viernes, marzo 18, 2016

ÉTICA DE EPICURO (2ª PARTE)


Para ver la primera parte del video cliquea en el enlace.

Epicuro fue un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III a.C. A los 35 años se estableció en Atenas, donde fundó su propia escuela de filosofía conocida con el nombre de El Jardín, famoso no sólo por la enseñanza de la filosofía, sino también por el cultivo de la amistad y por la participación, no sólo de hombres (como era normal en otras escuelas de filosofía en Grecia) sino también de mujeres. Epicuro tenía una visión hedonista de la vida. La palabra “hedonista” procede del vocablo griego hedoné, que significa placer. Y, efectivamente, para Epicuro la felicidad se reducía al placer y a la ausencia de dolor. Y es que, según Epicuro, todos los seres humanos buscan mediante sus acciones lo mismo: evitar el dolor y alcanzar el placer. La prueba de que algo es bueno es que produzca placer, y la prueba de que algo es malo es que produzca dolor. Sin embargo, Epicuro reconocía que esto no era tan sencillo, pues hay cosas o acciones, como por ejemplo una borrachera, que pueden producir un placer inmediato, pero luego la resaca pueden producir un dolor mayor. Igualmente hay cosas, como por ejemplo preparar un examen de matemáticas un domingo por la tarde, que pueden suponer dolor o sacrificio, pero que son necesarias para alcanzar un placer o un bienestar mayor y más duradero (la satisfacción de aprobar, por ejemplo, o la posibilidad de estudiar la carrera que deseo). En estos casos, ¿qué es lo que debemos elegir? Epicuro lo tenía bastante claro: hay que elegir siempre aquellas acciones que nos reporten un placer mayor y más duradero y que nos eviten la mayor cantidad posible de dolor. El secreto de la felicidad está entonces en el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de nuestras acciones, de cara a evitar la mayor cantidad posible de dolor y alcanzar el placer más duradero. Hay que insistir en que, para Epicuro, tan importante para la felicidad era alcanzar el placer como evitar el dolor. De ahí que, según él, ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, si no van acompañados de la prudencia que no es otra cosa que el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de cada acción.

sábado, marzo 05, 2016

EL REY VA DESNUDO: ¿EDUCACIÓN O ENSEÑANZA?


El estado ofrece una escolarización gratuita hasta los dieciocho años. Pretende con ello servir a los ciudadanos en dos sentidos: una básica educación, que debemos entender como socialización y adquisición de buenas costumbres, y una enseñanza e instrucción excelente. Ambos fines son loables. Pero diferentes. Y, como veremos, hasta cierto punto incompatibles (no se pueden llevar a cabo a la vez, en el mismo lugar, con los mismos alumnos y con igual intensidad). Llamemos educación a lo primero y enseñanza a lo segundo. Dado que una buena educación es básica para poder recibir una buena enseñanza, es comprensible que el estado priorice la educación durante los primeros años de escolarización y se esfuerce en la enseñanza de calidad en los últimos. ¿Quiere decir esto que si educamos no enseñamos o si enseñamos no educamos? No exactamente, quiere decir que en la primera etapa sobre todo se educa y además se enseñará lo que se pueda. Se trata de llegar al menos a un mínimo educativo e instructivo igual para todos. Como hablamos de niños, no es extraño que este periodo de escolarización sea obligatorio. También en casa obligamos a nuestro hijo a comer lentejas aunque no le gusten, porque son nutritivas y buenas para la salud. Obviamente un niño debe ser tutelado. El procedimiento educativo fundamental habrá de ser la equidad. Cada uno es diferente, pero deben llegar a lo mismo. Los maestros deberán atender a las peculiaridades individuales de cada niño en la medida de los posible. La escuela debe estar atenta a muchos parámetros para que todos puedan llegar al ansiado mínimo que se propone el estado. Por eso los profesionales deben tener habilidades emocionales, conocimientos de psicopedagogía y hasta rasgos propios de un trabajador social, y es secundario que sean especialistas en un sesudo saber como la física o la matemática. Ahora bien, acabada esta fase de escolarización la enseñanza que propone el estado debe ser voluntaria. Esto es, debe ser un derecho. Y como todo derecho, el individuo en cuestión lo ejercerá o no si tiene la voluntad de ejercerlo y la condición necesaria para acceder a él: una titulación básica de su primer periodo de escolarización no es pedir mucho. No podemos llamar derecho a la enseñanza si ésta es obligatoria. Nadie llamaba a la mili derecho, sino obligación. Los profesionales deberán ser expertos en su área de conocimiento. Una enseñanza de calidad requiere licenciados, doctores o catedráticos. Esto es, especialistas en lengua, historia, física o matemáticas que sepan combinar los conocimientos con buenas dotes para la comunicación. Sustituimos entonces la equidad por la justicia. Los alumnos parten de lo mismo y bajo las mismas condiciones y oportunidades llegarán a lugares diferentes. Cada uno con su esfuerzo y capacidad.
De modo que tenemos dos cosas muy bien diferenciadas. Por un lado obligatoriedad, equidad y educación impartida por maestros, psicopedagogos y asistentes sociales. Por el otro, libertad de elección, justicia y enseñanza impartida por profesores expertos en conocimientos varios. ¿Podemos impartir un máximo de educación y de enseñanza de calidad a la vez durante casi los doce años de la escolarización gratuita que ofrece el estado? No. Aquí hay un problema elemental de máximos y mínimos. Si aumentamos uno de ellos se resiente el otro. Pongamos como ejemplo una carrera universitaria. ¿Si hacemos que la carrera de ingeniería de telecomunicaciones sea obligatoria, cuántos buenos ingenieros saldrán al final? ¿Y mutatis mutandis, cuántos médicos, historiadores o físicos nucleares? En una escolarización obligatoria se podrá a duras penas educar, pero nunca se alcanzará una enseñanza de calidad. De modo que el estado debe elegir la cantidad de años que dedicará a la educación obligatoria y a la enseñanza voluntaria, teniendo en cuenta que tenemos poco menos de doce en total.
¿Cómo están las cosas desde hace más de dos décadas en España? Veamos. El alumno está escolarizado obligatoriamente desde los cinco o seis años hasta los dieciséis. Esto son diez años. El periodo que el estado ofrece de enseñanza voluntaria es de menos de dos curso, pues  2º de bachillerato es más corto que los anteriores. Diez años de educación y poco más de uno y medio de enseñanza.
Lo curioso es que las autoridades políticas, la comunidad educativa y la sociedad misma se escandaliza de los ínfimos niveles de calidad de enseñanza que se revelan periódicamente en pruebas ad hoc o datos estadísticos sobre nuestros jóvenes estudiantes. Todos hablan o hablamos de las posibles causas: muchos alumnos por aula, poca inversión, profesores chapados a la antigua que no usan las nuevas tecnologías, etc. Pero nadie quiere ver la causa principal. Ésta permanece oculta en el lenguaje y en el pensamiento. Y a fuerza de no nombrarla ni pensarla, acaba por no existir. No se trata de que los factores señalados no tengan su importancia. Pero incidir en ellos mientras se oculta lo fundamental es, desde luego, una tremenda perversión. Un coche debe tener un parabrisas, tres retrovisores mejor que uno, incluso puedo discutir si es mejor pintarlo de blanco o de amarillo. Pero si nadie señala que el coche no tiene ruedas y sin ruedas no puede avanzar, las consideraciones anteriores son solo ganas de hablar. La enseñanza en España tiene las ruedas pinchadas por diez años consecutivos de educación obligatoria. En este punto solo podemos hacer dos cosas. Asumir que el estado ofrezca básicamente educación sin apenas enseñanza, lo cual debería de llevar consigo cierta tranquilidad de conciencia que evitase tanta protesta por la mala calidad de la enseñanza de nuestro sistema. O bien ajustar los tramos de escolarización gratuita que el estado oferta para que haya más tiempo de enseñanza y menos periodo de educación obligatoria.
Si optamos por lo primero deberíamos aclarar muchas cosas. En los actuales institutos sobramos profesores y faltan psicopedagogos y asistentes sociales. Es más, en lugar de uno o dos  psicopedadogos y cien profesores la ratio debería ser la inversa. Con que hubiese un profesor de ciencias y otro de letras que pudiera atender de vez en cuando a los alumnos, el ideal educativo mejoraría, y se paliaría así un poco la irritante contradicción en la que la comunidad docente vive desde hace años. ¿Tiene sentido quejarse de la calidad de la enseñanza si sabemos que la prioridad es la educación? Las tutorías no deberían ser excepción sino norma, es decir, la mayoría de las clases recibidas por los alumnos deberían ser tutorías y no clases magistrales sobre historia o matemáticas.
Si optamos por la segunda opción debemos rebajar la edad de enseñanza obligatoria. Podemos discutir hasta qué edad. Pero trece o catorce años a mi me parece razonable. De esta forma el periodo de enseñanza voluntaria aumentaría hasta casi cuatro años. Cuatro años donde el esfuerzo y la capacidad del alumno unido a profesionales bien formados expertos en sus respectivos conocimientos y un ambiente escolar adecuado, haría de cada alumno la mejor posibilidad de sí mismo.
Yo soy partidario de la segunda opción, pero entendería que la sociedad eligiese la primera. Lo que no entiendo es la confusión en la que andamos todos, y que este debate no sea público y natural en la comunidad educativo y en la misma sociedad. Alguien nos ha hurtado desde hace tiempo la posibilidad de hablar públicamente de ello y nosotros lo hemos consentido. El síntoma de las épocas oscuras es que la más elemental verdad resulta revolucionaria. En los institutos de Educación Secundaria Obligatoria hace tiempo que el emperador va desnudo. Decirlo en foro público es un mero acto de parresia.
Los que son partidarios de la segunda opción pueden admitir sin entrar en contradicción la existencia de institutos bilingües si creen que con ello se produce una selección de alumnos que hace posible que aumente la calidad de la enseñanza del Centro en cuestión o al menos para un grupo de alumnos, aunque sean escépticos en cuanto al aprendizaje del inglés o el alemán que en el Centro se imparte. Pero para los que creen en la primera opción tal admisión es incoherente por contradictoria. La equidad y la obligatoriedad casa mal con una selección del alumnado que se cuela por la puerta de atrás y que produce una diferencia de trato entre grupos de alumnos, pues admitimos entonces que a uno les damos educación y a otros enseñanza. El dilema es similar al que se produce cuando nos planteamos organizar los grupos del institutos según sus niveles académicos y de comportamiento. Tener clases con alumnos con buen nivel académico y sobre todo con un comprtamiento correcto junto a otras clases con alumnos díscolos que imposibilitan todo aprendizaje para el resto, será un planteamiento incoherente para los defenseros de la enseñanza obligatoria actual, pero no para los que son críticos con ella.

sábado, febrero 13, 2016

ZENÓN, AQUILES Y LA TORTUGA. video (2/2)


 
Zenón quiere demostrar que el movimiento y el cambio son  un absurdo desde el punto de vista de la razón lógica. Lo que es un absurdo no se puede entender ni pensar sin contradicción y lo que no se puede pensar sin contradicción no existe. Nadie afirmaría que existe un circulo cuadrado. No existe un circulo cuadrado porque es un absurdo impensable. Cuando decimos circulo cuadrado sólo emitimos un sonido sin referente ni significado. Igualmente cuando decimos movimiento o cambio. Que yo vea que Aquiles gana la carrera no es una refutación del los argumento de Zenón. Los sentidos nos muestran que se da cambio y movimiento, pero esto constituye una mostración sensitiva y no una demostración lógica. Diógenes, atento oyente del argumento de Zenón, se levantó y se echó a andar. El movimiento se demuestra andando, dijo. Aquel avispado griego mostró  a los ojos de los demás algo a lo que hemos dado en denominar movimiento, pero no demostró argumentativamernte, utilizando un razonamiento lógico, que el movimiento fuese algo real. A veces las mostraciones sensitivas nos engañan, nos llevan a afirmar cosas erróneas, y tenemos que echar mano a una cierta demostración racional. Al meter un palo en el agua, por ejemplo, parece que se tuerce y no es así. Los sentidos muy bien podrían también engañarnos  en el movimiento y el cambio. El movimiento y el cambio podrían muy bien ser una ilusión sensitiva similar al cine, por ejemplo. Los personajes de las películas parecen moverse y cambiar, pero en el fondo el cine es una pura ilusión. Los personajes de la película están sucesivamente inmóviles e inmutables en cada uno de los fotogramas. ¿No podría ser la vida misma una macro película elaborada por una especie de dios ilusionista?             
               Tal vez a estas alturas pudiéramos pensar que Zenón es el prototipo de filósofo que parece divertirse en jugar con el lenguaje, en inventarse problemas y en hacernos dudar burlonamente de lo evidente. Tal vez pudiéramos tener la tentación de razonar de la siguiente forma: “La aporía de Zenón es curiosa y divertida, pero nada más. La ciencia, que es el discurso con más garantías de verdad, afirma una y otra vez la verdad del movimiento. El propio Newton nos habla de conceptos como velocidad y aceleración que se refieren al movimiento mismo. Y podemos deducir, gracias a sus geniales fórmulas, la posición y velocidad que un proyectil tendrá al cabo de un tiempo sabiendo su velocidad inicial y su aceleración. Si afirmo que un proyectil tiene en le Km 5 una velocidad de 30Km/h, implícitamente demuestro que el proyectil se mueve.”

               Intentemos cuestionar este razonamiento desde la propia ciencia. En el siglo XX se ha admitido que la física de Newton no es del todo cierta o no dice toda la verdad. Es cierto que la seguimos utilizando diariamente para deducir posiciones y velocidades de proyectiles y se revela como bastante útil; pero su utilidad relativa no es una garantía de su presunta verdad. También eran útiles los mapas celestes anteriores a Copérnico y el heliocentrismo para muchos navegantes renacentistas y esto no demostraba que la Tierra fuese el centro del universo. La física de Newton se asume hoy día como un caso particular de una nueva teoría física que parece más útil y explicativa que la de Newton: la física cuántica. Existe un principio físico en esta teoría (el principio de indeterminación descubierto por W.Heisemberg) que viene a decir lo siguiente: Si pretendemos deducir la posición de una partícula subatómica presuntamente en  movimiento tenemos que concluir que no tiene en el fondo velocidad. Es decir, que la partícula en presunto movimiento está en realidad parada. Pero si intentamos deducir su velocidad tenemos que concluir que no tiene posición. Esto es, que en algún sentido no es una partícula que ocupe un lugar concreto sino una especie de vibración, onda o entelequia de difícil concreción. El problema lleva a la física cuántica a una contradicción lógica: un electrón, por ejemplo, es una partícula y no es una partícula. Es presumible que W.Heisemberg no despreciaría en absoluto las especulaciones de Zenón.
            La aporía de Zenón nos obligan pues a tomar un partido epistemológico. O apostamos por los sentidos y afirmamos el movimiento y el cambio; o apostamos por la razón lógica y lo negamos.
El problema que plantean Zenón continúa con Heráclito

martes, febrero 09, 2016

ORIGEN DE LA MONARQUÍA PARLAMENTARIA


¿Cuál es el origen de la monarquía parlamentaria? Hagamos un poco de Historia. La revolución Gloriosa entroniza a Guillermo de la Casa de Orange. Tras su muerte, en 1702, se corona a Ana Estuardo, que era su cuñada. En 1707 la reina Ana amplía su reinado a Escocia e Irlanda. De modo que Ana es la primera reina de Reino Unido. Su reinado fue convulso, marcado por la guerra de sucesión al trono de España (en el ámbito anglosajón esta guerra es conocida como la guerra de Ana). Tras su muerte en el año 1714 se corona a un rey que procede de la Casa de Hannover, el elector de Hannover, el alemán Jorge I (1660-1727). Fue en su reinado cuando nació la monarquía parlamentaria.

El último rey verdaderamente absoluto fue Enrique VIII. Desde entonces hasta el reinado de Jorge I el poder del monarca había ido progresivamente limitándose.

Recordemos algunos hechos significativos. Con el reconocimiento del Habeas Corpus de 1679 se garantizaba que nadie podría ser detenido e inculpado sin ser puesto a disposición de un juez a las 74 horas de su detención, quien debería notificarle la causa de la misma y poner a su disposición un abogado. Se ponía freno así a la arbitrariedad del poder y se institucionalizaba una justicia independiente que garantizaba la libertad de los ciudadanos. Pero el hecho más importante ocurrió en el año 1689 con la llamada Revolución Gloriosa.  El Parlamento inglés obligó a Guillermo de Orange a jurar la Declaración de Derechos (The Bill of Rights). Se constituía así una monarquía mixta donde el rey tenía el mayor poder ejecutivo, los Comunes el poder legislativo y los Lores sobre todo el poder judicial. El rey tenía que someter algunas de sus decisiones al Parlamento, pero podía nombra gobierno y tenía derecho de vetar leyes de los comunes. Así gobernó la reina Ana Estuardo y Jorge I. De modo que Jorge I todavía tenía el poder de nombrar al primer ministro. Sin embargo, factores ajenos a la voluntad político hicieron que este último privilegio desapareciese y que la monarquía del Reino Unido se convirtiera en lo que hoy denominamos monarquía parlamentaria. Como decía Maquiavelo, la fortuna, es decir, el azar, es el principal motor de la historia política. Y lo fue desde luego en esta ocasión.

¿Cómo sucedió? La situación política británica con en el nuevo rey Jorge I era muy precaria. Después de la guerra de Ana, los dos partidos del parlamento, los Wihgs y los Torys, estaban divididos, sus diferente facciones hacían muy difícil que cualquiera de ellos actuase en bloque con una mayoría clara. Además había cierta hostilidad de los torys hacia su reinado; pues aunque eran conservadores y defensores tradicionales de la monarquía, muchos de ellos eran jacobinitas (partidarios del rey Jacobo), más afines a un rey de la Casa de los Estuardo. Si a esto le sumamos que el rey Jorge I era alemán y no sabía inglés, se entiende que el nuevo rey se sintiera muy vulnerable ante el nuevo Parlamento. Entonces el diputado wihgs, Robert Walpole (1676-1745), un político especialmente hábil y astuto, se dedicó a conseguir una mayoría parlamentaria comprando voluntades, ofreciendo cosas que no tenía a todos los que lo apoyaran. Y gracias a su habilidad, se ganó también la confianza del rey. El rey nombró finalmente a Walpole Primer Ministro, porque era el único que tenía una mayoría, porque le apoyaba claramente y porque le parecía que de este modo controlaba también el poder legislativo. Y así fue. La Corona, en realidad Walpole y sus seguidores, controlaba a los comunes sin necesidad de comprar ella misma a los diputados o de falsear las elecciones (práctica ilegal pero tolerada a menudo). Controlar la Cámara de los Lores era más sencillo: bastaba con que el rey hiciese uso de su prerrogativa de nombrar a sus miembros. Obviamente la triquiñuela de Jorge I y Walpole iba en contra del espíritu de la Revolución Gloriosa que pretendía una separación entre ejecutivo y el Parlamento. Circunstancia que el líder de los Torys, Henry St John, primer vizconde de Bolingbroke, nunca dejó de denunciar. Tal enfrentamiento era la razón por la que el partido de los Wihgs fuese llamado el partido de la Corte y el de los Torys, el partido del país.

¿Qué sucede después? Cuando acaba el primer mandato de Walpole, el rey  podía haber nombrado a otro Primer Ministro, porque todavía esta facultad le correspondían a él, no al parlamento. Sin embargo, repitió el nombramiento de Walpole que seguía teniendo una mayoría que le apoyaba; aunque, obviamente, corrompida. El amor de los ingleses por el pasado, la tradición y el antecedente histórico hizo que el hecho se convirtiera en norma. Aunque también hay que tener en cuenta que el Parlamento, desde el decapitado Carlos I, se había preocupado especialmente en restar poder al rey (recordemos el Habeas Corpus y la Declaración de Derechos). Y tras estos acontecimientos es de suponer que encontró la ocasión de limitar su poder hasta convertirlo en casi simbólico.  Desde entonces el rey nombraría al Primer Ministro que estuviese respaldado por una mayoría en el Parlamento. Cambiaron algunas otras cosas. Ahora el primer ministro solo era responsable ante el Parlamento, y no ante el rey. A diferencia de antes que el Primer ministro lo era ante el rey y no tanto ante el parlamento. Se crea entonces lo que se llama en derecho político parlamentario "parlamentarismo de gabinete", donde ya no es el rey quien gobierna. Fue así como la corrupción de Walpole, aceptada por toda la clase política, transformó la naturaleza de la monarquía británica.

Este sistema corrupto de ir comprando votos pasó a la historia con el nombre de Old Corruption de Robert Walpole. En la política española se suele traducir como clientelismo o caciquismo. Fue copiado en EE.UU con el nombre de Spoil System. La expresión deriva de la frase "to the victor go the spoils" ("al vencedor va el botín"). El Spoil System se le suele atribuir a Jackson, el séptimo presidente de EEUU. Obviamente la legislación británica y la de EE.UU intentaron evitar, con una nueva legislación que priorizara el merito sobre el amiguismo, que esta corrupción se produjese en el futuro.
 
Fuentes principales:  
Texto de Don Antonio García Trevijano. 

viernes, febrero 05, 2016

PODEMOS Y LA ABSTENCIÓN


Hace días que escucho en casi todas las tertulias políticas que a Podemos le interesan unas nuevas elecciones. Hoy leo una encuesta del CIS que dice que si se repitiesen las elecciones Podemos aumentaría el porcentaje de votos un punto y medio. ¿Qué quieren que les diga? No puedo creerlo. Aunque si creo que en el CIS y en muchos medios de comunicación, hay personas a las que les gustaría que lo creyésemos. En las últimas elecciones se infló el porcentaje de Ciudadanos en las encuestas. Quizá para frenar  a Podemos. Hoy toca inflar a Podemos. Quizá por que el peligro de que el monstruo siga creciendo puede hacer que el PP gane votantes. No sé. Las estrategias demoscópicas son a veces muy complicadas.
¿Por qué pienso que Podemos no crecería si se celebrasen nuevas elecciones? La misma noche electoral Pablo Iglesias comunica su irrenunciable defensa del derecho de autodeterminación y advierte que ningún pacto será posible sin contar con ello. Me quedé perplejo. Pensé que quizá era una sobreactuación provocada por la euforia postelectoral y que iría matizándose con el tiempo. Pero, hasta hoy, no ha sido así. Durante los días siguientes comprobé que la marca Podemos era un conglomerado de grupos heterogéneos con reivindicaciones nacionalistas más o menos radicales y que pretendían conseguir cuatro grupos parlamentarios en lugar de uno solo, como el resto de los partidos. O sea, que había un Podemos catalán, otro gallego, otro valenciano y otro del resto de España. Pasaban los días. Observé cómo Pablo Iglesias y los suyos, enconados en sus reivindicaciones nacionalistas, dificultaban una posible negociación con el PSOE. Sin duda una oportunidad única para influir con determinación en el futuro gobierno con dos de las, que yo pensaba, eran sus fundamentales señas de identidad: limpiar la corrupción, echando de paso al PP del gobierno, y la defensa de las políticas sociales. Dos asuntos que celebrarían, sin duda alguna, la mayoría de sus votantes.
Muchos que votaron a Podemos en la última cita electoral fueron votantes de IU en las anteriores. Algunos, desencantados de los dos grandes partidos tradicionales. Y muchos otros, abstencionistas de larga duración desengañados del sistema y afectados especialmente por la crisis económica. Para todos, Podemos significaba una última esperanza, algo nuevo. Podemos los despertó de un largo letargo con la golosina de la justicia social, que ahora parecía ir en serio, y la lucha contra la corrupción de la vieja casta política. Por eso pienso que si Podemos no aparca sus reivindicaciones nacionalistas y pone en su lugar sus políticas sociales habrá un sector de votantes de Podemos que estará muy, pero que muy cabreado. ¿Cree Pablo Iglesias que su votante medio en Extremadura, Andalucía, Madrid o Zaragoza está pensando en la autodeterminación de los pueblos? ¿Cree que le perdonarán su renuncia a intentar formar un gobierno con el PSOE anteponiendo el referéndum en Cataluña a los desahucios, los recortes y el paro? ¿Tiene sentido acaso que el partido de los pobres condicione su ayuda a los pobres a que Cataluña o el País Vasco, que son Comunidades obviamente ricas, tengan el privilegio de autodeterminarse? ¿Un parado de larga duración de Murcia que apenas puede pagar el agua y la luz entenderá la exigencia podemita de un ministerio de plurinacionalidad? Muchos de los que despertaron del letargo volverán a él desengañados, defraudados y asqueados. Se abstendrán.
Otro factor que no puede evadir ningún análisis es que es más que probable que Podemos no se presente conjuntamente con algunas de sus marcas nacionalistas. Ada Colau en Cataluña ha anunciado la creación de un partido propio, Compromis de Valencia se ha separado del grupo parlamentario e incluso Podemos de Andalucía reivindica su peculiaridad. También es muy poco probable que IU vaya con Podemos a las elecciones. Si han soportado la tormenta, sería inverosímil que se abrazaran a Podemos cuando viene la calma. IU a partir de ahora solo puede crecer.
En las últimas elecciones pensé que el nivel de abstención iba a ser muy bajo. Todos sospechábamos que eran unas elecciones muy diferentes a las otras. Daba la sensación de que en ellas nos jugábamos mucho. Y sin embargo la abstención fue solo un poco menor que en las anteriores. En 2011 el 28,31% y en 2015 el 26,8%. Increíble. La consiguiente conclusión fue que muchos de los tradicionales votantes de los viejos partidos ya no votan ni en situaciones excepcionales. Creo que estos votantes son ya irrecuperables para el sistema de partidos actual. En unas segundas elecciones cabe pensar que la abstención aumentará por este flanco. Sobre todo si Rajoy y Sánchez siguen siendo líderes. Dado que cabe esperar que aumente más todavía por el flanco de Podemos, como ya he explicado, posiblemente alcanzaremos record histórico.
La campaña electoral pasada fue una ilusión televisiva. Cuatro líderes nos hablaban, y hablaban entre ellos, con aparente sinceridad y sosiego. Se esforzaban en parecer simpáticos y decir en cada caso lo que queríamos oír. La partidocracia parecía estar en vías de renovación. Pero acabada la campaña, empieza la despiadada lucha por el poder que nos hace conocer desde la primera línea televisiva las tripas del sistema y las tripas de los partidos. Y las tripas nunca son agradables de ver. Cierto que ya las conocíamos, pero durante cuatro años a muchos les da tiempo a olvidarlas. En unas inminentes elecciones tales imágenes están aun muy recientes. ¿Qué vemos? Que nadie está dispuesto a hacer sacrificios personales por el bien común y los partidos son jaulas de grillos en las que cada uno de sus miembros activos teme perder su pequeña cuota de poder y el suculento salario del Estado. En las últimas elecciones ganó la abstención con más de nueve millones. Si se repiten, probablemente ganará de nuevo; pero con mayoría absoluta. Y yo me congratularé por ello. Hoy por hoy la mayoría de los abstencionistas son, a mi juicio, verdaderos demócratas que se niegan a participar en un juego con las cartas marcadas. No sé como puede mejorar la situación. Pero cada vez estoy más convencido de que no mejorará votando. O España despierta con una ruptura pacífica y un periodo de libertad constituyente, o seguirá ad infinito amodorrada. O quizá algo más rotundo, no habrá más España.

lunes, febrero 01, 2016

HITLER Y EL PARLAMENTO DE PARTIDOS


El  parlamento representativo es una herencia liberal que se pone en práctica por primera vez en Reino Unido y que se generaliza en el continente europeo tras la Revolución francesa. Los electores eligen representantes por distrito a una o dos vueltas. Los diputados son elegidos a título individual para defender los intereses de sus distritos y los de la nación. Obviamente tienen una concepción ideológica más o menos común con la del partido o asociación a la que suelen pertenecer, y el  elector también tiene en cuenta esto a la hora de emitir su voto. No obstante, el diputado no está sometido a mandato imperativo del partido ni al de su representante. Obra siempre en conciencia. No es un mandatario que actúe al dictado, es un representante que trata de defender los interese de sus representados lo mejor que puede. A la hora de defender su distrito puede unirse en el parlamento con otros diputados con similares intereses. Por ejemplo, si dos distritos tiene dificultad en el suministro de agua o tienen pocas zonas verdes, diputados de partidos diferentes se suelen unir para procurar una solución. Igualmente ocurre con cuestiones políticas que no están claramente delimitadas ideológicamente. Hoy a estas cuestiones las solemos denominar trasversales: los matrimonios entre homosexuales, las corridas de toros o la controvertida guerra de Irak, por ejemplo. Aunque el jefe del partido dictase una respuesta, el diputado puede actuar en conciencia en contra de la mayoría del partido si es necesario. Actualmente podemos ver estos debates entre diputados del mismo partido en el parlamento de Reino Unido, por ejemplo. De la pluralidad de representantes surge así la unidad de acción, pues la mayoría siempre se impone a la minoría. Y esta mayoría no siempre está constituida por miembros del mismo partido.
Antes de la primera guerra mundial el sistema político alemán no era desde luego perfecto, pero en la República de Weimar, gracias la constitución de 1919, el parlamento se convirtió en un parlamento de partidos sin ninguna representación real.
Los partidos se convirtieron en sólidas estructuras verticales avaladas por el estado, ajenos a la sociedad civil. Y el sistema electoral dejó de ser mayoritario y pasó a ser proporcional: los votantes no elegían individuos, sino una lista de candidatos elaborada por el jefe del partido. La lealtad del diputado hacia el estado, a la constitución, al distrito, a los ciudadanos y a su propia conciencia fue sustituida por la lealtad hacia el partido. Esta lealtad se convertía en una cuestión de supervivencia en virtud de un mandato imperativo del partido que si no estaba explicitado de iure, actuaba siempre de facto. El diputado resultaba ser un títere de la dirección. Podía desobedecer, pero la consecuencia era el ostracismo político en la siguiente legislatura. Cuando no había mayoría absoluta, y esto ocurre tarde o temprano en un parlamento de partidos con un sistema electoral proporcional de listas, las coaliciones entre partidos hacían imposible llevar a cabo una política independiente. Resultaban entonces gobiernos demasiado débiles para gobernar, pero lo bastantes fuertes para impedir que otros lo hicieran. En la república de Weimar  la vida pública y el estado mismo desembocaron en un sistema de pactos y compromisos, “pacta sunt servanda”, semejante al del estado estamental de la Edad Media. Lo que prevalecía era el pacto entre los partidos, casi siempre por intereses espurios ajenos al bien común (hoy lo llamamos consenso), y la constitución resultaba tan elástica como un chicle y tan interpretable como un oráculo.
En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales alemanas de marzo de 1932 Hitler queda en segunda posición con un 36,8%. Cifra incapaz de darle la presidencia de modo automático. En las elecciones parlamentarias del 6 de noviembre de 1932 el partido nazi consigue un 33% de los votos. Muy lejos de una mayoría absoluta. No obstante, pactos, consensos e intrigas varias posibilitaron finalmente que en enero de 1933 Hitler se hiciese con el poder en Alemania. Lo demás es de sobra conocido.
En febrero de 1933 el insigne jurista Carl Schmitt era crítico con la republica pero también lo era con los nazis. Su planteamiento conservador pasaba por reforzar la autoridad del presidente Hindenburg y debilitar así el parlamento de partidos que era el origen de todos los males. Schmitt reflexiona sobre la situación en un breve escrito titulado “Evolución del estado total en Alemania” (weiterentwicklung des totalen Staats in Deutschland). La crítica que Schmitt hace es aguda y detallada, aunque las soluciones propuestas en sus escritos posteriores no pasaban desde luego por un retorno al parlamentarismo liberal. Nos viene a decir en la obra citada que la delicada situación política alemana fue posible gracias al parlamento de partidos, dependientes del estado, y que las cosas hubieran sido diferentes con los partidos de opinión al viejo estilo liberal, dependientes fundamentalmente de la sociedad civil. En Alemania los partidos, sobre todo el comunista y el nazi, proporcionaban a sus seguidores la correcta concepción del mundo en todos los aspectos posibles. La voluntad del pueblo transcurrió entonces por tantos canales como partidos, sin posible convergencia, pues no hay modo de entenderse cuando cada uno es una totalidad perfecta y cerrada en sí misma. Consecuentemente, la unidad del estado se convirtió en una entelequia. “En esta situación todas las instituciones constitucionales decaen y se desnaturalizan, todas las atribuciones legales e incluso todas las interpretaciones y argumentos se instrumentalizan y devienen medios tácticos de la lucha de un partido contra otros y de todos los partidos contra el Gobierno” 
En fin, la Historia suele repetirse aunque nunca lo hace exactamente igual. El advenimiento del nazismo acabó con la República de Weimar. Por mi parte tan solo espero que la caída del régimen de 1978 nos traiga por fin un parlamentarismo verdaderamente representativo donde la lealtad de los diputados a los ciudadanos, a la unidad de la nación y a la futura constitución que está por venir, sustituya a la disolvente lealtad partidaria de los tiempos que nos han tocado. No es algo utópico: Reino Unido o Francia lo tienen. ¿Por qué no nosotros? Creo que en este caso no hay termino medio: o nos viene esto o lo otro. ¿Hace falta que sea más explícito?
 

miércoles, enero 13, 2016

NO ES UN GOLPE DE ESTADO


 
No es un golpe de estado a cámara lenta. Ni siquiera es un golpe de estado. Es un proceso revolucionario. El golpe de estado se urde en secreto y la revolución es siempre explícita y publicitada. Lo que está ocurriendo en Cataluña lo escuchamos por la radio, lo vemos por la tele y lo leemos en los periódicos. Desde hace años: día a día, minuto a minuto. Determinada la sustancia del fenómeno, esforcémonos pues en calificarlo adecuadamente.
La revolución catalana carece de legitimidad popular. Más allá del espejismo que supone la hegemonía cultural fomentada por las instituciones catalanas, ninguna mayoría se levanta entusiasta por el acontecimiento: menos de un tercio del censo catalán parece defenderlo, más de un tercio lo rechaza y aproximadamente un tercio de abstencionistas lo soporta y lo sufre en silencio. El apoyo es infinitamente más pequeño si consideramos los habitantes del todo el territorio español: los verdaderos soberanos.

La revolución catalana es mediocre, gris y cómica. Los dos grandes modelos revolucionarios latentes siempre en el imaginario colectivo son el francés y el soviético. Ambos, trágicos acontecimientos. Y no por la sangre derramada, aunque también por ello; sino por su ineludible hondura. Trágicos pues en el sentido en que lo es un drama bien trazado, un argumento profundo y grave capaz de llegar hasta la médula del espíritu, como una obra de Shakespeare o una novela de Dostoievski. Allí encontramos grandes ideas: libertad e igualdad; y hombres brillantes intelectual y políticamente: Robespierre el incorruptible y Lenin el genial ideólogo. La gran idea del nacionalismo catalán es que España nos roba. ¿Los grandes hombres? Mas, la familia Puyol y el bisoño Puigdemont. Ni Mas ni la familia Puyol, motor plutocrático de este sainete, son evidentemente incorruptibles ni geniales ideólogos. Apenas pícaros ladronzuelos venidos arriba. Revolución mediocre y gris, por tanto. ¿Y cómica? Marx dixit: la historia acontece primero como tragedia y luego se repite como farsa. Las grandes y trágicas revoluciones pasaron ya. Hace meses que contemplamos cómo en el circo de cartón piedra se van sustituyendo los payasos. Los políticos elaboran monólogos humorísticos en el Parlamento y los presentadores de telediarios se parecen cada vez más a Gila narrando su guerra.

La revolución catalana es anacrónica. Pretende ser una revolución romántica del siglo XIX sin querer enterarse de que estamos en el XXI. Garibaldi integró a las partes para constituir un todo: una Italia grande a la altura de un ideal. El nacionalismo catalán pretende desintegrar España, el país más antiguo de Europa, en insignificantes partes; y con ello desmembrar la Unión Europea y poner ante un dilema absurdo a la Comunidad de Naciones. Diminuta grandeza de garibaldis de medio pelo con la brújula estropeada. Juliano el Apóstata se rebeló contra el cristianismo imperante: ignorante del viento de los tiempos, fue una excepción insignificante en un Imperio romano cada vez más cristianizado. La globalización es hoy el viento de la historia y muros y fronteras tienen mala prensa. Triste el poderoso emperador que confunde el norte. Y por la misma razón, triste la revolución musculosa y atlética que ignore el viento de la historia. Más triste aun si además de ignorante es enclenque y contrahecha. Este es el caso.

La revolución catalana es mendaz. Y no solo porque insista en la bobería de que Colón y Cervantes fueron catalanes. Sino, sobre todo, por el torpe esfuerzo sofístico de su argumentario.

Atendamos a la primera falacia: Cataluña es una colonia ocupada por España donde sus habitantes son oprimidos y discriminados por los invasores. Por lo tanto, tenemos derecho a la secesión. Nos dicen sin sonrojo alguno. Todavía nadie me ha explicado en qué consiste la opresión de los invasores en una de las regiones más ricas y prósperas de España. Empeñado en descubrir el momento exacto de la ocupación, sigo sin encontrarlo en los libros de historia.

Escuchemos la segunda proclama: Lo normal en los países democráticos y civilizados es que el derecho de secesión de una parte del territorio sea reconocido, como ocurrió en Reino Unido en relación con Escocia. Suelen afirmar entre solemnes y fatuos. Sin embargo Reino Unido en esto, como en un montón de cosas más, es precisamente la excepción y no la regla. Los vehículos circulan por la izquierda, siguen usando la libra esterlina y los bobis patrullan sin armas de fuego. Pero en lo que respecta al tema tratado es pertinente resaltar sus dos peculiaridades más significativas. Excepción en su modelo territorial y excepción en su cuerpo legal.

Reino Unido es un estado compuesto. Casi un estado confederado constituido por estados o casi estados soberanos; si es que el propio Reino Unido es un estado al uso y no meramente un gobierno. Escocia fue independiente hasta 1707, momento en el cual su Parlamento decidió unirse con Inglaterra. Políticos de Londres compraron algunas voluntades de representantes escoceses. Es cosa sabida. Desde entonces muchos escoceses guardan cierto resentimiento. Y los ingleses, cierta culpabilidad; por eso un número considerable de ingleses con mala conciencia no ven del todo mal un referéndum. Irlanda o Gales transitaron por caminos diferentes.

En el ámbito jurídico, Reino Unido funciona sin Constitución al uso y mutatis mutandis también Canadá, tan imbricada con la legalidad británica a lo largo de su corta historia y tan influida por ella. En su lugar existe Derecho que se constituye sin solución de continuidad desde la Magna Carta de Juan sin Tierra en el siglo XIII hasta la actualidad, y que se parchea y se rectifica a sí mismo a través de costumbres asumidas, leyes acumuladas, antecedentes consumados y jurisprudencia varia. Sin embargo la norma continental desde la Revolución francesa, presente también en EE.UU, es la elaboración escrita de una constitución por una asamblea constituyente. Allí queda constatado, de modo solemne e inequívoco, el sujeto soberano: todos y cada uno de los que habitan dentro de los limites territoriales del Estado. A veces lo llamamos nación y otras, pueblo. Nadie puede dividir legalmente el Estado, salvo la propia nación, pues la nación, como las personas, tiene el derecho natural a suicidarse. Mientras tanto, gobernantes y gobernados han de someterse a la Ley. La consecuencia inmediata es que ningún presidente puede conceder graciosamente un referéndum secesionista sin convertirse inmediatamente en un odioso felón. A excepción del primer ministro británico, claro.

El gobierno de Londres decidió el referéndum escocés, que no el de Irlanda ni el de Gales, porque ninguna ley se lo prohibía, atendiendo a la peculiar historia de Escocia (en nada semejante a  la de Cataluña); y por que le dio la gana. Con ello sentó un precedente. Hasta ahora les ha funcionado, pero la película no ha terminado todavía. Allá ellos. Para el resto de países europeos: Alemania, Portugal o Italia, por ejemplo, tal hazaña legal es simplemente imposible. ¿Y en la gran y democrática Francia tan admirada por muchos españoles, incluidos tantos y tantos catalanes? Ni siquiera en la democrática Francia. O mejor dicho: imposible e impensable en Francia, precisamente por ser tan democrática. 
Pero ¡ojo! Lo peor es que la revolución catalana de la señorita Pepis puede acabar triunfando para desgracia de todos, catalanes incluidos. Y no precisamente por su implacable ímpetu revolucionario. Las naciones, como los imperios, no son destruidos. Se suelen derrumbar solos por pura indolencia y descreimiento generalizado. Entre una España que muere y otra que bosteza, que decía el poeta, o los españolitos espabilamos o España se desmantela ella solita. Entre la comedia y la tragicomedia a menudo media un suspiro. La casta política de Madrid es tan patética, gris y bufa como su antagonista catalana: verosímil coincidencia si pensamos que ambas son españolas, ¿no? Si esto sigue así, me temo que al final nos matarán a todos. Pero de risa o de tediosa melancolía.
La presente entrada se publicó en una versión más reducida el 11 de marzo de 2016 en el diario INFORMACION de Alicante. 

jueves, enero 07, 2016

QUIEREN DECIDIR QUE NO DECIDAMOS


Para el abate Sieyès, figura destacada de la Revolución Francesa, la nación es una realidad prejurídica soberana. Es decir, con el poder inalienable de dar a luz un estado constitucional. No obstante, esta realidad prejurídica es el conjunto de personas que trabaja y vive dentro del Estado monárquico previo. La naciones, el pueblo francés o el pueblo español, por ejemplo, estaban claramente definidas en los territorios de los respectivos reinos. Y tales territorios no fueron elegidos ni constituidos por la nación o por el pueblo.
Después de Sieyès vinieron los románticos: se empezó a hablar de la nación a modo de espíritu con voluntad propia. Tal voluntad solo era descifrable para expertos exegetas de lo misterioso: meros espiritistas no muy diferentes de alucinados jugadores de güija. Siendo así, la nación se convirtió en un oráculo; y una casta entre política y sacerdotal, en sus privilegiados intérpretes. Raza, religión o lengua se trocaron en pruebas de su incuestionable existencia. Allí donde aparecía este omnímodo y difuso espíritu debía encarnarse en un Estado. El último capítulo de tan extravagante aventura fue el Tercer Reich alemán.
¿Tenemos los habitantes de un territorio derecho a destruir un estado para construir otro? La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si Napoleón fue emperador de China o si apedreamos al vecino del quinto tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. Salvo por colonialismo o por opresión explícita de una minoría la soberanía y los estados tampoco se deciden legalmente por sufragio. Nos vienen dadas por la Historia o se cambian tras un hecho revolucionario. Todos y cada uno de los actuales españoles tenemos derecho a mejorar nuestro estado (en el peor de los casos, a empeorarlo), pero una parte no tiene derecho a romper el todo. En democracia se deciden muchas cosas, pero quiénes son los que deciden es un punto de partida que ninguna democracia puede decidir.
Quien tiene derecho a decidir sobre su destino es ya soberano. Si Cataluña decide en un referéndum legal si es o no un estado independiente, inmediatamente se convierte en un estado soberano sea cual fuere el resultado. Y España, de facto, en una confederación donde el sujeto soberano y constituyente español se destruye en el mismo momento en el que se legaliza la consulta. El pensamiento débil de gran parte de la ciudadanía pasa por el aro del llamado derecho a decidir, pues se ha habituado a pensar que meter un papel dentro de una urna es sinónimo de democracia. Y la palabra “democracia” es el mantra moderno que sacraliza toda acción: “Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?”, escucho por doquier. Ignoran la Historia, el pensamiento político y las inevitables consecuencias de los hechos a los que nos abocan el buen rollito y el buenismo imperante. Pero los voceros del disparate, que pasan por elite ilustrada, no se quedan ahí. Pablo Iglesias y los suyos defienden un inexistente derecho a la secesión y acto seguido declaran que no son partidarios de la secesión.¿Ignorancia satisfecha o perverso cinismo?, me pregunto yo. La cuestión no es que Cataluña se separe o no del resto de España (la Historia tienen siempre la última palabra en estas lides). Lo verdaderamente crucial es que los habitantes actuales del territorio de Cataluña decidan o no unilateralmente tal cosa. Si así lo hicieran, la catástrofe sería inevitable. Como si de un montón de naranjas tomamos una de ellas que está en la base provocando, sin querer, que todas rueden por el suelo. ¡Caramba, yo no sabía que iba a montar este lío!, decimos entonces avergonzados mientras miramos al dueño de la frutería.
Hobbes, Locke, Sieyès, Rousseau y la Revolución Francesa al completo deberían ser de lectura obligatoria un día sí y otro también en todas las escuelas. “Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?”. En fin, a veces pienso que la civilización occidental, o lo que de esta queda, se irá al garete por pura bisoñez y ñoñería. La vieja Europa parece repoblada por nuevos adanes que se empeñan con entusiasmo en que la bobería sea considerada virtud.

Publicado en el diario INFORMACION de Alicante el día 19 de enero de 2016

lunes, diciembre 07, 2015

LA ÉTICA DE KANT 2/2 (Video-Postulados de la razón)





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LOS POSTULADOS DE LA RAZÓN PRÁCTICA 
1. ¿Qué es un postulado? 
En matemáticas o en física se suelen admitir proposiciones sin comprobar su verdad. Esto es; se postulan y constituyen postulados. La razón de estos postulados es que si consideramos que son verdad, aunque no tengamos una certeza absoluta sobre ellos, todas las demás proposiciones de la teoría o el teorema en cuestión encajan en un todo unitario, y la explicación adquiere un cierto sentido y verosimilitud. Por ejemplo, en geometría es famoso el postulado de las paralelas: “Dos rectas que tienen todos sus puntos respectivos a la misma distancia no se cortarán jamás, o se cortarán en el infinito, al ser prolongadas indefinidamente”. En física relativista existe otro postulado famoso: “La velocidad de la luz es constante independientemente de la fuente de emisión”. En rigor no se ha comprobado que las rectas paralelas no se corten nunca. Tampoco Einstein hizo experimentos para demostrar la constancia de la velocidad de la luz. ¿Por qué se admiten entonces? Si consideramos verdaderas estas proposiciones la geometría y la física adquieren más sentido y verosimilitud. Digamos que todo se hace más comprensible, lógico y armonioso. La admisión de un postulado no es un acto de fe pura, pero tampoco es una certeza científica al uso. Podríamos considerarlo como algo intermedio, una cierta fe racional. Kant, desde las exigencias de la razón práctica, propone tres postulados que se deben admitir: la libertad humana, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. 

2.Postulado de la libertad humana. 
Si un ser no es libre no puede ser moral.El hombre, en algún sentido, no es moral ni por tanto libre. Si nos tiramos por la ventana nuestro cuerpo está determinado, como los minerales, por las leyes de la física. Una vez en el aire no somos libres de caer o no caer. Desde que nacemos desarrollamos, crecemos, mudamos los dientes, etc. Estos procesos son “vegetativos” y se realizan como el crecimiento y desarrollo de una planta, sin nuestro permiso. También el hombre posee, como los animales, instinto. Cuando tenemos sueño, dormimos. Cuando tenemos hambre, comemos. En algún sentido estamos, como los animales, condicionados por nuestro instinto. No obstante, esto no es del todo cierto. La moralidad en el hombre, como hemos visto, es un hecho incuestionable. El hombre hace cosas buenas o malas, puede trascender el instinto y no comer aunque tenga hambre, por ejemplo en una huelga de hambre. Esto nos diferencia de los demás seres naturales. Por lo tanto si no queremos caer en el absurdo, en el sinsentido, debemos suponer que el hombre es libre. No tenemos una prueba absoluta de la libertad humana. Aun trascendiendo el instinto, nuestra acción podría estar determinada por otros factores desconocidos por nosotros o por un dios bromista que nos utilizase como piezas de ajedrez. Pero como estamos persuadidos de que el hombre es moral debemos admitir, postular, que es también libre. Si no fuese así ni las cárceles que castigan ni los premios literarios o científicos que reconocen una acción meritoria, tendrían sentido ¿Cabe premiar o castigar a alguien que no elige ni es responsable de lo que hace? La deducción de Kant es de este talante: como el hombre es moral debe de ser libre. La libertad humana es una exigencia de la razón práctica, aunque no haya certeza absoluta sobre ella. En algún sentido, dice Kant, somos fenómenos en el espacio y el tiempo y en este sentido corporal, vegetal y animal, somos seres determinados y no libres; pero en otro sentido podemos ser considerados como noúmenos pues poseemos una voluntad íntima independientemente del espacio y el tiempo y no sometida a leyes científicas. Somos en este sentido seres libres. 

 3.Postulados de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.
 Si nuestras acciones se realizan siempre por deber alcanzamos la virtud. Ahora bien, el hombre virtuoso merece la felicidad como recompensa, merece un premio. El hombre que no actúe por deber sino en contra de éste, perjudicando siempre a otras personas si fuese necesario, merece un castigo. Sin embargo el mundo no es como debe ser y en el mundo encontramos a menudo hombres virtuosos sumamente desgraciados y hombres no virtuosos que viven una existencia plácida y regalada. Aquello de “con lo bueno que es y lo mal que se han portado con él” o “con lo honrado que es y está encarcelado” o “sabemos que es un criminal, sin embargo es rico y disfruta de libertad, no hay derecho”. Estas injusticias se dice popularmente que “claman al cielo”, es decir, que estas injusticias exigen, de algún modo, que se solucionen; y por eso exigen un cielo, un más allá. Éste es el sentido que tiene la postulación de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma por la razón práctica. No podemos demostrar ninguna de estas afirmaciones, pero podemos postular que deben ser verdaderas para que la armonía moral se restablezca; para que el malvado sea castigado y el virtuoso recompensado con la felicidad. Dios pues debe existir y debe existir también otra vida (el alma ha de ser inmortal) en la cual Dios, supremo juez, restablezca este orden y de felicidad a quien la merece y no la de al que no la merece. Kant considera que Dios, juez supremo, es además bueno y en un proceso infinito el alma humana, tras recibir premios y castigos correspondientes, tenderá a un ideal utópico de santidad. El cielo y el infierno que Dios propone tiene pues un sentido pedagógico. Todos tendemos en la eternidad del tiempo a perfeccionar nuestra alma y a consolidarla como una voluntad buena. En este ideal, nunca realizado en la tierra, el deber y el deseo, normalmente por distintos caminos, se reconcilian en un estado final de felicidad idílico. 

sábado, noviembre 28, 2015

SISTEMA ELECTORAL: ¿PROPORCIONAL O MAYORITARIO?

Reino Unido tiene un sistema electoral de mayorías y España tiene uno proporcional. ¿Qué sistema es más eficaz para evitar o disminuir el número de representantes políticos incapaces, insolventes o simplemente estúpidos? ¿Cuántos electores de Podemos habrían votado a esta señora si la hubieran conocido y no solo hubiese sido un nombre dentro de una lista con una firma ideológica? 


A menudo pensamos que el sistema electoral es baladí, que lo importante es designar a los diputados por medio de un voto y lo de menos es el modo. ¿Es cierto? Me he molestado en recopilar información del modelo Británico.  Y éste es el resultado. Juzguen ustedes mismos.

En Reino Unido cada candidato debe presentar su formulario de nominación firmado por diez votantes registrados de su distrito electoral, y debe pagar un depósito de £500, monto que le es reintegrado en caso de que el candidato obtenga por lo menos el 5% de los votos emitidos. El propósito del depósito es desalentar a candidatos frívolos.


      Cada distrito electoral elige a un miembro usando el sistema electoral de escrutinio uninominal mayoritario, bajo el cual el candidato con más votos gana (en Reino Unido es a una vuelta, pero en Francia es a dos vueltas)


     Cada circunscripción tiene entre 60.000 y 90.000 electores. Durante la campaña los candidatos visitan a sus electores, a menudo puerta a puerta para contarles su programa. No pueden presentar su candidatura los menores de edad, los lores, los presos, ni los discapacitados psíquicos.

    El candidato puede pertenecer a un partido político grande, pequeño o ser independiente. Si pertenece a un partido, son las bases (la militancia del partido) de ese distrito electoral la que elige al candidato. La dirección nacional debe aprobar esta elección. Ojo, debe aprobar o no. Suele aprobarlo, pues si no lo hiciese debería ser por una causa muy justificada. Cierto que el partido puede proponer un candidato, pero en cualquier caso debe ser admitido por las bases.

       Los grandes partidos políticos británicos, aunque con ciertas diferencias, cuentan con una estructura orgánica similar. Conservadores, laboristas y liberales concentran en una dirección nacional las decisiones políticas fundamentales, lo que da entidad política al partido: sus propuestas de política exterior o cuestiones importantes de política interior, es decir, las grandes líneas ideológicas y las propuestas concretas para la nación (algunas de estas cuestiones se traducirán en legislación o en acción ejecutiva del futuro gobierno) 

     Los partidos políticos carecen de un ordenamiento específico que regule sus actividades. La legislación electoral en el Reino Unido se refiere a los candidatos y electores, pero no a los partidos. Esta falta de reglamentación se ilustra con el hecho de que no fue sino hasta 1969 que se incluyó la filiación partidista de los candidatos en las boletas electorales.
 
     Salvo una pequeña compensación para las actividades parlamentarias, la financiación de los partidos es fundamentalmente privada. Las aportaciones sustantivas son producto de cuotas o donaciones de sus militantes, tanto individuales como corporativas a través de sus organizaciones afines. Por eso, en puridad, los partidos son asociaciones civiles, mientras que los partidos políticos españoles son asociaciones estatales (una vez que adquieren algo de poder, son subvencionados por el estado)

     El día de las elecciones el candidato que tiene más votos se convierte en Miembro del Parlamento, o “Member of Parlament” (MP). La tradición es que la Reina hable con los principales MPs y le encargue al que tiene un mayor respaldo (normalmente el líder del partido más votado) que forme gobierno. Él será el Primer Ministro. Éste no es el cabeza de lista (no hay listas), sino un MP que ha tenido que ganar en su circunscripción.


     Se podrá decir que de hecho los electores no votan a su MP, sino que votan al partido que quieren que gane. Quizás es cierto, pero cada MP tiene una oficina en su circunscripción, y parte de su trabajo, por el que cobra su sueldo, es estar en su oficina en la que todos sus electores tienen derecho a visitarle y pedirle cuentas. Los votantes votarán por intereses nacionales o por cuestiones de su distrito. Y, en algunos casos, por ambas cosas. A saber. Pero en cualquier caso votan a una persona (incluso cuando su motivo sea puramente ideológico o partidista).Y esta persona, no el partido, será la responsable de sus decisiones políticas.

     En el Parlamento los miembros del gobierno se sientan en el primer banco. Tras ellos se sientan los MPs más afines: los que forman parte de la estructura del partido. A los MPs que están menos ligados a la disciplina del partido se les llama “backbenchers”, porque se sientan en el “back bench”, o banco de detrás.

     Los backbenchers no desempeñan ningún cargo en el Gobierno (si son del partido gobernante;) o en el "gobierno en la sombra" (si son del partido en la oposición). Por ello no son tan dependientes de las consignas del partido como los frontbenchers. Los backbenchers rinden cuentas a su circunscripción electoral y a sus convicciones, y no tanto a los dirigentes de su partido. Los backbenchers pueden rebelarse contra su propia formación, como ocurrió con los laboristas en las votaciones sobre Irak, sobre la subida de tasas universitarias y sobre la insitución de hospitales-fundación. Es lo que le pasó a Margaret Thatcher cuando los “backbenchers” conservadores empezaron a sentir que el apoyo en su circunscripción desaparecía. A la dama de hierro no la derrotaron las elecciones, sino sus propios “backbenchers”. A Tony Blair le ocurrió algo parecido.