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domingo, enero 23, 2022

LA OTRA CAVERNA DE PLATÓN

viernes, marzo 18, 2016

ÉTICA DE EPICURO (2ª PARTE)


Para ver la primera parte del video cliquea en el enlace.

Epicuro fue un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III a.C. A los 35 años se estableció en Atenas, donde fundó su propia escuela de filosofía conocida con el nombre de El Jardín, famoso no sólo por la enseñanza de la filosofía, sino también por el cultivo de la amistad y por la participación, no sólo de hombres (como era normal en otras escuelas de filosofía en Grecia) sino también de mujeres. Epicuro tenía una visión hedonista de la vida. La palabra “hedonista” procede del vocablo griego hedoné, que significa placer. Y, efectivamente, para Epicuro la felicidad se reducía al placer y a la ausencia de dolor. Y es que, según Epicuro, todos los seres humanos buscan mediante sus acciones lo mismo: evitar el dolor y alcanzar el placer. La prueba de que algo es bueno es que produzca placer, y la prueba de que algo es malo es que produzca dolor. Sin embargo, Epicuro reconocía que esto no era tan sencillo, pues hay cosas o acciones, como por ejemplo una borrachera, que pueden producir un placer inmediato, pero luego la resaca pueden producir un dolor mayor. Igualmente hay cosas, como por ejemplo preparar un examen de matemáticas un domingo por la tarde, que pueden suponer dolor o sacrificio, pero que son necesarias para alcanzar un placer o un bienestar mayor y más duradero (la satisfacción de aprobar, por ejemplo, o la posibilidad de estudiar la carrera que deseo). En estos casos, ¿qué es lo que debemos elegir? Epicuro lo tenía bastante claro: hay que elegir siempre aquellas acciones que nos reporten un placer mayor y más duradero y que nos eviten la mayor cantidad posible de dolor. El secreto de la felicidad está entonces en el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de nuestras acciones, de cara a evitar la mayor cantidad posible de dolor y alcanzar el placer más duradero. Hay que insistir en que, para Epicuro, tan importante para la felicidad era alcanzar el placer como evitar el dolor. De ahí que, según él, ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, si no van acompañados de la prudencia que no es otra cosa que el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de cada acción.

lunes, diciembre 07, 2015

LA ÉTICA DE KANT 2/2 (Video-Postulados de la razón)





Si no has visto la primera parte, cliquea aquí
LOS POSTULADOS DE LA RAZÓN PRÁCTICA 
1. ¿Qué es un postulado? 
En matemáticas o en física se suelen admitir proposiciones sin comprobar su verdad. Esto es; se postulan y constituyen postulados. La razón de estos postulados es que si consideramos que son verdad, aunque no tengamos una certeza absoluta sobre ellos, todas las demás proposiciones de la teoría o el teorema en cuestión encajan en un todo unitario, y la explicación adquiere un cierto sentido y verosimilitud. Por ejemplo, en geometría es famoso el postulado de las paralelas: “Dos rectas que tienen todos sus puntos respectivos a la misma distancia no se cortarán jamás, o se cortarán en el infinito, al ser prolongadas indefinidamente”. En física relativista existe otro postulado famoso: “La velocidad de la luz es constante independientemente de la fuente de emisión”. En rigor no se ha comprobado que las rectas paralelas no se corten nunca. Tampoco Einstein hizo experimentos para demostrar la constancia de la velocidad de la luz. ¿Por qué se admiten entonces? Si consideramos verdaderas estas proposiciones la geometría y la física adquieren más sentido y verosimilitud. Digamos que todo se hace más comprensible, lógico y armonioso. La admisión de un postulado no es un acto de fe pura, pero tampoco es una certeza científica al uso. Podríamos considerarlo como algo intermedio, una cierta fe racional. Kant, desde las exigencias de la razón práctica, propone tres postulados que se deben admitir: la libertad humana, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. 

2.Postulado de la libertad humana. 
Si un ser no es libre no puede ser moral.El hombre, en algún sentido, no es moral ni por tanto libre. Si nos tiramos por la ventana nuestro cuerpo está determinado, como los minerales, por las leyes de la física. Una vez en el aire no somos libres de caer o no caer. Desde que nacemos desarrollamos, crecemos, mudamos los dientes, etc. Estos procesos son “vegetativos” y se realizan como el crecimiento y desarrollo de una planta, sin nuestro permiso. También el hombre posee, como los animales, instinto. Cuando tenemos sueño, dormimos. Cuando tenemos hambre, comemos. En algún sentido estamos, como los animales, condicionados por nuestro instinto. No obstante, esto no es del todo cierto. La moralidad en el hombre, como hemos visto, es un hecho incuestionable. El hombre hace cosas buenas o malas, puede trascender el instinto y no comer aunque tenga hambre, por ejemplo en una huelga de hambre. Esto nos diferencia de los demás seres naturales. Por lo tanto si no queremos caer en el absurdo, en el sinsentido, debemos suponer que el hombre es libre. No tenemos una prueba absoluta de la libertad humana. Aun trascendiendo el instinto, nuestra acción podría estar determinada por otros factores desconocidos por nosotros o por un dios bromista que nos utilizase como piezas de ajedrez. Pero como estamos persuadidos de que el hombre es moral debemos admitir, postular, que es también libre. Si no fuese así ni las cárceles que castigan ni los premios literarios o científicos que reconocen una acción meritoria, tendrían sentido ¿Cabe premiar o castigar a alguien que no elige ni es responsable de lo que hace? La deducción de Kant es de este talante: como el hombre es moral debe de ser libre. La libertad humana es una exigencia de la razón práctica, aunque no haya certeza absoluta sobre ella. En algún sentido, dice Kant, somos fenómenos en el espacio y el tiempo y en este sentido corporal, vegetal y animal, somos seres determinados y no libres; pero en otro sentido podemos ser considerados como noúmenos pues poseemos una voluntad íntima independientemente del espacio y el tiempo y no sometida a leyes científicas. Somos en este sentido seres libres. 

 3.Postulados de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.
 Si nuestras acciones se realizan siempre por deber alcanzamos la virtud. Ahora bien, el hombre virtuoso merece la felicidad como recompensa, merece un premio. El hombre que no actúe por deber sino en contra de éste, perjudicando siempre a otras personas si fuese necesario, merece un castigo. Sin embargo el mundo no es como debe ser y en el mundo encontramos a menudo hombres virtuosos sumamente desgraciados y hombres no virtuosos que viven una existencia plácida y regalada. Aquello de “con lo bueno que es y lo mal que se han portado con él” o “con lo honrado que es y está encarcelado” o “sabemos que es un criminal, sin embargo es rico y disfruta de libertad, no hay derecho”. Estas injusticias se dice popularmente que “claman al cielo”, es decir, que estas injusticias exigen, de algún modo, que se solucionen; y por eso exigen un cielo, un más allá. Éste es el sentido que tiene la postulación de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma por la razón práctica. No podemos demostrar ninguna de estas afirmaciones, pero podemos postular que deben ser verdaderas para que la armonía moral se restablezca; para que el malvado sea castigado y el virtuoso recompensado con la felicidad. Dios pues debe existir y debe existir también otra vida (el alma ha de ser inmortal) en la cual Dios, supremo juez, restablezca este orden y de felicidad a quien la merece y no la de al que no la merece. Kant considera que Dios, juez supremo, es además bueno y en un proceso infinito el alma humana, tras recibir premios y castigos correspondientes, tenderá a un ideal utópico de santidad. El cielo y el infierno que Dios propone tiene pues un sentido pedagógico. Todos tendemos en la eternidad del tiempo a perfeccionar nuestra alma y a consolidarla como una voluntad buena. En este ideal, nunca realizado en la tierra, el deber y el deseo, normalmente por distintos caminos, se reconcilian en un estado final de felicidad idílico. 

lunes, mayo 04, 2015

LA ÉTICA DE KANT 1/2 (video-Imperativo categórico)


Si quieres ver la segunda parte, cliquea aquí.
LA ÉTICA DE KANT

1.EL HECHO DE LA MORALIDAD

            En la crítica de la razón pura especulativa Kant parte de un hecho incuestionable: la ciencia de Newton. Es un hecho que sabemos a priori y de manera absoluta cosas de los objetos. Es un hecho que cada vez sabemos más cosas de los objetos. Estas eran las dos características que a Kant le parecían indiscutibles en la ciencia, es decir, la ciencia es sintética y a priori. Luego se preguntaba cómo era esto posible: saber con independencia de la experiencia, a priori, algo sobre los objetos. Esto era posible porque el hombre, la razón pura del hombre, manipula de alguna manera lo que conoce. Imprime una forma a los objetos y esta forma luego dice que es del objeto, pero lo cierto es que el sujeto la ha imprimido antes en el objeto. Es decir, que conocemos a priori lo que antes hemos puesto en el objeto. Lo que la razón pura ha puesto antes en los objetos (espacio, tiempo y categorías).

            En la crítica de la razón pura práctica Kant parte de otro hecho: la conciencia moral del hombre. ¿En qué consiste este hecho? Primeramente consiste en que todos los hombres estamos capacitados para juzgar las acciones humanas como buenas (convenientes, correctas) o malas (inconvenientes, incorrectas). Además podemos emitir estos juicios sin necesidad de ir a la experiencia. No es necesario que yo vea a Juan robar para poder juzgar que esta acción es mala. El hecho moral tiene pues un factor a priori, como la ciencia. Los juicios morales son, además, universales y necesarios. Asesinar no es bueno para unos y malo para otros. Es malo universalmente para todos y en todo tiempo. No podemos tampoco concebir una situación en que sea bueno asesinar, es pues necesariamente malo. Es evidente que para Kant la moral no es relativa sino absoluta.



2.LA LEY MORAL UNIVERSAL

               Igualmente que hizo Kant en la física se pregunta ahora: “¿cómo es posible el hecho moral?”. El hecho moral consiste, como vimos, en la emisión de juicios de valor universales, necesarios y por tanto absolutos y a priori. Ahora bien, si la moralidad tiene un factor a priori (y por tanto universal, necesario y de validez absoluta), tiene que ser porque la razón, en este caso en su función práctica, interviene en la construcción de estos juicios. La matemática o la física es universal, necesaria y con validez universal, porque tiene un factor a priori donde la razón interviene de manera activa con el espacio, el tiempo y las categorías.

            Ahora bien, lo único que puede aportar la razón son formas vacías de contenido. La razón en su uso práctico aporta una forma a priori de la moralidad que viene a explicar el hecho moral tal como lo entiende Kant. Esta forma a priori de la moralidad se denomina ley moral universal o imperativo categórico, y se enuncia de varias formas: “Obra de tal modo que la máxima que rige tu conducta sea deseable aplicarla como ley universal a toda la humanidad” o bien, “considera siempre a un ser humano como un fin y nunca como un medio”.

            Esta ley universal que pone la razón no nos dice qué hacer; pero nos da la pista para saber qué hacer en cualquier situación. Ante una circunstancia en que nos planteemos robar a otra persona, por ejemplo, la razón no nos dice “no robes”. No nos lo dice al menos directamente. Nos dice solamente que actuemos de modo que la máxima de nuestro comportamiento, en este caso robar, sea deseable que la siguiese todo el mundo. Es decir, nos propone un experimento mental. Veamos que resulta de este experimento mental. ¿Puedo yo desear que toda la humanidad actúe conforme a esta máxima: robar, siendo mi familia, mis amigos e incluso yo mismo objeto de robo? ¿Sería, en definitiva, mejor un mundo donde todo el mundo robase o fuese lícito robar? No, no puedo desear esto, luego deduzco que no se debe robar. De igual modo deducimos que no se debe asesinar, mentir, etc. Es por esto por lo que todos coincidimos en considerar que robar, asesinar o mentir es malo, porque se basa en una ley universal que proviene de la razón en su aspecto práctico y está, como el espacio, el tiempo y las categorías, presente en todo ser humano. Tanto la ley universal como los mandatos que se derivan de ella son denominados por Kant como imperativos categóricos.


3.ACCIÓN MORAL E INMORAL

 La acción moralmente correcta

               Imaginemos un tendero que tiene la posibilidad de engañar a un niño que le demanda un caramelo. Si el tendero, aun pudiendo, no engaña al niño indefenso, consideraremos que su acción es virtuosa. En este caso el tendero ha realizado su acción por respeto a la ley universal y obedeciendo el imperativo categórico de no robar incondicionalmente. Toda acción que se realiza por deber, obedeciendo al imperativo categórico, es una acción moralmente correcta desde el punto de vista de Kant.

 La acción inmoral contra la ley

            Si el tendero en cuestión roba efectivamente al niño actuando en contra de un imperativo categórico que le indica no robar, la acción es claramente inmoral o moralmente incorrecta. Toda acción regida por un imperativo hipotético y en contra del deber es una acción inmoral.

La acción inmoral conforme a la ley

               Imaginemos otro tendero que tiene la posibilidad de engañar a un niño indefenso que le reclama un caramelo. En la tienda y contemplando la escena se encuentra una señora que espera su turno. El tendero no engaña al niño (no le cobra de más), pero lo que guía su acción es la posibilidad de que la señora que ve la escena pueda comprobar que su acción es honrada y él una persona honesta. Si engañase al niño y la señora lo viese y lo contase a todos los futuros clientes su negocio iría a la ruina. El tendero ha hecho algo inmoral y su acción no tiene mérito alguno. Digamos que su acción es conforme a la ley moral, sin contradecir la ley, pero no por la ley. Su acción se ha guiado por un imperativo hipotético: “si quieres que tu negocio marche bien, no robes al niño”. Toda acción que se rige por un imperativo hipotético, pero conforme a la ley moral, como en este caso, es también una acción inmoral.


4. AUTONOMÍA Y FORMALISMO

            Antes de Kant todas las teorías éticas eran materiales. Toda ética material propone unos contenidos: un fin de nuestras acciones y unas normas para alcanzarlo; se rige, además, por imperativos hipotéticos y el hombre aparece como esclavo y determinado por inclinaciones y factores externos constituyendo una moral heterónoma.

               Consideremos un ejemplo de moral material: la moral hedonista de Epicuro. Propone Epicuro un contenido concreto: el fin del hombre es el placer y si queremos alcanzarlo debemos seguir ciertas normas; comer con mesura, por ejemplo. Es evidente que la ética de Epicuro se rige por imperativos hipotéticos: “si quieres el placer, come con moderación”. Además, la ética de Epicuro considera al hombre esclavo de cosas externas y de su  propia inclinación o deseo, en este caso el placer. Es una moral heterónoma. El hombre no se da a si mismo la ley por la cual se rige.
            La ética de Kant es formal, no propone contenidos, ni fines a seguir ni normas para conseguirlo, sólo propone una forma vacía: la ley universal de toda moralidad. La acción moral se realiza incondicionalmente, por respeto a la ley moral, siguiendo el mandato de un imperativo categórico: “no robes o no asesines. No porque quieras ser feliz o no ir a la cárcel, sino porque no debes hacerlo, sin más”. La moral kantiana es además autónoma. El hombre se da a sí mismo la ley y no se somete a factores externos a su voluntad como el deseo, el instinto u otra inclinación ajena a la razón. El hombre es pues verdaderamente libre. 

viernes, abril 24, 2015

MORAL, POLÍTICA Y VERDAD

Cuando alguien dice “las lentejas es el plato más sabroso” todos entendemos que se trata de algo puramente subjetivo e individual. Sin embargo “dos y dos son cuatro” nos resulta objetivo y universal. Solemos decir que el primer juicio es de gusto u opinión y el segundo de conocimiento. Pero dado que toda ley política se suele fundamentar en un precepto moral es pertinente una pregunta: ¿la valoración moral de un hecho es una cuestión de gusto o de conocimiento?
Todos sabemos que sobre gustos no hay nada escrito. Precisamente por esto la mayoría convenimos en que deben ser respetados. Resultaría irracional obligar a alguien al que no le gustan las lentejas, a que le gusten. Y mucho más a comerlas porque están muy ricas. De modo que si lo que considero correcto y conveniente en el comportamiento humano es una cuestión de gustos, son inevitables ciertas aporías. Si un bruto descerebrado machaca sistemáticamente a los pelirrojos precisamente porque no le gustan, deberíamos considerar irracional obligarle a que deje de hacerlo porque está equivocado. Los gustos no se imponen ni hay gustos equivocados. Hagan ustedes lo que quieran y déjenme hacer a mí, nos diría. Y no le faltaría razón. En cualquier caso es muy probable que muchos pelirrojos, y algunos que no lo son, le machacarán a él esgrimiendo las mismas palabras. Si consideramos que lo correcto es lo que me gusta, sin más, admitimos implícitamente que lo que está bien o mal es relativo y todo vale lo mismo. La sociedad resultante sería una especie de anarquismo caótico que desembocaría en una guerra de todos contra todos o el gobierno del más fuerte.
Pero si consideramos que la cuestión moral se basa en juicios de conocimiento y somos consecuentes con ello hasta el final, ¿qué mundo resultaría? Me temo que no sería mucho mejor. Si alguien dice que dos más dos son cinco solemos afirmar que está equivocado y, si insiste, es comprensible que alguien le imponga la verdad. No está mal visto, e incluso es recomendable, imponer la verdad al que chapotea en el error, siquiera pedagógicamente. Así el padre a su hijo o el maestro a su alumno. Ahora bien, si en política alguien tiene la tentación de asimilar la moral al conocimiento, tenemos un estado totalitario. La utopía platónica es un claro ejemplo de lo que queremos decir. También la Inquisición que nos llevaba a la hoguera para enmendar nuestro error. Los presuntos sabios impondrían a sus súbditos la eterna e inmaculada verdad como al niño díscolo la lección de matemáticas, pues la verdad no se discute. No obstante, la verdad impuesta sería la que reside en la cabeza del que manda, no lo olvidemos, y los sabios suelen diferir mucho en estos asuntos morales. Hoy por hoy, desde presupuestos religiosas, muchos sabios fundamentalistas no escatiman esfuerzos para sacarnos del pertinaz error en el que vivimos. ¿Estamos dispuestos a padecer esta imposición? 
La cuestión es que los juicios donde valoramos las acciones como buenas o convenientes son una rara mezcla de opinión y conocimiento. Tienen la exigencia de universalidad de los juicios de conocimiento, pero carecen de la posibilidad de demostrar su objetividad, como ocurre con los juicios de mero gusto. Por eso hay conflictos y guerras. Y por eso hay infinitos debates políticos en radio, televisión y en el bar de la esquina: ¿subimos o bajamos los impuestos?, ¿legalizamos la prostitución y las drogas? Obviamente ésta es una circunstancia trágica de nuestra propia razón que tenemos que aprender a manejar. Pero, ojo, ser conscientes de esto no nos pone por encima de nuestra propia condición humana. Un psiquiatra tampoco está libre de padecer una esquizofrenia. Conocer hasta cierto punto la complejidad de las cosas no ayuda mucho: a duras penas nos hace ser un poco más prudentes. Cada vez que decimos que aquella acción es buena y conveniente sigue habiendo una exigencia de universalidad implícita, seguimos discutiendo con furor y seguimos teniendo la tendencia a imponer a los otros nuestra “verdad”. ¿Qué hacer entonces?
La historia política de la humanidad pendula entre los que nos imponen sus gustos morales porque sí y los que nos imponen su verdad moral porque es verdad. La solución en las llamadas sociedades abiertas tiene mucho de ficción tramposa y no está exenta de riesgos, pero considerando las dos alternativas anteriores resulta bastante aceptable. Asumimos un mínimo de juicios éticos y políticos como si fuesen ciencia demostrada: los derechos civiles; o más extensamente, los derechos humanos. Tras esta convención, que unos justificarán por Dios, otros por razón natural y otros por tradición, consideramos que el resto de verdades políticas están para ser discutidas y que todos tenemos las mismas posibilidades de acierto o error. Actuamos entonces como si la cuestión moral y política fuese una cuestión de conocimiento, pero con un pacto tácito: la respuesta nunca acaba de ser definitiva, la lucha será solo dialéctica y finalmente se hará lo que diga la mayoría. Por eso la responsabilidad última de hacer las leyes; esto es, consagrar lo conveniente que deberá ser respetado por todos, debe recaer en los ciudadanos, directa o indirectamente. No porque seamos infalibles, sino porque somos los que nos felicitaremos por los aciertos y sufriremos por los errores. Y, en este último caso, podremos también rectificar. Desde la revolución francesa a esta fuente de legalidad la llamamos soberanía nacional. 
En las dictaduras la ley tiene vocación de eternidad y emana de los que tienen el poder para imponerla. Se legitima cínicamente por la razón de la fuerza o hipócritamente apelando a la verdad. Sin embargo en las llamadas democracias la ley, que emana de la gente, es una verdad provisional siempre sujeta a revisión. Criticarla, cuestionarla y examinarla es nuestro deporte preferido. Y es la posibilidad y la realización de este deporte lo que nos hace ciudadanos y no súbditos. Una pequeña diferencia que no conviene subestimar. Gracias a ella, por ejemplo, yo puedo escribir en este blog y tú, paciente lector, me puede leer. Y ambas actividades con nulos o mínimos riesgos. ¡Viva, pues, la diferencia! 

viernes, marzo 07, 2014

BUDISMO E INMORTALIDAD

            
True Schopenhauer por jesuspalomar

El budismo nos promete la nada, la aniquilación. El verdadero infierno es existir, y la conciencia de ser no hace más que acentuar el dolor. ¿Cómo eliminar el sufrimiento? Dejando de vivir; pero esto no es tan fácil. La muerte es un intento de cese, pero a menudo somos tan torpes que volvemos a encarnarnos en otra vida en virtud del inexorable karma. Así, tras escapar mareados de la noria, nos encontramos en la montaña rusa. El budismo nos da, pues, un programa adecuado para romper con el ciclo infernal de reencarnaciones y poco a poco aprender a prescindir de la existencia.

domingo, diciembre 22, 2013

LA ÉTICA DE PLATÓN (VIDEO)

 
Platón especula a partir de sus propias experiencias internas en torno al alma, similares a las de cada uno de nosotros. Veamos cual es la naturaleza de esta especulación introspectiva. A veces nuestro interior, nuestra mente o alma, muestra algunas tensiones o contradicciones. Pasamos por una pastelería y queremos y no queremos comernos un pastel. Vemos fumar a un amigo y deseamos y no deseamos fumar. Fumar es malo, pero aporta placer. Se produce una especie de lucha interna. De este conflicto Platón deduce una cosa: el alma no es unitaria. Para que exista conflicto deben existir al menos dos partes en liza. Profundizando en esta experiencia, ¿qué podemos concluir? Yo sé que fumar me perjudica, tengo los conocimientos básicos para saber que el tabaco es malo para mi salud, es por ello que siempre que me dispongo a fumar me lo pienso dos veces. No obstante, tengo una inclinación, un deseo muy poderoso de fumar en determinados momentos. A veces, si mi voluntad es lo suficientemente fuerte, se pone al servicio de mi razón y no fumo. Venzo y someto de esta manera mi deseo de fumar. Otras veces, si mi voluntad es débil, el deseo vence y se impone a las consideraciones racionales, a mi propósito de no fumar. Si mi razón alcanza un conocimiento aceptable sobre los males del tabaco y fuese muy reflexiva a la hora de fumar; si mi voluntad fuese siempre fuerte y esta fortaleza fuese utilizada por mi razón para hacer cumplir sus propósitos venciendo siempre mis inclinaciones o deseos insanos, entonces resultaría un cierto equilibrio interior que me haría la vida más llevadera, me haría un poco más feliz. Esto es lo que viene a decir Platón con otras palabras. 

martes, noviembre 12, 2013

TOLERANCIA

A menudo escuchamos a nuestros políticos decir que “hay que ser tolerantes” o que “la tolerancia es una virtud democrática”. También es común que el político de turno proclame que hay que aplicar “tolerancia cero” a la violencia doméstica o a la apología del terrorismo, evitando así la palabra intolerancia por miedo a ser tachado de antidemocrático o autoritario. Es obvio que la palabra tolerancia, como tantas otras propias del lenguaje político, ha perdido su significado original y ha pasado a convertirse en un mantra que tiende a hipnotizar tanto al que la dice como al que la escucha. Es pertinente pues intentar aclarar un poco su significado originario.


viernes, agosto 23, 2013

LA ÉTICA DE ARISTÓTELES (VIDEO)


 

LA ÉTICA DE ARISTÓTELES
¿Cómo se proponía Aristóteles alcanzar la felicidad? Según Aristóteles existen cosas que nos pasan y cosas que hacemos. Las cosas que nos pasan son, literalmente, pasiones. Generalmente las pasiones no las podemos controlar. Si hay una tormenta un día en el que voy al campo o si me enamoro de alguien no lo puedo evitar. Mojarse en el campo y enamorarse son pasiones. Frente a las pasiones están las acciones. Todo aquello que efectivamente hago. La tormenta me pasa, pero decidir ir a la excursión es una acción. He elegido ir. Enamorarme me pasa, pero si me declaro a mi amada es una acción que he elegido y podría no hacer. Según Aristóteles la felicidad no se logra a través de las pasiones, sino a través de las acciones. La felicidad no depende de las cosas que nos pasan sino de las cosas que hacemos. Y muy concretamente de las cosas que hacemos en relación con las cosas que nos pasan. Lo importante es cómo nos comportamos en relación con las pasiones. Lo que quiere decir Aristóteles es que es fundamental para nuestra felicidad nuestro modo de ser, nuestra personalidad. 

lunes, mayo 27, 2013

KUNG FU: CONOCIMIENTO O SABIDURÍA


 
En ocasiones comento a mis alumnos que hay que distinguir entre conocimiento y sabiduría. La sabiduría necesita de conocimiento, pero el conocimiento mismo no garantiza la sabiduría. Somos sabios cuando no solo conocemos lo que se debe hacer sino que, además, lo hacemos del modo adecuado y en el momento oportuno. Para ello hace falta capacidad de juicio y tiempo para ejercitarla.

Sabiduría viene de sapere que en latín indica saborear. Ciertamente la sabiduría es la masticación, paladeo y digestión del conocimiento. El conocimiento vivenciado, integrado en nuestro ser. Algo, evidentemente, muy difícil. Todas las escuelas de filosofía práctica de la antigua Grecia y las llamadas filosofías orientales la buscan. Y todas ellas coinciden en que hace falta una virtud previa para alcanzarla: la prudencia o phronesis. Sin conocimiento, no hay sabiduría. Pero con conocimiento, sin capacidad de juicio y sin prudencia, tampoco.

Cuando era niño veía la serie Kung fu. Y me entusiasmaba. De mayor he vuelto a ver algunos capítulos, y mi opinión sobre ellos sigue siendo muy positiva. El reflexivo héroe era un verdadero sabio. Se me ocurrió hacer un montaje sintético del primer episodio donde nuestro héroe supera su etapa de aprendizaje. Mi idea era ponérselo a los chavales en clase de Ética o Ciudadanía (si me entusiasmaba a mí cuando era niño, ¿por qué no también a ellos?). Después de todo la serie incide en la phronesis. Y la necesidad de phronesis es el mensaje recurrente de Aristóteles, epicúreos y estoicos tanto o más que de los monjes del templo Shaolín.

martes, septiembre 04, 2012

FILOSOFÍA Y PUBLICIDAD 1


La visión impolutamente racional del ser humano ha estado vigente durante toda la historia de Occidente. Y el Siglo de las Luces fue su apoteosis. Sin embargo empieza a flaquear con las agudas reflexiones del irreverente Schopenhauer y su insigne discípulo Nietzsche. Pero será Freud el gran revulsivo. Freud nos advierte del riesgo de menospreciar el aspecto deseante del ser humano. No es algo meramente tangencial, sino constitutivo. Deseamos más de lo que la razón sospecha, y a menudo seguimos deseando cuando creemos pensar racionalmente.

En los años cincuenta Edward Bernays, el sobrino de Freud, lleva el diván de su tío al salón de los publicistas. Se trata de utilizar el conocimiento freudiano para hacer más eficaz el mercado. La cuestión no es la oferta y la demanda. Al menos no solo eso. El objetivo es descubrir el deseo inconsciente de los consumidores. Los consumidores son más propensos a comprar lo que desean que lo que necesitan. ¿Pero qué desean? Bernays y sus psico-publicistas se ocuparán de descubrirlo. Y si no, de crearlo. La publicidad y los hábitos de consumo sufren entonces una revolución.

La publicidad es inherente al mercado y no son los publicistas ni los mercaderes los que convierten a un ser impolutamente racional en deseante. No somos puro deseo, pero es evidente que tampoco somos pura razón. Ahora bien, ¿y si jugamos a utilizar el instrumento publicitario en un sentido opuesto a su uso habitual? En cierto modo, esto ya se hace a veces. Utilizar la publicidad para un fin “bueno” y admitido socialmente. Campañas para prevenir accidentes o evitar el maltrato a la mujer, por ejemplo. La cuestión que habría que dilucidar es cuánto de grande es nuestro deseo consciente o inconsciente de lograr tales fines. El publicista debería entonces fomentarlo. ¿Y si resulta que no hay ese deseo en lo más hondo de nuestro ser y todos estamos dominados por un insaciable tánatos? El publicista tendría que crearlo. Después de todo esto es parte de su oficio. Quizá la parte más maquiavélica.

sábado, diciembre 03, 2011

HUME Y LA VIDA MIXTA




          Visión multifactorial del hombre, lugar de la filosofía en la vida humana y recomendación de una vida mixta como la más adecuada para alcanzar algún grado de felicidad.
       
       El mero filósofo es un tipo humano que normalmente no goza sino de poca aceptación en el mundo, al suponerse que no contribuye nada ni a la utilidad ni al placer de la sociedad, ya que vive alejado del contacto con la humanidad y está envuelto en principios igualmente alejados de la comprensión de ésta. Por otra parte, el que no es más que un ignorante es aún más despreciado, y no hay nada que se considere señal más segura de carácter estrecho en una época y nación donde las ciencias prosperan que el estar totalmente desprovisto de afición por estos nobles entretenimientos. Se piensa comúnmente que el carácter más perfecto se halla entre estos dos extremos: un carácter dotado de la misma habilidad y gusto para libros, vida social y negocios; la finura y discernimiento que se muestra en el trato debidos a las Bellas Artes, y la integridad y precisión apropiada para los negocios, resultado natural de una filosofía correcta. Para difundir y cultivar un carácter tan logrado, nada puede ser más útil que ensayos de estilo y desarrollo sencillos que no se aparten demasiado de la vida, que no exigen aplicación profunda o recogimiento para ser comprendidos, y que devuelven al estudioso a la humanidad imbuidos de nobles sentimientos y sabios preceptos, aplicables a cualquier exigencia de la vida. Gracias a estos ensayos la virtud resulta amable; la ciencia, agradable; la vida social, instructiva, y la soledad, entretenida.

domingo, octubre 23, 2011

UN DILEMA ÉTICO

Imaginemos una protosociedad donde no exista ley positiva y, por tanto, tampoco exista poder coactivo que la haga cumplir. Y tras esta concesión a la utopía, demos ahora una concesión a la realidad. Imaginemos también que aunque todos los miembros de esa sociedad han llegado a ciertas máximas éticas comunes utlizando la razón y el buen sentido, las normas éticas de cada uno de los miembros no coinciden en su totalidad. Es decir, cada uno tiene sus ideas sobre lo que es correcto o no, aunque en gran medida sean coincidentes.

La cuestión es la siguiente: El ciudadano A tiene a su disposición al ciudadano B (digamos que ya está detenido e inmovilizado). El ciudadano B sabe donde se ha colocado una bomba que matará a cientos de seres inocentes.

El ciudadano A es pacifista. Está en contra de la mentira, del crimen masivo y también de la tortura. Desde un purismo ético no debería torturarle ni engañarle para hacerle hablar, pues si lo hace dejaría de ser consecuente con su defensa de la sinceridad y su crítica de la tortura. Pero si no le engaña ni le tortura, el ciudadano B probablemente no hablará y cientos de personas inocentes probablemente morirán.

Posibilidad a)no le tortura ni le engañas, pues piensa que la tortura y la mentira no debe ejercerse en ningún caso. Probablemente la bomba explotará.
Posibilidad b) le tortura, aun sabiendo que no debe hacerlo. E intenta ocultar su acción. Probablemente la bomba no explotará.
Posibilidad c) le tortura, pues asume súbitamente que la tortura es un buen procedimiento y es lícito torturar. Así lo dice, sin rubor alguno, a quien osa preguntarlo. Probablemente la bomba no explotará.

Las opciones nos son halagüeñas. O el ciudadano A asume altas posibilidades de que estalle la bomba. O admite algún grado de hipocresía o cinismo en su conducta. Trágica condición humana que se evidencia al confluir la exigencia de coherencia y la asunción de un poder, en este caso ocasional, capaz de alcanzar un bien a través de ciertos medios que podrían originar ciertos males.

El ciudadano A quisiera que no explotase la bomba, y no mentir, y no torturar, y mantenerse absolutamente coherente, y ser consecuente y digno. Pero no sé si la realidad le permitiría el cumplimiento de todos estos deseos en las circunstancias anteriores.

viernes, diciembre 24, 2010

ÉTICA DE EPICURO (1ª PARTE)



Epicuro fue un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III a.C. A los 35 años se estableció en Atenas, donde fundó su propia escuela de filosofía conocida con el nombre de El Jardín, famoso no sólo por la enseñanza de la filosofía, sino también por el cultivo de la amistad y por la participación, no sólo de hombres (como era normal en otras escuelas de filosofía en Grecia) sino también de mujeres. Epicuro tenía una visión hedonista de la vida. La palabra “hedonista” procede del vocablo griego hedoné, que significa placer. Y, efectivamente, para Epicuro la felicidad se reducía al placer y a la ausencia de dolor. Y es que, según Epicuro, todos los seres humanos buscan mediante sus acciones lo mismo: evitar el dolor y alcanzar el placer. La prueba de que algo es bueno es que produzca placer, y la prueba de que algo es malo es que produzca dolor. Sin embargo, Epicuro reconocía que esto no era tan sencillo, pues hay cosas o acciones, como por ejemplo una borrachera, que pueden producir un placer inmediato, pero luego la resaca pueden producir un dolor mayor. Igualmente hay cosas, como por ejemplo preparar un examen de matemáticas un domingo por la tarde, que pueden suponer dolor o sacrificio, pero que son necesarias para alcanzar un placer o un bienestar mayor y más duradero (la satisfacción de aprobar, por ejemplo, o la posibilidad de estudiar la carrera que deseo). En estos casos, ¿qué es lo que debemos elegir? Epicuro lo tenía bastante claro: hay que elegir siempre aquellas acciones que nos reporten un placer mayor y más duradero y que nos eviten la mayor cantidad posible de dolor. El secreto de la felicidad está entonces en el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de nuestras acciones, de cara a evitar la mayor cantidad posible de dolor y alcanzar el placer más duradero. Hay que insistir en que, para Epicuro, tan importante para la felicidad era alcanzar el placer como evitar el dolor. De ahí que, según él, ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, si no van acompañados de la prudencia que no es otra cosa que el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de cada acción.

jueves, diciembre 23, 2010

LA HISTORIA DE HANS Y KARL III

Las razones por la cuales hacemos cosas que en el fondo no queremos hacer son múltiples, pero en el caso de Hans y Karl son fundamentalmente dos: el miedo y la obediencia ciega a una autoridad. A veces tenemos miedo a morir o a perder una situación vital que consideramos privilegiada. Otras veces, aunque nuestra situación sea mala, tenemos miedo de llegar a estar en otra aún peor. La obediencia ciega en muchas ocasiones nos influye de la misma forma que el miedo. ¿Cuántas injusticias seriamos capaces de realizar si alguna autoridad nos lo manda?





EL EXPERIMENTO DE MILGRAM

En 1963 el famoso psicólogo Stanley Milgram llevó a cabo un experimento en la Universidad de Yale de EE.UU. Una serie de individuos debían administrar una descarga eléctrica a otro individuo atado a una silla cuando éste respondía inadecuadamente a unas preguntas. Un profesor universitario informaba a los futuros verdugos de que se trataba de un experimento sobre la memoria y el aprendizaje. En cada caso el individuo atado afirmaba que le habían detectado un leve problema cardíaco en presencia de quien debería suministrar las descargas. El profesor le respondía que, aunque los golpes eléctricos podrían ser dolorosos, no le causarían ningún daño grave. Enseguida, el profesor se iba con el preguntador a una habitación contigua. Ambas salas estaban conectadas por micrófonos y altavoces, de modo que las respuestas pudieran ser oídas. En la sala del preguntador había un aparato graduado con 30 posiciones, que iban desde los 15 hasta los 450 voltios.

LA HISTORIA DE HANS Y KARL II

Hans se considera absolutamente responsable y libre y se aplica un castigo igualmente absoluto como es la muerte. Karl se considera absolutamente irresponsable y no libre y se absuelve de toda responsabilidad.



Todo lo que podamos decir sobre estas cuestiones está en el ámbito de la doxa. Doxa matizada, razonada y analizada; pero doxa al fin. No episteme. Mi opinión pues es que ni la solución de Hans ni la de Karl son recomendables.


Hans no es absolutamente libre. La libertad humana es relativa y limitada. Así pues no es absolutamente responsable, ni merece entonces un castigo absoluto como la muerte.


Karl no puede dejar de ser libre, aunque le pese. La libertad, aunque sea relativa, es una condición a la que es imposible renunciar. Como Karl es libre en algún grado es también en algún grado responsable de su acción. Y desde luego no es absolutamente inocente. La actitud de Karl responde a lo que Freud llamó racionalización, un mecanismo de defensa del yo que pretende una justificación aparentemente racional de una acción motivada desde la irracionalidad. El miedo, por ejemplo.


¿Cuál es entonces la solución? Tal vez no hay una solución clara y cada uno de nosotros debe buscar la suya. Pero, desde luego, la solución pasa por ser conscientes de nuestra libertad y ser conscientes también de la relatividad y de la limitación de ésta. El diálogo en nuestro interior debe permanecer siempre vivo.


Hans y Karl deberían asumir sus responsabilidades. Tal vez no son responsables absolutos de la muerte de los judíos, pero si son responsables de tener miedo a perder un cierto nivel de vida o la propia vida, de tener miedo a conocer de forma explícita cosas que les desagradan, de obedecer órdenes ciegamente sin pararse a reflexionar sobre ellas. Todos estos miedos y actitudes son muy humanos, y tal vez ninguno de nosotros podríamos asegurar que no haríamos lo mismo que Hans y Karl en similares circunstancias, y sin embargo esto sigue sin justificar sus acciones. En cada situación es tarea de cada uno de nosotros asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde.

viernes, diciembre 17, 2010

LA HISTORIA DE HANS Y KARL I


Hace algunos años escribí una historia para explicar a mis alumnos de ética algo sobre la libertad humana y la responsabilidad moral. Uno de los objetivos era ver que, aunque la libertad del hombre es relativa y estamos sometidos a múltiples influencias, nuestras acciones no están determinadas por nada. Ni por la educación ni por la genética ni por las circunstancias. Y por tanto, la responsabilidad moral de nuestras acciones es ineludible. Como decía Sartre, estamos condenados a ser libres. Se me ocurrió entonces que los dos protagonistas fuesen gemelos, recibieran las misma educación y pasaran por las mismas circunstancias. La cuestión fundamental era saber si tales individuos actuarían y pensarían siempre igual o podrían darse diferencias en su comportamiento. La breve historia quería ser una especie de experimento mental que viniese a “demostrar científicamente” que, aunque a veces nos pese, somos libres y, por tanto, responsables. Otro concepto que quería expresar en el cuento era que el grado de responsabilidad moral de cada uno es siempre algo íntimo que debe surgir de un dialogo sincero con nosotros mismo. Se trata de no eludir nunca nuestra capacidad de juzgar y de estar en guardia ante la inevitable tendencia a la racionalización de una parte de nuestro interior. En algún lugar indeterminado entre la actitud de Edipo, que se responsabiliza en exceso, y el psicópata desalmado, que nunca se juzga con dureza aunque cometa los mayores crímenes, debe encontrarse la normalidad. Sea esto lo que fuere. En fin, el tema es delicado, pero el cuento me sirve como excusa para iniciar este importante e interesante debate. Lo publico aquí por si algún colega docente quiere utilizarlo en clase.


Hans y Karl Müller eran dos gemelos que nacieron en un pueblo cercano a Berlín, allá por la década de los veinte. Hans y Karl tenían muchas cosas en común aparte de su aspecto físico. Poseían un temperamento muy similar y recibieron la misma educación.


En 1940, cuando alcanzaron la mayoría de edad, decidieron servir como voluntarios en el ejercito alemán. Los discursos apasionados de un tal Adolf Hitler fueron, en gran parte, responsables de su mutua decisión. Con su ayuda, pensaban convencidos, Alemania podría ser de nuevo una gran nación.


Hans y Karl no dudaban de que sus actos eran fruto de su patriotismo y amor a Alemania. Ellos no deseaban la guerra, pero la verdad era que según iba pasando el tiempo, ésta parecía inevitable. Hans y Karl estaban, como la mayoría de los soldados de cualquier país, dispuestos a cumplir con su deber. Esto les llenaba de orgullo.


Durante los primeros meses de guerra Hans y Karl observaban que muchos de sus vecinos desaparecían misteriosamente. Otros, la mayoría comerciantes, empobrecían súbitamente y eran tratados por todos con desprecio. Las explicaciones oficiales decían, cuando se dignaban a hablar, que tales personas iban en contra de los intereses de la nación y que por lo tanto el castigo era merecido. Hans y Karl observaron que, casualmente, todas estas personas eran judías, extranjera o, simplemente, exponían abiertamente sus ideas. Entre ellas se encontraba el panadero que solía regalar caramelos a Hans y Karl cuando éstos eran pequeños y del que no volvieron a saber nunca más. A pesar de todo, Hans y Karl fueron soldados valientes en la batalla. Les ascendieron rápidamente.


Poco después, fueron trasladados a un campo de concentración donde debían custodiar prisioneros.

viernes, septiembre 17, 2010

EL FIN Y LOS MEDIOS (video)


El escrito pertenece al libro "La ambigüedad del lenguaje político"
Para echar un vistazo al libro o comprarlo on line, pincha aquí:
Bubok
Otras publicaciones:
http://jesuspalomar.bubok.com/
Un saludo a todos mis lectores. Acabo de terminar este video basado en un artículo que publiqué en este mismo blog hace algún tiempo. Vuelvo a publicar ahora el artículo por si os interesa repasarlo después de ver el video y por si algún colega quiere utilizarlo en clase.
Espero que el video os resulte interesante.

EL FIN Y LOS MEDIOS

Kant pretende ajustarse a unas normas que se consideran correctas independientemente de las consecuencias que se deriven de la acción. Un idílico ser que actuase siempre por el respeto al imperativo categórico constataría desde luego una voluntad santa, pero su santidad no garantizaría en absoluto una mejora del mundo en términos de menor sufrimiento o mayor justicia. Y lejos de asegurar una mejora en este sentido, a menudo, por muy contradictorio que resulte, puede significar un claro empeoramiento. Es de sobra conocida la interesante polémica que, a propósito, mantuvieron Kant y Benjamin Constant: un hombre da cobijo en su casa a un amigo inocente e injustamente perseguido por una banda de malhechores. La banda llega a casa y le pregunta por su paradero. El hombre, obligado a no mentir por respeto a su más íntimo deber, finalmente revela el lugar donde se esconde su amigo. ¿Obró bien? Según Kant, sí. Según Constant, no. No obstante, el inocente descubierto sufrirá inmerecidamente.

Desde la ética de Kant el resultado de la acción es algo secundario y, si se sigue de algún mal en forma de dolor o injusticia, la respuesta que cabe esperar es que se trata de la responsabilidad de los otros que, por pura maldad o estupidez, no fueron capaces de respetar la ley moral a la que debían ajustarse.

La ética utilitarista viene a ser el negativo de la kantiana, pues tiene en cuenta las consecuencias probables de la acción. De modo que una acción es preferible a otra en la medida en que se pueda prever que producirá mejores consecuencias. El utilitarismo considera más conveniente aquella conducta que sea capaz de aportar más felicidad al mayor número de personas y, en cierto sentido, obvia la cuestión de los principios.

Desde la ética de Kant se busca la integridad personal, la dignidad. En tal empeño el fin nunca justifica los medios. Sin embargo, la ética utilitarista pretende la mejora del mundo y, a menudo, los medios son justificados por el fin. Un kantiano radical optaría por salvar a un inocente, aunque la consecuencia fuese la destrucción del mundo, y un utilitarista radical optaría por salvar al mundo, aunque para ello tuviese que perecer un inocente.

El problema que subyace en este enfrentamiento entre estos dos puntos de vista éticos antagónicos fue tratado muy inteligentemente por el filósofo alemán Max Weber. En su obra El político y el científico habla de la ética de la convicción, cuyo mejor representante es la ética kantiana, y de la ética de la responsabilidad, que es en líneas generales lo que entendemos por utilitarismo. Weber insiste en que son dos tipos ideales que muy raramente se dan en la práctica, pues toda ética asume ciertas convicciones irrenunciables y tiene en cuenta las consecuencias de la acción hasta cierto punto. Según Weber, se trata de un problema de máximos y mínimos, no de blanco o negro. ¿Es preferible una ética de la convicción (con un mínimo de responsabilidad) o una ética de la responsabilidad (con un mínimo de convicciones irrenunciables)? Para Weber ambas éticas tienen su valor, y si en ciertas circunstancias es admirable una ética de la convicción, quizá en otras es preferible asumir una ética de la responsabilidad. Gandhi renuncia a la violencia por principio, sean cuales fueren sus consecuencias. Su postura nos suele parecer admirable. Pero un gobernante pacifista que renunciase unilateralmente a su ejército aun sabiendo que la nación vecina espera el momento oportuno para atacar, nos resulta más bien un insensato. Quizá la virtud fundamental vuelve a ser, como señalaban tantas escuelas éticas de la Antigüedad, la prudencia. Pensar. No actuar como un autómata, sino reflexionar previamente. No obstante, el problema no está ni mucho menos resuelto.

Solemos ser comprensivos con las mentiras piadosas, o con aquel que engaña a un hombre cruel o injusto si hay un beneficio evidente para un número indeterminado de personas (su familia, si es un padre psicópata que tortura a su mujer y a sus hijos; o sus súbditos, si es un tirano, por ejemplo). También nos suele ser simpático Robin Hood, el que roba a los ricoss para instaurar una situación más justa después; pero quien actúa así, mintiendo, engañando o robando para conseguir un fin bueno, está manifestando que el fin justifica los medios. Y en esencia actúa de la misma forma que quien admite la guerra si el fin es una mejora del mundo; pero, claro, con los que mantienen esta segunda opinión no solemos ser tan espontáneamente comprensivos. Sin embargo, quien no miente nunca y es sincero por principio, que suele ser reconocido como una persona íntegra y valerosa, no nos suele parecer tan simpático cuando delata a un amigo inocente que se esconde en su casa cuando una banda de mafiosos le pregunta sobre su paradero. No obstante, el principio que le rige es el mismo: el fin no justifica los medios, y mentir está siempre mal. Pero entonces, ¿debemos ser kantianos o utilitaristas?

Una persona sin principios que solo se fije en las consecuencias de su acción, o una persona con muchos principios que nunca tenga en cuenta las consecuencias de su acción, puede desarrollar en algún caso conductas extremas que nos hagan dudar del acierto de su postura ética. Pero esto solo nos puede llevar a seguir pensando en el problema con más ahínco y dedicación para intentar solucionarlo. Y sólo constata que el mundo es complejo y no hay soluciones simples para grandes cuestiones. Si reconocemos el problema ya hemos avanzado algo en la cuestión. Sigamos pensando pues.
Jesús Palomar Vozmediano.

martes, septiembre 07, 2010

SÓCRATES EN ESPAÑOL

Buscando por la red encontré esta fabulosa película del maestro Rossellini desconocida para mí. Quizá se trate de una producción para la televisión muy poco divulgada. En fin, la vi y me pareció sencillamente estupenda. La recomiendo a mis lectores en versión original en italiano con sibtítulos. La cuestión es que es obvio que los profesores de filosofía solemos hablar de Sócrates en clase y se me ocurrió utilizar esta película para ilustrar su filosofía, sobre todo en Ética de 4º de ESO. La cuestión es que poner un largometraje en una asignatura que tiene una miserable hora a la semana es algo impensable. Cuando pongo algún audiovisual en Ética suele ser de 15 o 20 minutos, y siempre para reforzar algo que ya hemos explicado y estudiado previamente. Una especie de refuerzo audiovisual (a veces por convencimiento del beneficio que puede producir a los alumnos pero, por qué no decirlo, a veces, como dice Impaciente en su comentario de la entrada anterior, para descansar de tanto parloteo y esfuerzo que en ocasiones parecen baldíos. Los profesores no somos superhombres y nuestras fuerzas físicas y psíquicas a menudo flaquean como las de todo hijo de vecino). El problema surgió cuando por más que busqúe no encontré una versión doblada al español. Ignoro si existe (si alguien la conoce agradecería que me lo comunicara). Poner fragmentos de una película subtitulada y que además no tiene efectos especiales es un gran inconveniente para que el alumnado la acepte en alguna medida; y para que entienda algo de lo que se dice allí. Decidí entonces doblar yo mismo algunas escenas que considero significativas por su valor pedagógico. Ya sé que el doblaje no es excelente. No soy actor de doblaje ni tengo grandes medios para hacerlo. Apenas un editor de vidios que además me permite modificar un poco la voz para crear varios personajes. No obstante, considero que quizá pueda servir a algún colega para visionarlo en clase y complementar sus explicaciones sobre el incómodo tábano de Atenas. Yo lo puse el curso pasado en 1º de BAT y creo que el resultado fue bueno.

Un saludo.







lunes, julio 07, 2008

NACIONALISMO Y MORAL CÁLIDA.


Según Darwin en el caso del ser humano hay un momento en el que la selección natural deja de ser sólo individual y se convierte en una selección grupal. Esto es muy interesante para explicar el origen de los sentimientos morales.
Un individuo altruista propenso a asumir riesgos vitales para beneficio de los otros no es, evidentemente, premiado por la evolución. El número de tales individuos descenderá progresivamente pues habrá un alto porcentaje de ellos que morirá joven y sin descendencia. No obstante, los grupos o tribus que tengan más miembros con actitudes altruistas, esto es, capaces de sacrificarse por sus parientes, serán premiados por la evolución. Evidentemente este grupo de parentesco tiene más posibilidades de sobrevivir, de expandirse y de aumentar su población. Una teoría explicativa del éxito de tales grupos con gran número de individuos valientes y generosos suele ser el gen egoísta. Que los padres den la vida por los hijos, por ejemplo, es una actitud altruista, pero un biólogo solo verá en ello la salvaguardia de la carga genética presente en los propios progenitores, es decir, un egoísmo “de grupo”.
El sentimiento moral más originarios dentro de este grupo premiado por la evolución es, efectivamente, el altruismo, como ya dijimos, pero también la reciprocidad. Sin embargo, tanto altruismo como reciprocidad están en proporción directa con la cercanía en el parentesco. Se es muy altruista con los parientes cercanos, menos con los lejanos y poco o nada altruista con las otras tribus. Igualmente se actúa con una reciprocidad a fondo perdido con los parientes muy cercanos, por ejemplo hijos o padres. Esto es, a veces los padres se sacrifican por los hijos, y quizá en dos o tres generaciones son los hijos los que se sacrifican por los padres. Pero la reciprocidad se vuelve más impaciente con los miembros de la tribu que no son parientes cercanos. Cuando un hombre y una mujer de distinto clan pero de la misma tribu se hacen regalos o se muestran generosos el uno con el otro con vistas matrimoniales, la respuesta correspondiente debe darse en un tiempo más corto que entre un hijo y un padre si es que se quiere evitar una nefasta confusión entre los futuros cónyuges y por ende entre los respectivos clanes. No obstante, se suele actuar con una reciprocidad preventiva o negativa cuando la relación es con otras tribus. Es decir, respetamos los contratos, que garantizan la reciprocidad, en la medida en la que estamos persuadidos de que es mejor hacerlo que no hacerlo. Si estamos persuadidos de que la otra tribu es significativamente más débil, simplemente se la saquea. Ejemplo paradigmático de tal cuestión es el comercio de mujeres con otras tribus o bien su secuestro. Y aquí nos encontramos con otro punto importante para explicar el proceso de hominización y humanización: la exogamia.
Estos comportamientos de moral cálida los encontramos también en otros mamíferos, sobre todo primates. Pero donde más patente se hacen es en los animales más gregarios: hormiga y abejas. Tanto en su aspecto positivo (altruismo) como el negativo (hostilidad al que no es del grupo).
De modo que los sentimientos morales cálidos, llamémoslos así, que parecen tener una base biológica y son relativamente bien explicados por mecanismos evolutivos y genéticos, tienen también su sombra: la hostilidad hacia los otros grupos (que no tienen nuestra carga genética). Los sentidos que originariamente nos permitirían la diferenciación y nos inclinarían hacia la segregación serían la vista, capaz de informarnos del aspecto del otro, pero sobre todo el olfato, muy ligado al reconocimiento hormonal de carácter filial o sexual.
Ahora bien, explicar la génesis de esta hostilidad hacia los otros, que no es más que el reverso del altruismo hacia los propios, no es, desde luego, justificación. A menudo la explicación se torna racionalización. Y pasamos cómodamente de explicar a justificar con un baño intelectual nuestras inclinaciones individuales o grupales más básicas cayendo una y otra vez en la insidiosa falacia naturalista. También la venganza puede tener una base instintiva comprensible, sin embargo la civilización lucha por implantar un constructo ideológico al que llama justicia. Algo meritorio, desde luego.
De modo que paliar esta tendencia xenófoba presente en los grupos humanos pasa ineludiblemente por enfriar un poco los sentimientos morales. Una moral algo más fría, basada en el respeto (y no tanto en el amor altruista), que pretenda una igualdad ante la ley de todos los individuos (sin considerar sexo, raza o condición) es desde luego algo meritorio y civilizado. Pero esto será siempre un esfuerzo intelectual contracorriente con la situación originaria. E incluso contracorriente con gran parte de nuestra tradición ilustrada y utopista.
Visto así, la tarea se torna heroica. Aún hoy la moral cálida es lo más públicamente alabado, tanto en su alabanza explícita al altruismo como en la efusiva crítica y mala prensa de su contrario: el egoísmo, olvidándonos demasiadas veces que desde un punto de vista biológico entre altruismo y egoísmo no hay una diferencia esencial y que además hay cosas más terribles que el egoísmo en sentido estricto, como son la crueldad o la injusticia. Nos olvidamos de todo ello, decíamos, quizá por ese prejuicio cristiano y hasta kantiano que a todos nos habita. No obstante deberíamos recordarnos algunas cuestiones de orden antropológico que no convine subestimar. No se puede amar cálidamente a toda la humanidad. Salvo, quizá, el santo en comunión mística con Dios. Y cuando un político lo proclama, evidenciando así su impostura, sin duda nos acerca un poco más al infierno. Pues cuando la ética cálida se exalta y se convierte insensiblemente es mandato político es para estigmatizar a aquellos que son “malvados” o “enemigos” y que sería bueno aniquilar ¡Cuánto mejor resulta el político sensato que proclama que todos merecen respeto y reconocimiento en su dignidad sin la necesidad de estas efusivas proclamas amorosas! El amor hacia el otro es siempre el amor a los próximos y cercanos, el amor a los nuestros. Y cuanto más cálido es este sentimiento más cálido es también el sentimiento de hostilidad e incluso odio a los extraños que no son como nosotros. Así ocurre en las comunidades y en las culturas donde el sentimiento de pertenencia es exaltado y primordial, pues tales comunidades solo ven en el respeto, debidamente unido a la libertad individual como proclama política, un síntoma de descreimiento y debilidad. Un síntoma claro de decadencia que solo puede generar desprecio. Pero amar a la humanidad, a la nación o a la comunidad (por encima de otras consideraciones ideológicas algo más frías y racionales) es otra cosa distinta que el amor mismo. Desde el poder, demasiada veces excusas una y otra vez toleradas para proyectos utópicos de carácter totalitario; uno de los múltiples caminos por donde la política se pervierte por mor de los sentimientos que en ella se involucran. Sentimientos y política es el cóctel perfecto de la tragedia.
De modo que los nacionalismos, donde los propios nacionalistas dicen amar a los suyos efusivamente pero no necesariamente a la humanidad y que no escapan desde luego a la inercia xenófoba, resultan desde esta perspectiva elaboraciones ideológicas de aquellas actitudes primitivas muy presentes y quizá imprescindibles en el origen del ser humano.Ciertamente la actitud nacionalista es la heredera pseudoilustrada de factores que fueron decisivos a la hora de convertir al "último mono" en el "primer hombre", de modo que no hay que subestimar nunca su fuerza. No es fácil deshacerse del ruidoso motor que nos impulsó a salir de la órbita animal una vez que se consiguió (quizá sólo creemos haber conseguido), la inestable y sin duda imperfecta órbita civilizatoria. Si no andamos con cuidado ese motor molesto podría malograr el propio viaje en el cual estamos todos embarcados.
Jesús Palomar Vozmediano.