viernes, agosto 14, 2015

CAMBIOS CONSTITUCIONALES



 

 Kant proclamó el lema fundamental de la Ilustración: Sapere aude, hemos abandonado la autoculpable minoría de edad y ya somos adultos. Es decir, somos ciudadanos y no súbditos. Ahora bien, si nos atrevemos a saber, debemos exigir también que el poder no apague la luz ni lo llene todo de humo. Finiquitado el despotismo, el principio de publicidad es un requisito imprescindible para constituir un gobierno legítimo. Es pues inadmisible que los gobernantes urdan pactos oscuros y de dudosa legalidad al margen de la opinión pública.

El PP anuncia cambios constitucionales para la próxima legislatura y el PSOE insiste en una España federal. Pero ni unos ni otros concretan sus propuestas ni se refieren a los procesos legales necesarios para sus fines. Hablan de la Constitución en clave esotérica, como si se tratase de un saber iniciático que solo a ellos les concierne. Ganar las elecciones sirve para gobernar, pero no es suficiente para cambiar la Constitución. Y mucho menos para cambiarla en profundidad o crear otra nueva. Puesto que lo que están sugiriendo son cambios profundos deberíamos recordar el articulo 168 del Titulo X de la Constitución española. Una revisión total, o una parcial que toque los artículos esenciales, necesita la aprobación de dos tercios de cada cámara. Acto seguido se deberán disolver las cortes. En buena lógica, tras un tiempo suficiente para que los partidos y asociaciones publiciten sus propuestas de cambio constitucional, la ciudadanía deberá ser convocada a unas elecciones. Los diputados recién elegidos tendrán que ratificar la decisión de cambiar la Constitución y proceder al estudio del nuevo texto constitucional. Elaborada la nueva Constitución, deberá ser aprobada por dos tercios de ambas cámaras. Finalmente, deberá ser aprobada por la mayoría de los ciudadanos en referéndum.

Decir que en las próximas elecciones habrá cambios constitucionales profundos sin buscar el acuerdo de los dos tercios de ambas cámaras, disolver las cortes y convocar unas elecciones para este fin es, pues, una fragrante irregularidad. De llevarse a cabo, ilegalidad manifiesta. Sí, ya sé. Las condiciones legales son complicadas. Y si no somos ingenuos, los cambios propuestos por los partidos serán siempre, si llegan a explicitarlos, meramente cosméticos. Los partidos no tocarán nunca el sistema proporcional de elección ni la esencia del estado autonómico actual. Constituyen su pan y su sangre, y el origen de nuestros desvelos. ¿Pero si no lo harán ellos, quién entonces? Debemos ser nosotros.

Abrir un periodo explícito de libertad constituyente resulta a bote pronto tan complicado como que los partidos se propongan de verdad cambiar la constitución legalmente y en beneficio de todos. Pero la historia es imprevisible y también cayó el Muro de Berlín. En tiempos de confusión es la nación soberana, poder prejurídico y siempre latente, quien tiene la potestad de crear una nueva Constitución mediante sus representantes expresamente elegidos para este fin. A este respecto se asume como un principio dogmático lo establecido por la Constitución francesa de 1791: "La Asamblea Nacional Constituyente declara que la Nación tiene el derecho imprescriptible de cambiar su Constitución.", y la Nación somos todos nosotros.

La oscuridad de los partidos políticos se evidencia también en su uso del lenguaje. Para nuestros políticos las palabras no denotan conceptos, connotan emociones o intereses partidistas. Es decir, si los ciudadanos queremos entender, los políticos se empeñan en no ser entendidos. Quieren ser votados, aclamados y seguidos. ¿Qué quiere decir el PSOE cuando habla de estado federal?, ¿qué insinúan algunos socialistas catalanes que asumen la soberanía española y defienden a la vez que la autodeterminación de Cataluña debería ser legalizada? Desde el punto de vista lógico y conceptual, poca cosa. Propaganda entonces. Sugieren que no son tan “fachas” como el PP ni tan “obcecadamente radicales” como los nacionalistas. Eso es todo. Las palabras pretenden situarse en una estructura emocional e irreflexiva donde se vislumbre un centro imaginario en el que todos somos muy guays y tenemos buen rollito. La tibieza de la corrección política quiere evadir la semántica y tratarnos como a niños. Pero, a pesar de todo, los significantes tienen significado, y la ciencia política y la historia nos lo recuerdan.

            Si Cataluña tuviese derecho a decidir sobre su independencia (fuera cual fuera su decisión) no existiría la soberanía española. Existe la soberanía española, luego Cataluña no tiene derecho a decidir. Aquí no hay término medio porque obviamente no existen círculos cuadrados.
         ¿Estado autonómico o estado federal? Los estados autonómicos suelen tener un pasado centralista y el estado central ha ido otorgado funciones y competencias a las diversas regiones que los conforman. Así ocurrió en España. Las federaciones están conformadas por estados que originariamente eran soberanos e independientes. En un momento posterior cedieron su soberanía y algunas de sus atribuciones a una entidad supranacional o gran nación. Tal cesión es irreversible. Alemania y EE.UU son federaciones. ¿Dónde hay mayor autogobierno? En algunos estados federales hay mayor autogobierno que en algunos estados autonómicos. Sin embargo los Länder alemanes, por ejemplo, tienen menos autogobierno que Cataluña o el País Vasco. No hay regla fija. Si lo que pretende el PSOE es mayor autogobierno de las comunidades autónomas, no es pues necesario la federación. Por otro lado, si lo que se pretende es la asimetría, el estado autonómico da más posibilidades de asimetría que un estado federal. De hecho España ya es bastante asimétrica para desgracia de los que pensamos que todos los ciudadanos debemos ser iguales en derechos y servicios recibidos. ¿Para qué entonces una España federal?

          La diferencia fundamental entre un estado federal y otro autonómico está en su genealogía, no en su estructura. Juan tiene el pelo corto y Pedro lo tiene largo. Juan se deja crecer el pelo y Pedro se lo corta un poco. Ahora ambos tienen similar cabello. ¿Qué sentido tendría que Pedro quisiera tener el pelo como Juan? En cualquier caso, si pretendemos en serio que España sea una federación de estados, deberíamos primero convertir las autonomías en estados independientes. Luego, deberían unirse voluntariamente a la federación cediendo su soberanía recién adquirida. O sea, eliminar la soberanía española para después recuperarla. El problema es que el  único ente que puede legítimamente aniquilar la soberanía española es la propia soberanía española. Es decir, todos y cada uno de los ciudadanos españoles. Siendo así, es obvio que intentar convertir España en un estado federal, además de ser un rodeo complicado sin garantía de éxito, resulta una inmensa estupidez.

viernes, julio 24, 2015

LEGITIMIDAD, LEGALIDAD Y JUSTICIA



En la guerra de Irak del ya lejano 2003 se puso de moda una tríada crítica que pretendía descalificarla de forma absoluta: la guerra es ilegítima, ilegal e injusta. Junto con el lacónico no a la guerra, los tres términos actuaban como redundancias retóricas que pretendían subrayar que dicha guerra era inadmisible. Una y mil veces repetidas se convirtieron en eslogan que nadie se preocupaba de razonar con un poco de fundamento. Desde entonces he escuchado no pocas veces las tres palabras seguidas para descalificar una acción derivada de una decisión política. No obstante, cuando en política se utilizan meras palabras inconexas a modo de consigna se suele buscar la adhesión incondicional y la afectación del que las escucha más que la comunicación o el juicio. Mi intención no es ahora hablar de la guerra de Irak sino esclarecer, al menos someramente, los tres términos citados para abundar en el concepto y restar al lenguaje político cotidiano algo de su intención emocional. La descalificación exaltada equivale siempre a un mero desahogo sentimental, pero en política conviene siempre la argumentación. En estos asuntos las palabras nos deben hacer entender o al menos pensar, y no tanto sentir.



La legalidad se predica fundamentalmente de las acciones. Son legales si son conformes a la ley vigente e ilegales si están en contra. La ley es un precepto que se debe cumplir. Se diferencia de la norma moral en que el incumplimiento de la ley conlleva una sanción externa, mientras que en el ámbito moral solo existe una sanción interna en forma de culpa o vergüenza. La ley, también llamada ley política o ley positiva, se acompaña siempre de un poder con la fuerza necesaria para obligar a cumplirla. En nuestro mundo actual ese poder es identificado con el Estado. Las leyes de la ONU o sus ocasionales resoluciones, no son propiamente leyes, pues sin estado no hay tampoco verdadero poder sancionador. De todos es sabido que las sanciones de la ONU se cumplen o no dependiendo del equilibrio de fuerzas internacionales y no debido al incumplimiento de la ley en sentido estricto. Las llamamos leyes, pero son más bien una declaración de principios con pretensión de moralidad universal. Afirmar que una acción es legal, y acentuar especialmente esta cualidad sin apelar a otras (su justicia o la legitimidad de la ley a la que se pliega, por ejemplo), no dice nada sobre lo conveniente o no de la acción. Hitler o Stalin tenían su propia legalidad. Una ley puede ser justa o injusta y también legítima o ilegítima. La justicia y la legitimidad de la ley es lo que da valor a la ley y nos obliga a cumplirla más allá de la coacción del estado.

Lo legítimo se predica de la ley, el poder o el gobernante. Y solo equívocamente se predica de las acciones. Las leyes de un Estado, el régimen político y sus gobernantes son o no son legítimos. En principio son legítimos si por amplio consenso la población los acepta. En tal caso las leyes seguirían funcionando moderadamente bien sin necesidad de coacción externa. Ciertamente esto es difícil de constatar. El pueblo puede obedecer por miedo y el gobernante puede insistir en que obedece voluntariamente. Por eso los políticos modernos, y no solo los democráticos, tienden a buscar un procedimiento más objetivo para su legitimación. Recurren a menudo a consultas populares o plebiscitos.

Pero, ¿cuáles son los medios más habituales de legitimación para llegar a este presunto consenso? Max Weber señala tres que suelen ser asumidos por la sociología moderna. El primero es la tradición. Por ella se legitimaban las monarquías europeas del pasado. En el caso de las monarquías se suele utilizar la expresión legitimidad dinástica. El filósofo Jonh Locke dedicó su  Primer tratado de gobierno civil a desmontar la idea de que el origen de los reyes se derivaba de una remota cesión divina y que los poderosos aristócratas eran herederos de Adán. Lo que viene a constatar que tal legitimidad era ciertamente asumida por gran parte de la población. Recordemos que en el origen de la Revolución francesa ni siquiera el incorruptible Robespierre cuestionaba la legitimidad del rey. Los representantes del Tercer Estado pedían, sobre todo, que en el legislativo no se votase por estamentos, sino por cabeza. Pero el rey seguía siendo el jefe indiscutido del ejecutivo y se arrogaba no pocos privilegios. Lo mismo ocurría en Cádiz de 1812. Las cortes elaboran una constitución, pero la legitimidad de Fernando Vll no era cuestionada. Y no lo era, entre otras razones, porque por amplio consenso la mayoría de la población aceptaba su reinado, como más tarde se constató con la infame exclamación popular de vivan las caenas. El conflicto dinástico estaba tan involucrado con el pueblo que tras la muerte de Fernando Vll provocó la guerra carlista entre los partidarios de Carlos y los de Isabel, hermano e hija del rey respectivamente. El carisma es otra forma de legitimación. A menudo un líder o un caudillo, que para la mayoría resulta un hombre excepcional, es aceptado para dirigir los destinos de su país. Julio Cesar o Napoleón tenían, sobre todo, esta legitimidad. La tercera legitimidad se la suele llamar racional y pretende ser más objetiva. Esto es, pretende derivar de un respeto a los procedimientos de participación ciudadana. En cierto sentido podemos asimilarla a la legitimidad democrática. Tras argumentos y debates el pueblo o sus representantes elaboran una constitución y el poder se constituye. En algunos países, tras ser aprobada por referéndum, la constitución adquiere legitimidad democrática. Los políticos, que serán elegidos periódicamente por la ciudadanía, adquieren así legitimidad.

Lo justo se predica fundamentalmente de la ley. Y, por extensión, de las acciones y del poder. Las leyes, las acciones humanas o el poder político pueden ser justos o injustos. ¿Cuándo son justas las leyes? Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, nos habla de cierta ley natural que rige a los seres naturales: la naturaleza. El perro, el gato y el abeto tienen su propia naturaleza. Y también el hombre. Dentro de la naturaleza del hombre encontramos las normas morales. Una naturaleza peculiar: a diferencia de animales y plantas, el hombre puede cumplirla o no ya que está dotado de voluntad y libre albedrío. Esta moral natural, que para Tomás es objetiva, racional, universal y proviene de Dios; será el paradigma para saber si la ley política en cuestión es justa. Si se aleja de la norma moral, la ley es injusta. Posteriormente el jurista holandés del siglo XVll Hugo Grocio abunda en este planteamiento escolástico denominando iusnaturalismo a esta justificación de la ley. Aunque presumiblemente hay pocos ciudadanos que crean hoy al cien por cien en la moral que predicó Tomás de Aquino o el propio Grocio, la mayoría seguimos siendo iusnaturalistas. Cuando protestamos con enfado por lo inconveniente de una ley y decimos que esa ley es injusta, estamos apelando, sepámoslo o no, a una norma moral que reconocemos en nuestro interior (una moral natural) y que se aleja escandalosamente de la ley política en cuestión. Por ende, tenemos una gran inclinación a pensar que esa moralidad interior es universal, como decía Tomás. No obstante, puede ocurrir que alguien no solo niegue la universalidad de la moral de Tomás de Aquino, sino la existencia de cualquier moral universal. En este caso, o bien el concepto de justicia es eliminado a favor de la mera legalidad; o bien legalidad y justicia pasan a ser considerados sinónimos. Identificar legalidad con justicia se conoce como iuspositivismo. El padre del iuspositivismo moderno es el pensador austriaco del siglo pasado Hans Kelser. Una ley es justa por el mero hecho de ser ley. Y por ser ley, y por ende justa, se debe cumplir. El iuspositivismo tuvo su peor versión en el Tercer Reich, donde Hitler se convirtió, sin más, en fuente de derecho.

De modo que decir que una acción es ilegítima es no decir nada. A no ser que entendamos ilegítimo como sinónimo de injusto, que es lo que solemos hacer en el lenguaje cotidiano, aunque nunca en la ciencia política. Si queremos ser más precisos y decimos que lo que es ilegítimo es la ley, utilizamos bien el lenguaje, pero no estamos dando mucha información si no concretamos el tipo de legitimidad a la que nos referimos. A saber: tradicional, carismática o democrática. La ley sálica, por ejemplo, puede tener legitimidad tradicional pero dudosa legitimidad democrática.

Afirmar que una acción es ilegal tampoco nos da mucha información ni supone, en sí mismo, una significativa valoración. En la Alemania nazi era legal la discriminación racial y en muchos países islámicos es legal la discriminación de la mujer. Ante la expresión esa acción es ilegal, deberían seguir siempre las preguntas: ¿para qué estado?,¿tiene ese estado legitimidad?, ¿de qué tipo?, ¿asumiría yo como ciudadano esa legitimidad?

Señalar que una ley es injusta, aunque sea con una exaltada exclamación, tampoco dice gran cosa. Solo que no coincide con mi moral. Si bien tendemos a creer que existe una moral de validez universal, es obvio que la moralidad de cada uno de los ciudadanos no es exactamente la misma. Aunque cabe suponer que coincide a grandes rasgos (lo inconveniente de asesinar o robar no suele ser objeto de polémica), varía a veces en cuestiones importantes. Para muchos la ley que permite el aborto es injusta y para otros no. ¿Quizá uno de los dos está equivocado? Lo mismo ocurre con el matrimonio homosexual o las corridas de toros, por poner dos ejemplos más de sobrada actualidad. Aquí vuelve a tener importancia la idea de legitimidad. La moral, que tiene siempre vocación universal, suele ser difusa y no del todo coicidente en todos. La ley, más concreta y de obligado cumplimiento, garantiza así la convivencia. Si admitimos el procedimiento por el que se llega a la ley (su lergitimidad), asumimos con ello su cumplimiento y el compromiso de respetarla aunque ésta nos resulte injusta. En las sociedades abiertas el ciudadano disconforme con la ley, por medios pacíficos y a la vez legítimos, intentará hacer lo posible para cambiarla.

Las palabras nos hipnotizan y nos emocionan en poesía. Pero el discurso político es más bien prosa que requiere de nosotros tranquila reflexión. Si el eslogan, el ripio o el ingenioso juego de palabras nos seduce haríamos bien en atarnos al mástil de la razón, como Odiseo, para no sucumbir a los cantos de sirena.

sábado, junio 20, 2015

PODEMOS Y SU HERMANA FEA



Freud y Nietzsche descubrieron que la razón no es el centro del hombre. Si bien tenemos razón, somos seres deseantes expertos en racionalizar nuestros deseos. Dan Ariely, un peculiar psicólogo experimental, se esfuerza en enseñarnos de forma práctica el mecanismo deseante de nuestras decisiones. Nos viene a decir que el homo economicus no es una atemperada máquina que sopesa los pros y los contras de sus compras, sino algo más irracional. Ilustra su tesis con algunos experimentos de los cuales destaco aquí uno. Cuando se pide a un grupo de clientes deseosos de viajar que elija entre dos opciones semejantes, pero de distinto signo, las decisiones se suelen repartir equitativamente. Por ejemplo, dos ofertas de viaje: Roma y Paris, ambas en hotel de lujo con comida y desayuno incluido. Las dos con el mismo precio. Lo interesente es que si incluimos una tercera opción parecida a alguna de las anteriores, pero menos resultona: un viaje a Roma más caro, sin desayuno incluido, por ejemplo, variamos el resultado estadístico de la elección. La mayoría elegirá ahora el viaje a Roma “más barato”, desechando el viaje a Paris. 

El experimento funciona también en cuestiones más cotidianas. María e Inés son dos jóvenes y guapas amigas. María es morena e Inés rubia. Suelen tener un éxito similar cuando salen los sábados a ligar. Pero resulta que algunos días se une Amparo, hermana de Inés y parecida a ella, pero algo más fea. ¿A quién beneficia el cambio? Cuando las tres salen a ligar juntas quien más éxito tiene es desde luego Inés. 

Los viejos teóricos de la democracia consideraban al ciudadano elector como un ser impolutamente racional que elige siempre tras una prudente reflexión, pero si hacemos caso a Freud y a Ariely los mecanismos irracionales del deseo también aquí juegan un destacado papel. Durante las últimas décadas las elecciones políticas se dirimían entre tres partidos nacionales: PP, PSOE e IU. PP y PSOE eran semejantes pero de distinto signo, digamos que uno era moreno y otro rubio. Pero IU se parecía un poco al PSOE. Obviamente, y a tenor de los resultados, IU era la hermana fea del PSOE. Se entiende entonces por qué el partido que más ha estado en el poder desde la muerte de Franco ha sido el PSOE. Si la memoria no me falla el PSOE ha ganado cinco legislativas y el PP tres. Teniendo en cuenta las elecciones municipales del 24 de mayo son muchas cosas y muy importantes las que pueden cambiar en España. No obstante, en esta somera reflexión yo solo me limitaré a poner el foco en algo un tanto frívolo y superficial. En la escena política ha desaparecido un viejo actor: IU. PP y PSOE se encuentran ahora cara a cara, los dos en caída libre y con semejante numero de votos. Como dos viejos púgiles sonados siguen luchando entre ellos. Y su instinto de supervivencia pasa por aniquilar al otro. Visto los pactos que se han realizado, ¿se convertirá el PSOE en la hermana fea de Podemos?

lunes, mayo 04, 2015

LA ÉTICA DE KANT 1/2 (video-Imperativo categórico)


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LA ÉTICA DE KANT

1.EL HECHO DE LA MORALIDAD

            En la crítica de la razón pura especulativa Kant parte de un hecho incuestionable: la ciencia de Newton. Es un hecho que sabemos a priori y de manera absoluta cosas de los objetos. Es un hecho que cada vez sabemos más cosas de los objetos. Estas eran las dos características que a Kant le parecían indiscutibles en la ciencia, es decir, la ciencia es sintética y a priori. Luego se preguntaba cómo era esto posible: saber con independencia de la experiencia, a priori, algo sobre los objetos. Esto era posible porque el hombre, la razón pura del hombre, manipula de alguna manera lo que conoce. Imprime una forma a los objetos y esta forma luego dice que es del objeto, pero lo cierto es que el sujeto la ha imprimido antes en el objeto. Es decir, que conocemos a priori lo que antes hemos puesto en el objeto. Lo que la razón pura ha puesto antes en los objetos (espacio, tiempo y categorías).

            En la crítica de la razón pura práctica Kant parte de otro hecho: la conciencia moral del hombre. ¿En qué consiste este hecho? Primeramente consiste en que todos los hombres estamos capacitados para juzgar las acciones humanas como buenas (convenientes, correctas) o malas (inconvenientes, incorrectas). Además podemos emitir estos juicios sin necesidad de ir a la experiencia. No es necesario que yo vea a Juan robar para poder juzgar que esta acción es mala. El hecho moral tiene pues un factor a priori, como la ciencia. Los juicios morales son, además, universales y necesarios. Asesinar no es bueno para unos y malo para otros. Es malo universalmente para todos y en todo tiempo. No podemos tampoco concebir una situación en que sea bueno asesinar, es pues necesariamente malo. Es evidente que para Kant la moral no es relativa sino absoluta.



2.LA LEY MORAL UNIVERSAL

               Igualmente que hizo Kant en la física se pregunta ahora: “¿cómo es posible el hecho moral?”. El hecho moral consiste, como vimos, en la emisión de juicios de valor universales, necesarios y por tanto absolutos y a priori. Ahora bien, si la moralidad tiene un factor a priori (y por tanto universal, necesario y de validez absoluta), tiene que ser porque la razón, en este caso en su función práctica, interviene en la construcción de estos juicios. La matemática o la física es universal, necesaria y con validez universal, porque tiene un factor a priori donde la razón interviene de manera activa con el espacio, el tiempo y las categorías.

            Ahora bien, lo único que puede aportar la razón son formas vacías de contenido. La razón en su uso práctico aporta una forma a priori de la moralidad que viene a explicar el hecho moral tal como lo entiende Kant. Esta forma a priori de la moralidad se denomina ley moral universal o imperativo categórico, y se enuncia de varias formas: “Obra de tal modo que la máxima que rige tu conducta sea deseable aplicarla como ley universal a toda la humanidad” o bien, “considera siempre a un ser humano como un fin y nunca como un medio”.

            Esta ley universal que pone la razón no nos dice qué hacer; pero nos da la pista para saber qué hacer en cualquier situación. Ante una circunstancia en que nos planteemos robar a otra persona, por ejemplo, la razón no nos dice “no robes”. No nos lo dice al menos directamente. Nos dice solamente que actuemos de modo que la máxima de nuestro comportamiento, en este caso robar, sea deseable que la siguiese todo el mundo. Es decir, nos propone un experimento mental. Veamos que resulta de este experimento mental. ¿Puedo yo desear que toda la humanidad actúe conforme a esta máxima: robar, siendo mi familia, mis amigos e incluso yo mismo objeto de robo? ¿Sería, en definitiva, mejor un mundo donde todo el mundo robase o fuese lícito robar? No, no puedo desear esto, luego deduzco que no se debe robar. De igual modo deducimos que no se debe asesinar, mentir, etc. Es por esto por lo que todos coincidimos en considerar que robar, asesinar o mentir es malo, porque se basa en una ley universal que proviene de la razón en su aspecto práctico y está, como el espacio, el tiempo y las categorías, presente en todo ser humano. Tanto la ley universal como los mandatos que se derivan de ella son denominados por Kant como imperativos categóricos.


3.ACCIÓN MORAL E INMORAL

 La acción moralmente correcta

               Imaginemos un tendero que tiene la posibilidad de engañar a un niño que le demanda un caramelo. Si el tendero, aun pudiendo, no engaña al niño indefenso, consideraremos que su acción es virtuosa. En este caso el tendero ha realizado su acción por respeto a la ley universal y obedeciendo el imperativo categórico de no robar incondicionalmente. Toda acción que se realiza por deber, obedeciendo al imperativo categórico, es una acción moralmente correcta desde el punto de vista de Kant.

 La acción inmoral contra la ley

            Si el tendero en cuestión roba efectivamente al niño actuando en contra de un imperativo categórico que le indica no robar, la acción es claramente inmoral o moralmente incorrecta. Toda acción regida por un imperativo hipotético y en contra del deber es una acción inmoral.

La acción inmoral conforme a la ley

               Imaginemos otro tendero que tiene la posibilidad de engañar a un niño indefenso que le reclama un caramelo. En la tienda y contemplando la escena se encuentra una señora que espera su turno. El tendero no engaña al niño (no le cobra de más), pero lo que guía su acción es la posibilidad de que la señora que ve la escena pueda comprobar que su acción es honrada y él una persona honesta. Si engañase al niño y la señora lo viese y lo contase a todos los futuros clientes su negocio iría a la ruina. El tendero ha hecho algo inmoral y su acción no tiene mérito alguno. Digamos que su acción es conforme a la ley moral, sin contradecir la ley, pero no por la ley. Su acción se ha guiado por un imperativo hipotético: “si quieres que tu negocio marche bien, no robes al niño”. Toda acción que se rige por un imperativo hipotético, pero conforme a la ley moral, como en este caso, es también una acción inmoral.


4. AUTONOMÍA Y FORMALISMO

            Antes de Kant todas las teorías éticas eran materiales. Toda ética material propone unos contenidos: un fin de nuestras acciones y unas normas para alcanzarlo; se rige, además, por imperativos hipotéticos y el hombre aparece como esclavo y determinado por inclinaciones y factores externos constituyendo una moral heterónoma.

               Consideremos un ejemplo de moral material: la moral hedonista de Epicuro. Propone Epicuro un contenido concreto: el fin del hombre es el placer y si queremos alcanzarlo debemos seguir ciertas normas; comer con mesura, por ejemplo. Es evidente que la ética de Epicuro se rige por imperativos hipotéticos: “si quieres el placer, come con moderación”. Además, la ética de Epicuro considera al hombre esclavo de cosas externas y de su  propia inclinación o deseo, en este caso el placer. Es una moral heterónoma. El hombre no se da a si mismo la ley por la cual se rige.
            La ética de Kant es formal, no propone contenidos, ni fines a seguir ni normas para conseguirlo, sólo propone una forma vacía: la ley universal de toda moralidad. La acción moral se realiza incondicionalmente, por respeto a la ley moral, siguiendo el mandato de un imperativo categórico: “no robes o no asesines. No porque quieras ser feliz o no ir a la cárcel, sino porque no debes hacerlo, sin más”. La moral kantiana es además autónoma. El hombre se da a sí mismo la ley y no se somete a factores externos a su voluntad como el deseo, el instinto u otra inclinación ajena a la razón. El hombre es pues verdaderamente libre. 

viernes, abril 24, 2015

MORAL, POLÍTICA Y VERDAD

Cuando alguien dice “las lentejas es el plato más sabroso” todos entendemos que se trata de algo puramente subjetivo e individual. Sin embargo “dos y dos son cuatro” nos resulta objetivo y universal. Solemos decir que el primer juicio es de gusto u opinión y el segundo de conocimiento. Pero dado que toda ley política se suele fundamentar en un precepto moral es pertinente una pregunta: ¿la valoración moral de un hecho es una cuestión de gusto o de conocimiento?
Todos sabemos que sobre gustos no hay nada escrito. Precisamente por esto la mayoría convenimos en que deben ser respetados. Resultaría irracional obligar a alguien al que no le gustan las lentejas, a que le gusten. Y mucho más a comerlas porque están muy ricas. De modo que si lo que considero correcto y conveniente en el comportamiento humano es una cuestión de gustos, son inevitables ciertas aporías. Si un bruto descerebrado machaca sistemáticamente a los pelirrojos precisamente porque no le gustan, deberíamos considerar irracional obligarle a que deje de hacerlo porque está equivocado. Los gustos no se imponen ni hay gustos equivocados. Hagan ustedes lo que quieran y déjenme hacer a mí, nos diría. Y no le faltaría razón. En cualquier caso es muy probable que muchos pelirrojos, y algunos que no lo son, le machacarán a él esgrimiendo las mismas palabras. Si consideramos que lo correcto es lo que me gusta, sin más, admitimos implícitamente que lo que está bien o mal es relativo y todo vale lo mismo. La sociedad resultante sería una especie de anarquismo caótico que desembocaría en una guerra de todos contra todos o el gobierno del más fuerte.
Pero si consideramos que la cuestión moral se basa en juicios de conocimiento y somos consecuentes con ello hasta el final, ¿qué mundo resultaría? Me temo que no sería mucho mejor. Si alguien dice que dos más dos son cinco solemos afirmar que está equivocado y, si insiste, es comprensible que alguien le imponga la verdad. No está mal visto, e incluso es recomendable, imponer la verdad al que chapotea en el error, siquiera pedagógicamente. Así el padre a su hijo o el maestro a su alumno. Ahora bien, si en política alguien tiene la tentación de asimilar la moral al conocimiento, tenemos un estado totalitario. La utopía platónica es un claro ejemplo de lo que queremos decir. También la Inquisición que nos llevaba a la hoguera para enmendar nuestro error. Los presuntos sabios impondrían a sus súbditos la eterna e inmaculada verdad como al niño díscolo la lección de matemáticas, pues la verdad no se discute. No obstante, la verdad impuesta sería la que reside en la cabeza del que manda, no lo olvidemos, y los sabios suelen diferir mucho en estos asuntos morales. Hoy por hoy, desde presupuestos religiosas, muchos sabios fundamentalistas no escatiman esfuerzos para sacarnos del pertinaz error en el que vivimos. ¿Estamos dispuestos a padecer esta imposición? 
La cuestión es que los juicios donde valoramos las acciones como buenas o convenientes son una rara mezcla de opinión y conocimiento. Tienen la exigencia de universalidad de los juicios de conocimiento, pero carecen de la posibilidad de demostrar su objetividad, como ocurre con los juicios de mero gusto. Por eso hay conflictos y guerras. Y por eso hay infinitos debates políticos en radio, televisión y en el bar de la esquina: ¿subimos o bajamos los impuestos?, ¿legalizamos la prostitución y las drogas? Obviamente ésta es una circunstancia trágica de nuestra propia razón que tenemos que aprender a manejar. Pero, ojo, ser conscientes de esto no nos pone por encima de nuestra propia condición humana. Un psiquiatra tampoco está libre de padecer una esquizofrenia. Conocer hasta cierto punto la complejidad de las cosas no ayuda mucho: a duras penas nos hace ser un poco más prudentes. Cada vez que decimos que aquella acción es buena y conveniente sigue habiendo una exigencia de universalidad implícita, seguimos discutiendo con furor y seguimos teniendo la tendencia a imponer a los otros nuestra “verdad”. ¿Qué hacer entonces?
La historia política de la humanidad pendula entre los que nos imponen sus gustos morales porque sí y los que nos imponen su verdad moral porque es verdad. La solución en las llamadas sociedades abiertas tiene mucho de ficción tramposa y no está exenta de riesgos, pero considerando las dos alternativas anteriores resulta bastante aceptable. Asumimos un mínimo de juicios éticos y políticos como si fuesen ciencia demostrada: los derechos civiles; o más extensamente, los derechos humanos. Tras esta convención, que unos justificarán por Dios, otros por razón natural y otros por tradición, consideramos que el resto de verdades políticas están para ser discutidas y que todos tenemos las mismas posibilidades de acierto o error. Actuamos entonces como si la cuestión moral y política fuese una cuestión de conocimiento, pero con un pacto tácito: la respuesta nunca acaba de ser definitiva, la lucha será solo dialéctica y finalmente se hará lo que diga la mayoría. Por eso la responsabilidad última de hacer las leyes; esto es, consagrar lo conveniente que deberá ser respetado por todos, debe recaer en los ciudadanos, directa o indirectamente. No porque seamos infalibles, sino porque somos los que nos felicitaremos por los aciertos y sufriremos por los errores. Y, en este último caso, podremos también rectificar. Desde la revolución francesa a esta fuente de legalidad la llamamos soberanía nacional. 
En las dictaduras la ley tiene vocación de eternidad y emana de los que tienen el poder para imponerla. Se legitima cínicamente por la razón de la fuerza o hipócritamente apelando a la verdad. Sin embargo en las llamadas democracias la ley, que emana de la gente, es una verdad provisional siempre sujeta a revisión. Criticarla, cuestionarla y examinarla es nuestro deporte preferido. Y es la posibilidad y la realización de este deporte lo que nos hace ciudadanos y no súbditos. Una pequeña diferencia que no conviene subestimar. Gracias a ella, por ejemplo, yo puedo escribir en este blog y tú, paciente lector, me puede leer. Y ambas actividades con nulos o mínimos riesgos. ¡Viva, pues, la diferencia! 

sábado, marzo 07, 2015

ALBERTO GARZÓN Y EL SILOGISMO POLÍTICO




En una reciente entrevista televisiva el líder de IU, Alberto Garzón, afirmó que un político que roba no es de izquierdas. La presentadora quedó ojiplática esperando la sesuda fundamentación de tan rotundo juicio. Pero el ufano político tan solo reiteró la frase como si se tratase de un mantra exento de posible análisis. Aquella noche mi mente andaba un poco embotada por tanto debate insustancial con que los medios nos suelen castigar en períodos electorales. Y quizá buscando cierta evasión que me sacase del hastío, me vino a la mente la escolástica medieval. Mi imaginación se puso a fantasear. Imaginé entonces una distópica España donde la afirmación de Garzón, cual dogma teológico medieval, se asumiese por fe, revelación de algún libro sagrado o por la autoridad indiscutida de algún presunto sabio. ¿Qué nos diría Garzon?

Tratándose de un escolástico del siglo XXI no sería impensable que  el joven líder de IU recurriera entonces a una suerte de argumento ontológico similar al de san Anselmo. El concepto “ser de izquierdas” es equivalente a “ser moralmente perfecto”. Y siendo así, al pensar con detenimiento en él, se da uno cuenta de que “ser honrado” está necesariamente unido a su esencia. Es entonces inconcebible que alguien sea de izquierdas y sea a la vez un ladrón. Negar esta evidencia no es cosa de malvados, sino de insensatos que no entienden lo que piensan; como Anselmo decía de los ateos. ¿Recuerdan? Dios es un ser perfecto. La existencia real es una perfección. De modo que basta pensar correctamente en Dios para evidenciar que existe.

Si la presentadora no acababa convencida tras la clara exposición, el escolástico Garzón, bregado en la disputatio, podría utilizar, como antaño, el resultón raciocinio silogístico. El ejemplo más clásico y famoso del susodicho razonamiento aristotélico expresaba que todo hombre es mortal y que también Sócrates lo es. El nuevo, calcado del anterior, vendría a decir lo siguiente: Todo hombre de izquierdas es honrado. Juan es de izquierdas. Luego, Juan es honrado. Pero, ¿qué pasaría en aquel mundo imaginado si Juan, que es de izquierdas, roba? Pues que no es Juan, no es verdaderamente de izquierdas o sencillamente no roba. La premisa mayor quedaría intacta.

Pensé más detenidamente en ese mundo destilado por mi calenturienta mente y descubrí que, después de todo, no era tan disparatado, pues tal escolástica política se aplicó profusamente en los años setenta. Cada vez se hacía más evidente que la URSS era una cruenta dictadura donde la élite gobernante no era igual que el resto de los mortales. Sin embargo muchos no lo veían así. Recuerdo al pobre Solzhenitsyn por televisión contando las penurias padecidas en su celda siberiana y denunciando las perversiones del sistema soviético. Y cómo una hueste de intelectuales se indignó por su mentiroso testimonio. El maltratado Solzhenitsyn se quedó pasmado al constatar cómo tantas personas presuntamente inteligentes, que incluso habían viajado a la URSS, negaban la evidencia. Es decir, que la URSS seguía siendo un paraíso porque era comunista o, volviendo a nuestro primigenio silogismo, que Juan no robaba porque era de izquierdas. De modo que la premisa mayor: un país comunista es un paraíso, seguía estando vigente. A principios de los ochenta algunos dejaron de afirmar que la URSS era un paraíso. Pero el silogismo seguía funcionando. La URSS pasó a definirse como capitalismo de estado. O sea, que finalmente resultó que Juan no era de izquierdas, pero el comunismo seguía siendo un paraíso. ¡Acabásemos!

En los setenta y ochenta el eficaz silogismo desprestigiaba mecánicamente a los malintencionados críticos. Todos ellos filocapitalistas, contrarrevolucionarios, derechistas y fascistas. Solzhenitsyn incluido. Y es que las cosas habían cambiado muy poco desde Galileo, otra víctima del silogismo. El dogma medieval decía que todo cuerpo celeste giraba alrededor de la Tierra. Galileo, que era heliocentrista y negaba lo anterior, invitaba a sus adversarios a mirar los cielos a través del telescopio. Pero los escolásticos no veían lo mismo que él. Para muchos los satélites de Júpiter no existían. Para otros sí, pero sus órbitas alrededor del gigantesco planeta eran una ilusión provocada por las lentes del endemoniado aparato. Y entre la autoridad del sabio Aristóteles y los mentirosos cristales, los escolásticos se quedaban, claro está, con lo primero.

La escolástica medieval acabó por ceder ante el empirismo de Francis Bacon y el racionalismo cartesiano. Bacon y Descartes advertían que el razonamiento silogístico servía para exponer con claridad algo previamente asumido como verdad, pero resultaba inútil para deducir una nueva verdad. O sea, que se trataba de un engañabobos. Pero, ¿podrían también desmontar la afirmación de Garzón? Bacon recomienda la inducción empírica. Tras constatar por experiencia que Juan, Pedro y Javier son de izquierdas y no roban, podríamos enunciar una ley, siempre provisional, que afirmase que los políticos de izquierdas no roban. No obstante, bastaría un caso particular que contradijese esa ley para echar abajo la verdad general del enunciado. El puntilloso Descartes, algo más parco, subrayaría que el enunciado en cuestión no es claro ni distinto. Y aun siendo considerado verdadero por fe, revelación o autoridad no es desde luego cierto. Es decir, es dudable, pues no es evidente per se ni se concluye tras sólido razonamiento. Motivos suficientes para rechazarlo.

Obviamente el tema que se dirime aquí no es si es mejor ser de izquierdas o de derechas. Cuestión peliaguda que tan solo se podría responder tras arduas especulaciones metafísicas. Tampoco tratamos de averiguar si efectivamente los políticos de izquierdas no roban, bizantino problema que escapa a mi modesta capacidad. El asunto más urgente, por básico y elemental, es de orden epistemológico: ¿es mejor ser escolástico, empirista o racionalista? Usted, estimado lector, tiene la última palabra.
            
Publicado en el DIARIO INFORMACION de Alicante el 20 de marzo del 2015

jueves, febrero 12, 2015

CINE Y FILOSOFÍA


No es un libro de cine ni de filosofía. Pero tiene que ver con el cine y la filosofía. En él he seleccionado trece películas que alguna vez vi y me gustaron: Matrix, Atrapado en el tiempo, Mr Jones, El cielo sobre Berlín, Her, Antz, La Ola, Marnie la ladrona, Raíces profundas. El lector, La clase, Farenheit 451 y Hércules.

Cada película es el motivo o la excusa para una reflexión. Más o menos ensayística. A veces narrativa o poética. Otras, analítica con cierto afán clarificador. Trece películas tan solo, pero muchas preguntas. Sobre el Tiempo, la banalidad del mal, los efectos de las nuevas tecnologías de la comunicación, la mente, la locura...

Pocas respuestas, ciertamente. Incapaces de satisfacer nuestra inteligencia. Pero anidadas en suficientes preguntas como para tensarla y avivarla. Solo la inteligencia divina, eternamente satisfecha, tiene la infalible capacidad de resolver problemas. La inteligencia humana consiste más bien en crear o descubrir problemas que solo a veces podemos resolver.

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viernes, julio 18, 2014

LA PELÍCULA ANTZ Y PLATÓN




La película Antz nos sirve para ilustrar la política platónica. Existen múltiples similitudes y algunas diferencias. Intentemos resaltarlas.

El hormiguero está estructurado en tres clases sociales: gobernantes, militares y trabajadores, de forma similar a como Platón piensa su República. Las clases sociales están determinadas por el temperamento del individuo que tiene un carácter hereditario, recordemos como al principio de la película es asignado un pico o un casco militar a la pequeña larva de hormiga. La virtud de cada clase social es el cumplimiento de su deber. Lo importante es el superorganismo o la comunidad de hormigas donde el individuo es insignificante. La aristocracia gobernante (la reina, la princesa Bala y su séquito), convive con la clase militar en Palacio (al menos con las altas jerarquías militares) y Platón prescribe que gobernantes y militares vivan en comunidad.
Ciertamente la aristocracia gobernante de la película Antz (la hormiga reina y su hija), no son filósofos. Además lo que plantea la película es más bien el sometimiento de la aristocracia a la élite militar en una especie de golpe de Estado. Ambas cuestiones no serían subscritas por Platón.

La utopía es una forma de organización social y política que debido a la perfección teórica que supone y a los presupuestos sobre la naturaleza humana de los que parte resulta imposible o muy difícil de realizar. La palabra utopía es de origen griego y etimológicamente nos remite a un no-lugar (u-topos), algo que no existe “¿todavía?” en la realidad. El primero que utiliza esta palabra en el sentido citado es el renacentista Tomás Moro en su obra Utopía donde describe una sociedad ideal.

miércoles, julio 02, 2014

LOS PADRES DE LA DEMOCRACIA

Cuando Locke, Mostesquieu y Rousseau utilizan explícitamente la palabra democracia piensan en el modelo ateniense: democracia directa o asamblearia en pequeños territorios. Cierto que durante los siglos XVII y XVIII el concepto de democracia va perdiendo progresivamente el carácter peyorativo que había tenido desde Platón, pero dista mucho de ser un sistema político preferente para nuestros tres teóricos políticos. Curiosamente nuestros autores pasan por ser ideólogos de la democracia moderna. No obstante, ninguno de ellos defiende la democracia explícitamente como la mejor forma de organizar el poder. Lo cual no deja de ser irónico, ¿verdad?

Locke y Montesquieu pretenden limitar el poder absoluto de los reyes y sus planteamientos políticos van encaminados a defenderse de las tiranías. Para ello abundan en la idea de un constitucionalismo liberal: limitación del poder del Estado separando sus poderes fundamentales y elaboración de las leyes por representantes políticos. Rousseau, con planteamientos más sociales, descubre o inventa el concepto de soberanía popular que va parejo a la participación directa del pueblo en la elaboración de las leyes. Los dos primeros dan importancia a las libertades civiles y políticas y el segundo a la soberanía popular y a la igualdad social.

La cuestión es que en el siglo XVII y XVIII todos sabían qué era la democracia, aunque pocos la defendían. Pero en el siglo XXI el concepto de democracia moderna, revindicado por casi todos, sigue siendo un galimatías que se fundamenta desde presupuestos diferentes y antagónicos de filósofos que se declaraban, para más inri, no demócratas. Esto hace que democracia sea hoy una expresión vacía, carente de significado si el orador o escritor no especifica lo que entiende por ella. Pongámonos en guardia, por tanto, cuando la escuchemos a políticos que pretenden hacerse querer, pues podrían estar pensando tanto en Cuba como en EE.UU, y en ambos casos sería posible razonar con cierta coherencia su elección semántica. Lo importante no es qué es una verdadera democracia o qué es una democracia real, por utilizar una expresión más de moda en nuestra España actual. Lo verdaderamente importante es qué entiende usted, político que pide nuestro voto, por democracia. Sirva esto de aviso y prevención para mis estimados lectores.

En fin, empecemos por el principio. A continuación intentaremos aclarar qué entendían por democracia los padres putativos de la democracia moderna (sea esta lo que fuere) Locke, Montesquieu y Rousseau.

sábado, mayo 31, 2014

PABLO IGLESIAS, AUTOR DEL QUIJOTE


Pablo Iglesias propone un período constituyente, se proclama patriota y defiende el derecho de los pueblos a ser estados independientes. Pero aquí el orden es muy importante. ¿Plantearía primero un periodo constituyente para todo el estado español y luego, establecida la nueva constitución, defendería la autodeterminación de Cataluña y País Vasco desde su partido? ¿O quizá primero defendería la autodeterminación de los pueblos, y luego, para lo que quede de España, un periodo constituyente? ¿El derecho de autodeterminación se contempla también para Albacete o Móstoles? En cualquier caso, ¿cuál es la patria de Pablo?, ¿Castilla, Madrid, el barrio de Lavapiés?
     Pablo habla de una nueva Constitución y dice que el régimen está agotado. Y yo comparto la idea. Pero nada dice sobre la indispensable independencia de poderes. ¿Quizá olvida Pablo el artículo XVI de los derechos del hombre y del ciudadano que afirma que sin separación de poderes no hay una verdadera constitución?
     Pablo Iglesias nos dice que el sistema actual no es una democracia real. Y yo no le voy a contradecir en esto. Pero cuando habla de la democracia real nos da una pista para entender tan manido concepto: los enemigos de la democracia son los defensores del derecho de propiedad y los amigos aquellos que cuestionan tal derecho. John Adams, Jefferson, Tocqueville, Locke y Mostesquieu son pues enemigos de la democracia y Lenin, Stalin, Castro y Chávez son verdaderos demócratas.