viernes, diciembre 17, 2010

LA HISTORIA DE HANS Y KARL I


Hace algunos años escribí una historia para explicar a mis alumnos de ética algo sobre la libertad humana y la responsabilidad moral. Uno de los objetivos era ver que, aunque la libertad del hombre es relativa y estamos sometidos a múltiples influencias, nuestras acciones no están determinadas por nada. Ni por la educación ni por la genética ni por las circunstancias. Y por tanto, la responsabilidad moral de nuestras acciones es ineludible. Como decía Sartre, estamos condenados a ser libres. Se me ocurrió entonces que los dos protagonistas fuesen gemelos, recibieran las misma educación y pasaran por las mismas circunstancias. La cuestión fundamental era saber si tales individuos actuarían y pensarían siempre igual o podrían darse diferencias en su comportamiento. La breve historia quería ser una especie de experimento mental que viniese a “demostrar científicamente” que, aunque a veces nos pese, somos libres y, por tanto, responsables. Otro concepto que quería expresar en el cuento era que el grado de responsabilidad moral de cada uno es siempre algo íntimo que debe surgir de un dialogo sincero con nosotros mismo. Se trata de no eludir nunca nuestra capacidad de juzgar y de estar en guardia ante la inevitable tendencia a la racionalización de una parte de nuestro interior. En algún lugar indeterminado entre la actitud de Edipo, que se responsabiliza en exceso, y el psicópata desalmado, que nunca se juzga con dureza aunque cometa los mayores crímenes, debe encontrarse la normalidad. Sea esto lo que fuere. En fin, el tema es delicado, pero el cuento me sirve como excusa para iniciar este importante e interesante debate. Lo publico aquí por si algún colega docente quiere utilizarlo en clase.


Hans y Karl Müller eran dos gemelos que nacieron en un pueblo cercano a Berlín, allá por la década de los veinte. Hans y Karl tenían muchas cosas en común aparte de su aspecto físico. Poseían un temperamento muy similar y recibieron la misma educación.


En 1940, cuando alcanzaron la mayoría de edad, decidieron servir como voluntarios en el ejercito alemán. Los discursos apasionados de un tal Adolf Hitler fueron, en gran parte, responsables de su mutua decisión. Con su ayuda, pensaban convencidos, Alemania podría ser de nuevo una gran nación.


Hans y Karl no dudaban de que sus actos eran fruto de su patriotismo y amor a Alemania. Ellos no deseaban la guerra, pero la verdad era que según iba pasando el tiempo, ésta parecía inevitable. Hans y Karl estaban, como la mayoría de los soldados de cualquier país, dispuestos a cumplir con su deber. Esto les llenaba de orgullo.


Durante los primeros meses de guerra Hans y Karl observaban que muchos de sus vecinos desaparecían misteriosamente. Otros, la mayoría comerciantes, empobrecían súbitamente y eran tratados por todos con desprecio. Las explicaciones oficiales decían, cuando se dignaban a hablar, que tales personas iban en contra de los intereses de la nación y que por lo tanto el castigo era merecido. Hans y Karl observaron que, casualmente, todas estas personas eran judías, extranjera o, simplemente, exponían abiertamente sus ideas. Entre ellas se encontraba el panadero que solía regalar caramelos a Hans y Karl cuando éstos eran pequeños y del que no volvieron a saber nunca más. A pesar de todo, Hans y Karl fueron soldados valientes en la batalla. Les ascendieron rápidamente.


Poco después, fueron trasladados a un campo de concentración donde debían custodiar prisioneros. A Hans y Karl la nueva situación les gustaba menos que la batalla, pero por deber a su patria desempeñaron su cargo, al principio, con el mismo gusto. La función que realizaban era muy concreta: un grupo de hombres, mujeres y niños desnutridos y harapientos aparecían por una puerta. Ellos los conducían a lo largo de un pasillo hasta otra puerta por donde, inmediatamente después, desaparecían. Según las explicaciones oficiales, estos prisioneros eran encerrados allí para ser desinfectados. Sin embargo Hans y Karl a veces oían gritos del otro lado. No volvían a verlos, pues siempre aparecía un camión que enseguida se los llevaba a todos en absoluto silencio. Hans y Karl intuían que detrás de la puerta ocurría algo horrible.


Al cabo de dos meses Hans y Karl dejaron de estar orgullosos de ser soldados alemanes. Sus acciones, regidas antaño por el sano deber, pasaron a estar motivadas por el miedo de ver algo horrible que hubiese sembrado la intranquilidad en sus conciencias. En muchas ocasiones quisieron desobedecer órdenes, pero temieron por su vida. La deserción era otra posibilidad, pero de nuevo temieron que la vida fuese entonces demasiado dura: un fugitivo no puede disfrutar de su familia, comer todos los días o dormir cómodamente.


Cuando acabó la guerra Hans y Karl supieron, sin ninguna duda, el horror que habían provocado sus acciones. Hans y Karl experimentaron un dolor íntimo: se sentían culpables.


Hans se sintió absolutamente responsable de la muerte de miles de judíos. Consideró que, en el fondo, sabía lo que había estado ocurriendo; que podría haber hecho algo y no quedarse con los brazos cruzados. Su situación no era fácil. Las circunstancias le influían, le invitaban a realizar ciertas acciones y no otras, pero Hans consideraba que no le determinaban, que no le obligaban a actuar como lo hizo. Podría haber desobedecido las órdenes o haber desertado. Es cierto que si hubiera desobedecido las órdenes o si hubiese desertado su propia vida habría peligrado. “Pero, ¿no merecía la situación correr ese riesgo? ¿Es mi vida más valiosa que la de tantas personas inocentes?”, se decía Hans. ” Yo y otros muchos como yo, ¿no somos responsables verdaderamente de miles de crímenes?”. Hans se suicidó a los dos meses de acabar la guerra.


Karl consideró fríamente el problema. Pensó que él no era responsable en ningún caso de aquellas matanzas. Desconocía las consecuencias fatales de sus acciones y, por otro lado, se había limitado a cumplir órdenes que no podía desobedecer. Él no deseaba la muerte de aquellas personas. Karl consideró que su conducta estaba determinada por las circunstancias, que no era libre ni responsable. Por eso siguió viviendo “alegremente” con su familia. Aunque algunas noches despertaba sobresaltado por causas de una insistente pesadilla en la que aparecían multitud de judíos gritando de dolor.


Meses después Karl fue juzgado por crímenes de guerra. Una de las líneas de defensa del abogado era una atrevida tesis filosófica: los seres humanos no somos libres y, evidentemente, Karl tampoco. Todos estamos determinados por nuestra genética, educación y circunstancias. Si no hay libertad, tampoco hay responsabilidad ni culpa. Karl debería ser absuelto. El fiscal desmontó inmediatamente la tesis. Karl, dijo, tenía la misma genética, recibió la misma educación y vivió las mismas circunstancias que su hermano Hans. Pero Hans había optado por suicidarse y Karl luchaba por demostrar su inocencia.


Karl fue finalmente condenado, aunque debido a su poca graduación militar y a otros factores atenuantes que consideró el juez, la pena fue más simbólica que real. Tan solo pasó quince días en la cárcel.

Posdata: dedicado a mi amigo Ragodí por el partido que ha sabido sacar a esta historia con sus jóvenes alumnos.

2 comentarios:

Laura dijo...

Enhorabuena por tus cambios, Jesús.¡Qué interesante y creativo es todo lo que haces!
Me gusta muchíiiiiiiiisimo tu presentación y la mariposa volando, mientras el señor Palomar piensa...
Un abrazo

Jesús Palomar dijo...

Muchas gracias Laura. Me he animado a modernizarlo después de ver tu extraordinario blog capaz de contagiar entusiamo a cualquiera.
Un saludo afectuoso y gracias por participar.