lunes, noviembre 09, 2009

WANGARI MAATAHI Y LA ABLACIÓN

En la página diecinueve del libro "Educación para la ciudadanía" 2º de ESO, editorial SM, se habla de solidaridad, y se insta a los alumnos a que sean todos "la voz de los que no tienen voz (sic)". Es decir, debemos denunciar aquellos abusos e injusticias que aquellos que las padecen no pueden denunciar porque sufren una brutal opresión y/o porque son analfabetos y pobres y no pueden hacerse oir. En la parte inferior de la página aparece una foto de Wangari Maathai, Premio Nóbel de la Paz en el año 2004, con la siguiente leyenda: "Hay personas que no se han contentado con quejarse de lo mal que está el mundo, sino que han hecho lo posible para mejorarlo. Gracias a ellas, han cambiado muchas cosas. Merecen nuestra admiración y gratitud. La historia avanza gracias a proyectos elaborados por personas inteligentes y generosas".
En fin, me quedo perplejo. ¿No había otro personaje con cualidades más excelsas para proponer como modelo a nuestros jóvenes alumnos?
Me ha parecido oportuno publicar en esta entrada parte de un artículo que he encontrado por la red escrito por Violeta Yangüera y que incide directamente en este asunto:


Desde la fundación en 1977 del Movimiento Cinturón Verde, Wangari Maatahi ha plantado treinta millones de árboles y miles de viveros en toda el África para combatir la deforestación, Wangari Maatahi ha merecido un Nóbel. El premio Nóbel de la Paz a la viceministra de Kenia por su lucha contra la deforestación.Wangari es ecologista, doctora en biología pero también es de la etnia kikuyu y así lo dice: "En el fondo, yo no soy más que una kikuyu, rebelde como la esencia de mi etnia" Y como "¿Kikuyusca o kikuyesca"? Wangari defiende y apoya la práctica de la amputación del clítoris como el ritual tradicional de la mujer en el paso de la niñez a la adultez. Según dijera en una campaña de apoyo a la ablación femenina, "La escisión está en el corazón de los kikuyus, es imposible una iniciación sin clitoridectomía". Para ella, esa terrible obligación para las niñas de su tribu, es algo cultural.La Organización Mundial de la Salud estima que 130 millones de mujeres han sufrido el corte de clítoris (entiéndase bien, se lo cortan, es que se lo cortan, con un cuchillo, con navaja, con tijeras, con el instrumento filoso que aparezca, y luego aplican borra de café para la cicatrización) en sus variantes que consiste en la extirpación total o parcial del clítoris y en la "circuncisión faraónica" que implica la extirpación total de los órganos genitales cosiendo la herida para tan sólo dejar un orificio por el que pase la orina y el flujo menstrual. Dicen los expertos que el pequeño orificio es del tamaño de un grano de arroz. También dice la OMS que anualmente a dos millones de niñas les espera ese destino. 30 millones de árboles, 130 millones de cortes de clítoris. Felicitaciones a los señores que premian a los ganadores. Por cierto, ¿por casualidad, no será la ablación femenina una verdadera y terrible violencia contra el género femenino?

viernes, octubre 23, 2009

LA AMBIGÜEDAD DEL LENGUAJE POLÍTICO

"Existen en el lenguaje político términos claramente desgastados. Quizá antaño se correspondían con conceptos precisos que pretendían atrapar la realidad. Pero hoy no pasan de ser expresiones rítmicas, cantinelas más o menos pegadizas capaces, a lo sumo, de hacernos mover los pies o chasquear los dedos, pero que poco o nada dicen ya a la inteligencia. Como si el significante invocado, especie de Cronos hambriento, hubiese al fin devorado el significado. Tales términos no son ya monedas fiables. Tanto uso y manoseo han acabado por borrar el relieve de sus superficies, que era lo único que les daba valor".

En fin, qué queréis que os diga. Un libro muy recomendable. Si os animáis a comprarlo, aquí tenéis el enlace:
http://stores.lulu.com/jesuspalomar

Un saludo amigos.
Jesús Palomar.

lunes, septiembre 07, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 5/5


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El deber de no olvidar.
El infierno ha sucedido. Y el hombre ha sido su artífice. Nietzsche proclamó la muerte de Dios. Con el último judio aniquilado en las cámaras de gas murió definitivamente el Hombre. El horror no debe ser olvidado. Quién se disponga a pensar el Bien ha de hacerlo ahora desde los Lager alemanes y los gulag soviéticos. Y habrá de hacerlo sin fruncir el ceño, sin intentar siquiera eludir con un gesto tibio de la mano el hedor que allí eternamente se desprende. De no ser así, que la maldición de Primo Levi se cumpla: «que vuestra casa se derrumbe, la enfermedad os imposibilite, vuestros descendientes os vuelvan el rostro» . Hannah Arendt encabeza un capítulo de su obra sobre los totalitarismos con una frase de Davis Rousset: «los hombres normales no saben que todo es posible». La consigna debe ser ahora no ser un hombre normal. Nadie debería ser ya un hombre normal. Lo que Dante tan sólo imaginó en la leve ficción, nosotros estamos obligados a recordarlo ahora como grave realidad, a modo de penitencia obsesiva propia de sísifos despeñando eternamente la piedra: «sé que es posible, el infierno ha sucedido, puede volver a suceder…» Grabémoslo en brazos y piernas, en la espalda y en las manos. Grabémoslo en la frente de todos los recién nacidos. Grabémoslo en el pecho con un hierro candente hasta que llegue al corazón: «es posible, ha sucedido, puede suceder…» Y junto a las insistentes palabras, a modo de imborrable amén, el nuevo mandato de la razón impura, el nuevo imperativo categórico que, como proclama Teodhor Adorno, deberá guiar nuestra conducta: «actúa de tal manera que Auschwitz no se vuelva a repetir».

domingo, septiembre 06, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 4/5

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Hannah Arendt y el caso Eichmann.
Entre aquellos que perdieron esa capacidad de juicio distingue Arendt tres grupos: nihilistas, dogmáticos y muchos ciudadanos normales que siguen fielmente las buenas costumbres.
El nihilista habría llegado a la conclusión de que no hay valores definitivos, de modo que asume unos u otros ocasionalmente y movido por su propio interés. Cuando todo es dudable y no hay ninguna gran idea que defender o creer la única carta segura a la que quedarse es el egoísmo, independientemente de las consecuencias que se deriven de ello. Son los arribistas sin escrúpulos que pululan siempre cerca del poder, de cualquier poder.
El dogmático, quizá huyendo de la ansiedad de un escepticismo incapaz de dar respuestas definitivas a todas las preguntas, asume un dogma rígido que le aporta seguridad. Al concentrar todas sus acciones en un obsesivo ideal, fortalece su voluntad y su capacidad de acción. A este grupo pertenecen los fanáticos políticos y religiosos siempre refractarios al diálogo que pudiese cuestionar sus ideales.
Entre los ciudadanos normales distingue Arendt el tercer grupo irreflexivo: el más numeroso. Estos ciudadanos suelen asumir las buenas costumbres del lugar donde habitan, pero lo hacen acríticamente, fieles al significado originario de moral o ética; la costumbre, precisamente por serlo, es buena.
La cuestión fundamental es que los tres han finiquitado el dialogo con la conciencia, y aunque la conciencia sigue estando ahí, es ya como un extraño. Una conciencia segregada a la cual se le niega el diálogo conlleva que en absoluto retengamos sus discursos: monólogos cada vez más incomprensibles de un raro ser con el que coexistimos, pero con el cual ya no convivimos.
Según Arendt, en la Alemania nazi los mayores males los posibilitaron, y en su caso los produjeron, precisamente estos tres grupos; y dado que sumados constituían más del cincuenta por ciento de la sociedad alemana, el acontecimiento se revela como escandaloso e inquietante.
Quizá entre los dirigentes nazis predominaban los nihilistas y dogmáticos, pero es evidente que entre la población abundaban, precisamente, estos ciudadanos normales.
La cuestión es que sin diálogo interior el dogmático cambia fácilmente de dogma, el nihilista de conducta y muchos ciudadanos normales, de valores
Entre los dogmáticos es conocida la gran cantidad de comunistas alemanes que fueron engrosando el partido nazi en la década de los años veinte. También el nihilista, no exento de cierto cinismo, no tiene escrúpulos en modificar su conducta si la nueva es capaz de procurarle más beneficios. ¿Pero qué ocurre con ese gran número de ciudadanos que no han mostrado nunca ningún rasgo de anormalidad y que en muchas ocasiones han sido considerados incluso ejemplares?
Aquel ciudadano normal que sigue sus buenas costumbres, tras un momento primero de perplejidad en el que el mundo parece caérsele encima, puede aferrarse de nuevo a otras si son las que realizan sus vecinos, las que marca el Estado y las que le recomienda la propaganda a través de los periódicos, el cine o la radio.
Quien tiene unos valores inculcados, incluso fuertemente inculcados, pero en absoluto pensados, reflexionados o examinados, puede sustituirlos tras un momento de crisis. Y esto es lo que según Arendt ocurrió en gran parte de la ciudadanía alemana.
Si exceptuamos a los perseguidos y a los que simplemente tenían miedo, demasiados alemanes hasta ese momento buenos ciudadanos en el sentido tradicional del término, toleraron, participaron en algún grado o aplaudieron al nazismo.
Según Hannah Arendt, en ese momento algo inédito ocurrió en la Historia. Algo que debemos intentar comprender.
Hasta ese momento todos creíamos saber que nuestras debilidades nos pueden hacer matar o mentir, aun sabiendo que no se debe hacer. Y si no somos psicópatas desalmados incluso en ese caso el diálogo interior se sigue manteniendo, aunque más o menos tormentosamente. Lo nuevo en los totalitarismos del siglo XX no es que el incumplimiento de la norma ética por gran parte de la población. Lo novedoso y por ende lo más difícil de comprender es que las propias normas se hayan invertido con tanta facilidad. En lugar de no matarás, matarás, parecen promulgar los nazis; en lugar de no mentir, mentirás, señalan los bolcheviques. Lo escandaloso es que gran parte del mundo lo asumió, y que el mundo mismo no se derrumbó.

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 3/5

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Hannah Arendt y el caso Eichmann
Para Arendt, Eichmann tenía un déficit de pensamiento. Un mera incapacidad de juicio. Para entender su punto de vista conviene señalar que esta incapacidad no es una mera insensibilidad moral. Eichmann no era un idiota moral. En su vida cotidiana actuaba de modo normal y sabía distinguir entre lo que esta bien y lo que está mal.
En este punto, Eichmann se asemejaba inquietantemente al hombre del montón, a muchos hombres corrientes. La única característica notable que se podía detectar en su comportamiento fue precisamente su falta de reflexión y de pensamiento Su incapacidad de juzgar.
¿En qué consiste esta incapacidad?
Distingue Arendt entre conocimiento y pensamiento. Conocer implica acumular teorías, ideas y saberes, e incluso ser capaz de resolver cuestiones técnicas al respecto. Pero Arendt viene a definir el pensamiento como una suerte de diálogo continuo y profundo con nosotros mismos en lo que llama solitud: una reflexión crítica sobre nuestras propias acciones, y a la vez sobre la ejemplaridad de cualquier acción, en nuestra más íntima soledad.
Tal reflexión implica una mentalidad amplia, una capacidad de ponerse en el lugar del otro para tratar de entender su punto de vista. Según Arendt, este diálogo interior fortalece nuestra conciencia y, en algún sentido, dificulta el olvido. O a la inversa, precisamente porque dificulta el olvido de aquello que vemos y hacemos fortalece nuestra conciencia y nos avoca al dialogo con ella. Esto nos obliga a escuchar respetuosamente su voz, aunque no siempre se le haga caso.
Es sin embargo esta falta de reflexión crítica lo que Arendt descubrió en Eichmann y consideró que podía ayudar a entender, no sólo el nuevo tipo de criminal que encarnaba en cuanto cooperador activo de una política de asesinato masivo, sino también la colaboración, en formas y grados diversos, de una amplia masa de la población alemana en el mantenimiento del régimen nazi.
Lo interesante del nuevo enfoque es que dibuja un agente del mal que, lejos de reducirse a sectores minoritarios fuertemente ideologizados, se extiende a una amplia masa social desideologizada y anónima que contribuyó, activa o pasivamente, a la implantación y sostenimiento del régimen nazi.
La distinción entre conocer y pensar le permite a Arendt explicar algunas cuestiones. Por ejemplo, el hecho de que pueda haber tipos muy inteligentes, con grandes conocimientos científicos o de cualquier otro índole, que sin embargo sean capaces de realizar colosales atrocidades con mínimos o nulos remordimientos. Y aunque no suelen ser malhechores y a menudo son ejemplares ciudadanos, encierran, como dijimos, el potencial del mayor mal.
Perder la capacidad de pensamiento y juicio no le parece a Arendt como un mal que produzca siempre unas consecuencias nefastas. Perder esta capacidad sólo se revela como un mal extremo, atendiendo a sus consecuencias, en circunstancias muy concretas. Es decir, mientras no ocurren catástrofes éticas o políticas como el advenimiento del nazismo, tal incapacidad puede resultar inocua. Pero en situaciones trágicamente excepcionales aumentan y posibilitan el fuego de la catástrofe.

sábado, septiembre 05, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 2/5



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Hannah Arendt y el caso Eichmann.
En 1932 cuado contaba 26 años Adolf Eichmann ingresó en el partido nacionalsocialista y en las SS. Según su propio testimonio la afiliación al partido no fue una meditada decisión sino algo casi natural, ni siquiera se tomó interés en informarse sobre el programa del partido. Eichmann no era un fanático
Con el tiempo Eichmann hizo carrera en el Servicio de Seguridad de las SS. Su principal fun-ción consistía en tareas de planificación y organización en las deportaciones masivas de judíos a los campos de concentración.
Tras la segunda guerra mundial Eichmann se refugió en Argentina. Finalmente fue arrestado. En 1961 fue juzgado en Jerusalén. El tribunal consideró probada su participación en la muerte de mi-llones de seres humanos. Fue condenado a la pena de muerte por la comisión de quince delitos, varios de ellos contra la humanidad y contra el pueblo judío.
Tras los informes periciales de seis psiquiatras, el tribunal consideró que Eichmann no consti-tuía un caso de enajenación mental o de trastorno grave de la personalidad. No se trataba de un loco o un psicópata. ¿Cómo explicar, entonces, que Eichmann rechazara haber tenido pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos?
Por aquel entonces la politóloga Hannah Arendt fue comisionada por el New Yorker para infor-mar a sus lectores del curso del juicio a celebrar en Jerusalén. Arendt diría a propósito de Eichmann:
“Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la in-cuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado– era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso”.
En una obra posterior, Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt analiza la personalidad de Eichmann. Arendt se sorprende de que el oficial que participó activamente en el Holocausto no se sin-tiese culpable por sus crímenes y, no obstante, no hubiese ningún rasgo de anormalidad en su perso-na. Apenas una tendencia a la irreflexión que se da también en muchas otras personas normales. In-cluso el acusado declaraba haber leído a Kant y que su acción estaba dirigida por el imperativo categó-rico, en el sentido de que era asumida por escrupuloso deber. El caso Eichmann le lleva a Arendt a proclamar la banalidad del mal.
En Eichmann descubrió Arendt un agente del mal capaz de cometer actos objetivamente mons-truosos sin motivaciones malignas específicas: los peores crímenes no requieren grandes motivos. El daño que causó, y del cual Arendt le considera responsable, fue monstruoso. Pero todavía resulta más aterrador cuando se advierte que la raíz subjetiva de sus crímenes no estaba en firmes convicciones ideológicas ni en motivaciones especialmente malvadas. La banalidad del mal apunta precisamente a esta ausencia de malignidad. Lo que tiene de banal el mal cometido por Eichmann no está en lo que hizo, sino en por qué lo hizo.

miércoles, junio 10, 2009

LECCIONES DE LOS MAESTROS

Yo describiría nuestra época actual como la era de la irreverencia. Las causas de esta fundamental transformación son las de la revolución política, del levantamiento social (la célebre «rebelión de las masas» de Ortega), del escepticismo obligatorio en las ciencias. La admiración —y mucho más la veneración— se ha quedado anticuada. Somos adictos a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo. Nuestros ídolos tienen que exhibir cabeza de barro. Cuando se eleva el incienso lo hace ante atletas, estrellas del pop, los locos del dinero o los reyes del crimen. La celebridad, al saturar nuestra existencia mediática, es lo contrario de la fama. Que millones de personas lleven camisetas con el número del dios del fútbol o luzcan el peinado del cantante de moda es lo contrario del discipulazgo. En correspondencia, la idea del sabio roza lo risible. Hay una conciencia populista e igualitaria, o eso es lo que hace ver. Todo giro manifiesto hacia una élite, hacia una aristocracia del intelecto evidente para Max Weber, está cerca de ser proscrito por la democratización de un sistema de consumo de masas (democratización que comporta, sin duda alguna, liberaciones, sinceridades, esperanzas de primer orden). El ejercicio de la veneración está revirtiendo a sus lejanos orígenes en la esfera religiosa y ritual. En la totalidad de las relaciones prosaicas, seculares, la nota dominante —a menudo tonificantemente americana— es la de una desafiante impertinencia. Los «monumentos intelectuales que no envejecen», quizá incluso nuestro cerebro, están cubiertos de graffiti. ¿Ante quién se ponen en pie los alumnos? Plus de Maîtres [¡no más maestros!] proclamaba una de las consignas que florecieron en las paredes de la Sorbona en mayo de 1968.
Cientificismo; feminismo; democracia de masas y sus medios de comunicación. Las «lecciones de los Maestros» ¿pueden, deben sobrevivir al embate de la marea?
Yo creo que lo harán, aunque sea en una forma imprevisible. Creo que es preciso que así sea, La libido sciendi, el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: ésta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra. Conforme se amplía, la familia compuesta por nuestros antiguos alumnos se asemeja a la ramificación, al verde de un tronco que envejece (yo tengo alumnos de los cinco continentes). Es una satisfacción incomparable ser el servidor, el correo de lo esencial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categoría. Hasta en un nivel humilde —el del maestro de escuela—, enseñar, enseñar bien, es ser cómplice de una posibilidad trascendente. Si lo despertamos, ese niño exasperante de la última fila tal vez escriba versos, tal vez conjeture el teorema que mantendrá ocupados a los siglos. Una sociedad como la del beneficio desenfrenado, que no honra a sus maestros, es una sociedad fallida. Pudiera ser que fuera éste el significado radical de la pornografía infantil. Cuando hombres y mujeres se afanan descalzos en buscar un Maestro (un frecuente tropo hasídico), la fuerza vital del espíritu está salvaguardada.
Hemos visto que el Magisterio es falible, que los celos, la vanidad, la falsedad y la traición se inmiscuyen de manera casi inevitable. Pero sus esperanzas siempre renovadas, la maravilla imperfecta de la cosa, nos dirigen a la dignitas que hay en el ser humano, a su regreso a su mejor yo. Ningún medio mecánico, por expedito que sea; ningún materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro. Esa alegría no logra en modo alguno aliviar la muerte. Pero nos hace enfurecernos por el desperdicio que supone. ¿Ya no hay tiempo para otra lección?

Nota: el presente texto pertenece a la obra de George Steiner "Lecciones de los maestros"

miércoles, abril 15, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 1/5


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La historia nos presenta ejemplos de matanzas desenfrenadas y esclavización de masas humanas en procesos de conquista y colonización. Ni siquiera los campos de concentración fueron una invención de los nazis. Lo verdaderamente peculiar de la dominación totalitaria queda ejemplificado en el cambio que se produjo cuando el control de los campos pasó de las SA a las SS. Arendt lo caracteriza en estos términos:
“El verdadero horror comenzó cuando los hombres de las SS se encargaron de la administración de los campos. La antigua bestialidad espontánea de la SA dio pasó a una destrucción absolutamente fría y sistemática de los cuerpos humanos, calculada para destruir la dignidad humana por la SS. La muerte se evitaba o se posponía indefinidamente. Los campos ya no eran parques de recreo para bestias con forma humana como las camisas pardas, es decir, para hombres que realmente correspondían a instituciones mentales y a prisiones; se tornó cierto lo opuesto: se convirtieron en «terrenos de entrenamiento» en los que hombres perfectamente normales eran preparados para llegar a ser miembros de pleno derecho de las SS”
La historia nos proporciona diferentes encarnaciones del mal con una pléyade de motivos humanos. El agente del mal se suele mover por orgullo, envidia, odio o resentimiento. Y en este marco explicativo pueden encajar las brutalidades de las SA, pero no la fría y sistemática ejecución masiva perpetrada por las SS. Lo que Arendt destaca es que el agente del mal ejemplificado por las SS no obraba por ningún motivo de esta naturaleza. Él se veía a sí mismo como instrumento de un programa de eliminación de lo humano del que formaban parte el asesinato y la tortura como simples técnicas de gestión o como efectos colaterales exigidos por el funcionamiento del sistema.
Arendt considera esta forma de mal como una manifestación nueva: de una parte, porque se muestra reticente a las categorías tradicionales, que explican las formas extremas del mal como perversiones de sentimientos humanos; de otra, porque responde a objetivos inéditos, que se resumen en la destrucción de la idea misma de humanidad.
¿Por qué lo hicieron? En "Memoria del mal, tentación del bien" Tzvetan Todorov advierte que la dificultad que plantea explicar y comprender los crímenes nazis puede inducir a situarlos fuera del umbral de lo ‘humano’ y a relegarlos al plano de lo ‘bestial’ o lo ‘monstruoso’. Pero calificar a tales individuos como mostruos los situa inmediatamente al otro lado de la linea. Algo demasiado cómodo. “Eran mostruos, o estaban locos” son afirmaciones que vienen a tranquilizar nuestras conciencias y a finiquitar toda reflexión. Pero tal actitud nos deja de nuevo a la interperie ante futuros acontecimientos similares. Ni eran mostruos ni estaban locos.
¿Por qué lo hicieron? La pregunta sigue estando viva, y nos incumbe sobremanera, pues en ella nos jugamos nuestra propia humanidad.

martes, enero 06, 2009

UNA INTRODUCCIÓN A ARISTÓTELES



Aristóteles nació en el año 384 a.C., en una pequeña localidad macedonia llamada Estagira. En el 343 a. C., fue contratado por Filipo de Macedonia para que se hiciese cargo de la educación de su hijo Alejandro. No se sabe mucho de la relación entre ambos. Pero de ser cierto el carácter que sus contemporáneos atribuyen a Alejandro (al que tachan unánimemente de arrogante, bebedor, cruel y vengativo), no se advierte rasgo alguno de la influencia que Aristóteles, tan amante del equilibrio y la moderación, pudo ejercer sobre él en el terreno moral. Tampoco encontramos ningún rastro de su posible influencia política, pues Aristóteles seguía predicando la superioridad de las pequeñas ciudades estado cuando su presunto discípulo estaba poniendo ya las bases de un imperio universal.