lunes, febrero 01, 2016

HITLER Y EL PARLAMENTO DE PARTIDOS


El  parlamento representativo es una herencia liberal que se pone en práctica por primera vez en Reino Unido y que se generaliza en el continente europeo tras la Revolución francesa. Los electores eligen representantes por distrito a una o dos vueltas. Los diputados son elegidos a título individual para defender los intereses de sus distritos y los de la nación. Obviamente tienen una concepción ideológica más o menos común con la del partido o asociación a la que suelen pertenecer, y el  elector también tiene en cuenta esto a la hora de emitir su voto. No obstante, el diputado no está sometido a mandato imperativo del partido ni al de su representante. Obra siempre en conciencia. No es un mandatario que actúe al dictado, es un representante que trata de defender los interese de sus representados lo mejor que puede. A la hora de defender su distrito puede unirse en el parlamento con otros diputados con similares intereses. Por ejemplo, si dos distritos tiene dificultad en el suministro de agua o tienen pocas zonas verdes, diputados de partidos diferentes se suelen unir para procurar una solución. Igualmente ocurre con cuestiones políticas que no están claramente delimitadas ideológicamente. Hoy a estas cuestiones las solemos denominar trasversales: los matrimonios entre homosexuales, las corridas de toros o la controvertida guerra de Irak, por ejemplo. Aunque el jefe del partido dictase una respuesta, el diputado puede actuar en conciencia en contra de la mayoría del partido si es necesario. Actualmente podemos ver estos debates entre diputados del mismo partido en el parlamento de Reino Unido, por ejemplo. De la pluralidad de representantes surge así la unidad de acción, pues la mayoría siempre se impone a la minoría. Y esta mayoría no siempre está constituida por miembros del mismo partido.
Antes de la primera guerra mundial el sistema político alemán no era desde luego perfecto, pero en la República de Weimar, gracias la constitución de 1919, el parlamento se convirtió en un parlamento de partidos sin ninguna representación real.
Los partidos se convirtieron en sólidas estructuras verticales avaladas por el estado, ajenos a la sociedad civil. Y el sistema electoral dejó de ser mayoritario y pasó a ser proporcional: los votantes no elegían individuos, sino una lista de candidatos elaborada por el jefe del partido. La lealtad del diputado hacia el estado, a la constitución, al distrito, a los ciudadanos y a su propia conciencia fue sustituida por la lealtad hacia el partido. Esta lealtad se convertía en una cuestión de supervivencia en virtud de un mandato imperativo del partido que si no estaba explicitado de iure, actuaba siempre de facto. El diputado resultaba ser un títere de la dirección. Podía desobedecer, pero la consecuencia era el ostracismo político en la siguiente legislatura. Cuando no había mayoría absoluta, y esto ocurre tarde o temprano en un parlamento de partidos con un sistema electoral proporcional de listas, las coaliciones entre partidos hacían imposible llevar a cabo una política independiente. Resultaban entonces gobiernos demasiado débiles para gobernar, pero lo bastantes fuertes para impedir que otros lo hicieran. En la república de Weimar  la vida pública y el estado mismo desembocaron en un sistema de pactos y compromisos, “pacta sunt servanda”, semejante al del estado estamental de la Edad Media. Lo que prevalecía era el pacto entre los partidos, casi siempre por intereses espurios ajenos al bien común (hoy lo llamamos consenso), y la constitución resultaba tan elástica como un chicle y tan interpretable como un oráculo.
En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales alemanas de marzo de 1932 Hitler queda en segunda posición con un 36,8%. Cifra incapaz de darle la presidencia de modo automático. En las elecciones parlamentarias del 6 de noviembre de 1932 el partido nazi consigue un 33% de los votos. Muy lejos de una mayoría absoluta. No obstante, pactos, consensos e intrigas varias posibilitaron finalmente que en enero de 1933 Hitler se hiciese con el poder en Alemania. Lo demás es de sobra conocido.
En febrero de 1933 el insigne jurista Carl Schmitt era crítico con la republica pero también lo era con los nazis. Su planteamiento conservador pasaba por reforzar la autoridad del presidente Hindenburg y debilitar así el parlamento de partidos que era el origen de todos los males. Schmitt reflexiona sobre la situación en un breve escrito titulado “Evolución del estado total en Alemania” (weiterentwicklung des totalen Staats in Deutschland). La crítica que Schmitt hace es aguda y detallada, aunque las soluciones propuestas en sus escritos posteriores no pasaban desde luego por un retorno al parlamentarismo liberal. Nos viene a decir en la obra citada que la delicada situación política alemana fue posible gracias al parlamento de partidos, dependientes del estado, y que las cosas hubieran sido diferentes con los partidos de opinión al viejo estilo liberal, dependientes fundamentalmente de la sociedad civil. En Alemania los partidos, sobre todo el comunista y el nazi, proporcionaban a sus seguidores la correcta concepción del mundo en todos los aspectos posibles. La voluntad del pueblo transcurrió entonces por tantos canales como partidos, sin posible convergencia, pues no hay modo de entenderse cuando cada uno es una totalidad perfecta y cerrada en sí misma. Consecuentemente, la unidad del estado se convirtió en una entelequia. “En esta situación todas las instituciones constitucionales decaen y se desnaturalizan, todas las atribuciones legales e incluso todas las interpretaciones y argumentos se instrumentalizan y devienen medios tácticos de la lucha de un partido contra otros y de todos los partidos contra el Gobierno” 
En fin, la Historia suele repetirse aunque nunca lo hace exactamente igual. El advenimiento del nazismo acabó con la República de Weimar. Por mi parte tan solo espero que la caída del régimen de 1978 nos traiga por fin un parlamentarismo verdaderamente representativo donde la lealtad de los diputados a los ciudadanos, a la unidad de la nación y a la futura constitución que está por venir, sustituya a la disolvente lealtad partidaria de los tiempos que nos han tocado. No es algo utópico: Reino Unido o Francia lo tienen. ¿Por qué no nosotros? Creo que en este caso no hay termino medio: o nos viene esto o lo otro. ¿Hace falta que sea más explícito?
 

miércoles, enero 13, 2016

NO ES UN GOLPE DE ESTADO


 
No es un golpe de estado a cámara lenta. Ni siquiera es un golpe de estado. Es un proceso revolucionario. El golpe de estado se urde en secreto y la revolución es siempre explícita y publicitada. Lo que está ocurriendo en Cataluña lo escuchamos por la radio, lo vemos por la tele y lo leemos en los periódicos. Desde hace años: día a día, minuto a minuto. Determinada la sustancia del fenómeno, esforcémonos pues en calificarlo adecuadamente.
La revolución catalana carece de legitimidad popular. Más allá del espejismo que supone la hegemonía cultural fomentada por las instituciones catalanas, ninguna mayoría se levanta entusiasta por el acontecimiento: menos de un tercio del censo catalán parece defenderlo, más de un tercio lo rechaza y aproximadamente un tercio de abstencionistas lo soporta y lo sufre en silencio. El apoyo es infinitamente más pequeño si consideramos los habitantes del todo el territorio español: los verdaderos soberanos.

La revolución catalana es mediocre, gris y cómica. Los dos grandes modelos revolucionarios latentes siempre en el imaginario colectivo son el francés y el soviético. Ambos, trágicos acontecimientos. Y no por la sangre derramada, aunque también por ello; sino por su ineludible hondura. Trágicos pues en el sentido en que lo es un drama bien trazado, un argumento profundo y grave capaz de llegar hasta la médula del espíritu, como una obra de Shakespeare o una novela de Dostoievski. Allí encontramos grandes ideas: libertad e igualdad; y hombres brillantes intelectual y políticamente: Robespierre el incorruptible y Lenin el genial ideólogo. La gran idea del nacionalismo catalán es que España nos roba. ¿Los grandes hombres? Mas, la familia Puyol y el bisoño Puigdemont. Ni Mas ni la familia Puyol, motor plutocrático de este sainete, son evidentemente incorruptibles ni geniales ideólogos. Apenas pícaros ladronzuelos venidos arriba. Revolución mediocre y gris, por tanto. ¿Y cómica? Marx dixit: la historia acontece primero como tragedia y luego se repite como farsa. Las grandes y trágicas revoluciones pasaron ya. Hace meses que contemplamos cómo en el circo de cartón piedra se van sustituyendo los payasos. Los políticos elaboran monólogos humorísticos en el Parlamento y los presentadores de telediarios se parecen cada vez más a Gila narrando su guerra.

La revolución catalana es anacrónica. Pretende ser una revolución romántica del siglo XIX sin querer enterarse de que estamos en el XXI. Garibaldi integró a las partes para constituir un todo: una Italia grande a la altura de un ideal. El nacionalismo catalán pretende desintegrar España, el país más antiguo de Europa, en insignificantes partes; y con ello desmembrar la Unión Europea y poner ante un dilema absurdo a la Comunidad de Naciones. Diminuta grandeza de garibaldis de medio pelo con la brújula estropeada. Juliano el Apóstata se rebeló contra el cristianismo imperante: ignorante del viento de los tiempos, fue una excepción insignificante en un Imperio romano cada vez más cristianizado. La globalización es hoy el viento de la historia y muros y fronteras tienen mala prensa. Triste el poderoso emperador que confunde el norte. Y por la misma razón, triste la revolución musculosa y atlética que ignore el viento de la historia. Más triste aun si además de ignorante es enclenque y contrahecha. Este es el caso.

La revolución catalana es mendaz. Y no solo porque insista en la bobería de que Colón y Cervantes fueron catalanes. Sino, sobre todo, por el torpe esfuerzo sofístico de su argumentario.

Atendamos a la primera falacia: Cataluña es una colonia ocupada por España donde sus habitantes son oprimidos y discriminados por los invasores. Por lo tanto, tenemos derecho a la secesión. Nos dicen sin sonrojo alguno. Todavía nadie me ha explicado en qué consiste la opresión de los invasores en una de las regiones más ricas y prósperas de España. Empeñado en descubrir el momento exacto de la ocupación, sigo sin encontrarlo en los libros de historia.

Escuchemos la segunda proclama: Lo normal en los países democráticos y civilizados es que el derecho de secesión de una parte del territorio sea reconocido, como ocurrió en Reino Unido en relación con Escocia. Suelen afirmar entre solemnes y fatuos. Sin embargo Reino Unido en esto, como en un montón de cosas más, es precisamente la excepción y no la regla. Los vehículos circulan por la izquierda, siguen usando la libra esterlina y los bobis patrullan sin armas de fuego. Pero en lo que respecta al tema tratado es pertinente resaltar sus dos peculiaridades más significativas. Excepción en su modelo territorial y excepción en su cuerpo legal.

Reino Unido es un estado compuesto. Casi un estado confederado constituido por estados o casi estados soberanos; si es que el propio Reino Unido es un estado al uso y no meramente un gobierno. Escocia fue independiente hasta 1707, momento en el cual su Parlamento decidió unirse con Inglaterra. Políticos de Londres compraron algunas voluntades de representantes escoceses. Es cosa sabida. Desde entonces muchos escoceses guardan cierto resentimiento. Y los ingleses, cierta culpabilidad; por eso un número considerable de ingleses con mala conciencia no ven del todo mal un referéndum. Irlanda o Gales transitaron por caminos diferentes.

En el ámbito jurídico, Reino Unido funciona sin Constitución al uso y mutatis mutandis también Canadá, tan imbricada con la legalidad británica a lo largo de su corta historia y tan influida por ella. En su lugar existe Derecho que se constituye sin solución de continuidad desde la Magna Carta de Juan sin Tierra en el siglo XIII hasta la actualidad, y que se parchea y se rectifica a sí mismo a través de costumbres asumidas, leyes acumuladas, antecedentes consumados y jurisprudencia varia. Sin embargo la norma continental desde la Revolución francesa, presente también en EE.UU, es la elaboración escrita de una constitución por una asamblea constituyente. Allí queda constatado, de modo solemne e inequívoco, el sujeto soberano: todos y cada uno de los que habitan dentro de los limites territoriales del Estado. A veces lo llamamos nación y otras, pueblo. Nadie puede dividir legalmente el Estado, salvo la propia nación, pues la nación, como las personas, tiene el derecho natural a suicidarse. Mientras tanto, gobernantes y gobernados han de someterse a la Ley. La consecuencia inmediata es que ningún presidente puede conceder graciosamente un referéndum secesionista sin convertirse inmediatamente en un odioso felón. A excepción del primer ministro británico, claro.

El gobierno de Londres decidió el referéndum escocés, que no el de Irlanda ni el de Gales, porque ninguna ley se lo prohibía, atendiendo a la peculiar historia de Escocia (en nada semejante a  la de Cataluña); y por que le dio la gana. Con ello sentó un precedente. Hasta ahora les ha funcionado, pero la película no ha terminado todavía. Allá ellos. Para el resto de países europeos: Alemania, Portugal o Italia, por ejemplo, tal hazaña legal es simplemente imposible. ¿Y en la gran y democrática Francia tan admirada por muchos españoles, incluidos tantos y tantos catalanes? Ni siquiera en la democrática Francia. O mejor dicho: imposible e impensable en Francia, precisamente por ser tan democrática. 
Pero ¡ojo! Lo peor es que la revolución catalana de la señorita Pepis puede acabar triunfando para desgracia de todos, catalanes incluidos. Y no precisamente por su implacable ímpetu revolucionario. Las naciones, como los imperios, no son destruidos. Se suelen derrumbar solos por pura indolencia y descreimiento generalizado. Entre una España que muere y otra que bosteza, que decía el poeta, o los españolitos espabilamos o España se desmantela ella solita. Entre la comedia y la tragicomedia a menudo media un suspiro. La casta política de Madrid es tan patética, gris y bufa como su antagonista catalana: verosímil coincidencia si pensamos que ambas son españolas, ¿no? Si esto sigue así, me temo que al final nos matarán a todos. Pero de risa o de tediosa melancolía.
La presente entrada se publicó en una versión más reducida el 11 de marzo de 2016 en el diario INFORMACION de Alicante. 

jueves, enero 07, 2016

QUIEREN DECIDIR QUE NO DECIDAMOS


Para el abate Sieyès, figura destacada de la Revolución Francesa, la nación es una realidad prejurídica soberana. Es decir, con el poder inalienable de dar a luz un estado constitucional. No obstante, esta realidad prejurídica es el conjunto de personas que trabaja y vive dentro del Estado monárquico previo. La naciones, el pueblo francés o el pueblo español, por ejemplo, estaban claramente definidas en los territorios de los respectivos reinos. Y tales territorios no fueron elegidos ni constituidos por la nación o por el pueblo.
Después de Sieyès vinieron los románticos: se empezó a hablar de la nación a modo de espíritu con voluntad propia. Tal voluntad solo era descifrable para expertos exegetas de lo misterioso: meros espiritistas no muy diferentes de alucinados jugadores de güija. Siendo así, la nación se convirtió en un oráculo; y una casta entre política y sacerdotal, en sus privilegiados intérpretes. Raza, religión o lengua se trocaron en pruebas de su incuestionable existencia. Allí donde aparecía este omnímodo y difuso espíritu debía encarnarse en un Estado. El último capítulo de tan extravagante aventura fue el Tercer Reich alemán.
¿Tenemos los habitantes de un territorio derecho a destruir un estado para construir otro? La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si Napoleón fue emperador de China o si apedreamos al vecino del quinto tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. Salvo por colonialismo o por opresión explícita de una minoría la soberanía y los estados tampoco se deciden legalmente por sufragio. Nos vienen dadas por la Historia o se cambian tras un hecho revolucionario. Todos y cada uno de los actuales españoles tenemos derecho a mejorar nuestro estado (en el peor de los casos, a empeorarlo), pero una parte no tiene derecho a romper el todo. En democracia se deciden muchas cosas, pero quiénes son los que deciden es un punto de partida que ninguna democracia puede decidir.
Quien tiene derecho a decidir sobre su destino es ya soberano. Si Cataluña decide en un referéndum legal si es o no un estado independiente, inmediatamente se convierte en un estado soberano sea cual fuere el resultado. Y España, de facto, en una confederación donde el sujeto soberano y constituyente español se destruye en el mismo momento en el que se legaliza la consulta. El pensamiento débil de gran parte de la ciudadanía pasa por el aro del llamado derecho a decidir, pues se ha habituado a pensar que meter un papel dentro de una urna es sinónimo de democracia. Y la palabra “democracia” es el mantra moderno que sacraliza toda acción: “Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?”, escucho por doquier. Ignoran la Historia, el pensamiento político y las inevitables consecuencias de los hechos a los que nos abocan el buen rollito y el buenismo imperante. Pero los voceros del disparate, que pasan por elite ilustrada, no se quedan ahí. Pablo Iglesias y los suyos defienden un inexistente derecho a la secesión y acto seguido declaran que no son partidarios de la secesión.¿Ignorancia satisfecha o perverso cinismo?, me pregunto yo. La cuestión no es que Cataluña se separe o no del resto de España (la Historia tienen siempre la última palabra en estas lides). Lo verdaderamente crucial es que los habitantes actuales del territorio de Cataluña decidan o no unilateralmente tal cosa. Si así lo hicieran, la catástrofe sería inevitable. Como si de un montón de naranjas tomamos una de ellas que está en la base provocando, sin querer, que todas rueden por el suelo. ¡Caramba, yo no sabía que iba a montar este lío!, decimos entonces avergonzados mientras miramos al dueño de la frutería.
Hobbes, Locke, Sieyès, Rousseau y la Revolución Francesa al completo deberían ser de lectura obligatoria un día sí y otro también en todas las escuelas. “Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?”. En fin, a veces pienso que la civilización occidental, o lo que de esta queda, se irá al garete por pura bisoñez y ñoñería. La vieja Europa parece repoblada por nuevos adanes que se empeñan con entusiasmo en que la bobería sea considerada virtud.

Publicado en el diario INFORMACION de Alicante el día 19 de enero de 2016

lunes, diciembre 07, 2015

LA ÉTICA DE KANT 2/2 (Video-Postulados de la razón)





Si no has visto la primera parte, cliquea aquí
LOS POSTULADOS DE LA RAZÓN PRÁCTICA 
1. ¿Qué es un postulado? 
En matemáticas o en física se suelen admitir proposiciones sin comprobar su verdad. Esto es; se postulan y constituyen postulados. La razón de estos postulados es que si consideramos que son verdad, aunque no tengamos una certeza absoluta sobre ellos, todas las demás proposiciones de la teoría o el teorema en cuestión encajan en un todo unitario, y la explicación adquiere un cierto sentido y verosimilitud. Por ejemplo, en geometría es famoso el postulado de las paralelas: “Dos rectas que tienen todos sus puntos respectivos a la misma distancia no se cortarán jamás, o se cortarán en el infinito, al ser prolongadas indefinidamente”. En física relativista existe otro postulado famoso: “La velocidad de la luz es constante independientemente de la fuente de emisión”. En rigor no se ha comprobado que las rectas paralelas no se corten nunca. Tampoco Einstein hizo experimentos para demostrar la constancia de la velocidad de la luz. ¿Por qué se admiten entonces? Si consideramos verdaderas estas proposiciones la geometría y la física adquieren más sentido y verosimilitud. Digamos que todo se hace más comprensible, lógico y armonioso. La admisión de un postulado no es un acto de fe pura, pero tampoco es una certeza científica al uso. Podríamos considerarlo como algo intermedio, una cierta fe racional. Kant, desde las exigencias de la razón práctica, propone tres postulados que se deben admitir: la libertad humana, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. 

2.Postulado de la libertad humana. 
Si un ser no es libre no puede ser moral.El hombre, en algún sentido, no es moral ni por tanto libre. Si nos tiramos por la ventana nuestro cuerpo está determinado, como los minerales, por las leyes de la física. Una vez en el aire no somos libres de caer o no caer. Desde que nacemos desarrollamos, crecemos, mudamos los dientes, etc. Estos procesos son “vegetativos” y se realizan como el crecimiento y desarrollo de una planta, sin nuestro permiso. También el hombre posee, como los animales, instinto. Cuando tenemos sueño, dormimos. Cuando tenemos hambre, comemos. En algún sentido estamos, como los animales, condicionados por nuestro instinto. No obstante, esto no es del todo cierto. La moralidad en el hombre, como hemos visto, es un hecho incuestionable. El hombre hace cosas buenas o malas, puede trascender el instinto y no comer aunque tenga hambre, por ejemplo en una huelga de hambre. Esto nos diferencia de los demás seres naturales. Por lo tanto si no queremos caer en el absurdo, en el sinsentido, debemos suponer que el hombre es libre. No tenemos una prueba absoluta de la libertad humana. Aun trascendiendo el instinto, nuestra acción podría estar determinada por otros factores desconocidos por nosotros o por un dios bromista que nos utilizase como piezas de ajedrez. Pero como estamos persuadidos de que el hombre es moral debemos admitir, postular, que es también libre. Si no fuese así ni las cárceles que castigan ni los premios literarios o científicos que reconocen una acción meritoria, tendrían sentido ¿Cabe premiar o castigar a alguien que no elige ni es responsable de lo que hace? La deducción de Kant es de este talante: como el hombre es moral debe de ser libre. La libertad humana es una exigencia de la razón práctica, aunque no haya certeza absoluta sobre ella. En algún sentido, dice Kant, somos fenómenos en el espacio y el tiempo y en este sentido corporal, vegetal y animal, somos seres determinados y no libres; pero en otro sentido podemos ser considerados como noúmenos pues poseemos una voluntad íntima independientemente del espacio y el tiempo y no sometida a leyes científicas. Somos en este sentido seres libres. 

 3.Postulados de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.
 Si nuestras acciones se realizan siempre por deber alcanzamos la virtud. Ahora bien, el hombre virtuoso merece la felicidad como recompensa, merece un premio. El hombre que no actúe por deber sino en contra de éste, perjudicando siempre a otras personas si fuese necesario, merece un castigo. Sin embargo el mundo no es como debe ser y en el mundo encontramos a menudo hombres virtuosos sumamente desgraciados y hombres no virtuosos que viven una existencia plácida y regalada. Aquello de “con lo bueno que es y lo mal que se han portado con él” o “con lo honrado que es y está encarcelado” o “sabemos que es un criminal, sin embargo es rico y disfruta de libertad, no hay derecho”. Estas injusticias se dice popularmente que “claman al cielo”, es decir, que estas injusticias exigen, de algún modo, que se solucionen; y por eso exigen un cielo, un más allá. Éste es el sentido que tiene la postulación de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma por la razón práctica. No podemos demostrar ninguna de estas afirmaciones, pero podemos postular que deben ser verdaderas para que la armonía moral se restablezca; para que el malvado sea castigado y el virtuoso recompensado con la felicidad. Dios pues debe existir y debe existir también otra vida (el alma ha de ser inmortal) en la cual Dios, supremo juez, restablezca este orden y de felicidad a quien la merece y no la de al que no la merece. Kant considera que Dios, juez supremo, es además bueno y en un proceso infinito el alma humana, tras recibir premios y castigos correspondientes, tenderá a un ideal utópico de santidad. El cielo y el infierno que Dios propone tiene pues un sentido pedagógico. Todos tendemos en la eternidad del tiempo a perfeccionar nuestra alma y a consolidarla como una voluntad buena. En este ideal, nunca realizado en la tierra, el deber y el deseo, normalmente por distintos caminos, se reconcilian en un estado final de felicidad idílico. 

sábado, noviembre 28, 2015

SISTEMA ELECTORAL: ¿PROPORCIONAL O MAYORITARIO?

Reino Unido tiene un sistema electoral de mayorías y España tiene uno proporcional. ¿Qué sistema es más eficaz para evitar o disminuir el número de representantes políticos incapaces, insolventes o simplemente estúpidos? ¿Cuántos electores de Podemos habrían votado a esta señora si la hubieran conocido y no solo hubiese sido un nombre dentro de una lista con una firma ideológica? 


A menudo pensamos que el sistema electoral es baladí, que lo importante es designar a los diputados por medio de un voto y lo de menos es el modo. ¿Es cierto? Me he molestado en recopilar información del modelo Británico.  Y éste es el resultado. Juzguen ustedes mismos.

En Reino Unido cada candidato debe presentar su formulario de nominación firmado por diez votantes registrados de su distrito electoral, y debe pagar un depósito de £500, monto que le es reintegrado en caso de que el candidato obtenga por lo menos el 5% de los votos emitidos. El propósito del depósito es desalentar a candidatos frívolos.


      Cada distrito electoral elige a un miembro usando el sistema electoral de escrutinio uninominal mayoritario, bajo el cual el candidato con más votos gana (en Reino Unido es a una vuelta, pero en Francia es a dos vueltas)


     Cada circunscripción tiene entre 60.000 y 90.000 electores. Durante la campaña los candidatos visitan a sus electores, a menudo puerta a puerta para contarles su programa. No pueden presentar su candidatura los menores de edad, los lores, los presos, ni los discapacitados psíquicos.

    El candidato puede pertenecer a un partido político grande, pequeño o ser independiente. Si pertenece a un partido, son las bases (la militancia del partido) de ese distrito electoral la que elige al candidato. La dirección nacional debe aprobar esta elección. Ojo, debe aprobar o no. Suele aprobarlo, pues si no lo hiciese debería ser por una causa muy justificada. Cierto que el partido puede proponer un candidato, pero en cualquier caso debe ser admitido por las bases.

       Los grandes partidos políticos británicos, aunque con ciertas diferencias, cuentan con una estructura orgánica similar. Conservadores, laboristas y liberales concentran en una dirección nacional las decisiones políticas fundamentales, lo que da entidad política al partido: sus propuestas de política exterior o cuestiones importantes de política interior, es decir, las grandes líneas ideológicas y las propuestas concretas para la nación (algunas de estas cuestiones se traducirán en legislación o en acción ejecutiva del futuro gobierno) 

     Los partidos políticos carecen de un ordenamiento específico que regule sus actividades. La legislación electoral en el Reino Unido se refiere a los candidatos y electores, pero no a los partidos. Esta falta de reglamentación se ilustra con el hecho de que no fue sino hasta 1969 que se incluyó la filiación partidista de los candidatos en las boletas electorales.
 
     Salvo una pequeña compensación para las actividades parlamentarias, la financiación de los partidos es fundamentalmente privada. Las aportaciones sustantivas son producto de cuotas o donaciones de sus militantes, tanto individuales como corporativas a través de sus organizaciones afines. Por eso, en puridad, los partidos son asociaciones civiles, mientras que los partidos políticos españoles son asociaciones estatales (una vez que adquieren algo de poder, son subvencionados por el estado)

     El día de las elecciones el candidato que tiene más votos se convierte en Miembro del Parlamento, o “Member of Parlament” (MP). La tradición es que la Reina hable con los principales MPs y le encargue al que tiene un mayor respaldo (normalmente el líder del partido más votado) que forme gobierno. Él será el Primer Ministro. Éste no es el cabeza de lista (no hay listas), sino un MP que ha tenido que ganar en su circunscripción.


     Se podrá decir que de hecho los electores no votan a su MP, sino que votan al partido que quieren que gane. Quizás es cierto, pero cada MP tiene una oficina en su circunscripción, y parte de su trabajo, por el que cobra su sueldo, es estar en su oficina en la que todos sus electores tienen derecho a visitarle y pedirle cuentas. Los votantes votarán por intereses nacionales o por cuestiones de su distrito. Y, en algunos casos, por ambas cosas. A saber. Pero en cualquier caso votan a una persona (incluso cuando su motivo sea puramente ideológico o partidista).Y esta persona, no el partido, será la responsable de sus decisiones políticas.

     En el Parlamento los miembros del gobierno se sientan en el primer banco. Tras ellos se sientan los MPs más afines: los que forman parte de la estructura del partido. A los MPs que están menos ligados a la disciplina del partido se les llama “backbenchers”, porque se sientan en el “back bench”, o banco de detrás.

     Los backbenchers no desempeñan ningún cargo en el Gobierno (si son del partido gobernante;) o en el "gobierno en la sombra" (si son del partido en la oposición). Por ello no son tan dependientes de las consignas del partido como los frontbenchers. Los backbenchers rinden cuentas a su circunscripción electoral y a sus convicciones, y no tanto a los dirigentes de su partido. Los backbenchers pueden rebelarse contra su propia formación, como ocurrió con los laboristas en las votaciones sobre Irak, sobre la subida de tasas universitarias y sobre la insitución de hospitales-fundación. Es lo que le pasó a Margaret Thatcher cuando los “backbenchers” conservadores empezaron a sentir que el apoyo en su circunscripción desaparecía. A la dama de hierro no la derrotaron las elecciones, sino sus propios “backbenchers”. A Tony Blair le ocurrió algo parecido.

sábado, noviembre 21, 2015

ISLAMISMO, DESIGUALDAD E IDENTIDAD


No soy optimista en relación con el futuro del mundo. Tanto para los pobres sin esperanza como para los enfermos de identidad, Occidente es el enemigo a batir. Pero, ¿dónde ponemos la lupa del pesismismo y dónde colocamos la siempre perversa semilla de la esperanza? En fin, el riesgo de la desigualdad económica no es desprecieble, pero se paliaría con algo de justicia. Aquí nos movemos en parámetros racionales. Lo que se puede entender a veces se puede modificar. Sin pobreza y miseria el riego señalado desaparecería. Es improbable, pero posible. Ahí sitúo yo la esperanza. Me agarro a los datos sobre la pobreza del mundo. Hoy hay menos pobres en términos absolutos y relativos que hace 30 años. Pero asumiendo las contradicciones y los riesgos del liberalismo y la necesidad de afrontarlos, mis temores no son estos sino los que se oponen a él: fundamentalismos religiosos, nacionalismos, neomarxistas, neoecologistas, etc. Creo que en el fondo de todo ello está el sentido de pertenencia: la tribu, la necesidad de identidad. En definitiva, el complicado mundo emocional del homo sapiens.

De modo que el gran mal no es la diferencia, sino el puñetero sistema límbico y las emociones que suele generar: envidia, resentimiento, delirio persecutorio. Todo ello aderezado con astutos mecanismos de racionalización. Es decir, el hombre y su imperfecto mundo emocional. Para generar todas esas emociones basta una mínima diferencia. Lo que provoca la cascada de emociones negativas no es la gran diferencia, ni mucho menos la desigualdad económica, sino la diferencia sin más. El hombre es un ser deseante. Y el deseo es estructuralmente cosa de tres: dos sujetos y un objeto. Como decía Lacan, mi deseo es siempre el deseo del otro. Es decir, deseamos algo no porque haya objetos en sí mismo deseables. Sino porque hay objetos deseados real o imaginadamente por otros. Actos seguido la óptica emocional agranda la diferencia del objeto, o incluso la inventa. Así, copiando deseos e imitando, admirando y odiando a los que lo desean (de la admiración al odio hay tan solo un paso), fraguamos nuestra identidad. Si queremos contemplar la tragedia del mundo emocional del ser humano solo tenemos que contemplar la riña fraterna de dos gemelos por los juguetes regalados por papá. Papá tuvo especial cuidado en que los juguetes fuesen idénticos. Pero Pepito prefiere el de Juanito porque el de su hermano tiene una manchita que le hace diferente, es decir, mejor. A partir de aquí, la tormenta está servida. En un mundo próspero donde hubiésemos acabado con la miseria seguiría habiendo pepitos agraviados que odiarían a los juanitos.

No subestimemos el sistema límbico. Quienes se rebelarán contra Occidente no serán los pobres de la tierra, sino los que se sienten menospreciados y humillados paranoicamente en su sobrevalorada identidad.

La amenaza islamista, la nacionalista y otras similares no se producen por un déficit de justicia (problema difícil, pero atajable) sino por una herida narcisista en lo más oscuro y hondo del ser humano. El asunto es psicológico y no económico. Mi desesperanza deriva de que la psique humana es más compleja que la economía, y los psicólogos y psiquiatras me parecen unos pobres fracasados (apenas pseudocuras y enfermeros del alma), si los comparo con los gurús de la economía: ciencia difusa, pero ciencia al fin ¿Qué mueve el mundo, la economía o el espíritu? ¿Quién interpreta más correctamente la historia Marx, o quizá Hegel o Weber? Creo que Marx está considerado en exceso. No menospreciemos a los otros dos hermeneutas.

Finalizo esta reflexión con una cita de “El perdedor radical”, librito de Hans Magnus Eszensberger, autor preocupado por las injusticias sociales en muchos de sus escritos. Y sin embargo profundamente preocupado por otras cuestiones:


“Todas las explicaciones que incidan primeramente en la situación social de los actores criminales se quedan cortas. No sólo los jefes e ideólogos del terror provienen en su mayoría de familias influyentes y acomodadas, sino que incluso entre los ejecutores de los atentados los pobres están infrarepresentados. El Foreigh Policy Research Institute norteamericano ha publicado uno de los escasos análisis de clase sobre la cuestión... de los cuatrocientos militantes de Al Qaeda un 63% ha cursado el bachillerato y el 75% proviene del entorno de las clases media o alta; asimismo, hay entre ellos numerosas personas con estudios universitarios, como profesores, ingenieros, arquitectos y otros especialistas. De ningún modo se trata de los desheredados de la tierra”

martes, octubre 20, 2015

LA FILOSOFÍA DE HERÁCLITO (VIDEO)


             
HERÁCLITO DE ÉFESO (544 -484 a. de C.)

            Heráclito de Efeso quiere tomar partido por la afirmación del movimiento y el cambio, y en este sentido renuncia al camino de la razón lógica.

            Los sentidos me muestran que hay movimiento y cambio. “El movimiento existe”, esta será la primera gran afirmación de Heráclito. Ahora bien, ¿cuál es la verdadera naturaleza del  movimiento? Una observación ingenua de la Naturaleza me hace pensar que existen cosas que permanecen y  cosas y cualidades de cosas que cambian. Por ejemplo una flor cambia día a día, pero no de una forma radical. La flor que hoy tiene cincuenta pétalos mañana tiene cuarenta y nueve porque uno se le ha caído. Pero la flor permanece. La flor es hoy y mañana la misma flor, aunque se le haya caído un pétalo. Juan es rubio hoy y mañana se torna canoso. No obstante, Juan permanece siendo el mismo hoy y mañana. Juan es Juan en cada uno de los instantes de su vida. Aunque cambien algunas cualidades de Juan, Juan mismo no parece cambiar. La observación ingenua de los cambios naturales nos llevaría a afirmar que, aunque algo cambia, siempre hay algo que permanece. No obstante Heráclito abandona la observación ingenua de la Naturaleza y realiza una reflexión filosófica que la rectifica pretendiendo ser más fiel a los sentidos que los propios sentidos. La reflexión de Heráclito podría ser de este talante: ocurre a veces que las cosas cambian tan lentamente que tenemos la ilusión perceptiva de que en el fondo no cambian, que algo fundamental en ellas siempre permanece. Así pues, la flor y Juan, decimos, son siempre ellos mismos. Si una película rodara toda la vida de la flor y de Juan desde sus nacimientos a sus muertes y luego la pasáramos a cámara  rápida, esta ilusión se desvanecería. Nos percataríamos entonces de que la flor y Juan son un puro proceso y no hay nada que estuviese en el primer día de la flor o de Juan que continuase estando en el último. Efectivamente el Juan de 10 años es de aspecto rubio, menudo y de carácter alegre y el Juan de 50 es taciturno y algo más grueso. ¿Será la pura materialidad que constituye a Juan lo que permanece? Craso error, hoy sabemos que al cabo de 8 años ninguna célula de nuestro cuerpo se conserva ya. Las células se renuevan (quizá algunas neuronas permanecen, pero dado que son cuerpos vivos también padecen cambios, y lo mismo que decimos de Juan podríamos decir de cada una de las neuronas de nuestro cerebro) ¿Serán los recuerdos de Juan lo que define su identidad? Juan a los 30 años tuvo un accidente y perdió la memoria (en cualquier caso, todos sabemos lo poco fiables que son nuestros recuerdos. Inventamos escenas y olvidamos otras muchas). No decimos por ello que Juan ya no es Juan, sino que Juan perdió desgraciadamente la memoria. Pero si no permanece en Juan su carácter, su aspecto físico, su materia ni sus recuerdos, ¿qué permanece entonces? Heráclito lanza pues su segunda gran reflexión: todo cambia y nada permanece. Para explicar este concepto Heráclito recurre a una metáfora y dice que el arche es el fuego. Con ello no quería Heráclito competir con los filósofos jónicos. No quería decir realmente que la realidad fuese fuego, sino que la realidad es tan inestable, tan dinámica como el fuego. Aunque, ¿quién sabe? Quizá quería decir también que la realidad es fuego. En Heráclito, como veremos, no es incompatible este planteamiento dual de la cuestión.

            ¿Cómo expresamos ahora el fluir de la naturaleza admitiendo la no permanencia de algo en ese fluir? Volvamos a Juan. Si Juan a los 20 años es Juan y a los 50 es Juan, pero nada permanece en el Juan de los 50 de el de los 20, también podemos decir en cada momento que Juan no es Juan. Así pues Juan es Juan y no es Juan. La realidad es y no es. En cada momento podemos decir que existe eso que existe; pero como todo es fugaz, en el momento deja de existir y existe entonces lo que no existe. Heráclito expresa esta idea de continuo devenir y fluir de la realidad afirmando que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río porque las aguas son siempre diferentes. Si el río son las aguas y las aguas son en todo momento distintas, el río nunca es el mismo. En este punto muchos de los presentes empezareis a entender porqué a Heráclito le llamaban el oscuro. La postura epistemológica de Heráclito le ha llevado a un lenguaje explicativo que en cierto sentido nos confunde. El discurso de Heráclito no es lógico, y si no hay razón lógica la comunicación de nuestro pensamiento se oscurece.
            Que Heráclito no sea lógico no quiere decir que no sea racional. Heráclito considera no obstante que la naturaleza, el cambio, se puede comprender en algún sentido. Es cierto que no hay una sustancia que permanezca en los cambios, pero los cambios no están regidos por el azar. Existe una ley necesaria  que rige todos los cambios. Heráclito la llama Logos y este logos nos da una cierta garantía de inteligibilidad del propio fluir.
          Heráclito acaba de inaugurar una nueva forma de razón que se expresa por oposiciones y contrarios y que nada tiene que ver con la razón lógica de lo permanente: la razón dialéctica. Hará falta llegar a Hegel, filósofo alemán del siglo XIX, para entender esta razón en un sentido más amplio.

El problema continúa con Parménides.

jueves, septiembre 24, 2015

LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL


Quinta y última parte (viene de el laberinto de las repúblicas )


   La cuarta forma republicana es la constitucional, la vigente hoy en los EE.UU. Su nombre está justificado por su paralelismo con la monarquía constitucional donde había cierto enfrentamiento y mutua vigilancia entre el poder ejecutivo y el parlamento. El nombre utilizado también es coherente con el artículo dieciséis de los derechos del hombre y el ciudadano proclamado por la asamblea francesa en 1789: Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución, de lo que se deriva que un régimen constitucional lo es si consagra la división de poderes.
Cuando las colonias americanas lograron la independencia tras la guerra contra Inglaterra, surgió un nuevo problema de difícil solución: ¿qué forma de gobierno instaurar? Los padres fundadores, conocedores de la historia de Inglaterra y de los grandes pensadores políticos europeos, no tenían clara la respuesta. Aunque si tenían claras algunas cosas. El nuevo estado no podía asemejarse a la nación que la había despreciado y con la que acababa de enfrentarse en una cruenta guerra. Es decir, no podía ser una monarquía, ni el modelo a seguir el parlamentarismo inglés bendecido por Jorge III. Los padres fundadores, en especial Adams, Jefferson, Madisson y Hamilton, conocían bien la revolución inglesa. Esta se había producido fundamentalmente por la incapacidad de coexistencia entre dos poderes: el rey y el parlamento. Y se agravó especialmente con el reinado de Carlos I. Ambos creían tener un poder legítimo y los pactos políticos eran incumplidos por el rey, que íntimamente se consideraba único soberano más de lo que aconsejaba la prudencia. A su vez, el parlamento aprovechaba con astucia su parcela de poder para intentar contrarrestar el exceso. La tensión provocó dos guerras civiles, la ejecución de Carlos I, la instauración de la republica por Cromwells y la consiguiente dictadura. La restauración con Carlos II y la continuación dinástica de su hijo Jacobo II no mejoró las cosas. Los filósofos Hobbes, Locke y Harrington vivieron estos trágicos acontecimientos muy de cerca. Y la reflexión sobre cómo constituir un gobierno capaz de evitarlos en el futuro fue una de sus principales propósitos. El pesimista Hobbes optó por un gobierno omnímodo donde el soberano pudiese mantener a raya a sus súbditos. Si hay un poder muy grande frente a muchos pequeños y desconfiados entre sí, al menos tendremos paz. Pero Locke y Harrington, algo más optimistas, enfocaron el asuntos desde otra perspectiva. Un poder omnímodo capaz de atemorizar a todos podía, en el mejor de los casos, asegurar nuestras vidas en un contexto de paz, pero en absoluto podía garantizar los derechos de los ciudadanos. Por lo tanto la solución óptima no viene de un gran poder sino de cómo controlarlo para paliar sus posibles excesos. En la línea sugerida por Montesquieu, los ingleses Locke y Harrington vieron la solución en dividir el poder del Estado para que uno pudiese contrarrestar los posibles excesos del otro. Esto es, que el legislativo y el ejecutivo estuviesen enfrentados en mutua vigilancia. Ahora bien, en gran medida esto es lo que había intentado realizar la monarquía inglesa y no había funcionado. ¿Dónde estaba el fallo? Los ilustrados políticos americanos creyeron encontrar la respuesta. La clave estaba en la legitimidad del poder. En la monarquía inglesa rey y parlamento poseían una legitimidad de origen diferente, dinástica y nacional respectivamente. De modo que cada uno de ellos, en su fuero interno, desconfiaba de la legitimidad del otro. Y en esta situación los pactos acababan siendo papel mojado y la astucia o la fuerza militar resolvían la situación. Además, al coexistir dos legitimidades, no había la posibilidad de recurrir a un arbitro neutro que pudiese dirimir los conflictos. ¿Pero qué ocurriría si ambos poderes tuviesen la misma legitimidad original y fuesen mutuamente reconocidos sin reservas? Era previsible que los pactos se cumplirían y el uso de la fuerza y la íntima intención de engañar al otro se acabarían. El equilibrio de poder pensado por Montesquieu, Locke y Harrington sería entonces posible y los derechos de la ciudadanía estarían por fin garantizados. El pueblo americano elegiría a un monarca, es decir, a su presidente encargado del poder ejecutivo, y también elegiría a sus representantes encargados de elaborar las leyes. Las elecciones se harían en tiempos distintos y los responsables políticos ejercerían sus respectivas funciones durante un tiempo limitado, tras el cual habría otras elecciones. De tal modo, presidente y representantes tendrían idéntica legitimidad de origen: el pueblo americano, la única fuente de soberanía reconocida. Si ejecutivo y legislativo entraban en un conflicto irresoluble y paralizante, cada uno de ellos tenía la posibilidad de disolver las instituciones y convocar nuevas elecciones. En la monarquía inglesa, con dos legitimidades en liza, estos conflictos acababan en demasiadas ocasiones de modo violento. Pero en el nuevo sistema americano el pueblo actuaría como un arbitro neutro que evitaría la violencia y tendría la última palabra.
Además de estas reflexiones teóricas existían cuestiones prácticas que aconsejaban la solución apuntada. Las trece colonias americanas se habían convertido en estados con sus propios parlamentos y existía un peligro real de que la unión de todas ellas en una sola nación no llegase a producirse. Había que seducir a los representantes políticos de los estados. Y esto pasaba por seducir al mismo pueblo americano. Las antiguas colonias formaban una población homogénea con la misma religión donde los intereses de sus habitantes eran bastante coincidentes. La población estaba lejos de la desigual Europa, donde una clase social difería mucho de otra. Apelar al pueblo para legitimar el poder, y no a una minoría privilegiada, era la gran idea. El presidente lo era de todo el pueblo y se ocuparía fundamentalmente del poder ejecutivo, de la defensa y de mantener la unión. El congreso daría la posibilidad a todos los ciudadanos de estar representados y que sus intereses se tomaran en cuenta a la hora de elaborar las leyes; y el senado serviría para dirimir de forma razonada y pacífica las diferencias entre los estados federados. Dado que los estados del sur eran sobre todo cultivadores y los del norte más urbanos y comerciantes, el senado, que tenía que lidiar siempre en un difícil equilibrio, se convirtió en una institución clave para la unión.
       Madison, Hamilton y Jay fueron los que más empeño pusieron en seducir al pueblo. Se ocuparon de ilustrar a través de múltiples artículos periodísticos los incontables beneficios que este sistema de gobierno podría aportar. La Constitución donde tal ideal se plasmó fue aprobada el año 1789. No solo parecía convencer a la mayoría, sino que quizá era la única opción que podría lograr una unidad duradera con mínimas convulsiones internas. Como es bien sabido, a pesar de todo ello, en 1861  EE.UU no pudo evitar una cruenta guerra civil.

Coda: El propósito del escrito es intentar aclararme. Para ello lo primero que he hecho es eliminar la palabra democracia (está demasiado desgastada y significa demasiadas cosas, al menos en su uso). Lo segundo es relativizar los nombres. Los nombres no dejan de ser convenciones. Podemos sustituir monarquía absoluta, monarquía constitucional, monarquía partidocrática y monarquía parlamentaria por a, b, c, d, por ejemplo. Y república popular, república parlamentaria, república constitucional y república partidocrática por e,f, g, h. Lo que si me interesa es el concepto.
La polaridad monarquía versus república es una excusa. Me sirve para elaborar una pequeña taxonomía. Pero ser república o monarquía no constituye la diferencia fundamental de las formas políticas. Me explico. La monarquía parlamentaria y la república parlamentaria son de facto casi iguales. Sin embargo la diferencia entre monarquía absoluta y monarquía parlamentaria es abismal. 
Si tenemos más o menos clara estas ocho formas políticas el problema ciudadano no será si queremos una democracia o no (a saber qué entiende cada uno por democracia), sino: ¿cuál de las formas políticas expuestas te parece la más conveniente y por qué?

 

martes, septiembre 22, 2015

EL LABERINTO DE LAS REPÚBLICAS


Cuarta parte (viene de la monarquía partidocrática)


¿Qué es una república? La primera vez que se habla de república en la historia es en Roma. Al principio Roma era una monarquía. Los romanos se dieron cuenta de que el poder del rey, inmenso y concentrado, tendía a ser despótico y hacía a Roma vulnerable: la clase baja tenía poco que decir en las decisiones políticas y a menudo reyes etruscos accedian al poder romano y controlaban sin excesivos problemas a toda la población. Tras expulsar al último rey estrusco los romanos idearon una forma de gobierno que convirtió el poder en una especie de red sin una cabeza visible. Se trataba de que el poder político estuviese más controlado y repartido entre la población. La política no era ya una cosa particular, algo propio de un rey o un jefe carismático. Ahora era la res publica, la cosa de todos. En la república romana dos cónsules gobernarían Roma durante un período de un año, tras el cual serían sustituidos por otros. La antigua institución del senado, compuesta por la aristocracia agícola de los primeros habitantes de Roma (los patricios), actuaba ahora como consejera de las grandes decisiones. De hecho, ningún cónsul gobernó contra la opinión y el sabio consejo del senado. El resto de la población (la plebe), aunque tenía la ciudadanía romana, no tenía poder político. No obstante, esta situación duró poco. De acuerdo con el espíritu de la nueva forma de gobernar Roma la plebe fue adquiriendo muy pronto poderes políticos importantes. Se crean los tribunos, cargo durante un año que permitía a un representante de la plebe fiscalizar las decisiones políticas de los cónsules o del senado ejerciendo el derecho de veto. También se creó el plebiscito, la consulta al pueblo para aprobar una ley. 
      Así podemos resumir que la república romana surge para varios fines: controlar el poder, es decir, que unos poderes vigilen a otros; y que todos los ciudadanos participen del poder y no lo haga solo una élite privilegiada.
    En el lenguaje cotidiano los términos monarquía y republica se suelen definir de un modo simple, circular y negativo: monarquía es lo que no es república y viceversa. En la primera hay rey y no en la segunda. Quizá podríamos añadir otro rasgo que intuitivamente se suele pensar unido a estas dos palabras: en la monarquía el poder se hereda y en la república se elige. Sin embargo en la ciencia política se intenta dar definiciones positivas que desde luego resultarán algo más complejas que las anteriores. Si buscamos el denominador común de lo que Montesquieu, Locke y Rousseau entienden por república encontramos que se trata de una forma política donde el poder emana de abajo a arriba, desde el pueblo, la nación o la ciudadanía hasta el estado. Tal poder se manifiesta en una asamblea encargada de hacer las leyes. Esta asamblea estará formada por todos los ciudadanos o por sus representantes debidamente elegidos. Rousseau considera que solo es república si la asamblea está formada por todos los ciudadanos y no admite la representación. No obstante, aconsejó para Polonia una federación de condados con representantes elegidos por el pueblo, lo que nos hace pensar que no consideraba imprescindible su rígida exigencia para considerar un estado como república. En cualquier caso los tres pensadores tienen claro que un gobierno despótico, donde el poder se ejerce de modo arbitrario, o una monarquía absoluta no es una república. Sin traicionar en exceso lo que tan grandes pensadores dijeron, se ha dado en llamar república a cuatro formas políticas diferentes.

República parlamentaria sería un sistema político donde el poder deriva de un parlamento representativo. El parlamento hace las leyes y elige al ejecutivo. El rey, que en las monarquías parlamentarias tiene un poder simbólico, desaparece. Por lo demás, monarquía parlamentaria y república parlamentaria serían de facto prácticamente iguales.
            Del mismo modo, una república partidocrática sería equivalente a una monarquía partidocrática. La única diferencia es que en la primera el jefe del estado es un rey con cargo heredado y en la segunda el jefe del estado es elegido por el parlamento. En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que no hay independencia entre el poder ejecutivo y el legislativo y no hay auténtica representación de la ciudadanía. La sociedad política está desligada de la sociedad civil. Todas las repúblicas europeas excepto las de Suiza y Francia son partidocráticas. La segunda república española también lo fue.
            En una república popular se pretende que sea el pueblo el encargado de elaborar las leyes y gobernar. No obstante, el pueblo se identifica con un grupo determinado. Puede ser una clase social como en las repúblicas comunistas: el pueblo no son los burgueses o aristócratas, sino los trabajadores o proletarios. A veces el pueblo es asimilado al concepto de nación. El pueblo entonces es la nación. La nación puede identificarse con una raza, como en el nazismo; otras veces con los portadores de una cultura y tradición que suelen exhibir una lengua propia como signo y prueba de su diferencia. Y en ocasiones con una religión.
El pueblo se organiza en una asociación o partido y toma el poder político. Lo puede hacer de modo legal, como lo hizo Hitler, o de modo revolucionario como los bolcheviques en la revolución soviética. En cualquier caso, tras  tomar el poder, se constituye una forma de Estado popular. La vanguardia del partido del pueblo conforma la sociedad política y se hace independiente de la sociedad civil. Las repúblicas populares son sistemas de partido único y por tanto no hay pluralismo político.
       En el ámbito occidental las repúblicas populares se sirven del concepto de soberanía. Hobbes habló extensamente de la soberanía del rey en las monarquías absolutas. El rey tenía el poder y estaba más allá de la ley moral. Podía cometer iniquidad, pero no injusticia. Su función era garantizar que los pactos y contratos se cumpliesen en la sociedad civil, es decir, era garante de la ley, pero no tenía por qué someterse a ella. Por eso era soberano. De él emanaba la ley y la acción política. Posteriormente Rousseau rectifica a Hobbes y proclama que la soberanía reside en el pueblo. En la revolución francesa, en gran medida inspirada en Rousseau, se proclama que la soberanía reside en la nación y, consiguientemente, son los representantes de la nación los que ejercen, por delegación, la soberanía. Este poder soberano es indivisible y absoluto.
      La cuarta forma republicana es la constitucional, la vigente hoy en los EE.UU. Su nombre está justificado por su paralelismo con la monarquía constitucional donde había cierto enfrentamiento y mutua vigilancia entre el poder ejecutivo y el legislativo. El nombre utilizado también es coherente con el artículo dieciséis de los derechos del hombre y el ciudadano proclamado por la asamblea francesa en 1789: Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución, de lo que se deriva que un régimen constitucional lo es si consagra la división de poderes... 

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domingo, agosto 30, 2015

LA MONARQUÍA PARTIDOCRÁTICA


Tercera parte (viene de El laberinto de las monarquías)

En la monarquía partidocrática el rey tiene el mismo poder simbólico que en la monarquía parlamentaria, es decir, reina pero no gobierna. Pero la representación ciudadana se enrarece de tal forma que muy bien podríamos decir que es una pseudorrepresentación; y el parlamento, un pseudoparlamento. 
      Los partidos políticos son asociaciones organizadas con un jefe que los dirige. Cuando uno de sus miembros llega al poder, el estado premia al partido, es decir al jefe, con una subvención. El partido deja de ser entonces una asociación civil, pues es alimentado con dinero del erario y convierte a sus miembros activos en una especie de clase funcionarial con distintos grados de poder político. Su estructura vertical se va reforzando cuanto más poder va adquiriendo. Siendo así, el concepto de representante y representado se difumina y mistifica. Del mismo modo que el rey Midas convierte en oro todo cuanto toca, el oro del erario convierte mecánicamente en estado a todo partido al que da su bendición electoral. Los candidatos son las ínfimas piezas del engranaje. Su jefe los puso allí y su jefe los puede quitar. Y gracias a su jefe obtienen privilegios y subvenciones (además de prebendas ilegales que generalmente son toleradas por el poder). Si el diputado rechaza la componenda, es expulsado del partido y del cargo. Y si la expulsión se resiste, desaparecerá de la lista en las siguientes elecciones. El sistema continúa. No es la inmoralidad del diputado individual el motor de la perversión. Es el sistema electoral proporcional de listas, donde los candidatos deben obediencia fáctica al jefe del partido, lo que hace imposible la verdadera representación. Estar en la lista depende del jefe del partido, no del ciudadano. De modo que el candidato debe obediencia a su jefe, y no al ciudadano. De la misma manera, cuando el ciudadano vota, vota al jefe, no al candidato. El diputado retóricamente dirá que representa a los ciudadanos, mientras los hecho y a veces las propias consignas del partido evidencian lo contrario, y retóricamente muchos ciudadanos dirán que eligen a sus representantes, a pesar de que la mayoría de los individuos que aparecen en la lista electoral le son ajenos y desconocidos. ¿Son entonces los diputados representantes? Lo son únicamente de sus jefes de partido. Obviamente esto es una boutade, pues si los partidos se representan a sí mismos y ya están en el poder, no representan a nadie. En todo caso realizan una especie de representación teatral o se presentan a sí mismos. No es hipérbole. El parlamento funcionaría igual si las reuniones políticas se hiciesen sin la presencia física de los diputados. Bastaría con que los jefes de los partidos se reuniesen en el bar de la esquina poniendo sobre la mesa su cuota electoral. De esta manera, a través del consenso entre los partidos, se constituye y se ejerce el poder. En el parlamento o en el bar, tanto da. Aunque el verdadero pacto se hace siempre en el bar, despreciando el principio de publicidad que debe regir todo acuerdo político. El consenso entre los partidos, al estar estos desligados de la sociedad civil, se hace siempre por intereses oligárquicos (sus propios intereses como grupos de poder). Es la forma en la que se mantienen en la cúspide estatal. En esta situación aumenta o disminuye su cuota de poder según el resultado de las elecciones y la habilidad para hacer pactos adecuados, pero nunca lo pierden salvo en raras excepciones (por ejemplo, un partido pequeño que pierda tras sucesivas elecciones todos sus representante nacionales, autonómicos y municipales).  Se produce así una especie de círculo autista donde los ciudadanos no pueden penetrar. Tan solo pueden refrendar periódicamente lo que los partidos han realizado y prometen realizar. Dado que no hay procedimiento para obligar a cumplir las promesas, los partidos incumplen una y otra vez. El voto del ciudadano se convierte así en un ritual impotente que solo sirve para dar algo de legitimidad a un sistema que no les otorga ninguna representación. Como la mosca encerrada en una botella, el ciudadano choca una y otra vez contra el cristal del sistema proporcional de elección que le impide acceder al estado. Puede ver el paisaje del poder con la ilusión de su cercanía, pero es tan inasequible como las flores y los pájaros que la mosca ve a través del cristal. El traslúcido recipiente donde habita la sociedad civil resulta entonces efectivo para que ésta no penetre en el la sociedad política. Incluso más que si la botella fuese totalmente opaca y el sufragio estuviera explícitamente prohibido; pues en este último caso la oscuridad, al menos, facilitaría tomar conciencia de la falta de libertad y enseñaría más fácilmente la salida luminosa anunciada a través del cuello de la botella. La prueba del nueve se evidencia en los hechos. En una monarquía partidocrática, a diferencia de una monarquía parlamentaria, es impensable que un diputado y el jefe del ejecutivo que pertenecen al mismo partido, se enfrenten en un debate, pues ambos representan los mismos intereses. La sociedad política, desligada de la sociedad civil, se identifica con el estado, y la sociedad civil (que somos todos nosotros) queda aislada y sin posibilidad de afectar la burbuja del poder político.
    España es el ejemplo más claro de monarquía partidocrática. El término partidocrático no es un término crítico ni peyorativo, es el concepto que el jurista alemán del pasado siglo Gerhard Leibholz utilizó para designar esta nueva forma de sistema político que se inaugura en Alemania y que se generaliza en Europa tras la segunda guerra mundial. Con sus palabras describía el sistema político de su propio país. Y de paso, el nuestro, pues el sistema español es una copia del alemán. En España la explica y la define el jurista don Manuel García-Pelayo en su obra “El Estado de partidos” (1986). Leibholz llegaría a ser el primer presidente del Tribunal Constitucional Federal de Bonn y García-Pelayo fue el primer Presidente del Tribunal Constitucional de España. Aunque el término y el concepto que denota se ha intentado omitir y difuminar por la clase política por considerarlo descalificador, no se trata de algo esotérico o despectivo, sino de su definición real. Los que se toman la molestia de explicarlo, que además de autoridad intelectual tienen autoridad política porque fueros presidentes de importantes tribunales, no hablan de representación sino de integración. Los diputados no representan entonces a los ciudadanos sino que los integran al estado. Los partidos políticos, en una especie de comunión mística con los ciudadanos, se convierten en una y la misma cosa. De este modo se pretende que el gobierno de los partidos sea el gobierno presente del pueblo mismo, y no el de sus  representantes. La referencia es Rousseau y la idea de que la soberanía no se puede representar. ¿Se trata entonces de una asamblea directa? Como ha puesto en evidencia una y otra vez el pensador español don Antonio García Trevijano, el concepto de partidocracia, tal como lo explican su mentores, revela una burda tomadura de pelo que ninguna mente atenta podría dejar de ver. Dos elementos separados y distintos: partido y pueblo, no pueden ser el mismo. No hace falta ser un ilustre jurista o un sesudo politólogo para reconocerlo. Basta con aplicar los más básicos principios del pensamiento lógico. Las evidentes paradojas de la explicación junto con el reconocimiento explícito de que en la partidocracia no existe representación, sino algo mejor todavía que es la integración, dota a los emisores de tal mensaje de un cinismo intolerable. Con este cinismo, acompañado con más o menos rubor, han cabalgado intelectuales y políticos alemanes desde las palabras del insigne Gerhard Leibholz. Y es precisamente ese mismo cinismo lo que ha hecho que en España se haya optado por ocultar la definición y asimilar la partidocracia al parlamentarismo. Aquí nos parece mejor la hipocresía. Quizá porque casa más con el poso católico de nuestras raíces hispanas que el cinismo; al fin y al cabo un vicio moral más afín a una cultura protestante. El engaño y hasta autoengaño de que vivimos en una monarquía parlamentaria donde los diputados nos representan, forma parte de lo que García Trevijano llama la Gran Mentira. Vigente en España, sin solución de continuidad, desde la Transición.
Continúa en el laberinto de las repúblicas


Libros recomendados:
 "Frente a la gran mentira"  A. García Trevijano