lunes, diciembre 11, 2017

LA VÍCTIMA EN EL ALTAR


Si es policía, debe usted defendernos de un terrorista mostrando exquisitos modales. Es muy feo sacar la pistola, y le hace sospechoso de ser de los malos. Si da usted un azote en el culo a su hijo, es un criminal. Y si su hijo tiene la astucia suficiente, y la tendrá porque ya se ocupan en el colegio de ello, le denunciará. Y a poco que el niño ponga cara de niño. O sea, de pobre víctima maltratada por el malvado adulto que es usted, tendrá muchos problemas: quizá peligre la patria potestad. Si su mujer pone cara de pena en la comisaría y declara que le dio una bofetada o le insultó con alguna palabra gruesa, échese a temblar. No insista en que aquello es mentira, no insista en que no sucedió. La prueba definitiva es el llanto inconsolable de su propia mujer. ¡Le parece poco! La imagen del rostro entristecido de su esposa pululando por las redes sociales y por la televisión es la nueva verdad. Todo el que tenga ojos lo verá. Para atender a las palabras hay al menos que saber leer. Para pensar, hay que saber razonar un poco. Pero las imágenes hablan a todos por sí mismas con abrumadora objetividad. El lenguaje verbal está finiquitado y la razón ha caducado. El rostro lloroso del inocente es capaz de refutar cualquier tesis doctoral.
Occidente se forjó en gran medida gracias a la víctima. Si se piensa usted ateo o anticristiano, pero siempre está usted con la víctima, es cristiano por occidental; a su pesar. Los pobres toros, las pobres focas, las pobres mujeres, los pobres niños, los pobres refugiados, los pobres homosexuales, los pobres hombres que quieren ser mujeres, las pobres mujeres que quieren ser hombres, los pobres que se sienten una cosa y son otra, los pobres que quieren votar y no les dejan. Pero si se queda solo en eso será usted,  además, un cristiano bobalicón o desnortado que no sabe que lo es. Y de repente se encontrará diciendo cosas como que los que comen carne son cómplices de los asesinos de animales o que un policía siempre es más malvado que quien no lo es. Porque, como decía Chesterton, lo propio de los nuevos tiempos es que andan pululando por ahí muchas ideas cristianas, pero incontroladas y enloquecidas. Pero eso no importa ya. ¿Qué quería decir Chesterton en el fondo? ¿Quién era? ¿Un escritor?¡Seguro que no era de fiar! A otra cosa pues. Las palabras solo importan a unos pocos. Algunos pocos que nos entretenemos en escribirlas –también leerlas- y a otros pocos que a veces las leen. Actividades banales, como contar estrellitas en una noche de verano. Pasatiempo de cuatro gatos sin ninguna trascendencia. Si Marx viviese en nuestra época aprendería a ser un excelente actor y un experto fotógrafo. Tantos libros escritos, y tan gordos, ¿para qué? Leer es ya cosa de otro tiempo. Pensar no se lleva. La frase de nuestro Marx moderno diría: “¡llorones del mundo, unios!”. Cabe en un twit. Tan solo estas palabras, acompañadas debidamente con la foto del barbudo Marx sumido en un llanto inconsolable, podrían cambiar el mundo.
Quizá estos planteamientos buenistas que cebamos desde hace décadas traigan malas consecuencias. Me temo que sí, que muy probablemente traerán consecuencias nefastas para todos. Porque el buenismo alimenta el odio como la gasolina al fuego y necesita siempre identificar a los malísimos, que obviamente siempre son los otros. Pero ya encontraremos malvados a los que echar la culpa. Vaya eligiendo al suyo. Rajoy es candidato, pero hay otros, hay muchos: un malvado a la medida para cada uno. Nuestro futuro dolor será soportable si podemos echarle las culpas a alguien. Los hombres no queremos paz, decía Unamuno, queremos paz en la guerra y guerra en la paz. Porque hay algo que duele más que el dolor: el aburrimiento. Y Occidente se aburre soberanamente. Igual que el niño consentido que todo lo tiene.
El ideal de los nuevos estados ya no es el padre, sino la madre, porque reprime siempre con más ternura. Queremos una ama y no un amo, queremos una Estada y no un Estado. Está mejor visto el pellizco de monja, que puede hacerse a la vez con una sonrisa pícara -a menudo siniestra-; que el bofetón del cura autoritario. Es preferible el agobio del consejo reiterado, el “es por tu bien” que nos susurran las truculentas imágenes en las cajetillas de tabaco, la represión sutil y psíquica, la policía del pensamiento. Preferimos todo ello al anticuado policía encargado de guardar el orden y la ley. Preferimos ser nuestros propios policías, con pantalones vaqueros, tatuajes y pendientes. Ciudadanos guays, libres y modernos que cuidan de que nadie piense de forma peligrosa, que nadie diga lo inconveniente, que nadie se atreva a sacar la bandera equivocada. Y, lo que es más importante, que se autocensure implacablemente para no incomodar a un enigmático otro siempre presente, pero que nadie acaba de ver.
En esta tensión soterrada, guerra silenciosa al fin, gana quien más pena da. Y como la pena es un inobservable, que dicen los psicólogos conductistas, es la conducta que a ella se asocia lo que vale: ojos húmedos, cejas arqueadas, llanto y lágrimas. Estas son las nuevas armas. La imagen lo es todo: prueba indiscutible y fundadora de derechos. Y, cómo no, fundadora de soberanía y de nuevos estados. Llore usted y ganará. A muchos independentistas catalanes les está yendo muy bien. El nuevo presidente de la República catalana será, sin duda, Oriol Junqueras: gordo, bizco, feo, desaliñado y siempre a punto de verter una lágrima. ¿Cómo no compadecerse de él? El icono moderno de la victima elevado al altar. Y al trono.
  Artículo publicado el 3 de octubre de 2017 en Periodista Digital

viernes, octubre 06, 2017

BUCLES SECESIONISTAS


Si tienen ustedes un amigo catalán que defiende hasta el agotamiento el llamado derecho a decidir se habrán percatado de que es muy difícil establecer un debate sin llegar al aburrimiento o a la desesperación. No repetiré aquí los discursos que los secesionistas quieren hacer pasar por argumentos. Pero como muestra, un botón basta. Cuando le pregunto a mi amigo Jordi que si en una Cataluña independiente Badalona tendría derecho a decidir, suele escurrir el bulto y apelar al misterioso hecho diferencial catalán, a lo insoportable que es el malvado Rajoy o a la ilusión que le genera la futura república catalana, categorías difusas y evasivas que son muy difíciles de encajar en un razonamiento con un mínimo de rigor intelectual. Lo que suele hacer nuestro amigo nacionalista es, en el fondo, dar sucesivas vueltas para reafirmar una y otra vez la idea incuestionable de la que parte: tenemos derecho a decidir.

¿Cómo explicar tan peculiar fenómeno? En muchas ocasiones el deseo y la emoción es lo que nos inclina a decir o hacer ciertas cosas. Pero una vez dicho o hecho necesitamos dar alguna consistencia a nuestro pensamiento y elaboramos un sistema ideológico más o menos resistente. Quizá la necesidad de sistema es, sin más, una necesidad de paliar el dolor. El absurdo nos duele. Y la mente es una máquina de crear sentido, en muchas ocasiones incluso donde quizá no lo hay. Pero no todo lo que construimos en nuestra cabeza para paliar ese dolor es impolutamente racional. De modo que, en muchas ocasiones, somos seres deseantes que nos creemos racionales mientras construimos castillos justificativos en el aire. A la elaboración meticulosa de este autoengaño Freud lo llamaba racionalizar, y lo diferenciaba claramente del mero razonar. A su manera, Nietzsche viene a decir lo mismo. Y en psicología social el fenómeno se conoce como disonancia cognitiva.

De modo que muchas veces nuestras decisiones y opiniones no son racionales y, acto seguido, intentamos ajustarlas a los hechos y a nuestro sistema de creencias para que parezcan que lo son. ¡Vamos, que nos hacemos trampa en el solitario! Una vez que Jordi quedó emocionalmente atrapado en la idea del derecho a decidir, toda su inteligencia y emoción trabaja para reafirmarla.

Estructuralmente no hay una diferencia esencial entre la actitud de Jordi y la del que tiene un delirio de celos. De modo que Jordi nos parece un poco paranoico. Del mismo modo que el celotípico no cuestiona la infidelidad de su cónyuge y va encajando los datos que le sobrevienen para confirmar su idea obsesiva, la idea de que Cataluña tiene derecho a ser independiente es algo incuestionable y, por consiguiente, todo lo demás ha de ajustarse a ella.

Ahora bien, Jordi tiene dos opciones: o cambiar su “idea obsesiva”, y con ella un sistema de creencias e ideas que le ha acompañado durante mucho tiempo, o ajustar al sistema ya construido los nuevos datos que la realidad va generando. El coste personal de la primera opción es mucho mayor para Jordi que el parcheo chapucero que supone la segunda. De modo que opta por la segunda. Una vez que estamos aferrados hipnóticamente a la idea de que Cataluña tiene derecho a decidir, ¿cómo encajarla con el hecho de que el Estado español no la reconoce? Fácil: el Estado español es totalitario, franquista y represor. He aquí el parche racionalizador. No importa que dicho parche condene a Francia, EE.UU o Alemania a ser también estados totalitarios y franquistas. Un nuevo bucle racionalizador interpretará debidamente esta nueva derivada.

Algo parecido ocurrió en el Renacimiento en relación con la nueva astronomía. A pesar de pruebas y razonamientos cada vez más sólidos, los clérigos escolásticos no podían admitir que el Sol era el centro del universo. De poco le sirvió a Galileo la amable invitación a que mirasen a través del telescopio para que se diesen cuenta de su error. El rechazo a las ideas copernicanas tenía la misma raíz psicológica que la opción de Jordi. En fin, volver a replantearse las cosas y construir una nueva casa, aunque llegue a ser mejor que la chabola donde vivimos y hemos vivido tantos años, nos suele dar mucha pereza. Entre otras cosas porque tendríamos que reconocer que hemos vivido y vivimos en una chabola. Así que apañamos la gotera y a seguir tirando: la Tierra es el centro del universo y la realidad que veo a través del telescopio son manchas engañosas que pertenecen a la lente del endemoniado aparato. Y vale ya.

La diferencia entre Copérnico, el delirante celotípico, mi amigo Jordi y cada uno de nosotros no está en esta necesidad tan humana de crear sentido y evitar el dolor que provoca una realidad aparentemente contradictoria y absurda –recordemos que para los secesionistas un mundo donde un Estado de Derecho prohíbe la secesión de una parte del territorio no tiene sentido-, sino en los niveles de exigencia de nuestros propios sistemas ideológicos. Copérnico no se conforma con las chapuceras explicaciones astronómicas que había en su época. Y Jordi se aferra a una ideología que ha heredado, que no ha sido nunca objeto de un riguroso análisis y con la que ha ido tirando toda su vida, como los clérigos escolásticos. Copérnico mantiene “su delirio” a pesar de tener el mundo en contra. Pero Jordi mantiene “su delirio” entre otras cosas para no tener el mundo en contra: la televisión, la radio, los periódicos y sus compañeros de trabajo le aportan un bienestar social y psicológico nada desdeñable. La verdad es que a Jordi le ha ido muy bien hasta ahora con su hecho diferencial. Da igual que un análisis riguroso señale que una Cataluña independiente sería, al menos a corto y medio plazo, mucho más pobre que ahora. Manteniendo lo contrario Jordi sería capaz de morir de hambre en su Cataluña imaginada sin modificar un ápice sus ideas. En fin, siendo un poco compasivo con nuestro amigo podríamos considerar que quizá es mejor para Jordi morir de hambre que de un ataque de ansiedad.

Quizá todos caemos a veces en estas actitudes paranoides, racionalizantes o disonantes. Pero lo único que a duras penas puede evitarlas es conocer un poco el mecanismo psicológico que las provoca. Identificada la pereza mental que nos inclina a vivir en una chabola ideológica llena de goteras, lo conveniente es hacer un esfuerzo y empezar a construir una nueva casa. El resultado que cabe esperar es que seamos un poco más libres. No es poca cosa.
Artículo publicado el 25 deseptiembre de 2017 en Periodista digital 

Jesús Palomar


viernes, septiembre 29, 2017

CATALUÑA Y EL MUNDO DE HOY



Recuerdo el estupendo libro de Stefan Zweig: El mundo de ayer. Recuerdo cómo describía la Viena del Imperio austrohúngaro: sólida, de apariencia inquebrantable. Idéntica a la de sus padres y abuelos donde la promesa de la continuidad tranquila se respiraba en cada instante. Luego, la Gran Guerra. Y después, la segunda gran guerra. En poco tiempo el mundo cambió. Entretanto, ocurrieron muchas cosas. Casi todas horribles. Muchos dicen que Europa murió en el proceso. Vivimos nosotros de sus ruinas. El hombre normal no sabe que todo es posible, decía David Rousset. Y nosotros, hombres y mujeres de la primera mitad del siglo XXI, deberíamos asumir el deber de no ser hombres normales. Todo es posible. También lo peor.


Tendemos a ver la tragedia como aquello que ocurre a los otros. Masacres, genocidios, extrema crueldad es solo posible allende nuestras fronteras. Quizá en la deprimida África. En un punto perdido de la inmensa Sudamérica. Pero Europa está ya curada de espanto. Y, sin embargo, los Balcanes. Tan cerca en el tiempo. En el espacio. Yo, a pesar de no profesar ninguna religión, tengo mis propias oraciones. Una de ellas son los versos de Ángel González: dos cosas en común tienen la Historia y la morcilla de mi tierra. Se hacen las dos con sangre, se repiten. En África. En América. Y también en Europa. De nacionalismo hablamos. Por consiguiente, de independentismo. Aporía trágica a fuerza de no tener salida. Ya sé. Somos civilizados y hemos aprendido. ¿Pero realmente hemos aprendido?


El problema catalán es pensar que hay un problema catalán y, por ende, creer que el susodicho problema se resuelve con la secesión: concedida de iure, con trampa de ley, o tolerada de facto: más competencias transferidas, más mirar para otro lado cuando se pisotean los derechos de los catalanes no nacionalistas, más empatía, sonrisas, flores, osos de peluche y diálogo, toneladas de diálogo.


No hay problema catalán. En Cataluña hay una desmesurada y ciega ambición de dominio de una oligarquía regional. Y una sociopatía cebada por el poder un día sí y otro también desde hace más de treinta años. Fomentada activamente desde Barcelona y pasivamente desde Madrid. La actividad de unos y la pasividad de otros se explican por la corrupción económica y moral de todos: lastre fatal que a los primeros les hace huir hacia delante y a los segundos actuar con una impostada prudencia que se parece mucho a la cobardía.


La secesión nada solucionaría. Continuaría el sentimiento de agravio. La pataleta adolescente de una nación recién nacida es insaciable y voraz. España —lo que de ella quedase— seguiría, por mucho tiempo, debiendo dinero. Debiéndolo todo. También debería territorios. ¿La Cataluña actual? A penas nada. El objetivo serían los Països Catalans. La aporía nacionalista es sobre todo eso: aporía ad infinitum, y promesa de sangre e infernal reiteración. Segregación disimulada hay ahora para los castellano parlantes. Segregación a secas habría luego: españoles catalanes convertidos en judíos alemanes. ¿Estamos preparados para ello? La civilización parece una fuerte red que protege de la barbarie. Pero la barbarie vive agazapada en cada hombre y quiere salir tras mucho tiempo reprimida. Freud sabía mucho de esto ¿Civilización? Débil tul que finalmente no protege de nada. Demasiado tiempo sin guerras, quizá. A los españoles de la primera mitad del siglo XXI nos cuesta valorar lo que nos ha venido casi de nacimiento: poder charlar con un amigo sin temor a la delación, pasear por el parque sin miedo a ser asesinado o arrestado, comer todos los días, sí, a pesar de la crisis de la que tanto nos está costando salir. Parece lo normal. Pero quien tenga más de ochenta años o conozca un poco la Historia sabe que es lo excepcional. 

Pandora abre su caja. Y abundan los ciegos voluntarios y los optimistas vanos que aun no saben que todo es posible. El mundo progresa cuando los políticos duermen. Pero hoy casi todos nuestros políticos tienen insomnio mientras que la mayoría de la gente anda todavía en duermevela. O nos espabilamos de verdad o los hiperactivos insomnes nos llevan a la ruina. 
                                                                          Jesús Palomar
 Artículo publicado el 18 de septiembre de 2017 en Periodista Digital

miércoles, septiembre 13, 2017

APORÍAS NACIONALISTAS

Tras la Segunda Guerra Mundial, conocidas las atrocidades nazis, el concepto de raza entra en declive moral y durante la segunda mitad del siglo XX, tras serias investigaciones genéticas, se convierte también en un concepto débil científicamente. Esto hace que casi ningún nacionalista identitario se atreva hoy explícitamente a hablar de raza. Resulta que la raza es sustituida por la lengua, más políticamente correcta, aderezada hábilmente con la palabra cultura, tan bien sonante como un hermosísimo vals. De modo que si en lugar de apelar a una raza diferente para justificar la secesión apelamos a la lengua y a la cultura, siendo exactamente lo mismo, parece otra cosa más digna y respetable. No obstante, en la mayoría de las naciones políticas actuales se hablan varias lenguas y en diferentes estados usan una misma lengua: Ingles en Reino Unido y EE.UU, y español en España y Argentina, por ejemplo.
     
     ¿Y qué ocurre cuando en una nación política se habla la misma lengua? Entonces es el factor religioso el que se constituye como bandera del nacionalismo identitario. De lo que se deduce que sería una tragedia inmensa para cualquier nacionalista identitario no disponer de alguno de estos tres rasgos justificativos para llevar a cabo su programa político. Se entiende entonces la angustia de los nacionalismos lingüísticos, sin raza ni religión a la que echar mano.

     De modo que raza, lengua y religión han sido tradicionalmente los elementos que han intentado justificar la existencia real de una nación; los signos visibles de una realidad inabarcable y preexistente que, como puntas insignificantes de iceberg, se han considerado demasiadas veces pruebas irrefutables de la vastedad de hielo sumergido en las aguas. Y, sin embargo, esta dialéctica nacionalista de lo oculto y lo profundo sólo puede articularse en un lenguaje esquivo ajeno a la razón, pariente cercano del sermón religioso o la narración mítica.

     Los que admiten que la nación es una monolítica y fantasmal identidad colectiva no pueden obviar que se manifiesta en individuos reales de carne y hueso; es decir, de modo discontinuo. Siendo el Estado un territorio continuo, ¿cómo conjugar esta asimetría?, ¿qué hacer con presuntas naciones diferentes con distintas identidades que conviven en el mismo espacio? Hitler tenía su propia respuesta. Pero para todos los que no comulgamos con ella es, desde luego, una ineludible aporía.

      La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si mañana saldrá el Sol o si linchamos al vecino tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. La soberanía tampoco se decide por sufragio. Nos viene dada por la Historia o se cambia tras un hecho revolucionario: lo que hoy ocurre en Cataluña es una revolución de la señorita Pepis disfrazada de legalidad.

      No hay derecho a la secesión de una parte en relación con el todo, pues la parte no tiene derecho a destruir al todo. En puridad ni siquiera el todo tiene derecho a destruirse a sí mismo, pues la soberanía es inalienable. El derecho a decidir si somos soberanos es un absurdo lógico y jurídico, pues si tal derecho existiese se estaría constatando la soberanía antes de la misma decisión. Reconocer este falso derecho implicaría de facto eliminar la soberanía española.

     Si la creación de un Estado fuese cuestión de decisión colectiva según deseos y sentimientos, entonces éstos deberían ser expresados periódicamente por cada generación. Pues el deseo, como la donna de la ópera, è mobile. Abuelos, padres e hijos pueden desear y sentir cosas diferentes. Aun así, tan digno de ser escuchado sería el anhelo independentista de algunos vascos o catalanes como el del último pueblo de la provincia de Albacete, y aun del más pequeño de los barrios de ese último pueblo, y así ad infinitum. De modo que la aporía del nacionalismo identitario se nos cuela esta vez por otra rendija. Abstracta reflexión que nos lleva a lo concreto: Badalona o el pequeño municipio de Pontons, pongamos por caso. ¿Reconocemos su derecho de autodeterminación señora Forcadell?

      Los Estados europeos son el resultado de complejos avatares históricos. Es una cuestión de facto, no de iure. Surgieron a trancas y barrancas, y demasiadas veces se apeló a bodas concertadas que sólo convenían a reyes o príncipes. Pero este hecho no justifica que los actuales estados deban ser desmantelados. La mayoría de los que optamos hoy por conservar las Pirámides de Egipto no aprobamos la manera en que se levantaron. Los estados son fruto de la Historia y no responden ya a ninguna voluntad malvada a la que podamos llevar a un tribunal. Pocas cosas humanas que veneramos todos los días han nacido por una irreprochable racionalidad y buena voluntad. Si Alexander Fleming hubiese investigado sólo por deseo de fama o vanidad, ¿deberíamos dejar de usar la penicilina?

      Estamos en el siglo XXI y pretendemos aprender de la Historia. Desde una postura mínimamente ilustrada el problema de destruir o construir un Estado carece de interés. Lo verdaderamente importante es si ese o aquel Estado es apropiado para mantener la paz, si sus ciudadanos son libres, hay verdadera justicia social y respeto debido a las minorías. ¿O acaso los muy democráticos constructores de nuevos estados pretenden instaurar valores muy diferentes a éstos? Visto lo visto estos días en el Parlamento de Cataluña no es una hipótesis descabellada.

     La Historia puso las fronteras, pero las generaciones presentes podemos hacer algo mucho más importante: que a un lado y al otro de la línea haya justicia y libertad.

Jesús Palomar
  Artículo publicado el 11 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.

viernes, septiembre 08, 2017

¿AGNÓTICO O ATEO?

El 21 de agosto escribí en facebook una entrada que se ha hecho viral. Esta entrada fue bloqueada por facebook identificándola como spam.  Periodistadigital y algún otro periódico digital se hicieron eco del post y de la “censura” posterior. El post bloqueado por facebook empezaba con la frase “Si eres agnóstico y tolerante con el Islam, pero ateo y combativocon el cristianismo”. 
  El 5 de septiembre escribí un nuevo artículo y lo envié al diario INFORMACION de Alicante. Sirva este escrito para profundizar en la primera frase del post viral. Aquí está el artículo publicado:



En puridad ser agnósico significa que la existencia o no existencia de Dios es un tema irresoluble para la razón humana. De modo que, como decía Tierno Galvál, el agnóstico se instala en la inmanencia y no entra en temas teológicos. Sin embargo declararse ateo va un poco más allá. El ateo afirma que la proposición “Dios existe” es falsa. Pero además de ser falsa, dicha por un ser humano es una mentira interesada. Es decir, el ateo añade una valoración moral: quien tiene interés en que creamos en Dios nos está intentando engañar en virtud de algún plan no siempre confesado. De modo que el ateo está convencido de que la mera creencia en Dios, y las creencias y conductas que de esta creencia se derivan, son, per se, nocivas para el individuo y/o para la sociedad. Marx considera la religión como opio del pueblo: placebo antirrevolucionario, Nietzsche como un elemento que debilita la voluntad de vivir y atrofia la capacidad estética de los seres humanos y para Freud la cuestión religiosa está involucrada en casi todas las neurosis. Ergo, un mundo sin Dios y sin religión sería mejor para todos.


Pero más allá de la denotación objetiva de los términos, las palabras tienen también matices y connotaciones que el habla, algo vivo y dinámico, no puede evitar. Mi admirado Gustavo Bueno solía decir que cuando un no creyente se declara agnóstico viene a significar que, más allá de su creencia o no en Dios, no se va a mostrar combativo en el asunto. Allá cada cual con su fe. Pero cuando un no creyente se declara ateo, la cosa cambia. Si en una conversación alguien dice soy ateo, se dispone a entrar en guerra dialéctica con aquellos que afirmen que Dios existe.


De modo, que siguiendo a Gustavo Bueno, agnóstico y ateo son también actitudes que un no creyente puede poner en práctica según y cuando. Ni el “ateo” anda siempre batallando (algo agotador) ni el “agnóstico” es siempre un indiferente y cachazudo Buda. Un “agnóstico” es un ateo que ocasionalmente no quiere batallar y un “ateo” es un agnóstico al que algunos creyentes ya le han irritado demasiado. Ser no creyente y creyente a la vez es incoherente. Pero que un no creyente se muestre tolerante o combativo con conductas o ideas que su oponente creyente desarrolla según el caso, no lo es. A la mayoría de los no creyentes les es indiferente que alguien crea en Dios o que se rece tres, cuatro o cien veces al día. Ya sea a Zeus, a Jehová o a Alá. Pero a la mayoría de los no creyentes que conozco no les es indiferente que en nombre de una religión se limiten libertades básica, se justifiquen actitudes machistas o se den clases de religión en la escuela pública (cualquier religión) por poner ejemplos suficientemente claros, creo yo. En este último caso muchos no creyentes asumen una actitud atea y combativa. Y es normal que así sea si se ama la libertad más que a cualquier Dios.
Jesús Palomar


 Artículo publicado el 5 de septiembre de 2017 en el diario INFORMACION de Alicante.

lunes, septiembre 04, 2017

ERES PARTE DE LA SOLUCIÓN

El 21 de agosto escribí en facebook una entrada que se ha hecho viral. Esta entrada fue bloqueada por facebook identificándola como spam.  Periodistadigital y algún otro periódico digital se hicieron eco del post y de la “censura” posterior. El post bloqueado por facebook acababa con la frase “No lo dudes: eres parte del problema”. Y el problema o uno de los grandes problemas que padecemos es, en mi opinión, la incoherencia y el deterioro de nuestra capacidad crítica fomentado por diversos grupos políticos e ideológicos. El excelente escritor y reportero Alfonso Rojo escribió el 29 de agosto un artículo titulado Eres parte del problema. Al final del escrito Alfonso Rojo se refería a mi post y se quejaba de las graves inchorencias con las que convivimos diariamente.  El 4 de septiembre escribí un nuevo artículo y lo envié a periodistadigital. Me lo publicaron inmediatamente. Aquí está el artículo publicado:


Fue Antonio Gramsci desde planteamientos marxistas quien más insistió en la idea: para alcanzar el poder es necesario primero ganar la batalla cultural. Es decir, la batalla de la opinión pública. Gramsci se refería a ello con el término hegemonía cultural. Los discípulos actuales de Gramsci se esfuerzan día tras día en imponer y mantener esa “hegemonía cultural”. Pero para tales discípulos, algo más torpes y desde luego bastante menos brillantes que su maestro, no importa que esa opinión generalizada esté llena de contradicciones o incoherencias. Incluso es deseable que sea así. Se trata de aturdirnos y que ya nadie tenga la fuerza moral para oponerse a ella. Primero por la presión de grupo. Luego por la asunción mecánica. El objetivo es conseguir una servidumbre voluntaria en una sociedad de zombis: una turba muy similar a los caminantes de la noche de la serie Juego de Tronos. Hoy llamamos a esa hegemonía cultural lo políticamente correcto. Se fomenta con mensajes reiterados y propaganda. Mucha propaganda. Y la verdad es que los discípulos de Gramsci han tenido mucho éxito, pues raro es el partido que no ha sucumbido a ella. De modo que, paradójicamente, eso que hemos dado en llamar lo políticamente correcto se promueve a la vez desde la superestructura y por los grupos sociales dominantes de la infrestructura, por hablar en terminología marxista. Y, en medio, estamos casi todos nosotros.

¿Cuál es uno de los resultados del triunfo de tal hegemonía cultural? Hannah Arendt nos ilumina un poco: la mente del individuo se escinde. El diálogo interior desaparece. Y la capacidad de juicio, se deteriora. Juzgamos gracias a que la conciencia es “dos en uno”. Y el juicio es siempre fruto de un diálogo íntimo con nosotros mismos. Un dialogo que se realiza en soledad y en silencio. Por eso es tan importante para los propagandistas de abajo y los poderosos de arriba fomentar el ruido y el entretenimiento vacuo. En tal situación el eslogan zafio es lo que triunfa y el desahogo emocional y reactivo es lo que interesa. Esta tensión ayuda a mantener el sistema. Y prácticamente todos los partidos se congratulan por ello. Unos en público y otros en privado. El poder nos ánima a que juguemos al parchís con un amigo virtual de Australia a través de la red y a que soltemos dos improperios emocionales en forma de opinión en el bar de la esquina: a eso lo llaman libertad. Nos toleran seguir con nuestra vida, pero en familia o en el reducido círculo de amigos cercanos; para ver la tele, comentar el último partido de fútbol o preparar nuestro viaje de vacaciones. Poco más. No nos engañemos, si rebasamos la línea es muy probable que tengamos problemas.
La hegemonía cultura que hoy por hoy padecemos no es inocua. Asumir una incoherencia es el primer paso para asumir las demás. Y con la cabeza llena de incoherencias, se anula el pensamiento y la capacidad crítica. Ni siquiera es hipocresía. Es aturdimiento. El terreno está entonces abonado para el mal. Y la causa básica de ese mal es banal, como dijo Arendt. Para fomentar grandes males no hace falta ser un demonio. Basta con que haya mucha gente que haya dejado de pensar y de hacerse preguntas. La incapacidad de pensar de la mayoría de la población de Alemania, gente común y no especialmente malvada, propició el triunfo del nazismo.

     Sembrada la discordia en nuestra cabeza es difícil establecer diálogos con los otros. El resultado es la atomización de la sociedad. Pero entre una sociedad atomizada y una comunidad orgánica, hay un término medio: la tradición política más ilustrada la denomina comunidad republicana. Y una comunidad republicana puede darse con o sin rey. Empezó con Roma, siguió con Cromwell (mejor representada en Oceana de Harrington), en el Renacimiento la defendió para Florencia el genial Maquiavelo y fue la fuerza omnipresente de la Revolución norteamericana.

        ¡Somos individuos, sí, pero profundamente preocupados por su comunidad política! Queremos ser verdaderos ciudadanos y no átomos sin conexión que pululan en el vacío.
Nuestra sociedad civil está destruida. Intentemos entre todos restaurarla. Afrontar nuestras contradicciones es nuestro primer deber político. Sin ello no habrá debates sinceros ni sociedad civil fuerte. Los griegos llamaban a esta elemental sinceridad en el discurso parresia. Y en tiempos de confusión, la parresia es revolucionaria.

         La incoherencia es parte del problema, sí. Y la coherencia es el inicio de la solución. Una sociedad civil fuerte podrá afrontar mejor el resto de los problemas. Que son muchos, desgraciadamente. 
Jesús Palomar
                                                                                         


 Artículo publicado el 4 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.

sábado, julio 29, 2017

LABERINTOS POLÍTICOS



Libro a caballo entre la divulgación y la reflexión crítica. Un repaso a las ideas políticas de Platón, Aristóteles, Hobbes, Locke y Rousseau. Y una reflexión crítica e histórica sobre conceptos políticos fundamentales: Estado, soberanía, democracia, monarquía, república y constitución, entre otros. El ensayo analiza asimismo temas como la relación entre la verdad y la política, la legitimidad y la ley o la compatibilidad entre Estado de derecho y las excepciones legales que se vislumbran tras la discriminación positiva defendida por colectivos neofeministas y de género. El lector encontrará también al final del volumen una recopilación de artículos periodísticos sobre cuestiones políticas de actualidad.

viernes, abril 14, 2017

IDENTIDAD Y FICCIÓN


Quién soy es una pregunta personal e intransferible. Se trata de un asunto filosófico que incumbe al propio sujeto. Por mi parte, estoy con Heráclito: la identidad es una ficción. Un juego que crea estructuras. Nada permanente somos porque estamos siendo de continuo. Pero resulta que la mentira de la identidad es necesaria para que funcione otra gran mentira: la del lenguaje y la comunicación.
La mentira del lenguaje y de la identidad posibilitan pues un mínimo de entendimiento que revierte en pragmatismo, aunque suene contradictorio. Así pues, cuando le pido al camarero una cerveza, me trae efectivamente una cerveza; aunque en rigor ni el camarero ni la cerveza ni yo mismo tenemos identidad fija y todo es un puro proceso: he ahí el inquieto rió de Heráclito. Ahora bien, la mentira funciona porque todos hemos convenido en que la cerveza es cerveza y el camarero es camarero, incluido el propio camarero. Lo podemos asumir como un mero juego o como algo muy serio. Eso es lo de menos para que la cosa funcione. Si el camarero piensa que es farmacéutico e incluso lo proclama a los cuatro vientos no hay en principio ningún problema, pero si no se da por aludido cuando pido sus servicios y solo despacha medicamentos sería harto complicado llevar a cabo algo tan sencillo como tomarse una cerveza en el bar. Al eliminar el carácter intersubjetivo del lenguaje, que es tanto como eliminar el lenguaje mismo, la comunicación se vuelve imposible. Como decía Wiettgenstein, no hay lenguajes privados. Si un calvo decide ser melenudo porque así lo siente, habrá resuelto a su manera el problema filosófico de su identidad, pero si va a una peluquería para que le hagan un sofisticado peinado, obviamente el peluquero no entenderá nada. Seguirá viendo una cabeza lisa y brillante como una bola de billar. De modo que una persona que con un cuerpo biológicamente masculino se sienta mujer y proclame que lo es no supone ningún problema para nadie. Es la particular solución que tal persona da al problema filosófico de su identidad. Solo habrá ciertos malentendidos,con nula intencionalidad, si tal persona es percibida como un hombre por los demás. Y esto dependerá fundamentalmente de su aspecto y de las convenciones sociales al respecto, y no tanto de su digna decisión que tan solo conoce él. O ella.
 Pero la locura total resultaría si el Estado decidiese tomar partido en todo esto. ¿Tendrá derecho entonces el hombre que se siente mujer a entrar en los servicios de mujeres? ¿Le asignará la seguridad social un ginecólogo en lugar de un urólogo?¿Y si un adulto se siente niño tendrá derecho a matricularse en la ESO? ¿Tendrá derecho el camarero a que el Estado le ponga una farmacia porque se siente farmacéutico?, ¿deberá obligar el Estado al peluquero a obrar un milagro y hacerle al señor calvo un sofisticado peinado? En definitiva, ¿la identidad proclamada por el sujeto ha de ser fuente de derecho? Si la respuesta es sí, estaríamos acabando de facto con el Derecho mismo, pues el pseudoderecho resultante dejaría de ser operativo.
           Hay ficciones sin las cuales el homo sapiens, creador de fábulas útiles, no puede vivir. Al menos como homo sapiens: Identidad, lenguaje y derecho son algunas de ellas.

domingo, marzo 05, 2017

SEXO, GÉNERO E IDEOLOGÍA


 La ideología de género afirma que la sexualidad de la mayoría de la gente no ha sido libremente elegida. La sociedad nos asigna nuestra sexualidad cruel y despóticamente cada día de nuestra existencia. Todo empieza con el desalmado pediatra que dice a la mamá embarazada que es un niño porque en la ecografía ve un pene. El sexo es una construcción social. De modo que debemos situarnos en un punto cero. Libres de influencias culturales. Incluso de influencias biológicas. Y desde ese punto cero, elegir nuestro objeto de deseo y nuestro modo de sentirnos. Sentirnos hombres con o sin penes y mujeres con o sin vulvas. Y elegir desear a una mujer, a un hombre, a un perro o a un gato. No solo es una opción, es nuestra identidad. Llamemos a estas opciones identitarias géneros.

Si desarrollamos este planteamiento son inevitables ciertas aporías y algunas perpeplejidades.

¿Elegimos lo que deseamos? Resulta que la sexualidad está marcada fundamentalmente por el deseo mismo. Y a poco que recapacitemos nos damos cuenta de que nunca elegimos el objeto de nuestro deseo. Si acaso, es el objeto el que nos elige a nosotros. No elegimos que nos gusten las lentejas o la paella. Solo podemos elegir si las comemos o no, que no es poca cosa por cierto. E igual ocurre con el sexo. No es una opción. No elegimos sentirnos atraídos por las mujeres, por los hombres, por los zapatos de tacón o por los uniformes masculinos. Por cierto, tampoco un hombre elige desear a otro hombre ni una mujer a otra mujer.

¿Somos lo que deseamos? Aun si nos ponemos filosóficos y admitimos que no sabemos muy bien quienes somos, sí sabemos que no somos lo que deseamos. Un mudo que desea ser cantante, no lo es. Un hombre que desea ser un perro, no es un perro. Un sargento que desea ser Napoleón, no es Napoleón.

Para liberarnos de las tiránicas imposiciones sociales la ideología de genero nos da la solución mágica. Hay que intervenir socialmente en colegios, en ayuntamientos, en la publicidad. De distintos modos y maneras. Primero enseñando amablemente, luego inculcando y, si es necesario, imponiendo. Todo sea para liberarnos del tiránico constructo social que nos esclaviza. Hay que obligar a la gente a ser libre. ¿Pero no estamos entonces como al principio? Resulta que nuestra identidad sexual dependerá entonces de otra construcción social: la que propone la propia ideología de género. Y es que si nos pasamos de listos volvemos a ser tontos. Porque si damos un giro de 360º estamos obviamente en el mismo sitio.

De modo que la antropología que la ideología de género nos propone resulta un galimatías. El ser humano autentico, el que debe elegir todo lo demás, es un ente puro, no contaminado por su biología ni por la sociedad. Una especie de punto imaginario en el espacio vacío que desea y desea a lo largo del tiempo. No sabemos qué es lo que le lleva a desear esto o aquello y, lo que es más curioso, ni siquiera sabemos quién es el que desea. Un extraño ente sin biología, sin lenguaje, sin historia, sin sociedad, sin identidad. En definitiva Nadie. Un nadie que desde la absoluta nada elige, pues, tener un género y por ende una identidad sexual.

Pero resulta que si admitimos esta conclusión, a pesar de las incongruencias que de ella se derivan, vamos a chocar inevitablemente con la otra cara de la ideología de género. Aquella que defiende la identidad femenina en virtud de la cual se practica una discriminación positiva. En este caso ser hombre o mujer no es algo elegido. Qué más quisiéramos. Los hombres nacemos hombres a nuestro pesar, y a nuestro pesar somos agresivos y maltratadores, y por eso debemos ser castigados por el Estado y la Ley más que las mujeres por idénticos hechos. ¿En qué quedamos entonces? 
Lo peor de la ideología de género no es que intente cambiar los usos y costumbres desde planteamientos estatalistas con veleidades totalitarias. Lo peor es que nos deja el cerebro hecho papilla si pretendemos entenderla o buscar un poco de coherencia lógica en sus proclamas.

sábado, enero 07, 2017

CONSTITUCIÓN, DERECHOS SOCIALES Y OTRAS COSAS


El llamado Estado social que ha mejorado la existencia de muchos seres humanos es algo asumido y celebrado por casi todos. Y se manifiesta como bien intencionados principios en prácticamente todas las constituciones modernas. Pero es pertinente resaltar que los llamados derechos sociales son esencialmente diferentes a los derechos civiles y políticos. Hasta tal punto que incluso podríamos cuestionar que si son derechos en sentido estrictamente jurídico los primeros quizá no deberíamos llamar derechos a los segundos. Los derechos civiles y políticos son fundamentales. Y no es esta un declaración retórica para resaltar su importancia. Son fundamentales porque fundan. Y lo que fundan es la Constitución que inaugura una nueva era política en Occidente centrada en la dignidad del ser humano y el respeto a sus libertades. Al ser previos a toda estructura política los revolucionarios franceses y americanos exigían su reconocimiento al Estado, no su creación. Así pues, los derechos fundamentales son una defensa ante los posibles excesos del Estado. Exceso constatado por las precedentes monarquías absolutas. Los derechos fundamentales pueden ser reclamados individualmente al Estado, y este, en justa correspondencia, resolver la demanda. ¿Ocurre lo mismo con los derechos sociales? Si la reclamación es individual ya no es social y si el Estado no puede resolver la demanda, tampoco en puridad es derecho. Esto es lo que sucede por ejemplo cuando un ciudadano desempleado exige que se cumpla su derecho a un trabajo y el Estado no lo resuelve adecuadamente. Quizá por esta razón Carl Schmitt señalaba que los derechos sociales pueden estar o no en la Constitución, pero no son Constitución.
Más allá de los servicios que el Estado ofrece para evitar una vida miserable y procurar mayores cuotas de bienestar social para todos, hoy el afán de constitucionalizar derechos que rebasan el ámbito de los derechos fundamentales e incluso de los básicos servicios sociales responde a la extendida estrategia de hacer política a través de un lenguaje jurídico. Y de hecho la mayor declaración política que se puede hacer en la actualidad es trasformar cualquier proclama ideológica en derecho. La declaración es apoteósica si exigimos incluir este derecho en la Constitución. Proclamar que hay un mundo mejor al que podemos aspirar, un mundo de amistad, solidaridad y amor suena demasiado poético y poco movilizador. Pero si gritamos en un mitin que tenemos derecho a la amistad, a la solidaridad y al amor, el mensaje se torna más rotundo. No digamos si exigimos que tales derechos se incluyan en la Carta Magna, único objeto cuasi sagrado en la secularizada sociedad moderna. Casi todos admitimos hoy que el Estado debe ofrecernos algunos servicios: infraestructuras, ayuda a los necesitados, educación y sanidad dignas para todos, por ejemplo. Y asumimos que para este fin el Estado merme nuestra hacienda. Pero también deberíamos ser conscientes de que una vez admitida esta donación del Estado, el Estado puede intentar donarnos maternal y generosamente otras muchas cosas quizá no tan claramente beneficiosas. Seguro que siempre lo hará retóricamente por nuestro bien, aunque no siempre con nuestro permiso. Y estas otras cosas aparecerán siempre en el lenguaje político como derechos sociales. Y aquí es donde los derechos fundamentales se revelan como esencialmente diferentes. Los primeros son nuestros instrumentos para defendernos de los excesos del Estado. Los segundos, exclusivos derechos del Estado que buscan justificar sus excesos.
       ¿Cuáles son esas otras cosas? En realidad todos los derechos que no son los políticos y civiles se introducen en la legislación por la puerta de los llamados derechos sociales, tanto si son servicios sociales como si no lo son. Incluido el ecologismo mal entendido. Que admitamos que es un derecho social el disfrutar de parques y bosques no debería implicar que una planta tenga derechos, obviamente. No es hipérbole. A este respecto Dave Foreman, cofundador de Earth First!, llegó a decir: "La Tierra tiene cáncer, y ese cáncer es el hombre".Mutatis mutandis con los movimientos animalistas extremos. Se pasará, sin solución de continuidad, de asumir que no debemos maltratar a los animales a considerar asesino al conductor que atropella una ardilla que se cruza inesperadamente en la calzada. Derechos vegetales y animales, ¿por qué no constitucionalizarlos? Por este camino tendremos un libro al que llamaremos constitución que en el mejor de los casos describirá una bonita utopía. En el peor, un pesadillesco galimatías atiborrado de proclamas ideológicas oscuro y tenebroso como la niebla. Complejidad y laberinto que solo puede beneficiar a los tiranos dispuestos a hacer ley de su voluntad. En cualquier caso, no tendríamos Constitución alguna. Nuestro utópico o laberíntico libro daría paso así a un Estado omnímodo con licencia para intervenir en todos nuestros asuntos con el bien social, ambiental o ecológico como excusa. Es decir, un Estado metomentodo empeñado en crear al hombre nuevo con sofisticadas técnicas de ingeniería social: ¿la forma amable de un estado totalitario? Probablemente. Jouvenel apuntaba a un Estado Minotauro, poderosa máquina de legislar que se cuela en todos los rincones de la sociedad. Pensado para la seguridad, se convierte así en la causa de la intranquilidad y, como el Minotauro mítico, exige vorazmente constantes sacrificios. Sacrificio de vidas humanas en la guerra y de libertades en la paz. Totalitarismo en nombre del bien, de lo políticamente correcto y de la opinión de moda. Este es el camino emprendido por la llamada ideología de género asumida cada vez más por el Estado, por poner un ejemplo lo suficientemente esclarecedor. En virtud de esta ideología el deseo subjetivo se convierte en fuente de derecho, pues el deseo de ser hombre o mujer prevalece sobre cualquier otro criterio de demarcación dado por la ciencia, la costumbre, la tradición o la mera evidencia empírica. ¿Tengo derecho a ser reconocido y tratado por la administración como Napoleón porque me siento Napoleón? En otros tiempos esto se llamaba locura, hoy es la normalidad. Asimismo la presunción de inocencia de todo ciudadano ante la ley, pilar básico de todo Estado de Derecho, se vulnera en el caso de un varón en relación con su pareja femenina. Y el hombre tendrá la penosa tarea de demostrar su inocencia ante la acusación de la mujer que se considere maltratada. Aunque quien tendrá que demostrar su inocencia será en realidad su abogado, pues el hombre, esté o no fundada la acusación, dormirá una o dos noches en el calabozo hasta que se resuelva la cuestión. Aunque tales leyes no hayan llegado a la Constitución, sorprendentemente operan de facto en la sociedad a pesar de su explícita inconstitucionalidad y, tal como están las cosas, no es disparatado que se incluyan en una futura reforma constitucional, siquiera para evitar esta incoherencia.  Su puerta de estrada será sin duda los derechos sociales. Aun siendo grave el predominio de la ideología de género, lo es más el precedente legal de retornar al derecho penal de autor. Esto es, juzgar por lo que somos y no por lo que hacemos. Si la estadística, en muchas ocasiones sesgada y amplificada por los medios de comunicación, asigna mecánicamente culpabilidad a colectivos sociales, ¿en un futuro no muy lejano tendrá un gitano que demostrar su inocencia ante la acusación de un robo cualquiera?, ¿tendrá que demostrar que no es culpable un colombiano acusado de tráfico de drogas? Atendiendo a los datos de criminalidad en Nueva York, ¿deberán demostrar los negros que no son asesinos? Aviso para navegantes: una Constitución que menosprecie la libertad, la presunción de inocencia y el control del poder estatal (aunque sea con las mejores intenciones), no es Constitución.