viernes, marzo 07, 2014

BUDISMO E INMORTALIDAD

            
True Schopenhauer por jesuspalomar

El budismo nos promete la nada, la aniquilación. El verdadero infierno es existir, y la conciencia de ser no hace más que acentuar el dolor. ¿Cómo eliminar el sufrimiento? Dejando de vivir; pero esto no es tan fácil. La muerte es un intento de cese, pero a menudo somos tan torpes que volvemos a encarnarnos en otra vida en virtud del inexorable karma. Así, tras escapar mareados de la noria, nos encontramos en la montaña rusa. El budismo nos da, pues, un programa adecuado para romper con el ciclo infernal de reencarnaciones y poco a poco aprender a prescindir de la existencia.

            Ciertamente el ideal budista nunca ha sido muy bien visto por el individuo occidental. Los occidentales, acostumbrados a los mimos de Dios, siempre nos hemos creído muy importantes. La conciencia de mi identidad; ser yo, y no tú o aquello, es lo que dignifica mi vida y la valora en relación con la de otros seres. ¿Puede una piedra decirse: soy una piedra? Yo en cambio puedo decirme: soy yo, único, irrepetible y, precisamente por esto, importante. Es natural, entonces, que en un principio nuestra mente occidental huya ante las promesas religiosas de Oriente. Nuestra cultura del ser no acaba de reconciliarse con la vacuidad oriental. Quiero ser perfecto, pero de ningún modo dejar de ser; quiero que mi conciencia se purifique o, más cristianamente, se redima, pero en ningún caso dejar de tenerla: así parece hablar Occidente.
      El director de orquesta observa el auditorio; carraspeando da dos golpes de rigor con la batuta y se hace el silencio. Tras el primer compás de la melodía, el director de orquesta se difumina, se expande, se pierde. Deja de ser Antonio Sánchez, hijo de Manuel Sánchez, de 43 años de edad; deja de ser, decíamos, para ser un cauce por donde pasan cosas, por donde se entregan cosas. Antonio se desangra dulcemente, porque la sangre mutada ahora en música no la siente como suya. El agua del río trasciende la cuenca. El agua del río es el fluido incesante del universo. Así, la música vivida, interpretada por Antonio, es más que su propia música, ni siquiera es de Mozart o Bach. Ellos eran otros cauces, otras cuencas que servían a las mismas aguas. Qué placer contemplar la escena: la danza sinuosa de sus brazos, el ritmo, la melodía, el gesto, los párpados caídos, el sudor de la frente, la precisa tensión de cada uno de los músculos de su cuerpo. Durante el concierto, Antonio se transforma, se entrega, nos hace un regalo y se olvida de sí. ¿Falta algo? No, aun para Antonio, el concierto es perfecto sin él. «Precisamente porque falto yo nada me falta», dijo bromeando a la prensa una vez finalizada la representación.
            Amar es entregarse, no importa a qué o a quién y, en la entrega, delegar de la conciencia. Nos expandimos, y los límites se difuminan. Dejamos de ser una ola y nos fundimos con el océano. Nadie quiere dejar de ser y sin embargo todos envidiamos al músico: ¡tal es nuestra contradicción!
            La conciencia se acentúa con el dolor y el dolor nos hace irascibles y a menudo nos convierte en odiadores. Cuando nos duele la muela nos duele a nosotros; en cambio, cuando dirigimos el concierto, el placer nos desborda y nos olvidamos de nosotros. El dolor pone límites a la conciencia y por tanto acentúa nuestra identidad; nos contrae, pero nos asegura que somos. Y sin embargo, ¿quién quiere ser doliente? El amor nos lleva a la felicidad, pero el precio es el vacío.
            Quien ama vive eternamente porque se zambulle en el presente, que es la intemporalidad. No necesita ni religión ni filosofía porque ni siquiera se necesita a él. El amor es la mejor solución al problema del sentido. Y, sin embargo, ¿quien puede amar siempre, a todo el mundo y con la misma intensidad? Cupido es caprichoso y no depende enteramente de nosotros: tanto da el flechazo del enamorado como la gracia del místico. 
           Cuando cesa la gracia del místico comienza la noche oscura, la duda, la sospecha de que todo es mentira, que el concierto no tiene sentido, que nadie había en el auditorio y que todos los músicos del mundo son unos locos: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». La duda se alterna entonces con la culpa: «cómo pude dudar de ti. Soy un miserable y desgraciado», y la culpa a menudo se sigue del tormento, del fustigamiento, del autocastigo. La redención del místico acaba a veces llevándole de nuevo al amor; pero el amor sólo es eterno mientras dura y, cuando cesa, el sentido se torna sospechoso. Constatamos entonces que no dura, y el amor y el sentido nos parecen ilusiones. Desde la desgracia, la gracia que recuerda el místico es más bien su desconsuelo.

2 comentarios:

Ángel Luis Alfaro dijo...

"La alegría de la huerta", ese vídeo que has seleccionado. El texto lo has hecho un poco menos lúgubre, pero en esencia, si no lo entiendo mal, identifica el amor no tanto con la entrega como con la aniquilación. Despejemos tan lúgubres sombras: Si aplicamos la sabia máxima moral castellana ("la caridad -o sea, el amor- bien entendida empieza por uno mismo"), antes de aniquilarnos en el océano de los otros, deberíamos sacrificarnos alegremente en nuestro propio altar, buscar nuestro propio bien, identificarlo (para un hedonista, con el placer) y hacer lo necesario para obtenerlo. Ciertamente, si lleváramos esa conducta al extremo, nos vaciaríamos en nosotros mismos, implosionaríamos, quizá en esa iluminación que buscan los budistas. ¡Qué pereza! Aquí somos más procrastrinadores: mejor otro día.

Mar Iglesias dijo...

Decía Jung que la primera parte de la vida debería emplearse en construir un ego fuerte y la segunda en deshacerse de él, cuando no hay ego hasta la misma muerte se diluye y una vez oí decir que la verdadera sabiduría se alcanza cuando no te importa lo que te vaya a pasar después de muerto. Muy buena tu entrada y muy buena la secuencia de la serie "mística" True Detectives.