sábado, abril 24, 2010

EXPERIMENTO DE PSICOLOGÍA SOCIAL l

En clase de Psicología se me ocurrió hacer un ejercicio que finalmente no hice. Por falta de tiempo y porque los parámetros del mismo no los tenía todavía lo suficientemente claros en relación con el objetivo final: fomentar la capacidad crítica y la capacidad de juzgar.

Intentaré explicarme. Adelantaré que el ejercicio se enmarcaba en el bloque sobre Psicología social. Después de hablar de la politóloga Hannah Arendt y su controvertido concepto de banalidad del mal (proyecté el documental sobre Arendt que está disponible en este mismo blog), explicamos los experimentos más famosos de Lewin, Milgram, Asch, Zimbardo y otros psicólogos sociales intentando comprender lo que Hannah Arendt quería explicar.

Bueno, aquí voy hacer un inciso y os voy a hacer a todos los lectores objeto de este experimento que finalmente no llegué a realizar. En fin, los experimentos virtuales son menos comprometidos que los reales. Comencemos con ello:

Imaginemos que encontramos la siguiente noticia en un periódico de gran tirada nacional: El País o El Mundo, por ejemplo. Con los medios actuales es relativamente fácil hacer verosímil la noticia falseando digitalmente un periódico:



Insisto en que la noticia anterior está falseada pero se supone que usted no lo sabe.

Transcribimos el texto:

"Ha nacido un nuevo partido en España. “Movimiento por la Justicia” moviliza a la juventud.

"Un nuevo partido, movimiento u organización política ha nacido en España. Comenzó a organizarse hace dos años y ayer, ante una multitud de simpatizantes, el carismático líder, Antonio Sánchez Galdós, fue capaz de ilusionar a la masa de ciudadanos (la mayoría jóvenes universitarios, que acudieron al multitudinario mitin en Vallecas en el campo de fútbol del Rayo).


Reproducimos a continuación la parte del discurso de Don Antonio Sánchez que más aplausos arrancó:
Desde hace años España va cuesta abajo. Cada vez hay más paro. Somos los perdedores de la globalización. La Política quiere hacernos creer que el camino para salir de la crisis es siempre rendir más, pero los políticos son sólo marionetas de la economía. Somos la novena potencia mundial y vivimos mejor que hace treinta años, es cierto. Pero la realidad es que los pobres cada vez son más pobres y los ricos más ricos. La única gran amenaza es el terrorismo. Un terror que nosotros mismo hemos creado mediante la injusticia que permitimos en el mundo, y mientras que nosotros poco a poco, pero sin descanso, destruimos el planeta, unos cuantos supermillonarios se sientan por ahí y se frotan las manos, se construyen naves espaciales y observan lo que pasa, incluso desde arriba.
Nuestra organización política es la única vía para arreglar el camino que están tomando las cosas. Juntos podemos conseguirlo todo. Nosotros tenemos hoy aquí la posibilidad de hacer historia. Nadie nos va a detener. Desde aquí nuestra organización arrasará España entera. Y quien se ponga en nuestro camino será aplastado por Nosotros.”
Nuestro reportero Julio Cámara preguntó a algunos de los asistentes. Una joven rubia y con vaqueros que se mostraba muy excitada ante las palabras del líder tuvo la amabilidad de responder a nuestra primera pregunta:
-¿Qué te aporta este nuevo partido?
-Siempre he tenido todo lo que quería: ropa, dinero, etc., pero lo que más tenía era aburrimiento. Pero desde que me comprometí con la organización todo ha sido muy entretenido. Ya no se trata de quien es la más bonita, la mejor o el que tiene más éxito. La organización nos ha hecho a todos iguales. La pertenencia, la religión o el entorno social ya no tiene ninguna importancia. Todos pertenecemos a un mismo movimiento.
¡Viva Antonio Sánchez!
Ante la pregunta: ¿por qué eres miembro de este nuevo partido?, un joven con actitud desenfadado, pelo largo y algo de barba, respondió:-Nuestra organización nos da un nuevo significado. Ideales que merece la pena apoyar. Antes solía machacar a otros. Cuando pienso sinceramente sobre ello me parece algo bastante estúpido. Es mucho mejor comprometerse con algo. Si uno puede confiar en los demás conseguiremos más cosas, por ello estoy dispuesto a sacrificarme."

domingo, febrero 14, 2010

DISONANCIA COGNITIVA, RACIONALIZACIÓN Y PARANOIA

Juan López tiene cincuenta y cinco años, está casado y tiene tres hijos. Hace seis meses se quedó en paro. Y hace dos que sus dos hijos mayores también perdieron el empleo. La cuestión es que Juan siempre se ha considerado de izquierdas. Su padre y abuelo fueron republicanos. Siempre ha votado al mismo partido. Cuando hablo con Juan López a veces quedo perplejo:
-La situación pinta mal, Juan. Me parece que este gobierno no hace mucho para sacarnos del hoyo.
-Bueno, hace lo que puede. Creo que en el fondo el presidente no tiene la culpa de esto.
-Quizá no. Pero, si no tiene la culpa tampoco tiene el poder necesario para paliar la situación. ¿No sería mejor que hubiese otro?
-Vamos, la crisis viene de fuera. Todos lo sabemos.
-Sí, es cierto, pero en otros países las consecuencias no son tan malas como aquí. Hay una tormenta en todo el mundo. Pero algunos son más avispados que otros a la hora de fabricar paraguas. Aquí parece que nuestro gobierno no sabe o no quiere fabricar paraguas. Quizá lo más razonable sería no volver a votarlos.
-¿Me estás diciendo que vote a la derecha?
-No necesariamente. Te estoy diciendo que quizá sería razonable no votar al mismo candidato. En fin, podrías votar a otro partido o no votar. Hace un año te manifestaste contra una ley que perjudicaba tu gremio profesional. ¿Recuerdas? En fin, ahora estás en el paro y quizá algo ha tenido que ver esa ley. La ley la hace el gobierno.
-Ahora todo viene de Europa.
-Algunos partidos criticaron esa ley.
-Pero los políticos dicen una cosa y hacen otra. Es cosa sabida.
-Quizá tengas razón. Pero si todos los políticos hacen lo mismo entonces sería mejor no votar, ¿no?
-Pero si no voto habrá gente de la derecha que sí votará y entonces ganará la derecha. La izquierda defiende a los trabajadores y yo nunca votaré a la derecha.

¿Por qué Juan se esfuerza tanto en justificar su postura política aunque incluso le sea objetivamente perjudicial?

Estoy seguro de que a muchos de los lectores les suena este tipo de argumentación. Y he de decir que no se dan únicamente en relación con las opiniones políticas.

A menudo quedo con mi amigo Ragodí y hablamos de estas y otras cosas. Banales unas e interesantes otras. Comentamos este fenómeno tan curioso entre pincho de tortilla y trago de cerveza (que es sin duda la mejor forma de hablar de este tipo de cosas). Yo he investigado un poco en cuestiones psiquiátricas y psicoanalíticas y mi amigo Ragodí está últimamente muy subyugado por la Psicología social.

Mi intento de explicación pasaba por Freud, por Nietzsche y por el mecanismo de la psicosis paranoica. Los dos pensadores citados nos advierten de que nuestras decisiones son menos racionales de lo que pensamos. El deseo y la emoción (a menudo inconsciente) es lo que nos inclina a decir o hacer ciertas cosas. Pero una vez dicho o hecho necesitamos dar coherencia a nuestro pensamiento. Una especie de justificación. Freud habla entonces de los mecanismos de defensa del yo. En concreto, de uno de ellos: la racionalización. Es decir, somos seres deseantes que nos creemos racionales. Pero somos fundamentalmente seres racionalizantes. Nietzsche viene a decir lo mismo con un lenguaje menos sistemático. De modo que la mayoría de las veces nuestras decisiones no son racionales, y después intentamos ajustarlas a los hechos y a nuestro sistema de creencias para que parezcan racionales. Vamos, que nos hacemos trampa en el solitario.

Estructuralmente no hay una diferencia esencial entre la actitud de Juan y la del que padece un delirio de celos, por ejemplo. De modo que Juan parece un poco paranoico en sus razonamientos, ¿no? Quizá todos lo somos un poco cuando pretendemos mantener o crear sistemas ideológicos. Incluso la ciencia parece reposar en una estructura paranoica (aunque desde luego la paranoia de Juan no resulta tan genial como la de Copérnico o Einstein). Para Juan lo incuestionable es que su opción política es la correcta, todo lo demás ha de ajustarse a esta idea en la que está atrapado. Del mismo modo que el celotípico no cuestiona el engaño de su cónyuge y va encajando los datos que le sobrevienen para confirmar su idea obsesiva.

Ahora bien, Juan tiene dos opciones: o cambiar su “idea obsesiva”, y con ella un sistema de creencias e ideas que le ha acompañado durante mucho tiempo (quizá toda la vida), o ajustar los nuevos datos al sistema ya construido. El coste personal de la primera opción es mucho mayor para Juan que el parcheo chapucero de la segunda. De modo que opta por la segunda.

En la época de Galileo, cuando el sistema copernicano se mostraba ya como más evidente que el geocentrismo medieval, los clérigos escolásticos se negaban a mirar a través del telescopio que mostraba, sin más, que el planteamiento de Aristóteles y Ptolomeo era errado. Aunque a veces miraban, sí, pero curiosamente veían otras cosas.

El rechazo de los escolásticos a las ideas copernicanas tiene la misma raíz psicológica que la opción de Juan. En fin, volver a replantearse las cosas y construir una nueva casa, aunque llegue a ser mejor que la chabola donde vivimos y hemos vivido tantos años, nos suele costar mucho esfuerzo. Entre otras cosas porque tendríamos que reconocer que hemos vivido y vivimos en una chabola. Así que apañamos la gotera y a seguir tirando.

Pero la cuestión ahora es: ¿por qué esta necesidad de coherencia? Quizá la necesidad de coherencia es sin más una necesidad de paliar el dolor. El absurdo nos duele. Y la mente es una máquina de crear sentido. Incluso donde quizá no lo hay. Ante una gran desgracia nos preguntamos por qué. Y más allá de la perdida o del dolor del acontecimiento, nos duele que todo ello se haya producido sin razón.

Hay un sentido dado por la tradición, por la opinión general, por la autoridad o por la religión. Los científicos geniales son los que, tras un riguroso análisis, todos estos presuntos sentidos los experimentan como absurdos. Ensayan entonces otro camino.

La diferencia entre Copérnico, el delirante celotípico, Juan López y cada uno de nosotros no está en esta necesidad tan humana de crear sentido y evitar el absurdo, sino en los niveles de exigencia de nuestros propios sistemas. Copernico no se conforma con los sistemas presuntamente explicativos que había en su época. Y Juan se aferra a un sistema que ha heredado, que no ha sido nunca objeto de un riguroso análisis, y con el que ha ido tirando toda su vida, como los clérigos escolásticos. Copérnico mantiene “su delirio” a pesar de tener el mundo en contra. Pero Juan mantiene “su delirio” entre otras cosas para no tener al mundo en contra (qué se dirá a sí mismo, qué le dirá a sus amigos, a sus familiares, ¿no podría modificar esto incluso sus relaciones laborales o su círculo social?). No obstante, casi todos preferimos alguna explicación a ninguna. Por eso asumir cierto escepticismo no deja de ser en ocasiones un rasgo de valentía. El escéptico prefiere el doloroso absurdo mientras no haya una explicación que le pueda convencer (la duda es el primer paso hacia la verdad... ¡o hacia el abismo!).

Copérnico defiende su idea contra el poder, la tradición y la opinión general; y esto solo le produce problemas. Pero Juan (a diferencia del escéptico o el innovador), manteniendo su sistema de creencias, se siente reconfortado psicológica y socialmente. Aunque quizá llegue a morir de hambre. En fin, siendo un poco compasivo con nuestro amigo Juan, podríamos considerar que quizá es mejor morir de hambre que de un ataque de ansiedad.

Mi amigo Ragodí me habló entonces de la disonancia cognitiva. Un concepto muy interesante que nos viene de la Psicología social y que hace referencia a la tensión o desarmonía del sistema ideológico y/o emocional de un individuo al mantener simultáneamente dos pensamientos o creencias que entran en conflicto, o incluso por un comportamiento que ha entrado en conflicto con su sistema de creencias. Este concepto fue planteado en 1957 por el psicólogo estadounidense Leon Festinger en su obra A theory of cognitive dissonance. La teoría de Festinger plantea que al producirse esa disonancia cognitiva de manera muy marcada, la persona se ve forzada a generar nuevas ideas y/o creencias para reducir la tensión emocional y conseguir así que su ideología y actitudes encajen armónicamente, aparentando al menos una cierta coherencia. El sujeto tiende a ser ciego a los datos que cuestionan su opción (más bien prefiere dirigir su vista a otro lugar) o bien los intenta menospreciar o reinterpretar de forma que sean favorables al sistema ideológico ya construido.

En fin, quizá todos caemos a veces en estas actitudes “paranoides, racionalizantes o disonantes”. Pero lo único que puede evitarlas en algún grado es conocer un poco el mecanismo psicológico que las provoca y estar prevenidos ante la pereza mental que nos inclina a vivir en una chabola ideológica llena de goteras antes de empezar a construir una nueva casa. El resultado que cabe prever es que seremos un poco más libres.

Hace algún tiempo escribí un libro que tiene que ver con todo esto: “El Paradigma paranoico”. Aquí dejo el enlace para los amigos interesados:

http://www.lulu.com/content/libro-tapa-blanda/el-paradigma-paranoico/2222171

Un saludo a todos.

jueves, febrero 11, 2010

EL LIBERALISMO CLÁSICO NO ES CONSERVADOR

Expongo aquí un texto interesante por su claridad expositiva. En un tiempo en el que la terminología política está tan manida y vacía de contenido textos como este son sencillamente imprescindibles. Gracias a Carlos Federico Smith por escribirlo. Espero que no le mosleste su exposición en este blog.

"En los Estados Unidos se suele llamar liberalismo a una visión de la sociedad en la que el estado tiene un papel relevante en casi cualquier ámbito de acción de la conducta humana; en cambio, el liberalismo clásico aboga por un estado relativamente pequeño y sujeto a restricciones o limitaciones en su área de actuación, para que los ciudadanos puedan tener el mayor grado posible de libertad.Así las cosas, el término conservador que exhibe el título de este comentario se refiere al inmovilismo propio del statu quo, no a lo que se entiende por conservadurismo en EEUU; es decir, no al encarnado por Edmund Burke, a quien en EEUU se considera el pensador conservador por excelencia.Los socialistas (así como sus pares intelectuales, los fascistas) y los estatistas más bien suelen ser partidarios del conservadurismo, pues con frecuencia se oponen al cambio que surgiría en las sociedades libres. No es extraño que a los regímenes de Corea del Norte y Cuba les preocupe profundamente cualquier disidencia que pueda alterar, y de hecho Kim Jong-Il y Fidel Castro (y su heredero Raúl) son quienes en última instancia definen el grado de cambio permisible en esas sociedades: obviamente, casi ninguno.Una vez hubo concluido su famoso libro Los fundamentos de la libertad, el liberal clásico Friedrich Hayek decidió añadir un capítulo, titulado "Por qué no soy conservador", en el que explicaba claramente las diferencias entre un liberal clásico y un conservador partidario del statu quo. Tomo como base dicho post scriptum para exponerlas.En primer lugar, en tanto que el conservador tiene un temor a la mutación y el cambio, un miedo a lo que es nuevo por el mero hecho de serlo, el liberal mantiene una actitud abierta y confiada en el cambio que surge libremente y como resultado de la evolución de las cosas, si bien es consciente de que a veces el hombre procede a ciegas. Mientras que el gobernante conservador tiende a paralizar la evolución porque desconoce sus resultados finales, el gobernante liberal la acepta, confiando en que, de manera espontánea, el orden político liberal clásico acomodará las nuevas circunstancias.El conservador pide una mente superior, alguna autoridad que vigile los cambios; el liberal clásico no, si bien acepta que hay personas que poseen cierto grado de superioridad. Como dice Hayek, "quienes pretenden ocupar en la sociedad una posición preponderante deben demostrar esa pretendida superioridad acatando las mismas normas que se aplican a los demás"; esto es, debe someterse al principio de igualdad ante la ley.El conservador se opone a todo nuevo conocimiento, pues teme que tenga consecuencias para él indeseables, en tanto que el liberal clásico acepta como principio la crítica racional de ideas que pueden o no ir en contra de las suyas. Por ello eso el conservador suele estar inmerso en un ambiente oscurantista, y caer en el nacionalismo patriotero.Hay, sí, un punto en que el liberal se acerca al conservador: ambos desconfían del racionalismo que considera que las instituciones humanas sólo pueden existir si han sido diseñadas por el hombre. Los liberales clásicos son conscientes de las limitaciones humanas, de la "la humana ignorancia", que diría Hayek; pero igual se aleja de las creencias de naturaleza sobrenatural o de índole autoritaria cuando la razón no brinda argumentos en uno u otro sentido. Por cierto, el liberal clásico no pretende imponer sus creencias a terceros, pues con claridad separa los ámbitos espirituales de los temporales.El liberal respeta la tradición y las costumbres en tanto sean convenientes y apunten hacia los fines que el liberal desea conseguir, y no por su mera antigüedad. Las respeta cuando son el resultado del devenir humano, que ha segregado instituciones, actitudes y comportamientos que les son útiles a los individuos para vivir libremente en sociedad; cuando facilitan la adaptación de las personas a los acontecimientos. Claro que dicha adaptación no es perfecta; pero esa misma imperfección da lugar a la posibilidad del cambio: y ahí es donde difieren radicalmente el conservador y el liberal clásico: mientras el primero quiere mantener el statu quo, el segundo no se opone a la evolución y al progreso.Por lo expuesto, considero que no es correcta la crítica que dice que el conservadurismo partidario del statu quo y el liberalismo clásico son lo mismo, si bien en el liberalismo hay elementos conservadores, como el respeto a la tradición; pero, repito, el liberal siempre tiene campo para que varíen las cosas, para que el individuo se pueda adaptar a las nuevas circunstancias, siempre cambiantes, en que se desenvuelve."

© El Cato

CARLOS FEDERICO SMITH, colaborador de la Asociación Nacional de Fomento Económico (Costa Rica).

jueves, enero 07, 2010

HISTORIA ILUSTRADA DE LA FILOSOFÍA GRIEGA


Es Platón quien nos pone en guardia contra las imágenes, sí, pero irónicamente a través de la sugerencia de múltiples imágenes. Los mitos platónicos así lo constatan. ¿Hay algo más imaginativo y visual que la alegoría de la caverna donde Platón mismo nos quiere prevenir contra el peligro de lo imaginario y acercarnos al rigor de los conceptos?
El presente material pretende complementar las clases magistrales y el propio esfuerzo del alumno a la hora de reflexionar sobre las más importantes cuestiones filosóficas. Complementar la tarea pedagógica. En ningún caso sustituirla. En este sentido el proyecto que aquí se presenta incide en motivar al alumno para la reflexión y la crítica. Seduciéndole desde la imagen, sí, pero al modo platónico, para introducirle en el mundo de las ideas.
El libro expone una panorámica de la historia de la filosofía griega desde Tales hasta las escuelas morales del período helenístico, pasando por Sócrates, Pitágoras, Platón y Aristóteles. Los planteamientos filosóficos de los distintos autores están expresados con un lenguaje claro, múltiples ejemplos esclarecedores y más de doscientas ilustraciones y esquemas explicativos a todo color.
En fin amigos, un libro en formato din A-4 con más de 180 páginas, múltiples esquemas e imágenes y recién salido del horno. Muy recomendable. Echarle un vistazo en el enlace:

http://www.lulu.com/content/8179489

lunes, noviembre 09, 2009

WANGARI MAATAHI Y LA ABLACIÓN

En la página diecinueve del libro "Educación para la ciudadanía" 2º de ESO, editorial SM, se habla de solidaridad, y se insta a los alumnos a que sean todos "la voz de los que no tienen voz (sic)". Es decir, debemos denunciar aquellos abusos e injusticias que aquellos que las padecen no pueden denunciar porque sufren una brutal opresión y/o porque son analfabetos y pobres y no pueden hacerse oir. En la parte inferior de la página aparece una foto de Wangari Maathai, Premio Nóbel de la Paz en el año 2004, con la siguiente leyenda: "Hay personas que no se han contentado con quejarse de lo mal que está el mundo, sino que han hecho lo posible para mejorarlo. Gracias a ellas, han cambiado muchas cosas. Merecen nuestra admiración y gratitud. La historia avanza gracias a proyectos elaborados por personas inteligentes y generosas".
En fin, me quedo perplejo. ¿No había otro personaje con cualidades más excelsas para proponer como modelo a nuestros jóvenes alumnos?
Me ha parecido oportuno publicar en esta entrada parte de un artículo que he encontrado por la red escrito por Violeta Yangüera y que incide directamente en este asunto:


Desde la fundación en 1977 del Movimiento Cinturón Verde, Wangari Maatahi ha plantado treinta millones de árboles y miles de viveros en toda el África para combatir la deforestación, Wangari Maatahi ha merecido un Nóbel. El premio Nóbel de la Paz a la viceministra de Kenia por su lucha contra la deforestación.Wangari es ecologista, doctora en biología pero también es de la etnia kikuyu y así lo dice: "En el fondo, yo no soy más que una kikuyu, rebelde como la esencia de mi etnia" Y como "¿Kikuyusca o kikuyesca"? Wangari defiende y apoya la práctica de la amputación del clítoris como el ritual tradicional de la mujer en el paso de la niñez a la adultez. Según dijera en una campaña de apoyo a la ablación femenina, "La escisión está en el corazón de los kikuyus, es imposible una iniciación sin clitoridectomía". Para ella, esa terrible obligación para las niñas de su tribu, es algo cultural.La Organización Mundial de la Salud estima que 130 millones de mujeres han sufrido el corte de clítoris (entiéndase bien, se lo cortan, es que se lo cortan, con un cuchillo, con navaja, con tijeras, con el instrumento filoso que aparezca, y luego aplican borra de café para la cicatrización) en sus variantes que consiste en la extirpación total o parcial del clítoris y en la "circuncisión faraónica" que implica la extirpación total de los órganos genitales cosiendo la herida para tan sólo dejar un orificio por el que pase la orina y el flujo menstrual. Dicen los expertos que el pequeño orificio es del tamaño de un grano de arroz. También dice la OMS que anualmente a dos millones de niñas les espera ese destino. 30 millones de árboles, 130 millones de cortes de clítoris. Felicitaciones a los señores que premian a los ganadores. Por cierto, ¿por casualidad, no será la ablación femenina una verdadera y terrible violencia contra el género femenino?

viernes, octubre 23, 2009

LA AMBIGÜEDAD DEL LENGUAJE POLÍTICO

"Existen en el lenguaje político términos claramente desgastados. Quizá antaño se correspondían con conceptos precisos que pretendían atrapar la realidad. Pero hoy no pasan de ser expresiones rítmicas, cantinelas más o menos pegadizas capaces, a lo sumo, de hacernos mover los pies o chasquear los dedos, pero que poco o nada dicen ya a la inteligencia. Como si el significante invocado, especie de Cronos hambriento, hubiese al fin devorado el significado. Tales términos no son ya monedas fiables. Tanto uso y manoseo han acabado por borrar el relieve de sus superficies, que era lo único que les daba valor".

En fin, qué queréis que os diga. Un libro muy recomendable. Si os animáis a comprarlo, aquí tenéis el enlace:
http://stores.lulu.com/jesuspalomar

Un saludo amigos.
Jesús Palomar.

lunes, septiembre 07, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 5/5



El deber de no olvidar.
El infierno ha sucedido. Y el hombre ha sido su artífice. Nietzsche proclamó la muerte de Dios. Con el último judio aniquilado en las cámaras de gas murió definitivamente el Hombre. El horror no debe ser olvidado. Quién se disponga a pensar el Bien ha de hacerlo ahora desde los Lager alemanes y los gulag soviéticos. Y habrá de hacerlo sin fruncir el ceño, sin intentar siquiera eludir con un gesto tibio de la mano el hedor que allí eternamente se desprende. De no ser así, que la maldición de Primo Levi se cumpla: «que vuestra casa se derrumbe, la enfermedad os imposibilite, vuestros descendientes os vuelvan el rostro» . Hannah Arendt encabeza un capítulo de su obra sobre los totalitarismos con una frase de Davis Rousset: «los hombres normales no saben que todo es posible». La consigna debe ser ahora no ser un hombre normal. Nadie debería ser ya un hombre normal. Lo que Dante tan sólo imaginó en la leve ficción, nosotros estamos obligados a recordarlo ahora como grave realidad, a modo de penitencia obsesiva propia de sísifos despeñando eternamente la piedra: «sé que es posible, el infierno ha sucedido, puede volver a suceder…» Grabémoslo en brazos y piernas, en la espalda y en las manos. Grabémoslo en la frente de todos los recién nacidos. Grabémoslo en el pecho con un hierro candente hasta que llegue al corazón: «es posible, ha sucedido, puede suceder…» Y junto a las insistentes palabras, a modo de imborrable amén, el nuevo mandato de la razón impura, el nuevo imperativo categórico que, como proclama Teodhor Adorno, deberá guiar nuestra conducta: «actúa de tal manera que Auschwitz no se vuelva a repetir».

domingo, septiembre 06, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 4/5

Hannah Arendt y el caso Eichmann.
Entre aquellos que perdieron esa capacidad de juicio distingue Arendt tres grupos: nihilistas, dogmáticos y muchos ciudadanos normales que siguen fielmente las buenas costumbres.
El nihilista habría llegado a la conclusión de que no hay valores definitivos, de modo que asume unos u otros ocasionalmente y movido por su propio interés. Cuando todo es dudable y no hay ninguna gran idea que defender o creer la única carta segura a la que quedarse es el egoísmo, independientemente de las consecuencias que se deriven de ello. Son los arribistas sin escrúpulos que pululan siempre cerca del poder, de cualquier poder.
El dogmático, quizá huyendo de la ansiedad de un escepticismo incapaz de dar respuestas definitivas a todas las preguntas, asume un dogma rígido que le aporta seguridad. Al concentrar todas sus acciones en un obsesivo ideal, fortalece su voluntad y su capacidad de acción. A este grupo pertenecen los fanáticos políticos y religiosos siempre refractarios al diálogo que pudiese cuestionar sus ideales.
Entre los ciudadanos normales distingue Arendt el tercer grupo irreflexivo: el más numeroso. Estos ciudadanos suelen asumir las buenas costumbres del lugar donde habitan, pero lo hacen acríticamente, fieles al significado originario de moral o ética; la costumbre, precisamente por serlo, es buena.
La cuestión fundamental es que los tres han finiquitado el dialogo con la conciencia, y aunque la conciencia sigue estando ahí, es ya como un extraño. Una conciencia segregada a la cual se le niega el diálogo conlleva que en absoluto retengamos sus discursos: monólogos cada vez más incomprensibles de un raro ser con el que coexistimos, pero con el cual ya no convivimos.
Según Arendt, en la Alemania nazi los mayores males los posibilitaron, y en su caso los produjeron, precisamente estos tres grupos; y dado que sumados constituían más del cincuenta por ciento de la sociedad alemana, el acontecimiento se revela como escandaloso e inquietante.
Quizá entre los dirigentes nazis predominaban los nihilistas y dogmáticos, pero es evidente que entre la población abundaban, precisamente, estos ciudadanos normales.
La cuestión es que sin diálogo interior el dogmático cambia fácilmente de dogma, el nihilista de conducta y muchos ciudadanos normales, de valores
Entre los dogmáticos es conocida la gran cantidad de comunistas alemanes que fueron engrosando el partido nazi en la década de los años veinte. También el nihilista, no exento de cierto cinismo, no tiene escrúpulos en modificar su conducta si la nueva es capaz de procurarle más beneficios. ¿Pero qué ocurre con ese gran número de ciudadanos que no han mostrado nunca ningún rasgo de anormalidad y que en muchas ocasiones han sido considerados incluso ejemplares?
Aquel ciudadano normal que sigue sus buenas costumbres, tras un momento primero de perplejidad en el que el mundo parece caérsele encima, puede aferrarse de nuevo a otras si son las que realizan sus vecinos, las que marca el Estado y las que le recomienda la propaganda a través de los periódicos, el cine o la radio.
Quien tiene unos valores inculcados, incluso fuertemente inculcados, pero en absoluto pensados, reflexionados o examinados, puede sustituirlos tras un momento de crisis. Y esto es lo que según Arendt ocurrió en gran parte de la ciudadanía alemana.
Si exceptuamos a los perseguidos y a los que simplemente tenían miedo, demasiados alemanes hasta ese momento buenos ciudadanos en el sentido tradicional del término, toleraron, participaron en algún grado o aplaudieron al nazismo.
Según Hannah Arendt, en ese momento algo inédito ocurrió en la Historia. Algo que debemos intentar comprender.
Hasta ese momento todos creíamos saber que nuestras debilidades nos pueden hacer matar o mentir, aun sabiendo que no se debe hacer. Y si no somos psicópatas desalmados incluso en ese caso el diálogo interior se sigue manteniendo, aunque más o menos tormentosamente. Lo nuevo en los totalitarismos del siglo XX no es que el incumplimiento de la norma ética por gran parte de la población. Lo novedoso y por ende lo más difícil de comprender es que las propias normas se hayan invertido con tanta facilidad. En lugar de no matarás, matarás, parecen promulgar los nazis; en lugar de no mentir, mentirás, señalan los bolcheviques. Lo escandaloso es que gran parte del mundo lo asumió, y que el mundo mismo no se derrumbó.

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 3/5


Hannah Arendt y el caso Eichmann
Para Arendt, Eichmann tenía un déficit de pensamiento. Un mera incapacidad de juicio. Para entender su punto de vista conviene señalar que esta incapacidad no es una mera insensibilidad moral. Eichmann no era un idiota moral. En su vida cotidiana actuaba de modo normal y sabía distinguir entre lo que esta bien y lo que está mal.
En este punto, Eichmann se asemejaba inquietantemente al hombre del montón, a muchos hombres corrientes. La única característica notable que se podía detectar en su comportamiento fue precisamente su falta de reflexión y de pensamiento Su incapacidad de juzgar.
¿En qué consiste esta incapacidad?
Distingue Arendt entre conocimiento y pensamiento. Conocer implica acumular teorías, ideas y saberes, e incluso ser capaz de resolver cuestiones técnicas al respecto. Pero Arendt viene a definir el pensamiento como una suerte de diálogo continuo y profundo con nosotros mismos en lo que llama solitud: una reflexión crítica sobre nuestras propias acciones, y a la vez sobre la ejemplaridad de cualquier acción, en nuestra más íntima soledad.
Tal reflexión implica una mentalidad amplia, una capacidad de ponerse en el lugar del otro para tratar de entender su punto de vista. Según Arendt, este diálogo interior fortalece nuestra conciencia y, en algún sentido, dificulta el olvido. O a la inversa, precisamente porque dificulta el olvido de aquello que vemos y hacemos fortalece nuestra conciencia y nos avoca al dialogo con ella. Esto nos obliga a escuchar respetuosamente su voz, aunque no siempre se le haga caso.
Es sin embargo esta falta de reflexión crítica lo que Arendt descubrió en Eichmann y consideró que podía ayudar a entender, no sólo el nuevo tipo de criminal que encarnaba en cuanto cooperador activo de una política de asesinato masivo, sino también la colaboración, en formas y grados diversos, de una amplia masa de la población alemana en el mantenimiento del régimen nazi.
Lo interesante del nuevo enfoque es que dibuja un agente del mal que, lejos de reducirse a sectores minoritarios fuertemente ideologizados, se extiende a una amplia masa social desideologizada y anónima que contribuyó, activa o pasivamente, a la implantación y sostenimiento del régimen nazi.
La distinción entre conocer y pensar le permite a Arendt explicar algunas cuestiones. Por ejemplo, el hecho de que pueda haber tipos muy inteligentes, con grandes conocimientos científicos o de cualquier otro índole, que sin embargo sean capaces de realizar colosales atrocidades con mínimos o nulos remordimientos. Y aunque no suelen ser malhechores y a menudo son ejemplares ciudadanos, encierran, como dijimos, el potencial del mayor mal.
Perder la capacidad de pensamiento y juicio no le parece a Arendt como un mal que produzca siempre unas consecuencias nefastas. Perder esta capacidad sólo se revela como un mal extremo, atendiendo a sus consecuencias, en circunstancias muy concretas. Es decir, mientras no ocurren catástrofes éticas o políticas como el advenimiento del nazismo, tal incapacidad puede resultar inocua. Pero en situaciones trágicamente excepcionales aumentan y posibilitan el fuego de la catástrofe.

sábado, septiembre 05, 2009

HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL 2/5





Hannah Arendt y el caso Eichmann.
En 1932 cuado contaba 26 años Adolf Eichmann ingresó en el partido nacionalsocialista y en las SS. Según su propio testimonio la afiliación al partido no fue una meditada decisión sino algo casi natural, ni siquiera se tomó interés en informarse sobre el programa del partido. Eichmann no era un fanático
Con el tiempo Eichmann hizo carrera en el Servicio de Seguridad de las SS. Su principal fun-ción consistía en tareas de planificación y organización en las deportaciones masivas de judíos a los campos de concentración.
Tras la segunda guerra mundial Eichmann se refugió en Argentina. Finalmente fue arrestado. En 1961 fue juzgado en Jerusalén. El tribunal consideró probada su participación en la muerte de mi-llones de seres humanos. Fue condenado a la pena de muerte por la comisión de quince delitos, varios de ellos contra la humanidad y contra el pueblo judío.
Tras los informes periciales de seis psiquiatras, el tribunal consideró que Eichmann no consti-tuía un caso de enajenación mental o de trastorno grave de la personalidad. No se trataba de un loco o un psicópata. ¿Cómo explicar, entonces, que Eichmann rechazara haber tenido pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos?
Por aquel entonces la politóloga Hannah Arendt fue comisionada por el New Yorker para infor-mar a sus lectores del curso del juicio a celebrar en Jerusalén. Arendt diría a propósito de Eichmann:
“Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la in-cuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado– era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso”.
En una obra posterior, Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt analiza la personalidad de Eichmann. Arendt se sorprende de que el oficial que participó activamente en el Holocausto no se sin-tiese culpable por sus crímenes y, no obstante, no hubiese ningún rasgo de anormalidad en su perso-na. Apenas una tendencia a la irreflexión que se da también en muchas otras personas normales. In-cluso el acusado declaraba haber leído a Kant y que su acción estaba dirigida por el imperativo categó-rico, en el sentido de que era asumida por escrupuloso deber. El caso Eichmann le lleva a Arendt a proclamar la banalidad del mal.
En Eichmann descubrió Arendt un agente del mal capaz de cometer actos objetivamente mons-truosos sin motivaciones malignas específicas: los peores crímenes no requieren grandes motivos. El daño que causó, y del cual Arendt le considera responsable, fue monstruoso. Pero todavía resulta más aterrador cuando se advierte que la raíz subjetiva de sus crímenes no estaba en firmes convicciones ideológicas ni en motivaciones especialmente malvadas. La banalidad del mal apunta precisamente a esta ausencia de malignidad. Lo que tiene de banal el mal cometido por Eichmann no está en lo que hizo, sino en por qué lo hizo.