
Para Aristóteles existen tres tipos de saberes: los productivos, que pretenden conocer cómo se pueden construir ciertos artefactos; los saberes éticos y políticos, que pretenden conocer cómo se debe regular la conducta de los seres humanos para alcanzar la felicidad, y los saberes teóricos, que no tienen otra finalidad que el conocimiento mismo.
Los saberes productivos son los tecnológicos y artesanales, es decir, la techné; los éticos y políticos vienen a sintetizarse en la prudencia o phrónesis, y los saberes teóricos constituyen la sophía o sabiduría propiamente dicha.
La sophía no remite a ninguna acción. Es un saber que se agota en sí mismo. Pero la techné y la phrónesis remiten a dos tipos diferentes de acción. La acción dirigida por la techné se denomina poiesis, y desemboca siempre en un artefacto. Pero la acción orientada desde la phrónesis no revierte en objeto material alguno, sino en preceptos que vienen a reorganizar las relaciones entre los hombres para su propio bien. Este tipo de acción se denomina praxis.
Para Aristóteles los saberes fundamentales constituyen tres líneas paralelas que no se comunican entre sí, al menos en lo fundamental. La prudencia, que pretende pensar adecuadamente para organizar la sociedad, no ha de recurrir a la sabiduría teórica, que es un saber contemplativo sin aplicación alguna, sino a la propia experiencia. De tal modo que conociendo las diversas maneras en las que el hombre ha organizado la sociedad, es posible hallar la menos mala, o al menos reconstruirla a partir de los retales de las formas políticas que la experiencia me da.
La concepción del conocimiento que tiene Platón es bien distinta. El conocimiento es un todo integrado y piramidal, donde el individuo que conoce va subiendo peldaños hasta llegar al último y más excelso: el conocimiento político. Sólo el que ha culminado con éxito este proceso es verdaderamente sabio. El sabio en política lo es porque antes agotó los conocimientos éticos, y pudo ser sabio en estos saberes porque previamente era un experto matemático. Además, para Platón todo verdadero conocimiento es teórico, también lo es el político. No obstante, es el sabio político el que tiene la difícil tarea de organizar con justicia la sociedad y también de gobernarla. La teoría política ha de convertirse entonces en praxis. Para Platón la praxis no se inspira en la experiencia, sino que intenta traer a la realidad sensible el modelo político perfecto que la razón ha llegado a descubrir en el topos uranus, es decir, en un lugar celeste que no tiene igual en el ámbito empírico. El modelo ideal es inamovible y, por principio, ninguna experiencia sensible puede ni debe modificarlo. Más bien debe ocurrir lo contrario, es el modelo ideal el que debe orientar el cambio en el mundo que vemos y tocamos. Dado este planteamiento, si no hay un acoplamiento armónico entre el ideal celeste y la grosera realidad sensible, la culpa es siempre de la segunda. Sólo ella ha de ser cambiada. Es decir, si no somos lo suficientemente delgados para entrar en el perfectísimo esmoquin que se exhibe en el escaparate celeste de las Ideas, tendremos que adelgazar. No hay más remedio. En lugar de ir a un sastre para que nos haga un vestuario a medida tendremos que ir al gimnasio. Platón ha convertido así el escaparate y el espejo en irreconciliables enemigos. No obstante, esta tormentosa relación que se suele dar entre theoría y praxis, sólo es concebible en planteamientos platónicos del mundo y, por ende, en concepciones utópicas de la sociedad.
Si trasladamos el problema al ámbito de la techné resultaría que, para construir un automóvil, Platón actuaría como un ángel al que un misterioso espíritu le sopla al oído los inimaginables secretos del coche ideal, rechazando así de antemano el penoso trabajo de examinar el imperfecto y vasto parque móvil. Justamente lo contrario de lo que haría Aristóteles, experimentado chatarrero que con las manos manchadas de grasa pretende construir el mejor coche posible aprovechando las piezas que encuentra en el desguace. Los métodos son tan dispares como irreconciliables: revelación mística versus ensayo y error. ¿A quién de los dos le encargamos el coche? ¿Y la organización social?
Marxistas y nacionalistas identitarios tienen mucho de platónico. Ahora bien, mientras que los planteamientos marxistas y nacionalistas parecen ofrecer diferencias esenciales en el ámbito de la theoría, la praxis política tiende, sin embargo, a eliminarlas. Aunque buscar lo mejor para mi nación no es buscar el bien para la humanidad, en la práctica se pone de manifiesto una fundamental coincidencia: ambos propósitos implican una sobrevaloración de lo colectivo y un menosprecio de lo individual. Nación versus Humanidad se revela entonces como un falso antagonismo que tiende a ocultar otro más real e irreductible: individuo versus colectivo (ya sea éste Nación, Humanidad o cualquier otro), donde ambas ideologías constituirían un mismo bando y estarían enfrentadas a las concepciones propias del liberalismo político. Asimismo, ambas ideologías persiguen un poder omnímodo para imponer una ley que se considera justa universalmente o acorde (y por tanto conveniente) a la identidad de la nación concreta. Por tanto, el conjunto de individuos que se consideran nación, en un caso, y proletariado, en otro, han de constituirse en un Estado. Y ambos Estados, aunque justificados por diferentes vías, tienden siempre a comportarse de manera parecida. Así pues, el Estado nacional de carácter identitario y el Estado marxista, tienen una proyección dictatorial y una inercia a la expansión. En el ámbito nacionalista el afán dictatorial se justifica desde una perspectiva religiosa: la fidelidad al espíritu del pueblo exige siempre la observancia del precepto. Los ciudadanos (quizá súbditos) se deben someter a la Ley igual que los monjes se someten a la regla, por bien del espíritu y en aras de una verdad objetiva sólo alcanzable por unos pocos a través de caminos indescifrables que colindan con el misticismo. En los planteamientos marxistas el poder dictatorial es justificado desde la universalidad de la razón y la verdad objetiva que de ella se desprende. Esta verdad ha de ser enseñada o, si resulta oportuno, impuesta. La tendencia expansiva de los Estados nacionalistas y marxistas también se justifica desde discursos distintos. Desde la postura marxista se habla de internacionalismo, desde el nacionalismo de imperialismo. Conceptos muy diferentes que esconden a menudo conductas muy similares.
De modo que nacionalistas y marxistas defienden de hecho un Estado poderoso, aunque lo respalden desde distintos discursos.
El Estado marxista y el Estado nacionalista, nunca sometidos a verdadera crítica, viven con el continuo riesgo de convertir su poder, inspirado en la razón o el espíritu, en un poder arbitrario y loco. Pues a menudo la presunta universalidad de la razón actúa en el ámbito marxista como una coartada para imponer una ideología no universalmente aceptada por todo ser racional. Y en el ámbito nacionalista la perversión se da más explícitamente pues el caudillo, debidamente iluminado, es el único medium capaz de descifrar el enigmático espíritu del pueblo de donde surgirá la Ley que habrán de obedecer y respetar los demás compatriotas. Ni marxistas ni nacionalistas consideran su ideología sujeta a crítica o conjetura, pues se trata de ciencia y revelación, respectivamente, y por tanto de incuestionable verdad. Aunque unos y otros anhelan el poder como medio para una causa más o menos respetable (en cualquier caso discutible), finalmente asumen en muchas ocasiones el poder como fin, y los argumentos pseudoilustrados de los marxistas o las especulaciones más o menos religiosas o metafísicas de los nacionalistas acaban por convertirse en meras racionalizaciones freudianas que tan sólo pretenden justificar, con bellos y emotivos discursos, la mera voluntad de poder yacente en todo sujeto y no siempre reconocida.
Ahora bien, si la historia y la inteligencia sirven para algo, después de las palabras de Nietzsche y de los hechos desencadenados por Hitler y Stalin, tenemos el deber de sospechar de nuestras buenas intenciones y, tras cada anhelo de imposición dogmática a los otros para llevarlos al bien, deberíamos preguntarnos si no es menos malo un mundo sin salvadores que quieren llevarnos a todos al cielo al son de la música de la razón o del espíritu, según el caso, que con ellos. Pues los iluminados de la Justicia y de la Nación, como flautistas de Hamelin, nos han llevado demasiadas veces al precipicio. Idealistas enamorados locamente de la Humanidad o de su Nación no suelen dudar mucho a la hora de infligir males concretos a las personas de carne y hueso.
Jesús Palomar Vozmediano