecen de significado y el sentido común no existe. De modo que debemos prescindir de la semántica, aunque esto dificulte la comunicación. La cosa no va de comunicación ni de entendimiento mutuo, sino de hegemonía y poder. Para Laclau la verdadera política no se hace en el parlamento, sino en el campo de batalla—la calle y los medios de comunicación, fundamentalmente—; y no se busca persuadir, sino vencer. Por eso la erística sustituye a la dialéctica, y construir un relato resulta más importante que armar una buena argumentación.
Más allá de lo que diga el diccionario, todo significante está impregnado por connotaciones imaginarias y emocionales. Esto es lo que verdaderamente importa a la hora de transformar las palabras en armas de guerra. Imágenes y emociones hábilmente manipuladas se convertirán en el nuevo significado. A veces el significado puede incluir incoherencias manifiestas, pero esto no tiene por qué impedir que las palabras se usen con prodigalidad. No hacemos un análisis gramatical cada vez que pronunciamos una frase; y la mayoría de las pequeñas conversaciones que tenemos al cabo del día, en la familia o en el trabajo, están llenas de lugares comunes donde prima la socialización y la empatía: la coherencia lógica queda en un segundo plano cuando los sentimientos predominan.
En principio los nuevos significados muestran cierta resistencia a ser admitidos por la comunidad de hablantes. Y las palabras que los designan —en la jerga de Laclau, significantes flotantes o vacíos— están en una especie de tierra de nadie que ha de ser conquistada por el pueblo. En consecuencia, la política se convierte en una guerra por los vocablos y sus usos preferentes.
Hay muchas formas de promover la batalla:
Podemos tomar un significante con cierto prestigio y retorcer su semántica. Así se ha hecho con la palabra feminismo. Desde las primeras sufragistas su significado estuvo ligado a la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres; pero ahora se asocia cada vez más a los que justifican la ley que discrimina positivamente a la mujer y que, en caso de litigio, convierte en presunto culpable al varón. La palabra feminismo resulta entonces un término ambiguo muy oportuno para crear discordia y designar un nuevo grupo enemigo: aquellos que salvaguardan la igualdad legal sin excepciones identitarias. Quienes se atreven a expresar esta opinión en público, son señalados por el grupo agraviado como retrógrados machistas o malévolos defensores del heteropatriarcado. Consecuentemente, dejan de pertenecer al pueblo. Son numerosas las palabras que sufren similares retorcimientos en la batalla lingüística cotidiana, pero hay especialmente dos de las que nadie quiere prescindir: democracia y libertad. Casi todos las defienden, pero casi nadie piensa lo mismo cuando las nombra.
Otra manera de crear grupos agraviados es recurrir a datos estadísticos, la mayoría de las veces sesgados tendenciosamente. Supongamos que los ciudadanos pelirrojos son el colectivo que más infracciones de tráfico acumula. Si proliferan asociaciones que en nombre de los pelirrojos no paran de denunciar a sus malvados perseguidores, si tales asociaciones disfrutan de amplia cobertura mediática, si se pone en circulación una expresión suficientemente atractiva para designar el odio a los pelirrojos; entonces es muy probable que mucha gente empiece a pensar que algunos ciudadanos son multados por el hecho de ser pelirrojos. La lógica de esta cadena de acontecimientos es disparatada, pero no podemos negar su eficacia. Hace algunos años nadie habría afirmado que siempre que un hombre agrede física o verbalmente a una mujer, lo hace por el hecho de ser mujer. Sin embargo, en la actualidad quien se atreve a poner en cuestión este reiterado mantra es condenado a la hoguera de la plaza pública por una horda de nuevos inquisidores.
En Alicia a través del espejo Lewis Carroll nos recuerda lo que es obvio en todo sistema totalitario; que no importa lo que signifiquen las palabras, sino quién es el que manda. Laclau, siguiendo la estela de Gramsci y su hegemonía cultural, invierte la ecuación: quien domina las palabras acaba por mandar. En cualquier caso, la relación entre poder y lenguaje es una evidencia histórica que no necesita descubridores. La antigua sofistica griega y la propaganda estalinista y nazi bastan para constatarla. Orwell lo ilustró literariamente en 1984 y Victor Klemperer, brillante filólogo perseguido por los nazis, lo hizo con más detalle y rigor en su magnífico libro La lengua del tercer Reich.
No se me ocurren estrategias mágicas para contrarrestar el deterioro del lenguaje y del pensamiento que lleva a cabo el populismo. Pero la opción de Sísifo me parece tan buena como cualquier otra: ante la voluntad de vaciar las palabras de significado, la voluntad clara de volver a llenarlas; ante el exceso de propaganda, exceso de razonamiento. A pesar de Laclau, el pueblo somos todos y el principio de no contradicción no es un invento del capitalismo.
Es un hecho que la perversión del lenguaje ha contribuido a la creación de muchos grupos agraviados que no cesan de señalar al enemigo. Y si esta perversión continúa, probablemente aparecerán más. Quizá en un futuro no muy lejano serán los antitaurinos frente a los aficionados a los toros, o los vegetarianos frente a los que comen carne, o los que nunca leen artículos como éste frente a quienes los leen e incluso los escriben. En fin, todos podemos formar parte del grupo enemigo, aunque seamos muy amistosos; porque ser enemigo depende del que te designa como tal, no del que recibe el calificativo. Así que tengan ustedes cuidado, no digan luego que no les he avisado.
Jesús Palomar. Publicado en Disidentia el 28 de enero de 2018

viernes, abril 13, 2018

POLÍTICOS COMO CHAMANES


Existen en el lenguaje político ciertos términos desgastados que ya no son monedas fiables. Tanto uso y manoseo han acabado por borrar el relieve de sus superficies, que era lo único que les daba valor. Ahora son simples trozos de metal. Y, sin embargo, siguen circulando en el mercado político como si fuesen de curso legal. Con ellas se compran odios y amores, vituperios y fatuas exaltaciones que vienen finalmente a canjearse en votos: blanqueo definitivo del dinero sucio.


Qué importa que las monedas sean falsas si, a su manera, siguen funcionando. El chamán más ignorante sabe que la carencia de significado de una palabra se compensa con creces si adquiere a cambio un poder hipnótico. Y pocos políticos se resisten a utilizar este poder. Son políticos chamanes. Los he visto; todos los hemos visto. Arengando a la multitud con sus gestos mientras pronuncian la palabra mágica. El eslogan y el ripio sustituyen a la argumentación; la expresión rimbombante al término preciso que pretende atrapar la realidad. En nombre de la nación alemana, Hitler exterminó a los judíos. Y por el bien de la humanidad e invocando la justicia universal Stalin mató de hambre a millones de compatriotas. El abuso de las palabras por los brujos de la tribu acaba casi siempre por asesinar, primero a la semántica y luego a las personas. Sin semántica, las palabras son solo recipientes de profundas emociones, sonidos mágicos que me dicen si soy de los buenos o de los malos, marcas en el territorio que indican donde está el enemigo. Imponer ciertos usos lingüísticos y estigmatizar otros es la tarea de los nuevos chamanes. Pervertir el significado de los términos, avivar las pasiones y fomentar la estulticia son las inevitables consecuencias.
 
En el caso español, me pregunto qué tipo de hechizo esconden hoy en Cataluña expresiones como facha, franquista o fascista, una y mil veces invocadas, lanzadas al adversario como maldiciones de la misma calaña que el mal de ojo y el rabo de lagartija. El manido “España nos roba” o la fantasía proclamada por Marta Rovira: “violencia extrema y muertos en las calles”, son solo dos de las múltiples proclamas con las que suelen acabar sus conjuros. Palabras gastadas y frases hechas que anulan la inteligencia y adquieren una renovada importancia por lo que invocan y sugieren, por lo que pretenden resaltar y por lo que quieren ocultar. Se construye así un idioma solo para iniciados< La mayoría de los secesionistas nunca dirán Cataluña y el resto de España, dirán Cataluña y el Estado. Dialogar es negociar el modo y los plazos para alcanzar la independencia. Derecho a decidir es tan solo la fórmula acordada para subrayar que Cataluña es una nación soberana y España un Estado sin nación. Por más que el articulo 155 de la Constitución esté, obviamente, en la Constitución; para los independentistas es anticonstitucional.

Los independentistas encarcelados por una acción ilícita son presos políticos; y si huyen, exiliados. Pero si no son secesionistas son, respectivamente, políticos presos o prófugos. Llamarán policía nacional a la policía autonómica, y a la verdadera policía nacional la llamarán siempre policía española. Dirán que el Estado español es represor; pero evitarán explicar que lo es en la misma medida que hace cumplir la ley y, que en este sentido, todo Estado es represor —incluso un futuro Estado catalán—. La normalización lingüística consiste en benévolas medidas de protección a la lengua catalana, pero nunca confesarán que conlleva prohibir a los comerciantes rotular en español y a los profesores enseñar en español a los alumnos.

Pero el chamanismo político que padecemos no se agota en el delirio nacionalista. Una tribu hermana viene a sumársele: la autodenominada Nueva Izquierda que brota de pensadores como Althusser y Gramsci. Sus seguidores, más torpes y zafios que sus maestros, convierten el lenguaje en un campo de batalla en el que se conquistan palabras como si fuesen colinas estratégicas. El nuevo vocabulario acaba por ser asimilado por todos los partidos y los medios de comunicación. Ser feminista ya no es defender la igualdad entre hombre y mujer sino abanderar la discriminación positiva que discrimina negativamente al varón. El género no es una categoría gramatical que se expresa en la dualidad masculino y femenino. Tampoco se corresponde con el básico niño o niña que nos comunica el tocólogo tras escrutar la esperada ecografía de nuestro hijo. Es una identidad elegida entre más de cien posibilidades —según un tal Vitit Muntarbhorn, supuesto experto y Defensor Global LGBT de Naciones Unidas, hay exactamente ciento doce—. Un hombre puede elegir ser mujer, incluso mujer lesbiana, y el Estado ha de reconocer su derecho a serlo. Si tal derecho incluye la asignación de un ginecólogo en la Seguridad Social sigue siendo a día de hoy un enigma.


Plan utilizaba el vocablo simploke para señalar que las ideas suelen estar enredadas. De modo que para pensarlas hay primero que desenredarlas. En realidad pensar y desenredar son lo mismo. Y ambas cosas son complicadas hoy. Al abrir un periódico o encender la televisión uno se da cuenta de que hay demasiados enemigos de Platón: no solo se complacen en la simploke de las ideas, sino que parecen tener una clara voluntad en aumentar el enredo. 


Ante este estado de cosas, y a poco que se respeten las palabras y los significados que quieren ser pensados a través de ellas, solo cabe ser una cosa: disidente. Siquiera como defensa propia ante un mundo invadido por emoticonos, conjuros y consignas tribales.



Artículo publicado el 15 de enero de 2018 en Disidentia

viernes, octubre 06, 2017

BUCLES SECESIONISTAS


Si tienen ustedes un amigo catalán que defiende hasta el agotamiento el llamado derecho a decidir se habrán percatado de que es muy difícil establecer un debate sin llegar al aburrimiento o a la desesperación. No repetiré aquí los discursos que los secesionistas quieren hacer pasar por argumentos. Pero como muestra, un botón basta. Cuando le pregunto a mi amigo Jordi que si en una Cataluña independiente Badalona tendría derecho a decidir, suele escurrir el bulto y apelar al misterioso hecho diferencial catalán, a lo insoportable que es el malvado Rajoy o a la ilusión que le genera la futura república catalana, categorías difusas y evasivas que son muy difíciles de encajar en un razonamiento con un mínimo de rigor intelectual. Lo que suele hacer nuestro amigo nacionalista es, en el fondo, dar sucesivas vueltas para reafirmar una y otra vez la idea incuestionable de la que parte: tenemos derecho a decidir.

¿Cómo explicar tan peculiar fenómeno? En muchas ocasiones el deseo y la emoción es lo que nos inclina a decir o hacer ciertas cosas. Pero una vez dicho o hecho necesitamos dar alguna consistencia a nuestro pensamiento y elaboramos un sistema ideológico más o menos resistente. Quizá la necesidad de sistema es, sin más, una necesidad de paliar el dolor. El absurdo nos duele. Y la mente es una máquina de crear sentido, en muchas ocasiones incluso donde quizá no lo hay. Pero no todo lo que construimos en nuestra cabeza para paliar ese dolor es impolutamente racional. De modo que, en muchas ocasiones, somos seres deseantes que nos creemos racionales mientras construimos castillos justificativos en el aire. A la elaboración meticulosa de este autoengaño Freud lo llamaba racionalizar, y lo diferenciaba claramente del mero razonar. A su manera, Nietzsche viene a decir lo mismo. Y en psicología social el fenómeno se conoce como disonancia cognitiva.

De modo que muchas veces nuestras decisiones y opiniones no son racionales y, acto seguido, intentamos ajustarlas a los hechos y a nuestro sistema de creencias para que parezcan que lo son. ¡Vamos, que nos hacemos trampa en el solitario! Una vez que Jordi quedó emocionalmente atrapado en la idea del derecho a decidir, toda su inteligencia y emoción trabaja para reafirmarla.

Estructuralmente no hay una diferencia esencial entre la actitud de Jordi y la del que tiene un delirio de celos. De modo que Jordi nos parece un poco paranoico. Del mismo modo que el celotípico no cuestiona la infidelidad de su cónyuge y va encajando los datos que le sobrevienen para confirmar su idea obsesiva, la idea de que Cataluña tiene derecho a ser independiente es algo incuestionable y, por consiguiente, todo lo demás ha de ajustarse a ella.

Ahora bien, Jordi tiene dos opciones: o cambiar su “idea obsesiva”, y con ella un sistema de creencias e ideas que le ha acompañado durante mucho tiempo, o ajustar al sistema ya construido los nuevos datos que la realidad va generando. El coste personal de la primera opción es mucho mayor para Jordi que el parcheo chapucero que supone la segunda. De modo que opta por la segunda. Una vez que estamos aferrados hipnóticamente a la idea de que Cataluña tiene derecho a decidir, ¿cómo encajarla con el hecho de que el Estado español no la reconoce? Fácil: el Estado español es totalitario, franquista y represor. He aquí el parche racionalizador. No importa que dicho parche condene a Francia, EE.UU o Alemania a ser también estados totalitarios y franquistas. Un nuevo bucle racionalizador interpretará debidamente esta nueva derivada.

Algo parecido ocurrió en el Renacimiento en relación con la nueva astronomía. A pesar de pruebas y razonamientos cada vez más sólidos, los clérigos escolásticos no podían admitir que el Sol era el centro del universo. De poco le sirvió a Galileo la amable invitación a que mirasen a través del telescopio para que se diesen cuenta de su error. El rechazo a las ideas copernicanas tenía la misma raíz psicológica que la opción de Jordi. En fin, volver a replantearse las cosas y construir una nueva casa, aunque llegue a ser mejor que la chabola donde vivimos y hemos vivido tantos años, nos suele dar mucha pereza. Entre otras cosas porque tendríamos que reconocer que hemos vivido y vivimos en una chabola. Así que apañamos la gotera y a seguir tirando: la Tierra es el centro del universo y la realidad que veo a través del telescopio son manchas engañosas que pertenecen a la lente del endemoniado aparato. Y vale ya.

La diferencia entre Copérnico, el delirante celotípico, mi amigo Jordi y cada uno de nosotros no está en esta necesidad tan humana de crear sentido y evitar el dolor que provoca una realidad aparentemente contradictoria y absurda –recordemos que para los secesionistas un mundo donde un Estado de Derecho prohíbe la secesión de una parte del territorio no tiene sentido-, sino en los niveles de exigencia de nuestros propios sistemas ideológicos. Copérnico no se conforma con las chapuceras explicaciones astronómicas que había en su época. Y Jordi se aferra a una ideología que ha heredado, que no ha sido nunca objeto de un riguroso análisis y con la que ha ido tirando toda su vida, como los clérigos escolásticos. Copérnico mantiene “su delirio” a pesar de tener el mundo en contra. Pero Jordi mantiene “su delirio” entre otras cosas para no tener el mundo en contra: la televisión, la radio, los periódicos y sus compañeros de trabajo le aportan un bienestar social y psicológico nada desdeñable. La verdad es que a Jordi le ha ido muy bien hasta ahora con su hecho diferencial. Da igual que un análisis riguroso señale que una Cataluña independiente sería, al menos a corto y medio plazo, mucho más pobre que ahora. Manteniendo lo contrario Jordi sería capaz de morir de hambre en su Cataluña imaginada sin modificar un ápice sus ideas. En fin, siendo un poco compasivo con nuestro amigo podríamos considerar que quizá es mejor para Jordi morir de hambre que de un ataque de ansiedad.

Quizá todos caemos a veces en estas actitudes paranoides, racionalizantes o disonantes. Pero lo único que a duras penas puede evitarlas es conocer un poco el mecanismo psicológico que las provoca. Identificada la pereza mental que nos inclina a vivir en una chabola ideológica llena de goteras, lo conveniente es hacer un esfuerzo y empezar a construir una nueva casa. El resultado que cabe esperar es que seamos un poco más libres. No es poca cosa.
Artículo publicado el 25 deseptiembre de 2017 en Periodista digital 

Jesús Palomar