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domingo, enero 23, 2022

LA OTRA CAVERNA DE PLATÓN

sábado, abril 03, 2021

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE THOMAS HOBBES



Introducción

Thomas Hobbes es el primer filósofo moderno que elabora una teoría contractualista. La visión antropológica que se desprende de sus escritos no es muy halagüeña. la imagen de los seres humanos que destila su obra es la de unas criaturas egoístas, desconfiadas y pendencieras. Lo que le llevó a pensar que la gobernabilidad de los hombres era prácticamente imposible sin un gran poder capaz de atemorizarlos a todos.

Es posible que el genio de Hobbes fuese naturalmente misántropo. Pero la época que le tocó vivir no le dio muchas posibilidades de modificar su ánimo. Nació en Inglaterra en 1588 de forma prematura a causa del terror de su madre al constatar que la armada española se acercaba a las costas británicas. A propósito de aquel acontecimiento el propio Hobbes dirá: «El miedo y yo nacimos gemelos». Frase que es toda una presentación. Después de tan accidentado nacimiento la cosa no fue mucho mejor. A la vez que el continente europeo se desangraba en cruentas guerras de religión, Hobbes vivió en su propio país dos guerras civiles, la decapitación del rey Carlos I, la dictadura de Cromwell y la restauración de la dinastía de los Estuardo. Hubo entonces uno poco de paz y tranquilidad en Inglaterra. Para mantener esa paz anhelada tan escasa en la época, Hobbes defendió de facto durante sus últimos días la monarquía de Carlos II, rey católico con pretensiones de monarca absoluto; aunque la legitimación que el filósofo propondrá no será religiosa, sino pretendidamente racional.

Hobbes murió en 1679 sin llegar a conocer la monarquía constitucional a la que daría lugar la Revolución Gloriosa de 1688.


Estado de naturaleza

Para Hobbes los hombres en estado de naturaleza están dominados por sus pasiones: el instinto de conservación y la búsqueda de su propio bien. Todos compiten por las mismas cosas, desconfían de los otros y buscan reconocimiento y gloria. Dado que tienen también libertad natural para conseguir sus fines aun a costa del bien de los otros, la situación desemboca pronto en una guerra de todos contra todos. La situación de guerra no es siempre explícita. La desconfianza mutua y la disposición a la lucha es ya una situación de guerra. Y aunque no haya violencia física durante algún tiempo no quiere decir que haya paz, sino tregua:



«durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la guerra no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente.»

Leviatán


De modo que este es nuestro comportamiento natural: el hombre es un lobo para el hombre. Cuando la violencia se hace patente, podría ocurrir que los más fuertes ganaran esta guerra y al menos se produjese una cierta estabilidad. Pero según Hobbes esto es prácticamente imposible. Cierto que hay hombres más fuertes que otros, pero nuestras capacidades pueden ser potencialmente equivalentes en una situación de conflicto continuado. Aunque algunos sean más fuertes, otros son más hábiles o más inteligentes, y en cualquier caso todos tenemos que dormir en algún momento y estar en una situación de máxima vulnerabilidad. Siendo así, la guerra entre todos no satisface a nadie y la victoria definitiva de unos sobre otros no se produce nunca. En tal escenario predomina el miedo y la vida de los hombres es corta y miserable: los hombres son enemigos entre sí y cada uno depende de su fuerza y de su ingenio para sobrevivir:


«En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.».

Leviatán


Hobbes no considera que el hombre en estado de naturaleza sea malvado. El lobo que degüella un ternero tampoco lo es. En estado de naturaleza no existe el bien o el mal moral, ni en lobos ni en humanos, pues todos tienen la libertad natural de satisfacer sus instintos naturales. La valoración moral o la justicia solo podrá aparecer en un estado civil donde existan leyes de obligado cumplimiento.



Pacto social

Dado que los hombres tienen también conocimiento y razón procuran un pacto o contrato entre ellos para acabar con esta penosa e insociable situación natural. Las abejas o las hormigas son sociales por naturaleza, como dijo Aristóteles; pero, según Hobbes, los seres humanos tenemos que alcanzar el grado de sociedad de modo artificial, a través de un peculiar rodeo. En este pacto todos los hombres renuncian a su derecho natural, es decir, a ejercer su natural libertad para alcanzar sus fines egoístas sometiendo o dañando a otros si fuese necesario. Pero tal norma básica no sería practicable si no hubiese un poder incuestionable y coactivo que les obligase a todos. De modo que acuerdan entre todos dar este poder a un solo hombre o a un grupo para mantener el orden y procurar la paz. Tal hombre o asamblea de hombres es el soberano y tendrá un poder absoluto, indivisible e irrepresentable: se constituye así la sociedad civil y el Estado.

El soberano posee un poder absoluto y no está sometido a ley alguna y es totalmente libre, pues permanece en estado de naturaleza. El contrato se ha hecho entre los hombres, pero no se ha hecho con el soberano. A partir de este momento los hombres serán súbditos del soberano. La única incuestionable exigencia de la sociedad al soberano es procurar la paz. Los súbditos no tienen derecho de resistencia o rebelión ni siquiera ante un jefe cruel o pendenciero, pero si el pueblo se rebela y establece otro soberano, este último habrá de ser igualmente respetado para que el pacto primigenio, y sus incuestionables beneficios, siga vigente.

El sujeto temible al que todos deberían obediencia se llamaba Estado. En su obra fundamental Leviatán, publicada en 1651, lo comparaba con el terrible monstruo marino que aparece en la Biblia.


miércoles, noviembre 14, 2018

EL FASCISMO DEL ANTIFASCISMO

(El antifascismo y la trivialización del Mal)

Los ángeles custodios de las causas justas no paran de inventarse enemigos o resucitarlos del pasado. Necesitan relatos heroicos en los que aparecer como resistentes a regímenes racistas, heteropatriarcales y totalitarios que solo conocen por el cine o la televisión. Son batallas ganadas antes de empezar, combates sin riesgo que, sin embargo, proporcionan a nuestros héroes un impagable beneficio: saberse del lado del Bien. 


Demasiado tiempo sin guerras. Demasiado tiempo sin conflictos verdaderamente serios. Demasiado aburrimiento, quizá. El paraíso socialdemócrata carece de épica. Y por eso hay que inventarla, aunque resulte al fin ñoña, cacofónica y de malísima calidad: caballeros de cartón piedra contra dragones de papel. 


Pero hoy nada escapa a la producción en serie, tampoco la épica. Los nuevos misioneros antifascistas y, por ende, antibelicistas, anticapitalistas, antimachistas, antirracistas y partidarios de todo lo bueno, reparten el Mal en latas con apertura de anilla y perfectamente etiquetadas, sin cafeína ni calorías para mayor gloria del consumidor: sentarse con las piernas abiertas es una imperdonable ofensa contra las mujeres; la bandera de España es de fachas; decir que en Cataluña se intentó dar un golpe de Estado es crispar; y manifestarse en Alsasua por la libertad y en solidaridad con los guardias civiles que fueron agredidos, es una intolerable provocación. 


No hay que confundirse: el Mal es ese (solamente ese), y no otro. Lo repiten una y otra vez, con semblante serio en los informativos o entre carcajadas en los programas de humor. 


Como el pícaro curandero que induce la enfermedad y nos vende el remedio, la vanguardia revolucionaria de la bondad universal no solo empaqueta, etiqueta y distribuyen el Mal, también lo combate: 


Ortega Lara, que estuvo secuestrado por ETA casi dos años, es recibido por un grupo de manifestantes en Murcia con la frase "que vuelva al zulo". Los antisistema con chalet de lujo han decidido que necesitamos esos dos minutos de odio que Orwell nos presentó en su imprescindible novela 1984. Y quien dice dos minutos dice dos horas, dos días, dos años... Convertir el odio en hábito lejos de ser un vicio es la nueva virtud. Los santos nuevos rectifican así a los antiguos: odia y haz lo que quieras. 


Un ciudadano es multado por un poema. El verso más polémico tiene solo dos palabras: “inquieta bragueta”. Si vislumbras en el rítmico escrito cierto ingenio o gracejo, eres un machista potencialmente peligroso. En un futuro cercano hablar bien del Mal se convertirá en delito y la metáfora y la metonimia estarán definitivamente proscritas. 


Antiespecistas crispados se manifiesta a las puertas de un famoso bar de Madrid con el lema “no es jamón, es cerdo muerto”: los mataderos municipales son campos de exterminio; sus trabajadores, torturadores nazis; y los que comemos carne, cómplices del asesinato en masa. 


La guerra de guerrillas continúa. Mañana habrá más valerosos actos de la resistencia, aderezados con múltiples velitas encendidas y con el Imagine de John Lennon sonando de fondo. 


El Bien es imparable, pronto será obligatorio. El Mal está a punto de desaparecer. Pero... ¿y si el Mal no fuera ese? 
Jesús Palomar
Publicado en Disidentia el 21 de noviembre de 2018

jueves, septiembre 06, 2018

LA CULTURA AUDIOVISUAL, ¿PROGRESO O REGRESO?

La escritura alfabética resulta algo muy contingente. No parece haber ninguna predisposición evolutiva para su aparición. El lenguaje alfabético es un artificio muy complejo y, para lograrlo, nuestra especie libró una dura batalla. De hecho, siempre se logra a través de una dura batalla que se lleva a cabo en el cerebro de cada niño. Si la escritura alfabética no se hubiese dado seguiríamos siendo humanos, desde luego; pero muy probablemente no seríamos lo mismo.
En una obra excepcional sobre la Antigua Grecia, “Prefacio a Platón”; Eric Havelock, profesor de literatura clásica, estudió el tránsito de la cultura oral a la cultura escrita. Según Havelock, este tránsito implicaba cambios cognitivos, sociales y políticos, que no habían sido considerados antes por ningún otro estudioso del tema. Para Havelock en una cultura ágrafa prima la imagen y la memoria. Lo importante es recordar conocimientos básicos a través de ritos y narraciones míticas que posibiliten la supervivencia y fomenten la cohesión del grupo.
Pero en una cultura donde existe la escritura y la mayoría de la población sabe leer, la memoria pasa a un segundo plano, pues está almacenada en libros o papiros. Prima entonces el entendimiento, nos hacemos más conscientes de nuestra individualidad y pensamos y hablamos de una manera esencialmente distinta. Es este tipo de lenguaje, y el modo en que modifica nuestro modo de pensar y hablar, lo que nos inclina al diálogo con nosotros mismos y, por ende, al diálogo con los otros.
Del discurso vertical desde el altar pasamos a la conversación horizontal en el ágora: surge la actitud crítica. Para Havelock no es casualidad que las culturas prealfabéticas sean culturas míticas y sólo en culturas alfabéticas se dé la posibilidad de la ciencia, la filosofía y la democracia. A tenor de lo que nos dice Havelock, enseñar a leer y a escribir, y convertirlo en un hábito, sería pues la tarea educativa más importante. Asimismo, el deterioro de la escritura y la eliminación de la lectura nos devolvería a épocas pretéritas, también en lo social y en lo político. Si Havelock está en lo cierto, la responsabilidad de los maestros es enorme. 
Hoy vivimos la revolución la imagen. Nuestra sociedad no se entendería sin televisión, aparatos informáticos y sofisticados teléfonos móviles. Obviamente, hay cosas muy positivas en todo esto. La imagen es un medio más para adquirir información y, dada su capacidad de seducción, un elemento motivador de primer orden.
Para personas formadas, con un dominio más o menos aceptable de la escritura y habituadas a la lectura, la red y los medios audiovisuales son algo extraordinario. Pensemos en las posibilidades que se abren para un investigador o para cualquier ciudadano curioso que quiere ampliar sus conocimientos. ¿Pero es igualmente conveniente para un niño que apenas sabe leer o para un adolescente en formación con un nivel de lectura precario?, ¿es siempre inocuo sustituir el medio escrito por el medio audiovisual
Marshall McLuhan dijo que el medio es el mensaje. Quizá exageraba, pero atemperando su máxima podemos atrevernos a decir que el medio influye en el mensaje, y mucho más en edades tempranas. El cerebro humano, y más el de los niños, se encuentra en una constante búsqueda de nuevos estímulos. Si la estimulación es moderada, el nivel de atención aumenta; si es excesiva, la capacidad se satura y la atención disminuye. La televisión y la red saturan fácilmente esta capacidad.
Es por tanto natural que hoy los niños y adolescentes tengan rangos de atención más cortos. La interacción con las pantallas (redes sociales, juegos y aplicaciones) parece fomentar una conducta más compulsiva en detrimento de otra algo más reflexiva. La red es una fuente casi infinita de información, pero estar delante del ordenador, ese juguete tan entretenido, es resistirse continuamente a la dispersión: leer diez páginas seguidas en la pantalla es una actividad que pocos resistimos.
Si a todo esto le añadimos que el hábito de la lectura va perdiendo adeptos, que escritura y lectura están siendo paulatinamente sustituidos por lo digital en los colegios y que desde instancias políticas insisten en imponernos el llamado “lenguaje inclusivo”, tan erosivo para la comunicación y el pensamiento; los ciudadanos del futuro podrían ser muy distintos a los actuales.
En 2014 el profesor de filosofía Raúl Gómez Díaz defendió una interesante tesis doctoral: Comunicación y tecnología: efectos sobre la moralidad. Tras la exposición de un dilema ético, alumnos de secundaria debían responder un test. Entre las respuestas posibles había algunas compatibles entre sí y otras excluyentes. Cuando los alumnos contestaban con el ratón tras contemplar la pantalla en la que se exponía el dilema explicado por un dibujo animado, las incoherencias eran mayores que cuando leían el mismo dilema en un papel y señalaban las respuestas con un bolígrafo. Como la mayoría de los jóvenes actuales, los alumnos se manejaban bien en el mundo digital y no eran lectores habituales.
Por primera vez desde el nacimiento de la cultura alfabética la tecnología propicia cambios sociales que, en cierto sentido, se oponen a ella. Hoy cultura digital y cultura alfabética coexisten. Que esta coexistencia se afiance como una convivencia bien avenida o que lo digital anule de facto lo alfabético depende en gran medida de nosotros. El asunto es importante. Si la lectura y la escritura desapareciesen de hecho y el profesor Havelock tuviese razón, ¿volveríamos a la tribu?, ¿tendríamos una sociedad más emocional, reactiva y manipulable?
Publicado en Disidentia el 16 de junio de 2018

viernes, septiembre 08, 2017

¿AGNÓTICO O ATEO?

El 21 de agosto escribí en facebook una entrada que se ha hecho viral. Esta entrada fue bloqueada por facebook identificándola como spam.  Periodistadigital y algún otro periódico digital se hicieron eco del post y de la “censura” posterior. El post bloqueado por facebook empezaba con la frase “Si eres agnóstico y tolerante con el Islam, pero ateo y combativocon el cristianismo”. 
  El 5 de septiembre escribí un nuevo artículo y lo envié al diario INFORMACION de Alicante. Sirva este escrito para profundizar en la primera frase del post viral. Aquí está el artículo publicado:



En puridad ser agnósico significa que la existencia o no existencia de Dios es un tema irresoluble para la razón humana. De modo que, como decía Tierno Galvál, el agnóstico se instala en la inmanencia y no entra en temas teológicos. Sin embargo declararse ateo va un poco más allá. El ateo afirma que la proposición “Dios existe” es falsa. Pero además de ser falsa, dicha por un ser humano es una mentira interesada. Es decir, el ateo añade una valoración moral: quien tiene interés en que creamos en Dios nos está intentando engañar en virtud de algún plan no siempre confesado. De modo que el ateo está convencido de que la mera creencia en Dios, y las creencias y conductas que de esta creencia se derivan, son, per se, nocivas para el individuo y/o para la sociedad. Marx considera la religión como opio del pueblo: placebo antirrevolucionario, Nietzsche como un elemento que debilita la voluntad de vivir y atrofia la capacidad estética de los seres humanos y para Freud la cuestión religiosa está involucrada en casi todas las neurosis. Ergo, un mundo sin Dios y sin religión sería mejor para todos.


Pero más allá de la denotación objetiva de los términos, las palabras tienen también matices y connotaciones que el habla, algo vivo y dinámico, no puede evitar. Mi admirado Gustavo Bueno solía decir que cuando un no creyente se declara agnóstico viene a significar que, más allá de su creencia o no en Dios, no se va a mostrar combativo en el asunto. Allá cada cual con su fe. Pero cuando un no creyente se declara ateo, la cosa cambia. Si en una conversación alguien dice soy ateo, se dispone a entrar en guerra dialéctica con aquellos que afirmen que Dios existe.


De modo, que siguiendo a Gustavo Bueno, agnóstico y ateo son también actitudes que un no creyente puede poner en práctica según y cuando. Ni el “ateo” anda siempre batallando (algo agotador) ni el “agnóstico” es siempre un indiferente y cachazudo Buda. Un “agnóstico” es un ateo que ocasionalmente no quiere batallar y un “ateo” es un agnóstico al que algunos creyentes ya le han irritado demasiado. Ser no creyente y creyente a la vez es incoherente. Pero que un no creyente se muestre tolerante o combativo con conductas o ideas que su oponente creyente desarrolla según el caso, no lo es. A la mayoría de los no creyentes les es indiferente que alguien crea en Dios o que se rece tres, cuatro o cien veces al día. Ya sea a Zeus, a Jehová o a Alá. Pero a la mayoría de los no creyentes que conozco no les es indiferente que en nombre de una religión se limiten libertades básica, se justifiquen actitudes machistas o se den clases de religión en la escuela pública (cualquier religión) por poner ejemplos suficientemente claros, creo yo. En este último caso muchos no creyentes asumen una actitud atea y combativa. Y es normal que así sea si se ama la libertad más que a cualquier Dios.
Jesús Palomar


 Artículo publicado el 5 de septiembre de 2017 en el diario INFORMACION de Alicante.

viernes, abril 14, 2017

IDENTIDAD Y FICCIÓN


Quién soy es una pregunta personal e intransferible. Se trata de un asunto filosófico que incumbe al propio sujeto. Por mi parte, estoy con Heráclito: la identidad es una ficción. Un juego que crea estructuras. Nada permanente somos porque estamos siendo de continuo. Pero resulta que la mentira de la identidad es necesaria para que funcione otra gran mentira: la del lenguaje y la comunicación.
La mentira del lenguaje y de la identidad posibilitan pues un mínimo de entendimiento que revierte en pragmatismo, aunque suene contradictorio. Así pues, cuando le pido al camarero una cerveza, me trae efectivamente una cerveza; aunque en rigor ni el camarero ni la cerveza ni yo mismo tenemos identidad fija y todo es un puro proceso: he ahí el inquieto rió de Heráclito. Ahora bien, la mentira funciona porque todos hemos convenido en que la cerveza es cerveza y el camarero es camarero, incluido el propio camarero. Lo podemos asumir como un mero juego o como algo muy serio. Eso es lo de menos para que la cosa funcione. Si el camarero piensa que es farmacéutico e incluso lo proclama a los cuatro vientos no hay en principio ningún problema, pero si no se da por aludido cuando pido sus servicios y solo despacha medicamentos sería harto complicado llevar a cabo algo tan sencillo como tomarse una cerveza en el bar. Al eliminar el carácter intersubjetivo del lenguaje, que es tanto como eliminar el lenguaje mismo, la comunicación se vuelve imposible. Como decía Wiettgenstein, no hay lenguajes privados. Si un calvo decide ser melenudo porque así lo siente, habrá resuelto a su manera el problema filosófico de su identidad, pero si va a una peluquería para que le hagan un sofisticado peinado, obviamente el peluquero no entenderá nada. Seguirá viendo una cabeza lisa y brillante como una bola de billar. De modo que una persona que con un cuerpo biológicamente masculino se sienta mujer y proclame que lo es no supone ningún problema para nadie. Es la particular solución que tal persona da al problema filosófico de su identidad. Solo habrá ciertos malentendidos,con nula intencionalidad, si tal persona es percibida como un hombre por los demás. Y esto dependerá fundamentalmente de su aspecto y de las convenciones sociales al respecto, y no tanto de su digna decisión que tan solo conoce él. O ella.
 Pero la locura total resultaría si el Estado decidiese tomar partido en todo esto. ¿Tendrá derecho entonces el hombre que se siente mujer a entrar en los servicios de mujeres? ¿Le asignará la seguridad social un ginecólogo en lugar de un urólogo?¿Y si un adulto se siente niño tendrá derecho a matricularse en la ESO? ¿Tendrá derecho el camarero a que el Estado le ponga una farmacia porque se siente farmacéutico?, ¿deberá obligar el Estado al peluquero a obrar un milagro y hacerle al señor calvo un sofisticado peinado? En definitiva, ¿la identidad proclamada por el sujeto ha de ser fuente de derecho? Si la respuesta es sí, estaríamos acabando de facto con el Derecho mismo, pues el pseudoderecho resultante dejaría de ser operativo.
           Hay ficciones sin las cuales el homo sapiens, creador de fábulas útiles, no puede vivir. Al menos como homo sapiens: Identidad, lenguaje y derecho son algunas de ellas.

sábado, febrero 13, 2016

ZENÓN, AQUILES Y LA TORTUGA. video (2/2)


 
Zenón quiere demostrar que el movimiento y el cambio son  un absurdo desde el punto de vista de la razón lógica. Lo que es un absurdo no se puede entender ni pensar sin contradicción y lo que no se puede pensar sin contradicción no existe. Nadie afirmaría que existe un circulo cuadrado. No existe un circulo cuadrado porque es un absurdo impensable. Cuando decimos circulo cuadrado sólo emitimos un sonido sin referente ni significado. Igualmente cuando decimos movimiento o cambio. Que yo vea que Aquiles gana la carrera no es una refutación del los argumento de Zenón. Los sentidos nos muestran que se da cambio y movimiento, pero esto constituye una mostración sensitiva y no una demostración lógica. Diógenes, atento oyente del argumento de Zenón, se levantó y se echó a andar. El movimiento se demuestra andando, dijo. Aquel avispado griego mostró  a los ojos de los demás algo a lo que hemos dado en denominar movimiento, pero no demostró argumentativamernte, utilizando un razonamiento lógico, que el movimiento fuese algo real. A veces las mostraciones sensitivas nos engañan, nos llevan a afirmar cosas erróneas, y tenemos que echar mano a una cierta demostración racional. Al meter un palo en el agua, por ejemplo, parece que se tuerce y no es así. Los sentidos muy bien podrían también engañarnos  en el movimiento y el cambio. El movimiento y el cambio podrían muy bien ser una ilusión sensitiva similar al cine, por ejemplo. Los personajes de las películas parecen moverse y cambiar, pero en el fondo el cine es una pura ilusión. Los personajes de la película están sucesivamente inmóviles e inmutables en cada uno de los fotogramas. ¿No podría ser la vida misma una macro película elaborada por una especie de dios ilusionista?             
               Tal vez a estas alturas pudiéramos pensar que Zenón es el prototipo de filósofo que parece divertirse en jugar con el lenguaje, en inventarse problemas y en hacernos dudar burlonamente de lo evidente. Tal vez pudiéramos tener la tentación de razonar de la siguiente forma: “La aporía de Zenón es curiosa y divertida, pero nada más. La ciencia, que es el discurso con más garantías de verdad, afirma una y otra vez la verdad del movimiento. El propio Newton nos habla de conceptos como velocidad y aceleración que se refieren al movimiento mismo. Y podemos deducir, gracias a sus geniales fórmulas, la posición y velocidad que un proyectil tendrá al cabo de un tiempo sabiendo su velocidad inicial y su aceleración. Si afirmo que un proyectil tiene en le Km 5 una velocidad de 30Km/h, implícitamente demuestro que el proyectil se mueve.”

               Intentemos cuestionar este razonamiento desde la propia ciencia. En el siglo XX se ha admitido que la física de Newton no es del todo cierta o no dice toda la verdad. Es cierto que la seguimos utilizando diariamente para deducir posiciones y velocidades de proyectiles y se revela como bastante útil; pero su utilidad relativa no es una garantía de su presunta verdad. También eran útiles los mapas celestes anteriores a Copérnico y el heliocentrismo para muchos navegantes renacentistas y esto no demostraba que la Tierra fuese el centro del universo. La física de Newton se asume hoy día como un caso particular de una nueva teoría física que parece más útil y explicativa que la de Newton: la física cuántica. Existe un principio físico en esta teoría (el principio de indeterminación descubierto por W.Heisemberg) que viene a decir lo siguiente: Si pretendemos deducir la posición de una partícula subatómica presuntamente en  movimiento tenemos que concluir que no tiene en el fondo velocidad. Es decir, que la partícula en presunto movimiento está en realidad parada. Pero si intentamos deducir su velocidad tenemos que concluir que no tiene posición. Esto es, que en algún sentido no es una partícula que ocupe un lugar concreto sino una especie de vibración, onda o entelequia de difícil concreción. El problema lleva a la física cuántica a una contradicción lógica: un electrón, por ejemplo, es una partícula y no es una partícula. Es presumible que W.Heisemberg no despreciaría en absoluto las especulaciones de Zenón.
            La aporía de Zenón nos obligan pues a tomar un partido epistemológico. O apostamos por los sentidos y afirmamos el movimiento y el cambio; o apostamos por la razón lógica y lo negamos.
El problema que plantean Zenón continúa con Heráclito

lunes, diciembre 07, 2015

LA ÉTICA DE KANT 2/2 (Video-Postulados de la razón)





Si no has visto la primera parte, cliquea aquí
LOS POSTULADOS DE LA RAZÓN PRÁCTICA 
1. ¿Qué es un postulado? 
En matemáticas o en física se suelen admitir proposiciones sin comprobar su verdad. Esto es; se postulan y constituyen postulados. La razón de estos postulados es que si consideramos que son verdad, aunque no tengamos una certeza absoluta sobre ellos, todas las demás proposiciones de la teoría o el teorema en cuestión encajan en un todo unitario, y la explicación adquiere un cierto sentido y verosimilitud. Por ejemplo, en geometría es famoso el postulado de las paralelas: “Dos rectas que tienen todos sus puntos respectivos a la misma distancia no se cortarán jamás, o se cortarán en el infinito, al ser prolongadas indefinidamente”. En física relativista existe otro postulado famoso: “La velocidad de la luz es constante independientemente de la fuente de emisión”. En rigor no se ha comprobado que las rectas paralelas no se corten nunca. Tampoco Einstein hizo experimentos para demostrar la constancia de la velocidad de la luz. ¿Por qué se admiten entonces? Si consideramos verdaderas estas proposiciones la geometría y la física adquieren más sentido y verosimilitud. Digamos que todo se hace más comprensible, lógico y armonioso. La admisión de un postulado no es un acto de fe pura, pero tampoco es una certeza científica al uso. Podríamos considerarlo como algo intermedio, una cierta fe racional. Kant, desde las exigencias de la razón práctica, propone tres postulados que se deben admitir: la libertad humana, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. 

2.Postulado de la libertad humana. 
Si un ser no es libre no puede ser moral.El hombre, en algún sentido, no es moral ni por tanto libre. Si nos tiramos por la ventana nuestro cuerpo está determinado, como los minerales, por las leyes de la física. Una vez en el aire no somos libres de caer o no caer. Desde que nacemos desarrollamos, crecemos, mudamos los dientes, etc. Estos procesos son “vegetativos” y se realizan como el crecimiento y desarrollo de una planta, sin nuestro permiso. También el hombre posee, como los animales, instinto. Cuando tenemos sueño, dormimos. Cuando tenemos hambre, comemos. En algún sentido estamos, como los animales, condicionados por nuestro instinto. No obstante, esto no es del todo cierto. La moralidad en el hombre, como hemos visto, es un hecho incuestionable. El hombre hace cosas buenas o malas, puede trascender el instinto y no comer aunque tenga hambre, por ejemplo en una huelga de hambre. Esto nos diferencia de los demás seres naturales. Por lo tanto si no queremos caer en el absurdo, en el sinsentido, debemos suponer que el hombre es libre. No tenemos una prueba absoluta de la libertad humana. Aun trascendiendo el instinto, nuestra acción podría estar determinada por otros factores desconocidos por nosotros o por un dios bromista que nos utilizase como piezas de ajedrez. Pero como estamos persuadidos de que el hombre es moral debemos admitir, postular, que es también libre. Si no fuese así ni las cárceles que castigan ni los premios literarios o científicos que reconocen una acción meritoria, tendrían sentido ¿Cabe premiar o castigar a alguien que no elige ni es responsable de lo que hace? La deducción de Kant es de este talante: como el hombre es moral debe de ser libre. La libertad humana es una exigencia de la razón práctica, aunque no haya certeza absoluta sobre ella. En algún sentido, dice Kant, somos fenómenos en el espacio y el tiempo y en este sentido corporal, vegetal y animal, somos seres determinados y no libres; pero en otro sentido podemos ser considerados como noúmenos pues poseemos una voluntad íntima independientemente del espacio y el tiempo y no sometida a leyes científicas. Somos en este sentido seres libres. 

 3.Postulados de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.
 Si nuestras acciones se realizan siempre por deber alcanzamos la virtud. Ahora bien, el hombre virtuoso merece la felicidad como recompensa, merece un premio. El hombre que no actúe por deber sino en contra de éste, perjudicando siempre a otras personas si fuese necesario, merece un castigo. Sin embargo el mundo no es como debe ser y en el mundo encontramos a menudo hombres virtuosos sumamente desgraciados y hombres no virtuosos que viven una existencia plácida y regalada. Aquello de “con lo bueno que es y lo mal que se han portado con él” o “con lo honrado que es y está encarcelado” o “sabemos que es un criminal, sin embargo es rico y disfruta de libertad, no hay derecho”. Estas injusticias se dice popularmente que “claman al cielo”, es decir, que estas injusticias exigen, de algún modo, que se solucionen; y por eso exigen un cielo, un más allá. Éste es el sentido que tiene la postulación de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma por la razón práctica. No podemos demostrar ninguna de estas afirmaciones, pero podemos postular que deben ser verdaderas para que la armonía moral se restablezca; para que el malvado sea castigado y el virtuoso recompensado con la felicidad. Dios pues debe existir y debe existir también otra vida (el alma ha de ser inmortal) en la cual Dios, supremo juez, restablezca este orden y de felicidad a quien la merece y no la de al que no la merece. Kant considera que Dios, juez supremo, es además bueno y en un proceso infinito el alma humana, tras recibir premios y castigos correspondientes, tenderá a un ideal utópico de santidad. El cielo y el infierno que Dios propone tiene pues un sentido pedagógico. Todos tendemos en la eternidad del tiempo a perfeccionar nuestra alma y a consolidarla como una voluntad buena. En este ideal, nunca realizado en la tierra, el deber y el deseo, normalmente por distintos caminos, se reconcilian en un estado final de felicidad idílico. 

martes, octubre 20, 2015

LA FILOSOFÍA DE HERÁCLITO (VIDEO)


             
HERÁCLITO DE ÉFESO (544 -484 a. de C.)

            Heráclito de Efeso quiere tomar partido por la afirmación del movimiento y el cambio, y en este sentido renuncia al camino de la razón lógica.

            Los sentidos me muestran que hay movimiento y cambio. “El movimiento existe”, esta será la primera gran afirmación de Heráclito. Ahora bien, ¿cuál es la verdadera naturaleza del  movimiento? Una observación ingenua de la Naturaleza me hace pensar que existen cosas que permanecen y  cosas y cualidades de cosas que cambian. Por ejemplo una flor cambia día a día, pero no de una forma radical. La flor que hoy tiene cincuenta pétalos mañana tiene cuarenta y nueve porque uno se le ha caído. Pero la flor permanece. La flor es hoy y mañana la misma flor, aunque se le haya caído un pétalo. Juan es rubio hoy y mañana se torna canoso. No obstante, Juan permanece siendo el mismo hoy y mañana. Juan es Juan en cada uno de los instantes de su vida. Aunque cambien algunas cualidades de Juan, Juan mismo no parece cambiar. La observación ingenua de los cambios naturales nos llevaría a afirmar que, aunque algo cambia, siempre hay algo que permanece. No obstante Heráclito abandona la observación ingenua de la Naturaleza y realiza una reflexión filosófica que la rectifica pretendiendo ser más fiel a los sentidos que los propios sentidos. La reflexión de Heráclito podría ser de este talante: ocurre a veces que las cosas cambian tan lentamente que tenemos la ilusión perceptiva de que en el fondo no cambian, que algo fundamental en ellas siempre permanece. Así pues, la flor y Juan, decimos, son siempre ellos mismos. Si una película rodara toda la vida de la flor y de Juan desde sus nacimientos a sus muertes y luego la pasáramos a cámara  rápida, esta ilusión se desvanecería. Nos percataríamos entonces de que la flor y Juan son un puro proceso y no hay nada que estuviese en el primer día de la flor o de Juan que continuase estando en el último. Efectivamente el Juan de 10 años es de aspecto rubio, menudo y de carácter alegre y el Juan de 50 es taciturno y algo más grueso. ¿Será la pura materialidad que constituye a Juan lo que permanece? Craso error, hoy sabemos que al cabo de 8 años ninguna célula de nuestro cuerpo se conserva ya. Las células se renuevan (quizá algunas neuronas permanecen, pero dado que son cuerpos vivos también padecen cambios, y lo mismo que decimos de Juan podríamos decir de cada una de las neuronas de nuestro cerebro) ¿Serán los recuerdos de Juan lo que define su identidad? Juan a los 30 años tuvo un accidente y perdió la memoria (en cualquier caso, todos sabemos lo poco fiables que son nuestros recuerdos. Inventamos escenas y olvidamos otras muchas). No decimos por ello que Juan ya no es Juan, sino que Juan perdió desgraciadamente la memoria. Pero si no permanece en Juan su carácter, su aspecto físico, su materia ni sus recuerdos, ¿qué permanece entonces? Heráclito lanza pues su segunda gran reflexión: todo cambia y nada permanece. Para explicar este concepto Heráclito recurre a una metáfora y dice que el arche es el fuego. Con ello no quería Heráclito competir con los filósofos jónicos. No quería decir realmente que la realidad fuese fuego, sino que la realidad es tan inestable, tan dinámica como el fuego. Aunque, ¿quién sabe? Quizá quería decir también que la realidad es fuego. En Heráclito, como veremos, no es incompatible este planteamiento dual de la cuestión.

            ¿Cómo expresamos ahora el fluir de la naturaleza admitiendo la no permanencia de algo en ese fluir? Volvamos a Juan. Si Juan a los 20 años es Juan y a los 50 es Juan, pero nada permanece en el Juan de los 50 de el de los 20, también podemos decir en cada momento que Juan no es Juan. Así pues Juan es Juan y no es Juan. La realidad es y no es. En cada momento podemos decir que existe eso que existe; pero como todo es fugaz, en el momento deja de existir y existe entonces lo que no existe. Heráclito expresa esta idea de continuo devenir y fluir de la realidad afirmando que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río porque las aguas son siempre diferentes. Si el río son las aguas y las aguas son en todo momento distintas, el río nunca es el mismo. En este punto muchos de los presentes empezareis a entender porqué a Heráclito le llamaban el oscuro. La postura epistemológica de Heráclito le ha llevado a un lenguaje explicativo que en cierto sentido nos confunde. El discurso de Heráclito no es lógico, y si no hay razón lógica la comunicación de nuestro pensamiento se oscurece.
            Que Heráclito no sea lógico no quiere decir que no sea racional. Heráclito considera no obstante que la naturaleza, el cambio, se puede comprender en algún sentido. Es cierto que no hay una sustancia que permanezca en los cambios, pero los cambios no están regidos por el azar. Existe una ley necesaria  que rige todos los cambiosHeráclito la llama Logos y este logos nos da una cierta garantía de inteligibilidad del propio fluir.
          Heráclito acaba de inaugurar una nueva forma de razón que se expresa por oposiciones y contrarios y que nada tiene que ver con la razón lógica de lo permanente: la razón dialéctica. Hará falta llegar a Hegel, filósofo alemán del siglo XIX, para entender esta razón en un sentido más amplio.

El problema continúa con Parménides.

viernes, abril 24, 2015

MORAL, POLÍTICA Y VERDAD

Cuando alguien dice “las lentejas es el plato más sabroso” todos entendemos que se trata de algo puramente subjetivo e individual. Sin embargo “dos y dos son cuatro” nos resulta objetivo y universal. Solemos decir que el primer juicio es de gusto u opinión y el segundo de conocimiento. Pero dado que toda ley política se suele fundamentar en un precepto moral es pertinente una pregunta: ¿la valoración moral de un hecho es una cuestión de gusto o de conocimiento?
Todos sabemos que sobre gustos no hay nada escrito. Precisamente por esto la mayoría convenimos en que deben ser respetados. Resultaría irracional obligar a alguien al que no le gustan las lentejas, a que le gusten. Y mucho más a comerlas porque están muy ricas. De modo que si lo que considero correcto y conveniente en el comportamiento humano es una cuestión de gustos, son inevitables ciertas aporías. Si un bruto descerebrado machaca sistemáticamente a los pelirrojos precisamente porque no le gustan, deberíamos considerar irracional obligarle a que deje de hacerlo porque está equivocado. Los gustos no se imponen ni hay gustos equivocados. Hagan ustedes lo que quieran y déjenme hacer a mí, nos diría. Y no le faltaría razón. En cualquier caso es muy probable que muchos pelirrojos, y algunos que no lo son, le machacarán a él esgrimiendo las mismas palabras. Si consideramos que lo correcto es lo que me gusta, sin más, admitimos implícitamente que lo que está bien o mal es relativo y todo vale lo mismo. La sociedad resultante sería una especie de anarquismo caótico que desembocaría en una guerra de todos contra todos o el gobierno del más fuerte.
Pero si consideramos que la cuestión moral se basa en juicios de conocimiento y somos consecuentes con ello hasta el final, ¿qué mundo resultaría? Me temo que no sería mucho mejor. Si alguien dice que dos más dos son cinco solemos afirmar que está equivocado y, si insiste, es comprensible que alguien le imponga la verdad. No está mal visto, e incluso es recomendable, imponer la verdad al que chapotea en el error, siquiera pedagógicamente. Así el padre a su hijo o el maestro a su alumno. Ahora bien, si en política alguien tiene la tentación de asimilar la moral al conocimiento, tenemos un estado totalitario. La utopía platónica es un claro ejemplo de lo que queremos decir. También la Inquisición que nos llevaba a la hoguera para enmendar nuestro error. Los presuntos sabios impondrían a sus súbditos la eterna e inmaculada verdad como al niño díscolo la lección de matemáticas, pues la verdad no se discute. No obstante, la verdad impuesta sería la que reside en la cabeza del que manda, no lo olvidemos, y los sabios suelen diferir mucho en estos asuntos morales. Hoy por hoy, desde presupuestos religiosas, muchos sabios fundamentalistas no escatiman esfuerzos para sacarnos del pertinaz error en el que vivimos. ¿Estamos dispuestos a padecer esta imposición? 
La cuestión es que los juicios donde valoramos las acciones como buenas o convenientes son una rara mezcla de opinión y conocimiento. Tienen la exigencia de universalidad de los juicios de conocimiento, pero carecen de la posibilidad de demostrar su objetividad, como ocurre con los juicios de mero gusto. Por eso hay conflictos y guerras. Y por eso hay infinitos debates políticos en radio, televisión y en el bar de la esquina: ¿subimos o bajamos los impuestos?, ¿legalizamos la prostitución y las drogas? Obviamente ésta es una circunstancia trágica de nuestra propia razón que tenemos que aprender a manejar. Pero, ojo, ser conscientes de esto no nos pone por encima de nuestra propia condición humana. Un psiquiatra tampoco está libre de padecer una esquizofrenia. Conocer hasta cierto punto la complejidad de las cosas no ayuda mucho: a duras penas nos hace ser un poco más prudentes. Cada vez que decimos que aquella acción es buena y conveniente sigue habiendo una exigencia de universalidad implícita, seguimos discutiendo con furor y seguimos teniendo la tendencia a imponer a los otros nuestra “verdad”. ¿Qué hacer entonces?
La historia política de la humanidad pendula entre los que nos imponen sus gustos morales porque sí y los que nos imponen su verdad moral porque es verdad. La solución en las llamadas sociedades abiertas tiene mucho de ficción tramposa y no está exenta de riesgos, pero considerando las dos alternativas anteriores resulta bastante aceptable. Asumimos un mínimo de juicios éticos y políticos como si fuesen ciencia demostrada: los derechos civiles; o más extensamente, los derechos humanos. Tras esta convención, que unos justificarán por Dios, otros por razón natural y otros por tradición, consideramos que el resto de verdades políticas están para ser discutidas y que todos tenemos las mismas posibilidades de acierto o error. Actuamos entonces como si la cuestión moral y política fuese una cuestión de conocimiento, pero con un pacto tácito: la respuesta nunca acaba de ser definitiva, la lucha será solo dialéctica y finalmente se hará lo que diga la mayoría. Por eso la responsabilidad última de hacer las leyes; esto es, consagrar lo conveniente que deberá ser respetado por todos, debe recaer en los ciudadanos, directa o indirectamente. No porque seamos infalibles, sino porque somos los que nos felicitaremos por los aciertos y sufriremos por los errores. Y, en este último caso, podremos también rectificar. Desde la revolución francesa a esta fuente de legalidad la llamamos soberanía nacional. 
En las dictaduras la ley tiene vocación de eternidad y emana de los que tienen el poder para imponerla. Se legitima cínicamente por la razón de la fuerza o hipócritamente apelando a la verdad. Sin embargo en las llamadas democracias la ley, que emana de la gente, es una verdad provisional siempre sujeta a revisión. Criticarla, cuestionarla y examinarla es nuestro deporte preferido. Y es la posibilidad y la realización de este deporte lo que nos hace ciudadanos y no súbditos. Una pequeña diferencia que no conviene subestimar. Gracias a ella, por ejemplo, yo puedo escribir en este blog y tú, paciente lector, me puede leer. Y ambas actividades con nulos o mínimos riesgos. ¡Viva, pues, la diferencia! 

sábado, marzo 07, 2015

ALBERTO GARZÓN Y EL SILOGISMO POLÍTICO




En una reciente entrevista televisiva el líder de IU, Alberto Garzón, afirmó que un político que roba no es de izquierdas. La presentadora quedó ojiplática esperando la sesuda fundamentación de tan rotundo juicio. Pero el ufano político tan solo reiteró la frase como si se tratase de un mantra exento de posible análisis. Aquella noche mi mente andaba un poco embotada por tanto debate insustancial con que los medios nos suelen castigar en períodos electorales. Y quizá buscando cierta evasión que me sacase del hastío, me vino a la mente la escolástica medieval. Mi imaginación se puso a fantasear. Imaginé entonces una distópica España donde la afirmación de Garzón, cual dogma teológico medieval, se asumiese por fe, revelación de algún libro sagrado o por la autoridad indiscutida de algún presunto sabio. ¿Qué nos diría Garzon?

Tratándose de un escolástico del siglo XXI no sería impensable que  el joven líder de IU recurriera entonces a una suerte de argumento ontológico similar al de san Anselmo. El concepto “ser de izquierdas” es equivalente a “ser moralmente perfecto”. Y siendo así, al pensar con detenimiento en él, se da uno cuenta de que “ser honrado” está necesariamente unido a su esencia. Es entonces inconcebible que alguien sea de izquierdas y sea a la vez un ladrón. Negar esta evidencia no es cosa de malvados, sino de insensatos que no entienden lo que piensan; como Anselmo decía de los ateos. ¿Recuerdan? Dios es un ser perfecto. La existencia real es una perfección. De modo que basta pensar correctamente en Dios para evidenciar que existe.

Si la presentadora no acababa convencida tras la clara exposición, el escolástico Garzón, bregado en la disputatio, podría utilizar, como antaño, el resultón raciocinio silogístico. El ejemplo más clásico y famoso del susodicho razonamiento aristotélico expresaba que todo hombre es mortal y que también Sócrates lo es. El nuevo, calcado del anterior, vendría a decir lo siguiente: Todo hombre de izquierdas es honrado. Juan es de izquierdas. Luego, Juan es honrado. Pero, ¿qué pasaría en aquel mundo imaginado si Juan, que es de izquierdas, roba? Pues que no es Juan, no es verdaderamente de izquierdas o sencillamente no roba. La premisa mayor quedaría intacta.

Pensé más detenidamente en ese mundo destilado por mi calenturienta mente y descubrí que, después de todo, no era tan disparatado, pues tal escolástica política se aplicó profusamente en los años setenta. Cada vez se hacía más evidente que la URSS era una cruenta dictadura donde la élite gobernante no era igual que el resto de los mortales. Sin embargo muchos no lo veían así. Recuerdo al pobre Solzhenitsyn por televisión contando las penurias padecidas en su celda siberiana y denunciando las perversiones del sistema soviético. Y cómo una hueste de intelectuales se indignó por su mentiroso testimonio. El maltratado Solzhenitsyn se quedó pasmado al constatar cómo tantas personas presuntamente inteligentes, que incluso habían viajado a la URSS, negaban la evidencia. Es decir, que la URSS seguía siendo un paraíso porque era comunista o, volviendo a nuestro primigenio silogismo, que Juan no robaba porque era de izquierdas. De modo que la premisa mayor: un país comunista es un paraíso, seguía estando vigente. A principios de los ochenta algunos dejaron de afirmar que la URSS era un paraíso. Pero el silogismo seguía funcionando. La URSS pasó a definirse como capitalismo de estado. O sea, que finalmente resultó que Juan no era de izquierdas, pero el comunismo seguía siendo un paraíso. ¡Acabásemos!

En los setenta y ochenta el eficaz silogismo desprestigiaba mecánicamente a los malintencionados críticos. Todos ellos filocapitalistas, contrarrevolucionarios, derechistas y fascistas. Solzhenitsyn incluido. Y es que las cosas habían cambiado muy poco desde Galileo, otra víctima del silogismo. El dogma medieval decía que todo cuerpo celeste giraba alrededor de la Tierra. Galileo, que era heliocentrista y negaba lo anterior, invitaba a sus adversarios a mirar los cielos a través del telescopio. Pero los escolásticos no veían lo mismo que él. Para muchos los satélites de Júpiter no existían. Para otros sí, pero sus órbitas alrededor del gigantesco planeta eran una ilusión provocada por las lentes del endemoniado aparato. Y entre la autoridad del sabio Aristóteles y los mentirosos cristales, los escolásticos se quedaban, claro está, con lo primero.

La escolástica medieval acabó por ceder ante el empirismo de Francis Bacon y el racionalismo cartesiano. Bacon y Descartes advertían que el razonamiento silogístico servía para exponer con claridad algo previamente asumido como verdad, pero resultaba inútil para deducir una nueva verdad. O sea, que se trataba de un engañabobos. Pero, ¿podrían también desmontar la afirmación de Garzón? Bacon recomienda la inducción empírica. Tras constatar por experiencia que Juan, Pedro y Javier son de izquierdas y no roban, podríamos enunciar una ley, siempre provisional, que afirmase que los políticos de izquierdas no roban. No obstante, bastaría un caso particular que contradijese esa ley para echar abajo la verdad general del enunciado. El puntilloso Descartes, algo más parco, subrayaría que el enunciado en cuestión no es claro ni distinto. Y aun siendo considerado verdadero por fe, revelación o autoridad no es desde luego cierto. Es decir, es dudable, pues no es evidente per se ni se concluye tras sólido razonamiento. Motivos suficientes para rechazarlo.

Obviamente el tema que se dirime aquí no es si es mejor ser de izquierdas o de derechas. Cuestión peliaguda que tan solo se podría responder tras arduas especulaciones metafísicas. Tampoco tratamos de averiguar si efectivamente los políticos de izquierdas no roban, bizantino problema que escapa a mi modesta capacidad. El asunto más urgente, por básico y elemental, es de orden epistemológico: ¿es mejor ser escolástico, empirista o racionalista? Usted, estimado lector, tiene la última palabra.
            
Publicado en el DIARIO INFORMACION de Alicante el 20 de marzo del 2015

jueves, febrero 12, 2015

CINE Y FILOSOFÍA


No es un libro de cine ni de filosofía. Pero tiene que ver con el cine y la filosofía. En él he seleccionado trece películas que alguna vez vi y me gustaron: Matrix, Atrapado en el tiempo, Mr Jones, El cielo sobre Berlín, Her, Antz, La Ola, Marnie la ladrona, Raíces profundas. El lector, La clase, Farenheit 451 y Hércules.

Cada película es el motivo o la excusa para una reflexión. Más o menos ensayística. A veces narrativa o poética. Otras, analítica con cierto afán clarificador. Trece películas tan solo, pero muchas preguntas. Sobre el Tiempo, la banalidad del mal, los efectos de las nuevas tecnologías de la comunicación, la mente, la locura...

Pocas respuestas, ciertamente. Incapaces de satisfacer nuestra inteligencia. Pero anidadas en suficientes preguntas como para tensarla y avivarla. Solo la inteligencia divina, eternamente satisfecha, tiene la infalible capacidad de resolver problemas. La inteligencia humana consiste más bien en crear o descubrir problemas que solo a veces podemos resolver.

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viernes, julio 18, 2014

LA PELÍCULA ANTZ Y PLATÓN




La película Antz nos sirve para ilustrar la política platónica. Existen múltiples similitudes y algunas diferencias. Intentemos resaltarlas.

El hormiguero está estructurado en tres clases sociales: gobernantes, militares y trabajadores, de forma similar a como Platón piensa su República. Las clases sociales están determinadas por el temperamento del individuo que tiene un carácter hereditario, recordemos como al principio de la película es asignado un pico o un casco militar a la pequeña larva de hormiga. La virtud de cada clase social es el cumplimiento de su deber. Lo importante es el superorganismo o la comunidad de hormigas donde el individuo es insignificante. La aristocracia gobernante (la reina, la princesa Bala y su séquito), convive con la clase militar en Palacio (al menos con las altas jerarquías militares) y Platón prescribe que gobernantes y militares vivan en comunidad.
Ciertamente la aristocracia gobernante de la película Antz (la hormiga reina y su hija), no son filósofos. Además lo que plantea la película es más bien el sometimiento de la aristocracia a la élite militar en una especie de golpe de Estado. Ambas cuestiones no serían subscritas por Platón.

La utopía es una forma de organización social y política que debido a la perfección teórica que supone y a los presupuestos sobre la naturaleza humana de los que parte resulta imposible o muy difícil de realizar. La palabra utopía es de origen griego y etimológicamente nos remite a un no-lugar (u-topos), algo que no existe “¿todavía?” en la realidad. El primero que utiliza esta palabra en el sentido citado es el renacentista Tomás Moro en su obra Utopía donde describe una sociedad ideal.

miércoles, julio 02, 2014

LOS PADRES DE LA DEMOCRACIA

Cuando Locke, Mostesquieu y Rousseau utilizan explícitamente la palabra democracia piensan en el modelo ateniense: democracia directa o asamblearia en pequeños territorios. Cierto que durante los siglos XVII y XVIII el concepto de democracia va perdiendo progresivamente el carácter peyorativo que había tenido desde Platón, pero dista mucho de ser un sistema político preferente para nuestros tres teóricos políticos. Curiosamente nuestros autores pasan por ser ideólogos de la democracia moderna. No obstante, ninguno de ellos defiende la democracia explícitamente como la mejor forma de organizar el poder. Lo cual no deja de ser irónico, ¿verdad?

Locke y Montesquieu pretenden limitar el poder absoluto de los reyes y sus planteamientos políticos van encaminados a defenderse de las tiranías. Para ello abundan en la idea de un constitucionalismo liberal: limitación del poder del Estado separando sus poderes fundamentales y elaboración de las leyes por representantes políticos. Rousseau, con planteamientos más sociales, descubre o inventa el concepto de soberanía popular que va parejo a la participación directa del pueblo en la elaboración de las leyes. Los dos primeros dan importancia a las libertades civiles y políticas y el segundo a la soberanía popular y a la igualdad social.

La cuestión es que en el siglo XVII y XVIII todos sabían qué era la democracia, aunque pocos la defendían. Pero en el siglo XXI el concepto de democracia moderna, revindicado por casi todos, sigue siendo un galimatías que se fundamenta desde presupuestos diferentes y antagónicos de filósofos que se declaraban, para más inri, no demócratas. Esto hace que democracia sea hoy una expresión vacía, carente de significado si el orador o escritor no especifica lo que entiende por ella. Pongámonos en guardia, por tanto, cuando la escuchemos a políticos que pretenden hacerse querer, pues podrían estar pensando tanto en Cuba como en EE.UU, y en ambos casos sería posible razonar con cierta coherencia su elección semántica. Lo importante no es qué es una verdadera democracia o qué es una democracia real, por utilizar una expresión más de moda en nuestra España actual. Lo verdaderamente importante es qué entiende usted, político que pide nuestro voto, por democracia. Sirva esto de aviso y prevención para mis estimados lectores.

En fin, empecemos por el principio. A continuación intentaremos aclarar qué entendían por democracia los padres putativos de la democracia moderna (sea esta lo que fuere) Locke, Montesquieu y Rousseau.